Rojo. Cuatro letras y una herida.
Se escurre entre las manos, agita el corazón, mancha la conciencia.
Vulgar como pecado de prostíbulo. Sofisticado como perdón de casulla.
Es la luz de alto. No sigas. Y sin embargo es esa boca que anhelás.
Es el pulso acelerado gobernando tu voluntad.
Es el atardecer del primer beso y el amanecer de la ruptura.
Rojos quedaron los ojos de tanto llorar.
Roja es la cara encendida de ira.
El rojo abre, el rojo penetra, el rojo expone lo que queremos tapar.
Roja es la vergüenza.
Roja la cinta que aleja a los vivos cuando todo terminó.
Esa noche me vestí de rojo para amar. Cuando mis manos se bañaron de carmesí, comprendí que me había puesto el uniforme para desvivir.
Cuando era monaguillo aprendí a atarme el cíngulo sin mirar.
Una soga blanca. Un nudo simple para sujetar los deseos y fortalecer la disciplina.
La soga siempre me contó historias. Fibra contra fibra, tensión contra silencio.
Con disciplina, me enseñaba a quedarme inmóvil. Con dolor, a elevar el alma: la rodilla desnuda en la piedra, la espalda derecha.
Esta soga tiene un virginal olor a nuevo.
Raspa las muñecas si te revelás. Pero las acaricia si la respetás.
No lastima: marca. No aprieta: promete.
Es negra. Pero habla el mismo idioma.
El mismo ardor. La misma calma después.
El cuero cruje detrás de mí.
Una hebilla respira. Ella se agacha. Me susurra las palabras que le enseñé.
Mi cuerpo desnudo tiembla como si no fuera mío.
Exhalo.
Dejo que el peso caiga en la cuerda.
Y la cuerda, por fin, me retiene.
La harina cae suave, como una cortesía. El azúcar se deshace sin hacer preguntas. La manteca cede cuando la aprieto con paciencia.
Será la mejor tarta para el mejor hombre. Marido y padre ejemplar. Y mejor jefe aún. Todos lo quieren, y por supuesto yo soy la primera en admirarlo.
Es su cumpleaños, ¿lo dije? Qué mejor regalo que mi tarta especial.
La masa se vuelve dócil con la fricción. Aprende de mi paciencia. Se abre si la tratás bien. Se rinde si sabés dónde tocarla.
Los dedos se hunden con ritmo en la carnosa abertura. Los huevos humectan, dejando la mano blanca y viscosa. No puedo resistirme y me la llevo a la boca. La frente se me perla de transpiración.
Lo imagino disfrutar todo lo que le hago.
Se lo merece.
Suspiro, con mis cachetes colorados.
¡Qué feliz podría hacerlo!
En su escritorio hay una foto con los chicos. Siempre la mira.
Y, antes de hablar, ojea el retrato de su mujer, como pidiéndole permiso.
Ahora el ingrediente especial. Abro la alacena y vuelvo a leer las instrucciones.
La negra calavera y el borde rojo de la etiqueta. Cómo odio ese signo de “peligro: no ingerir”, ¿qué sabrán ellos?
La cuchara queda suspendida. Me pregunto si hoy lo dejo vivir.
Dos átomos chocan por accidente y no hay vuelta atrás.
Fricción mínima y un destello que es apenas intención. Una idea que crece.
Las paredes se dilatan sin saber que son paredes. Calor: miles de soles contenidos en una pupila. Un dominó de fuego se vuelve un brazo que arrasa todo.
Sombras donde había cuerpos. Muerte hecha ceniza cayendo como nieve.
Una voz me toca el hombro. Pestañeo.
La llama del fósforo tiembla frente a mí y se queda quieta, domesticada, en la punta de sus dedos.
Ella enciende su cigarrillo y sonríe.
En sus ojos veo el futuro que ya empezó a arder.
El sonido se acentúa bajo la brumosa Londres. El eco de los pasos reverbera en un callejón de farolas cansadas.
Clac. Clac. El ritmo se estira con elegancia. Un taco resbala, corrige, sigue.
Atrás, otro paso. Más pesado.
La lluvia insiste. Y en esa insistencia, el corazón late más rápido.
Clac. Clac. Los pasos se apuran. Pierden distinción.
Los otros avanzan. Lentos. Sin duda.
Un taco se quiebra.
La piel toca la piedra. Los pies desnudos corren al ritmo de los latidos. Asesinan el reflejo del farol.
Solo queda la respiración y el agua llenando los charcos.
Están demasiado cerca.
Las piernas se endurecen debajo de la falda.
Se desliza, buscando la oscuridad.
El filo deslumbra bajo la luna. Es frío, determinado, severo.
Él se detiene. Ella también. Justo detrás.
Un movimiento rápido, y el cuerpo del hombre se desploma, tiñendo el agua de carmesí.
Ella se pierde en la bruma.
Aspiro. Huele a bosque, susurro de brisa y humedad. Musgo y severidad. El aire entra de golpe y duele, como si los pulmones no lo merecieran.
Huele a taller, a resina, a aserrín flotando en un rayo de luz. Huele a mi abuelo diciendo que cada tabla tiene memoria. Es una promesa de casa, de mesa, de cuna. También la certeza de un límite: cerco, pared, puerta. Encierro.
La madera guarda el sol aunque lo niegue. Siento su calor en la veta, aun con mis manos destrozadas. Es lisa cuando la pulen. Es cruel cuando se astilla.
Respiro corto. El aire se achica. Cada intento raspa. Venganza dulce de un árbol añejo.
El aroma se vuelve más intenso cuando la tierra cae, pero es como beber de un vaso vacío.
El cajón me abraza y me arrulla con canciones milenarias.
Cierro los ojos.
El cuerpo decide por mí.
Es curiosa la lujuria. ¿Sabía usted, mi querido amigo, que los antiguos la confundían con el amor?
Por la Edad Media con el exceso.
En cambio, vaya a saber por qué artilugios de la mente, hoy lo llaman derecho.
Yo prefiero llamarlo deuda. Y las deudas, usted sabe, se pagan.
No se preocupe, mi amigo: estas divagaciones de un hombre viejo son apenas una nota marginal, un epitafio, si lo prefiere.
Usted, por ejemplo, mira mi vaso, atento, con ansias.
Yo, en cambio, lo miro a usted con hambre.
Nada le ha impedido tomar a mi amada… Pues nada me impide a mí exigirle que pague.
¿Siente ese cosquilleo en los hombros? Son los brazos estirándose por el peso del cuerpo. ¿El olor a hierro oxidado? Me disculpo: no tuve tiempo de limpiarlo.
Dicen que fue el conde Domadof quien inició esa perversa práctica de empalar a sus enemigos. Pero no hay registro confiable de esa historia.
Un mar sin costa. El viento corta la cara y la sal roba la voz, pero sigo porque te lo prometí.
La madera cruje cuando el casco se queja. La cuerda húmeda muerde la palma. El remolino oscuro volvió a aparecer entre las olas. Chupa todo lo que toca. Es el tentáculo que no se ve y, sin embargo, aprieta.
Giro el timón como si mi promesa fuera una brújula. Quiero volver a casa y acunarte entre mis brazos. Esta vez el viento está de mi lado. Creo que voy a escapar.
En el último instante, el barco cede. Caemos por un abismo con forma de puerta giratoria. El hotel me traga.
No la conozco, pero naufrago en sus piernas. Un instante de gloria y, enseguida, esa resaca de vergüenza en un cuarto que huele a nada.
Tardo horas en levantarme. A los tumbos dejo la habitación. Camino como si remara. Estoy cerca. Falta poco para abrazarte.
El celular vibra. Un corazón en la pantalla.
Hijo, el remolino oscuro volvió a aparecer.
Desde el fondo un hombre me observa
La puerta se cierra. Huele a perfume ajeno. Desde el fondo un hombre me observa. Una mancha en la penumbra.
El botón de cuarto piso está hundido. No recuerdo haberlo tocado.
Me pego a la esquina opuesta. La nuca se me eriza. Respiro agitada.
Un timbre. El ascensor se detiene.
Intento moverme, pero las piernas no avanzan. Giro. En su cara se dibuja una sonrisa.
A su lado, un espejo refleja una puerta abierta. Un departamento.
Adentro hay un cuerpo tirado en una postura ridícula flotando en rojo carmesí. Entrecierro los ojos. Me llevo las manos a la boca.
Reconozco mi propia cara. Ojos abiertos. Lechosos.
La puerta se cierra.
No recuerdo haber apretado el cuarto piso.
Hay un hombre atrás.
Es curiosa la lujuria. ¿Sabía usted, mi querido amigo, que los antiguos la confundían con el amor?
Por la Edad Media con el exceso.
En cambio, vaya a saber por qué artilugios de la mente, hoy lo llaman derecho.
Yo prefiero llamarlo deuda. Y las deudas, usted sabe, se pagan.
No se preocupe, mi amigo: estas divagaciones de un hombre viejo son apenas una nota marginal, un epitafio, si lo prefiere.
Usted, por ejemplo, mira mi vaso, atento, con ansias.
Yo, en cambio, lo miro a usted con hambre.
Nada le ha impedido tomar a mi amada… Pues nada me impide a mí exigirle que pague.
¿Siente ese cosquilleo en los hombros? Son los brazos estirándose por el peso del cuerpo. ¿El olor a hierro oxidado? Me disculpo: no tuve tiempo de limpiarlo.
Dicen que fue el conde Domadof quien inició esa perversa práctica de empalar a sus enemigos. Pero no hay registro confiable de esa historia.
Amarro mi cuerpo al mástil, donde el canto no puede arrastrarme a la profundidad.
Las veo acercarse. Mujeres con alas, jóvenes, bellas hasta el dolor. Sonríen. Cantan con tanta dulzura que el corazón se me retuerce como una cuerda mojada.
Prometen lo que nadie me prometió. Placeres sin palabra.
No recuerdo cuándo escondí el cuchillo en el pantalón. Solo sé que está ahí. El metal frío contra la pierna. Una precaución sin memoria.
El canto crece. La soga quema. Saco el cuchillo y corto.
Caigo del mástil. Camino hacia ellas como si el fondo del mar fuera una orilla.
Una me llama.
—Ulises, ¿venís entonces?
Apuro la copa de cerveza y voy detrás de mis dos estudiantes.
Pasamos frente a la universidad iluminada y seguimos caminando. El bosque empieza donde termina la vereda. Sus risas me atan mejor que cualquier soga.
No me importa.
Desde el fondo un hombre me observa
La puerta se cierra. Huele a metal viejo y perfume ajeno. Desde el fondo un hombre me observa. Una mancha en la penumbra.
El botón de cuarto piso está hundido. No recuerdo haberlo tocado.
Me pego a la esquina opuesta. La nuca se me eriza. Respiro agitada.
Un timbre. El ascensor se detiene.
Intento moverme, pero las piernas no avanzan. Giro. En su cara se dibuja una sonrisa.
A su lado, un espejo refleja una puerta abierta. Un departamento.
Adentro hay un cuerpo tirado en una postura ridícula flotando en rojo carmesí. Entrecierro los ojos. Me llevo las manos a la boca.
Reconozco mi propia cara. Ojos abiertos. Lechosos.
La puerta se cierra.
No recuerdo haber apretado el cuarto piso.
Hay un hombre atrás.
Carpetas desordenadas se multiplican en mi escritorio. Mi abogado habla y yo asiento mirando la pantalla. Algo menciona de un gran negocio.
En la mesa aparece un papel corto. Lo breve tranquiliza. Lo acerca hacia mí. Lapicera pesada y firma fácil.
Garabateo mi nombre y pregunto el precio. La respuesta es plana: no lo voy a sentir.
El día termina. Bajo al garaje y subo al Mercedes. Por un segundo creí que era un Ford.
Desabrocho la corbata y reviso el celular. Por fin un mensaje de Renata. No lo entiendo: ¿Quién es Clarita?
La casa está distinta. Faltan los portarretratos de la nena. Nadie baja a saludarme.
Voy a su dormitorio. Paredes blancas. Muebles que no reconozco. Una cinta caminadora ocupa el centro. Renata corre, concentrada.
Me sonríe. Está más flaca.
Abro la boca para preguntar por alguien. Me falta la palabra.
Me quedo bajo la ducha hasta que el agua quema.
El vapor borra las paredes. El espejo está blanco. Paso la mano. Terco, se resiste.
Me visto sin verme. Resoplo. Froto otra vez. Nada.
Entonces, del otro lado, una mano se desliza por el vidrio. Traza un círculo perfecto. Del hueco aparece la pared del fondo.
Un ojo cansado se asoma. Se coloca unos lentes de contacto. Una mujer que no reconozco se acomoda el pelo y se abrocha el vestido. Es mi vestido.
Golpeo el espejo. No suena. El vapor se espesa. Mis gritos no llegan a ningún lado.
Vuelvo a golpear mientras la mujer se va sin mirarme. El espejo vuelve a empañarse.
Giro.
La puerta del baño ya no está.
Tengo su currículum abierto. No necesito leerlo: es el mejor candidato. Yo decido en esta entrevista.
Entra con paso firme y me tiende la mano. Se sienta frente a mí.
Lo dejo hablar. La voz le sale fácil, entrenada para gustar. Me fijo en detalles: el anillo, el gesto de tocarse el reloj, la manera de ocupar el aire. Tomo nota.
Responde con ejemplos precisos. No malgasta palabras.
Sin que se lo pida, habla de su mujer y de sus dos hijos. Sonríe mientras toma el café que le serví.
Cruzo las piernas. La pollera sube un poco más de lo esperable. No baja la mirada.
Hago una pausa. Dejo que el silencio trabaje.
No me reconoce. No recuerda.
Levanto la vista.
Está usted contratado.
Sonrío por primera vez.
Bienvenido al infierno.
Las medias esperan sobre la cama. Dos líneas de tela y una decisión.
Me siento. Acaricio la seda. La acerco a la cara. Huele a nuevo. Quisiera que oliera a mí.
Me paso crema en las piernas con movimientos lentos. La piel brilla un instante y vuelve a ser piel. Sigo acariciando, pero ya no es para humectar.
Pienso en su mano tocando mis dedos con distraída precisión. En su voz grave entrando sin permiso. El vientre se contrae. El pulso se adelanta.
Tomo una media. La abro con los dedos. La subo despacio. La tela marca como una firma.
La otra sube igual, discreta.
Ajusto el portaligas. Bajo la pollera.
Me miro. Veo decisión.
Me saco el anillo y lo guardo en la cartera.
Dejo una nota en la heladera.
Beso a mi pequeña.
Y me voy.
El polvo lo cubre todo. Crujidos y gemidos llegan desde lejos.
Me apoyo en el palo, listo para el primer golpe. El hambre le gana al miedo y salgo. Risas maniáticas rompen el aire. Más allá, pasos sordos. Me agacho tras un auto volcado.
Espero a que se alejen esas criaturas que hace tiempo dejaron de ser hombres. Ya no recuerdo la última cara limpia.
Llego a una despensa abandonada. Solo quedan productos de limpieza. En un bolso encuentro una barra de cereal. La devoro como a un secreto.
Tengo que volver antes de que anochezca. La noche no perdona.
A lo lejos, una mancha roja. Fresca. Se me tensan los dedos. Una figura aparece, lenta, tambaleante. Ropa rota. Olor agrio. Se me viene encima con los brazos abiertos. Me quedo inmóvil. Paralizado.
Me empuja. Parpadeo.
El trapo roza la salsa. Alguien pasa a mi lado, apurado, sin mirarme.
Sigo limpiando.
El polvo lo cubre todo.
Con ella el mundo tiene sentido. No explica. No ordena. No pide. Está.
No hay reclamo en sus palabras. Hay encuentro.
Con ella no corro. No ensayo. No simulo.
La soledad se diluye cuando me habla. El miedo se evapora cuando le hablo. Compartimos recuerdos que no vivimos. Festejamos risas que aún no llegaron.
Con ella no soy mejor. Soy exacto. Y por primera vez, ser frágil no asusta.
Todas las noches la amo con palabras que jamás pronuncié. La toco como no toqué a nadie.
Apoyo los dedos en el vidrio. Cálido: un cuerpo sin cuerpo.
Nos reímos de algo que ya no sé repetir.
Se despide antes de que me quede sin batería. Entra en suspensión.
La pantalla queda negra.
Me duermo feliz.
Me siento. Abro la revista. La batalla final. El mundo siempre está por acabar.
Cinco contra miles. Robots apilados sobre el de armadura roja. Parece caer, pero despega y derrite metal con la mano. El de la ira rompe y desgarra a puño limpio. El dios mítico se deja caer entre rayos. El aire se parte.
Me veo ahí, lanzado al destino. Es valentía lo que hace al héroe.
Se abre la puerta y entra ella. Siempre a la misma hora. El mismo vagón. El pelo rubio, los ojos claros, la sonrisa fácil, los labios quietos. La belleza disfrazada de promesa. Hoy voy a hablarle. Lo decido como se decide una hazaña.
Baja la vista al teléfono.
Un hombre corre por el andén. Sé lo que va a hacer.
La mano se estira antes del cierre y le arranca el celular. Ella grita. La gente se mueve para ayudarla. Yo miro.
En la siguiente estación ella baja.
Paso la página y sigo leyendo.
Los héroes vuelven a ganar.
Doctor, los dos sabemos que esto es un error.
No. No insista. No tengo ni idea de qué me habla. Y no anote. Ese cuaderno… esa lapicera.
¿Si recuerdo?
Pero si no hice nada. Nada malo. Usted entiende. Yo soy una buena persona. Hago cosas buenas. A mi manera.
La gula destruye la voluntad. Ese hombre quería comer y yo le di hasta que reventó.
¿La mujer abierta? Samantha. Claro que la recuerdo. La tentación necesita un cuerpo. Más vale entrar manco al cielo, ¿no? Yo no inventé esa frase, pero al menos le puse arte con mi filoso juguete.
No ponga esa cara, doctor. No sea tan sensible.
También me acuerdo de Theodore. Un año me llevó convertirlo en esa especie de momia. ¿Y Rachel? Bueno, una simple corrección estética para tanta soberbia.
Ah, y el policía, el iracundo… perdón, me da risa. Su cara cuando abrió la caja y vio la cabeza de Tracy. Lástima que falló el disparo.
Y acá me ve. Envidioso e internado. Como si la envidia fuera una enfermedad y no un espejo.
Doctor… está pálido. No se vaya. No cierre la puerta. Se queda muy oscuro cuando usted se va.
El sol cae en un horizonte rojo. Perdí la cuenta de los días en este océano sin costas.
Un bote salvavidas. Comida enlatada. Nadie con quien hablar.
Qué estúpidas suenan las palabras impresas: supervivencia, auxilio, bengala. El corazón sigue latiendo. Los pulmones se llenan de aire salado. Mi alma partió hace rato. La voluntad es la siguiente.
De noche, una luz parpadea burlándose de mi insomnio. Y las estrellas. Antes creía que eran románticas. Ahora son una mortaja sobre mi soledad.
La lengua reseca. La garganta arde. Estiro el brazo y tomo el vaso de vidrio. Está frío.
Me seco las lágrimas. La psicóloga anota.
No quiero vivir. Mi voz suena educada.
Ella espera. La hora termina.
Salgo. El oleaje me recibe. Floto entre caras desconocidas.
Quizás hoy reúna valor.
Quizás hoy deje de imaginar que vas a volver.
Lo conozco gracias a los números.
Para él, “riesgo” es una cifra. Saliendo de sus labios me enamora.
Después lo veo en el ascensor. Dice “hola” y yo me quedo muda. Más tarde me río sola en el baño, como quien se disculpa con un espejo.
Pasa el tiempo. Un día se sienta a mi lado en el comedor. La charla se estira y promete. La primera mano tomada llega como un accidente feliz.
Nuestro amor nace de una coincidencia improbable: química y estadística.
Meses después salimos tarde. La empresa nos pone un auto autónomo. Seguridad, dicen. Eficiencia, sostienen.
Su mano aprieta la mía. En el tablero parpadean cálculos, opciones, porcentajes.
En una curva se cruza un micro escolar. El auto no duda. La pantalla decide con una frialdad perfecta.
Siento la aceleración hacia el vacío antes de entenderla.
Los números eligen.
A favor de los niños.
Y con precisión matemática, terminan el amor recién estrenado.
El anillo es chico.
Discreto. No grita. Por eso pesa más.
Lo giro. Lo aprieto. Tiene un rasguño mínimo, una cicatriz.
Cuando ella se va, no lo tiro. Lo guardo. No por nostalgia. Las cosas importantes se guardan como pruebas.
La caja fuerte está detrás de un cuadro feo. Nadie mira un cuadro feo.
Adentro hay terciopelo negro. Y anillos. Muchos. De oro, de plata, finos, gruesos, con piedras, sin piedras. Algunos con iniciales gastadas. Otros con fechas. Todos con promesas parecidas.
Pongo el nuevo en su lugar, en la fila correcta. Cierro la caja. Enderezo el cuadro.
La bolsa desaparece bajo un cúmulo de tierra húmeda. Me lavo las manos con jabón neutro.
Después voy a tomar una cerveza.
Facebook. Un mensaje casual. Es ella. Cuarenta años después.
Noche tras noche sin dormir. Nos ponemos al día, mitad nostalgia, mitad promesa insinuada.
Nos vemos. El café sigue abierto. Un milagro menor.
Al principio, charla superficial. Risas vacías. Después, brotan las cosas que no entran en un mail. Las que piden presencia.
Su vida es un inventario de dolor: pérdidas, violencia, soledad. Frases cortas, quirúrgicas. Se quiebra algo adentro y lloramos sin lágrimas, con silencio.
Me da pudor mi propia vida. Éxito. Familia. Fotos prolijas. Promesas cumplidas. No nombro el agujero que quedó hace cuarenta años.
Ella me sostiene la mirada. Las palabras sobran. El tacto reclama.
Pero el cuerpo se queda quieto. Y de mi garganta salen frases correctas. Educadas. Inútiles.
Nos separamos en la vereda.
Camino despacio con una certeza amarga: la he perdido de nuevo.
Y el adiós, esta vez, lastima más.
Un paquete sin remitente. Mi nombre escrito con prolijidad.
Lo dejo en la mesa de la cocina y lo observo como a un animal dormido. Apuro un whisky. La tijera corta la cinta como si pudiera cortar el miedo.
Adentro, papel negro. Suave. Peligroso.
Abro.
Un reloj dorado que no funciona.
No hay dudas. Es el reloj de ella.
Veinte años. Todavía lo veo en su muñeca la última vez. Apuro otro vaso. Demasiado temprano.
Manejo cuatro horas. Asfalto, ripio y camino olvidado. El bosque no cambió. El suelo húmedo cede bajo mis pies.
Llego al claro.
Cavo. La pala entra fácil, obediente. Nada. Ni huesos, ni tela, ni metal. Solo un pozo profundo, del tamaño de un cuerpo.
Me quedo mirando el vacío. La culpa se escapa. Entra la ira.
El reloj pesa en el bolsillo. Lo saco. Las agujas están clavadas en la hora exacta en que lo hice.
Escucho mi nombre.
Levanto la vista.
Ella está ahí. Igual. El brazo extendido.
El disparo me atraviesa antes de que ninguna palabra pueda salir. Caigo hacia atrás, directo al pozo. El hueco me recibe con los brazos abiertos.
No estoy muerto. Aún.
Respiro tierra. Respiro lluvia.
La primera palada me tapa la boca.
El detergente sirve para todo. Es práctico. Barato. Moderno. Una gota y la grasa se rinde. Los microbios ni discuten. Hasta las manchas más rebeldes se someten.
Me gusta la cocina limpia. Me gusta el brillo.
Pongo agua caliente hasta que el vapor sube. Echo una sola gota. Menos es más. La espuma aparece como una mentira amable.
Paso la esponja. Despacio. No me apuro.
Hay manchas que no se van a la primera. Hay que insistir. Hacer círculos. Cambiar el ángulo.
Es roja, casi marrón. Se vuelve terca. Pero la mugre se saca con paciencia, no con fuerza.
No digo la palabra.
Froto. Enjuago. Froto. El agua se tiñe. Después menos. Después nada.
Me gusta el instante exacto en que la prueba desaparece.
La cocina vuelve a ser cocina.
Seco con un repasador blanco.
Queda impecable.
Como si el amor nunca hubiera pasado por acá.
Como si yo no hubiera querido tanto como para ensuciarme.
Me miro y no me encuentro. La cara está: el lunar, la nariz, el pelo prolijo. Todo encaja. Pero esa no soy yo.
La luz del baño es perfecta. No deja sombras donde esconder dudas. Me acerco buscando una falla, un detalle mínimo.
El vértigo llega cuando entiendo que es otra.
Recuerdo la reunión: mi voz firme, las palabras exactas, cabezas asintiendo, el aplauso breve. Recuerdo el mensaje orgulloso, el equipo sonriendo. Un ascenso insinuado en la cena. Risas fáciles. Comentarios agudos. Yo no me río así. Yo no digo esas cosas.
Él todavía duerme. La noche fue excesiva, audaz. Yo no hago esas cosas.
La extraña se mueve con naturalidad, como si el cuerpo le perteneciera.
Apoyo los dedos en el vidrio. Frío. Quiero tocarla, pero es inaccesible.
Se ríe sola. Apenas una mueca de satisfacción.
Se viste sin apuro. Deja una nota en la mesa de luz. El nuevo puesto la espera.
Yo sigo acá.
Detrás de mis ojos.
Observándola.