Rojo. Cuatro letras y una herida.
Se escurre entre las manos, agita el corazón, mancha la conciencia.
Vulgar como pecado de prostíbulo. Sofisticado como perdón de casulla.
Es la luz de alto. No sigas. Y sin embargo es esa boca que anhelás.
Es el pulso acelerado gobernando tu voluntad.
Es el atardecer del primer beso y el amanecer de la ruptura.
Rojos quedaron los ojos de tanto llorar.
Roja es la cara encendida de ira.
El rojo abre, el rojo penetra, el rojo expone lo que queremos tapar.
Roja es la vergüenza.
Roja la cinta que aleja a los vivos cuando todo terminó.
Esa noche me vestí de rojo para amar. Cuando mis manos se bañaron de carmesí, comprendí que me había puesto el uniforme para desvivir.
Cuando era monaguillo aprendí a atarme el cíngulo sin mirar.
Una soga blanca. Un nudo simple para sujetar los deseos y fortalecer la disciplina.
La soga siempre me contó historias. Fibra contra fibra, tensión contra silencio.
Con disciplina, me enseñaba a quedarme inmóvil. Con dolor, a elevar el alma: la rodilla desnuda en la piedra, la espalda derecha.
Esta soga tiene un virginal olor a nuevo.
Raspa las muñecas si te revelás. Pero las acaricia si la respetás.
No lastima: marca. No aprieta: promete.
Es negra. Pero habla el mismo idioma.
El mismo ardor. La misma calma después.
El cuero cruje detrás de mí.
Una hebilla respira. Ella se agacha. Me susurra las palabras que le enseñé.
Mi cuerpo desnudo tiembla como si no fuera mío.
Exhalo.
Dejo que el peso caiga en la cuerda.
Y la cuerda, por fin, me retiene.
La harina cae suave, como una cortesía. El azúcar se deshace sin hacer preguntas. La manteca cede cuando la aprieto con paciencia.
Será la mejor tarta para el mejor hombre. Marido y padre ejemplar. Y mejor jefe aún. Todos lo quieren, y por supuesto yo soy la primera en admirarlo.
Es su cumpleaños, ¿lo dije? Qué mejor regalo que mi tarta especial.
La masa se vuelve dócil con la fricción. Aprende de mi paciencia. Se abre si la tratás bien. Se rinde si sabés dónde tocarla.
Los dedos se hunden con ritmo en la carnosa abertura. Los huevos humectan, dejando la mano blanca y viscosa. No puedo resistirme y me la llevo a la boca. La frente se me perla de transpiración.
Lo imagino disfrutar todo lo que le hago.
Se lo merece.
Suspiro, con mis cachetes colorados.
¡Qué feliz podría hacerlo!
En su escritorio hay una foto con los chicos. Siempre la mira.
Y, antes de hablar, ojea el retrato de su mujer, como pidiéndole permiso.
Ahora el ingrediente especial. Abro la alacena y vuelvo a leer las instrucciones.
La negra calavera y el borde rojo de la etiqueta. Cómo odio ese signo de “peligro: no ingerir”, ¿qué sabrán ellos?
La cuchara queda suspendida. Me pregunto si hoy lo dejo vivir.
Dos átomos chocan por accidente y no hay vuelta atrás.
Fricción mínima y un destello que es apenas intención. Una idea que crece.
Las paredes se dilatan sin saber que son paredes. Calor: miles de soles contenidos en una pupila. Un dominó de fuego se vuelve un brazo que arrasa todo.
Sombras donde había cuerpos. Muerte hecha ceniza cayendo como nieve.
Una voz me toca el hombro. Pestañeo.
La llama del fósforo tiembla frente a mí y se queda quieta, domesticada, en la punta de sus dedos.
Ella enciende su cigarrillo y sonríe.
En sus ojos veo el futuro que ya empezó a arder.
El sonido se acentúa bajo la brumosa Londres. El eco de los pasos reverbera en un callejón de farolas cansadas.
Clac. Clac. El ritmo se estira con elegancia. Un taco resbala, corrige, sigue.
Atrás, otro paso. Más pesado.
La lluvia insiste. Y en esa insistencia, el corazón late más rápido.
Clac. Clac. Los pasos se apuran. Pierden distinción.
Los otros avanzan. Lentos. Sin duda.
Un taco se quiebra.
La piel toca la piedra. Los pies desnudos corren al ritmo de los latidos. Asesinan el reflejo del farol.
Solo queda la respiración y el agua llenando los charcos.
Están demasiado cerca.
Las piernas se endurecen debajo de la falda.
Se desliza, buscando la oscuridad.
El filo deslumbra bajo la luna. Es frío, determinado, severo.
Él se detiene. Ella también. Justo detrás.
Un movimiento rápido, y el cuerpo del hombre se desploma, tiñendo el agua de carmesí.
Ella se pierde en la bruma.
Aspiro. Huele a bosque, susurro de brisa y humedad. Musgo y severidad. El aire entra de golpe y duele, como si los pulmones no lo merecieran.
Huele a taller, a resina, a aserrín flotando en un rayo de luz. Huele a mi abuelo diciendo que cada tabla tiene memoria. Es una promesa de casa, de mesa, de cuna. También la certeza de un límite: cerco, pared, puerta. Encierro.
La madera guarda el sol aunque lo niegue. Siento su calor en la veta, aun con mis manos destrozadas. Es lisa cuando la pulen. Es cruel cuando se astilla.
Respiro corto. El aire se achica. Cada intento raspa. Venganza dulce de un árbol añejo.
El aroma se vuelve más intenso cuando la tierra cae, pero es como beber de un vaso vacío.
El cajón me abraza y me arrulla con canciones milenarias.
Cierro los ojos.
El cuerpo decide por mí.
Es curiosa la lujuria. ¿Sabía usted, mi querido amigo, que los antiguos la confundían con el amor?
Por la Edad Media con el exceso.
En cambio, vaya a saber por qué artilugios de la mente, hoy lo llaman derecho.
Yo prefiero llamarlo deuda. Y las deudas, usted sabe, se pagan.
No se preocupe, mi amigo: estas divagaciones de un hombre viejo son apenas una nota marginal, un epitafio, si lo prefiere.
Usted, por ejemplo, mira mi vaso, atento, con ansias.
Yo, en cambio, lo miro a usted con hambre.
Nada le ha impedido tomar a mi amada… Pues nada me impide a mí exigirle que pague.
¿Siente ese cosquilleo en los hombros? Son los brazos estirándose por el peso del cuerpo. ¿El olor a hierro oxidado? Me disculpo: no tuve tiempo de limpiarlo.
Dicen que fue el conde Domadof quien inició esa perversa práctica de empalar a sus enemigos. Pero no hay registro confiable de esa historia.