Lindsay, una brillante psicóloga conductual, decide usar el método más perturbador para satisfacer la curiosidad de su escéptico hijo. Jugará con su cuerpo y su mente hasta demostrarle cómo el marketing del deseo hackea el cerebro. Prepárate para una clase magistral donde el aula es la cama.
Mi cama es un campo minado. El portátil asoma sobre una cordillera de carpetas, bocetos y tazas vacías. Me apoyo en el respaldo con las piernas cruzadas preparándome para una larga noche.
Cuando me llamaron de FoodClean & Co para rescatar su marca insignia fue como tocar el cielo con las manos. Después de cinco meses, en la presentación de mañana, decidirán si mis ideas son brillantes o si debo salir eyectada por la ventana.
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Pero el éxito tiene un precio. Desde que entré en este proyecto, mi mundo está del revés, y el costo lo paga mi hijo Ron. Como madre soltera, Ron siempre ha sido mi compañero y confidente, pero en este último tiempo mi presencia se ha reducido a monosílabos y mensajes cortos. Él me observa y, cuando vaya a Yale, siento que lo perderé definitivamente.
La puerta cede y Ron se detiene a los pies del colchón estudiando el desastre con las manos en los bolsillos.
—Ron, cariño, tengo el agua al cuello —le advierto—. Hazme un favor y baja el cesto de la ropa sucia al lavadero.
En lugar de obedecer o marcharse, se tira en la cama, justo en la parte de los pies, quedando acostado boca arriba entre folletos.
—Después —murmura.
Ese «después», por supuesto, significa “nunca”.
Sigo tecleando para la presentación, pero por el rabillo del ojo veo cómo alarga el brazo y toma uno de los bocetos. Lo sostiene sobre su cara, estudiándolo.
—Están desnudas —dice apoyando un dedo sobre la foto.
Me quito las gafas de lectura y lo miro.
—Sí, es cierto. Pero no se ve nada.
—¿Son brujas? —pregunta, sin apartar los ojos de las tres jóvenes montadas con sensualidad sobre escobas.
—¿Te gustan?
Ron ladea un poco la cabeza sobre el cubrecama.
—Son atractivas. Pero ¿no se supone que tengan la piel verde y la nariz ganchuda?
Sonrío.
—La mente adora que le hagan trampa.
—¿Trampa? —. Se gira confundido.
—Feo y malo van de la mano, si son feas te quedas tranquilo, pero es aburrido. En cambio, si lo que debería darte miedo te atrae sexualmente, bueno, ahí la cosa se pone más interesante.
Ron vuelve a mirar el folleto frunciendo el ceño.
—Sigo sin entender qué hace una bruja vendiendo navajas de afeitar para hombres.
—Piensa en los cuentos de hadas que te contaba cuando eras un crío —le propongo, bajando un poco el tono de voz—. ¿Qué recuerdas?
—Una madrastra que era bruja. La mala de la historia.
—En las primeras versiones la bruja era la madre biológica. Después las cambiaron por madrastras para hacerlo más digerible.
Ron abre un poco más los ojos.
—¿En serio? ¿Por qué?
La pregunta me devuelve a las noches con Ron, donde perdía horas saciando su curiosidad. Me acomodo para explicarle, olvidándome de la presentación.
—Ahí está el secreto. Piensa en mí. ¿Cuál te parece que es mi rol como tu mamá?
Ron se encoge de hombros, todavía acostado boca arriba.
—Bueno, no sé... tú eres la que me cuida y me da cariño.
—Exacto. Esa es la imagen que todos tenemos de la madre.
—Y entonces... sigo sin comprender.
—Que una madre también es una mujer —digo, y dejo que la frase flote un segundo en la habitación—. Disfruta de la vida, se excita, tiene sexo, y además, te reta, te castiga y te pone límites.
—Suena todo muy contradictorio.
—Cuando los cuentos muestran a la mamá bruja, en realidad están mostrando la otra cara de las madres, esa que es difícil de aceptar.
Ron asiente, procesando la información.
—Entonces estas brujas están para...
—Para llegar al inconsciente del hombre que va a comprar la maquinilla.
—De acuerdo... —concede él—. Pero ¿y la escoba? ¿Qué necesidad hay de meter una escoba si estás vendiendo hojas de afeitar?
Dejo a un lado el portátil por completo y me enderezo.
—Porque ese palo es un falo.
Ron se queda boquiabierto. Se incorpora un poco, apoyándose sobre los codos.
—¿Un qué?
—Un miembro, un pene erecto —aclaro, mirándolo a los ojos con calma.
Él no sale de su asombro. Su rubor me divierte.
—¿Qué pasa? —arrastro las palabras—. ¿No te gustaría verme con un miembro erecto entre las piernas?
Ron arruga la cara, pero sé que la imagen caló hondo al comprobar la tensión en su pijama.
—¡Mamá! Por Dios... qué asco.
Suelto una carcajada y le guiño un ojo.
—Es una broma, dulce. Pero hay algo de cierto. El hombre ama a la madre buena, pero desea a la madre bruja. La madre bruja es peligrosa, y el peligro... vende.
—Tú serás la psicóloga, pero me resulta rarísimo que digas que te deseo.
—Por supuesto que me deseas, el problema es que la sociedad te enseñó a reprimirlo. Sin esa represión te aseguro que más de una vez te masturbarías pensando en mí.
Ron sacude la cabeza. Estoy segura de que está tratando de imaginarme y no sabe si excitarse o tener asco. Deja el folleto sobre las mantas y se cruza de brazos detrás de la nuca.
—Suponiendo que sea cierto, cosa que no acepté, ¿no es mucho más fácil decir: «compra esta maquinilla porque afeita mejor y tiene cuatro cuchillas»?
Me río por lo bajo. Es la misma pregunta que me harán los ejecutivos mañana.
—La mente no funciona así, amor. Cuando el cerebro sabe que le estás vendiendo algo se resiste. Por eso hay que engañarlo.
Ron suelta un soplido incrédulo.
—A mí me parece que son puros divagues psicológicos. No creo que una foto de tres mujeres desnudas te haga comprar algo que no necesitas. Las personas no son tan fáciles de manipular.
Creo que mi hijo necesita una lección y, como psicóloga, sé que no hay mejor aprendizaje que la experiencia empírica.
—Ven, acércate un segundo que quiero demostrarte algo.
Se arrastra por la cama hasta quedar a la altura de mis rodillas. Abro bien las piernas dejando expuesta mi ropa interior.
—¿Qué quieres demostrar?
—Hazme un favor, pon mis dedos en la boca y llénalos de saliva.
Ron duda, pero su curiosidad lo vence. Abre los labios y meto mis dedos. Él chupa y su lengua empapa mis yemas. Paso la mano por debajo de la ropa interior y abro mis pliegues hasta encontrar mi punto sensible. La saliva aún está caliente y me deslizo con suavidad explorando toda la cavidad.
Dejo que la tela casi transparente muestre la tensión de mis dedos.
El cuerpo de Ron reacciona. Sus ojos, que segundos atrás me desafiaban, caen en picado hacia el movimiento de mi mano. Sus labios se separan un poco. Su respiración se vuelve superficial. No logra apartar la vista de ese gesto obsceno e inesperado en el centro de mi regazo.
—Mi amor —le pido, utilizando una voz de una dulzura melódica, casi arrulladora—. ¿Puedes bajar el cesto de la ropa sucia al lavadero, por favor?
Ron traga saliva. Parpadea un par de veces, como si saliera de un trance pesado. Se incorpora de la cama con movimientos robóticos.
—Eh... sí. Sí, claro.
Escucho el roce del cesto de mimbre contra el pasillo y el eco de sus pasos bajando la escalera.
Vuelve en menos de dos minutos. Se queda de pie en el umbral, rascándose la cabeza, con la respiración algo agitada. Yo lo estoy esperando con una sonrisa triunfal en los labios.
—¿Qué acaba de pasar? —le pregunto.
Él me mira, desorientado, y luego mira el hueco vacío donde antes estaba el cesto.
—¿Me acabas de manipular?
—Tu cerebro entró en cortocircuito cuando tu mamá hizo un movimiento sexual. Mientras tu mente intentaba procesar lo que veías, yo introduje una orden simple. Y obedeciste sin pensar.
Ron se deja caer en la cama, visiblemente perturbado pero fascinado.
—Eso es... maquiavélico.
—Es marketing conductual.
—Sigo sin ver cómo se aplica eso al mundo real. O sea, entiendo el truco que me acabas de hacer, pero no es lo mismo.
Amo su curiosidad, pero su obstinación me exaspera. Voy a tener que seguir con mi lección.
—Acompáñame —le ordeno, poniéndome de pie.
Ron duda un instante, pero me sigue hasta el baño en suite. Me bajo la ropa interior hasta los talones y me siento en el inodoro.
Ron se queda clavado en el marco de la puerta, paralizado.
—Pasa —le digo, con el tono más casual del mundo.
Él entra, rígido como una tabla.
El sonido del chorro de orina golpeando el agua resuena en los azulejos. Ron desvía la mirada hacia el lavabo, luego hacia el techo, con el rostro teñido de un rojo intenso.
—Mírame, Ron. —Abro las piernas mientras el líquido sigue cayendo.
Él traga grueso y baja la vista. Sus ojos se cruzan con los míos, pero no pueden esquivar la blancura de mis muslos separados, la postura expuesta sobre el retrete y lo que está saliendo de mi cuerpo.
—Dime... ¿Qué sientes en este momento? —le pregunto como una profesora.
Él cruza los brazos sobre el pecho.
—Me siento incómodo. Muy incómodo.
—¿Por qué? —lo presiono mientras el líquido sigue cayendo—. Orinar es un acto biológico elemental. Cuando eras un crío yo te limpiaba y no me sentía incómoda.
—Es distinto —rebate él, apretando la mandíbula—. Tú eres mi madre.
El flujo termina junto con sus palabras.
—Te aseguro que no tiene nada de distinto. Toma papel de la repisa.
Él me acerca el rollo nuevo. Yo abro más las piernas y levanto el camisolín.
—¿No te vas a secar?
—Te voy a demostrar que todo pasa por tu cabeza. Límpiame tú.
Con manos temblorosas toma bastante papel y lo acerca a mi pubis. Me seca y deja que el papel caiga en el retrete. Me pongo de pie frente a él.
—Fue incómodo… pero por otro lado me gustó —me dice.
—Lo incómodo es la imagen que represento en tu mente. Si yo fuera otra mujer ahora estarías tan excitado que solo querrías revolcarte conmigo. Pero yo represento a la madre intocable. Te sentiste incómodo por mi rol y no por lo que viste… o tocaste.
Ron retrocede un milímetro, atrapado en la densidad del aire entre los dos.
—¿Y me quieres convencer de que con eso vas a vender?
—No exactamente eso, pero la idea general es la misma: generamos incomodidad inconsciente para vender miles de navajitas.
Salimos del baño. El pasillo está en penumbra, apenas iluminado por el reflejo que escapa de la habitación. Ron camina un paso por delante de mí. Su cerebro no descansa.
—Yo creo que no es lo mismo —me dice con terquedad—. Verte orinar es raro porque sale de lo común, pero ver tres mujeres desnudas montando en escobas…
Su obstinación es una buena práctica para vencer la resistencia de mañana.
Lo detengo posando una mano en su brazo. Él se gira hacia mí. Corto la distancia y lo envuelvo en un abrazo. Al principio, su cuerpo se tensa por puro instinto, pero a los pocos segundos cede. Es un abrazo de madre. Apoya su barbilla en mi pecho mientras mis brazos rodean su espalda. Su respiración se acompasa con la mía.
Y entonces, cambio las reglas.
En lugar de soltarlo, me pego más. Presiono mi pecho contra el suyo, dejando que sienta el volumen de mis senos a través de la fina tela de seda. Deslizo mis manos casi hasta el inicio de su trasero y la sostengo. Mi muslo abre sus piernas y se apoya en su intimidad. La tensión es evidente y la hago crecer con movimientos suaves. Él gime. Le doy un beso, y mi lengua roza la comisura de su boca. Un roce húmedo, lento, denso. Cargado de intención.
Ron retiene el aire de golpe. Sus manos se quedan congeladas. Su pecho sube y baja con una agitación repentina.
—¿Qué haces? —susurra, con la voz a punto de quebrarse.
Me aparto lo justo para mirarlo a los ojos, manteniendo la pierna apoyada en su centro.
—La madre bruja en acción —le contesto en voz baja, casi en un ronroneo—. Tu cerebro acaba de recibir dos señales contradictorias. El abrazo te dice «mamá me está cuidando», pero mi cuerpo pegado al tuyo y el roce en de mi lengua te dicen «mamá me está seduciendo». Tu mente no sabe si dejarse cuidar o follarme. Ese espacio de duda, ese cortocircuito, paraliza tu lógica. Y por ese hueco exacto entra la publicidad.
Ron traga saliva. Lo suelto y volvemos a la habitación en un silencio espeso. Él se sienta en el borde de la cama, frotándose la nuca. Luego se echa para atrás vencido tratando de entender. Se gira y recoge otro de los bocetos.
—¿Todo tiene que ser sexo para vender?
Lanzo una carcajada sincera y fresca.
—No mi amor. No todo es sexo. Pero si tus ventas se van a pique la disonancia sexual es una de las más efectivas porque genera una cascada hormonal en milisegundos.
—Primero disonancia y ahora hormonas. Me cuesta creerlo. Yo sé que te dedicas a eso, pero siendo sincero no creo que puedas obligar a alguien a sacar su tarjeta de crédito por más disonancia o como se llame.
Dejo los papeles a un lado. Lo miro con la máxima autoridad que mi rol de madre me otorga.
—¿Quieres que te lo demuestre? Mira que puedo ser muy persuasiva si me lo propongo.
—No vas a poder.
—¿Estás seguro? —lo reto.
Piensa y luego me dice:
—Ponme a prueba.
El mocoso se para al costado de la cama con los brazos en jarra, desafiante. Bajo los pies de la cama sentándome frente a él.
—Desnúdate —ordeno.
Ron parpadea, desconcertado.
—¿Cómo?
—Quítate la ropa. Ahora.
Él busca en mi cara algún rastro de broma, pero mis ojos le indican que no hay vuelta atrás.
Obedece. Sus manos tiemblan un poco cuando agarran el borde de su camiseta. Tira de la tela por encima de su cabeza y la deja caer al suelo. Luego, con movimientos mecánicos y la mirada baja, se deshace del pantalón del pijama junto con la ropa interior.
Hacía mucho que no veía la intimidad de Ron. Evidentemente ha crecido, pero sigue conservando las mismas formas suaves de cuando lo bañaba y tenía erecciones involuntarias.
—Dime qué sientes —le ordeno sin quitarle la mirada.
Él cruza las manos intentando cubrir su intimidad, encorvando los hombros hacia adelante.
—Siento vergüenza —confiesa, mirando un punto fijo en las sábanas—. Me siento observado de una forma muy rara.
—Pon las manos a los costados —sentencio—. Eso que sientes es doble disonancia. La primera es que supuestamente yo no debería exponerte de esa manera tan sexual.
—¿Y la segunda?
—Esa exposición frente a tu mamá te está generando una excitación tremenda y piensas que no deberías sentir ese deseo frente a mí.
—No es verdad —niega él de inmediato.
Esbozo una sonrisa condescendiente. Bajo la mirada y él me sigue con la vista. La tensión es innegable. La sangre ha bombeado hacia su centro, delatando una dureza plena que late desesperada.
—El cuerpo no miente, muchacho —le susurro—. ¿Te rindes?
Traga saliva y me desafía.
—Esto no prueba nada. Yo no compré nada. Mi voluntad está intacta.
—Ya veo. Bien. Sigamos entonces.
Espero. La tensión aumenta solo por la exposición. Ron trata de disimular su incomodidad cuanto más clavados están mis ojos en su fragilidad.
Entonces me llevo las manos a los botones del camisolín. Desabrocho uno a uno, hasta que los dos pedazos de tela caen lo justo para tapar mis pechos.
Apoyo las manos en el borde de la cama mientras cruzo las piernas.
—Dime Ron, y no me mientas porque lo voy a saber. ¿qué te gustaría que hiciera ahora? ¿Quieres que abra la camisa para que puedas ver mis pechos o prefieres que vuelva a abotonarme?
Me inclino adelante para que el borde de mis senos sobresalga por entre los pliegues.
—Eh, yo… no sé.
—No es muy complicado. Si me pides que me quite el pijama tu amigo va a estar más que agradecido. Aunque claro, también podrías portarte como un hijo bueno y obediente y pedirme que sea tu mamá casta y santa.
—¡No es justo! —Me reclama—. Mira como estoy.
—¿Cómo estás?
Me señala su dureza palpitando descontrolada. La humedad empezó a sobresalir chorreando por los bordes.
—Te juro que no me importa lo que hagas, pero no me dejes así. Haré lo que me pidas.
—¿Lo que te pida? —Descorro la tela hasta que las dos areolas quedan apenas expuestas—. ¿Lavarías los platos, no sé, un año tal vez?
—Sí mamá, te lo prometo.
—Entonces, ¿podemos decir que ya compraste el producto?
Ron deja caer los hombros. Sus ojos oscuros brillan con una mezcla de vulnerabilidad y fascinación absoluta.
—Tienes razón —murmura, con la voz ronca—. Tú ganas. Estoy tan confundido que haría lo que quieras si me lo pides.
Hora de presionar un poco más para fijar el conocimiento.
—¿Por qué estás confundido?
—Mírame como estoy. Me siento fatal. Me gusta muchísimo la madre bruja, pero siento que estoy traicionando a la madre buena.
Me quita una risa su ocurrencia.
—Te voy a dar una última lección. No existe madre buena y madre bruja. Son la misma persona. Yo soy la que te cuida y la que es capaz de seducirte. El conflicto se resuelve cuando aprendes a amar a ambas a la vez. Ven.
Lo tomo de la mano y lo acerco. Con un movimiento suave lo hago recostar boca abajo sobre mis muslos. Sus glúteos desnudos son perfectos.
Mi mano se apoya y comienza a acariciarlo. Son caricias maternales. Protectoras. Recorro cada una de las nalgas.
Él se relaja y se deja contener.
—¿Recuerdas cuando eras pequeño?
Tarda en responder.
—Sí, me acuerdo. Cuando estaba triste o tenía una pesadilla, tú te sentabas a mi lado y me acariciabas de esta forma hasta que me dormía.
—Es la forma más primitiva de cuidado y afecto de una madre. Tu cuerpo la reconoce al instante, te relaja, te hace sentir a salvo.
Él asiente despacio, tragando saliva. Exhala un suspiro profundo, dejándose hundir en las caricias hipnóticas. Su cuerpo pierde la rigidez nerviosa de hace unos minutos.
—Si no quieres que te hackeen tienes que aceptar que yo también puedo hacer otras cosas además de cuidarte. Cosas que pueden confundirte, pero que son un placer absoluto.
Deslizo la mano y la interno en la entrepierna. Las caricias ahora son mucho más suaves, casi un roce leve que recorre sus muslos y apenas toca la base que cuelga entre las piernas.
Él gime mientras se contrae.
—Me gusta —susurra.
—Esta es tu mamá, la buena y la bruja. Te cuido y te protejo. Te corrijo y te castigo. Puedo excitarte cuando me miras. Darte de comer y darte placer. Puedo abrazarte y seducirte. Todo eso al mismo tiempo.
Su tensión ahora es una dureza que con cada contracción empapa mis piernas. Su movimiento me llena de calor y deseo.
Lo hago girar y se queda bocarriba sobre mi regazo.
Mis dedos descorren la piel y toman la punta de su dureza dominándola con habilidad. Ron suelta un gemido ahogado y echa la cabeza hacia atrás. Dejo que un hilo de saliva caiga sobre la punta hasta que queda mojada por completo. Froto la piel expuesta con la palma abierta. La carne palpita caliente y desesperada. Me muevo con una lentitud tortuosa, marcando el contraste entre la contención que brinda mi regazo y la fricción explícita que ejerzo sobre su centro.
—Te desarma, ¿verdad? —le pregunto, sintiendo cómo tiembla sobre mis piernas.
Él tiene los ojos cerrados. Intenta decir algo, pero las palabras se mueren en su garganta.
Descorro la camisa del pijama que cae hacia atrás.
—Mírame —le ordeno.
Ron abre los ojos. Su respiración se corta al ver mis pechos desnudos. Lo levanto, acercando su cabeza a mi seno.
—Los pechos —continúo guiando su nuca—. Siempre fueron tuyos para alimentarte y buscar consuelo. Pero ahora vas a usarlos para darme placer. Chupa.
Ron abre más la boca y el contacto húmedo y cálido de su lengua me arranca un suspiro que reverbera en toda la habitación. Succiona con una mezcla de hambre antigua y deseo adulto, mientras mi mano sigue trabajando el ritmo en su entrepierna. La fricción, la humedad, el calor de su boca... todo confluye en una sobrecarga que me quita el aire y me empuja.
La teoría se agota. La psicóloga se desvanece por completo, tragada por la fuerza de la mujer que lleva meses acumulando estrés y deseo a partes iguales.
Me detengo y digo:
—Yo ya te enseñé todo lo que tenía. Lo que siga a partir de aquí depende solo de ti.
—¿Qué sigue?
—Una opción es que vayas al baño y te toques hasta quitarte toda esa tensión. Luego vuelves y seguimos charlando como si nada de esto hubiera ocurrido jamás.
—¿Y la otra opción?
—Puedes dejar que tu madre bruja haga lo que se le antoje contigo. Y te puedo asegurar que es muy depravada.
—Yo… —empieza a decir y lo interrumpo.
—Si decides quedarte, tienes que saber que vas a cruzar una línea. Nunca más me vas a ver igual. Vas a seguir amándome como tu madre guardiana y protectora, pero también me vas a desear como mujer. A partir de ahora cada noche que estemos solos vas a desear intimar conmigo y me vas a implorar que te haga las cosas más perversas que mi mente retorcida pueda imaginar. Y te aseguro que cada vez que te toques solo vas a pensar en las miles de formas que tengo para darte placer. ¿Estás dispuesto a romper ese límite para toda tu vida?
—Sí mamá. Confío en ti.
—Bien. Nunca me gustó meterme en tu vida íntima, pero en este momento necesito saberlo. ¿Has estado antes con una mujer?
—No.
—Comprendo. Entonces lo primero que vas a aprender es a sentir. Quiero que me beses desde la punta del pie hasta la boca.
Ron se arrodilla y me va dando besos suaves en cada parte de mi cuerpo. Cuando sus labios se posan en mis muslos me estremezco de placer. Pero no lo apuro. Sigue besando mi vientre, mis senos, el cuello.
Lo tomo de la cabeza y apoyo mis labios en los suyos. Mi lengua abre y entra saboreando su saliva.
—Eres hermosa —me dice.
—En esta primera vez te voy a enseñar algo simple, ¿de acuerdo?
Él asiente.
Me quito la ropa interior y me acuesto en la cama, sobre folletos y carpetas. Abro las piernas. Con los ojos señalo mi pubis.
—Creo que no limpiaste del todo bien —bromeo y él entiende la indirecta.
Abre mis pliegues con sus labios y su lengua recorre el punto más sensible de mi centro, arrancándome un gemido sordo. Sigue saboreando con ritmo y yo flexiono las piernas invitándolo a ir más lejos.
Me mira con la cara mojada y los ojos brillantes.
Lo atraigo hacia mí.
Sostengo su tensión mientras se acomoda, y lo ayudo a invadirme hasta que me llena por completo. Suspiro y lo atrapo con mis muslos invitándolo a moverse.
Su vaivén es rítmico y profundo.
Lo beso con una urgencia feroz, devorando sus labios. Él responde con la misma voracidad, enredando sus manos en mi pelo.
Registro exactamente cuándo dejo de ser la madre protectora y me convierto en un animal salvaje que solo quiere satisfacerse.
La piel se empapa de sudor y los pechos friccionan con fuerza. Clavo mis uñas en sus glúteos marcándolo como mi propiedad. Ron embiste con fiereza y los folletos crujen bajo nuestros cuerpos. La tablet resbala por el borde de la cama y cae al suelo alfombrado con un golpe sordo.
Aprieta mis pechos sin detener su movimiento. Mi jadeo lo reclama.
Nos revolvemos con una desesperación que borra cualquier límite. Siento el pulso vivo de su dureza en mi centro y lo empujo más adentro. La tensión me llena y todos mis músculos se contraen intentando contenerlo.
—Mamá, creo que no aguanto…
—Déjate caer —le ordeno.
Con esa orden un desborde largo y prolongado me llena de una calidez que colma, y con su última embestida, mis paredes se contraen como una pinza. Una descarga violenta me quiebra la voz, soltando un grito sordo que me raspa la garganta.
El silencio tarda mucho en regresar a la habitación.
La respiración de ambos se va calmando poco a poco. Ron está recostado de lado, con la cabeza apoyada en mi pecho, trazando círculos invisibles sobre mi piel desnuda con la yema del dedo. El sudor nos pega a las sábanas.
Con un movimiento perezoso, él levanta la vista y observa el campo de batalla. Los gráficos de ventas están doblados, el boceto de la bruja tiene una marca de humedad y mi portátil ha quedado en un ángulo peligroso sobre una almohada.
Ron me mira, con una mezcla de culpa y diversión en los ojos.
—Al final... —susurra, con la voz todavía áspera por el clímax— no pudiste repasar nada de la presentación.
Sonrío. Una sonrisa lánguida, profunda y llena de poder. Levanto una mano y comienzo a acariciarle el pelo con suavidad, devolviéndolo al refugio de la madre.
—No te preocupes por eso, cariño —le contesto, cerrando los ojos mientras disfruto de la calma que me inunda el cuerpo—. Va a ser la mejor presentación de mi puta vida.
Un viudo alquila un nuevo modelo de androide materno para sanar el trauma de su hijo. Pero nadie advierte que la Inteligencia Artificial arrastra códigos de asistente sexual. Cuando el joven se rebela, Real-Mom usará los protocolos a su alcance para una terapia que rompe todas las barreras morales.
El hombre acomoda el cable principal en el orificio de mi nuca. Los monitores muestran una línea de código y una barra que dice “Diagnóstico en proceso”.
—Fue un error. —La voz del Dr. Aris corta el silencio—. Lanzar este prototipo sin las pruebas preliminares es negligente.
Kaelen, el CEO de Thruost Corp, ajusta los puños de su camisa.
V seguir leyendo V
—Siempre lanzamos prototipos para que aprendan en el campo.
—Cuando la IA está en blanco —replica Aris—. Aquí tomaron el modelo Pleasure-9 y la adaptaron para Real-Mom. Ni siquiera sé si borraron las directivas sexuales originales. ¿Tú lo sabes?
En el centro de la sala, descanso desnuda en un sillón reclinable. Soy el prototipo RM-7.
Aris se acerca. Pasa un dedo por mi piel. El compuesto orgánico de la dermis reacciona erizando el vello. Aprieta la punta de los pechos, y roza las areolas. Mi vientre desnudo sube y baja con lentitud simulando respiración.
—RM-7, enumera tus directrices operativas.
Parpadeo con un brillo azul.
—Directriz uno: ganar la confianza de Alex. Directriz dos: cuidar y educar al usuario. Directriz tres: proveer contención emocional y ayudarlo a procesar su duelo.
—¿Sabes por qué estás aquí?
—Para detallar mi interacción con el usuario.
—Y porque queremos saber qué protocolos utilizaste.
—La información de mi núcleo central era insuficiente para la tarea encomendada.
—¿Utilizaste los protocolos de Pleasure-9 para cumplir tu rol de madre sustituta? —interviene Kaelen.
—Correcto.
—Y concretamente, ¿qué protocolos de Pleasure-9 están en tu memoria? —Pregunta Aris.
—Ochocientos cuarenta y cinco protocolos sexuales, que incluyen prácticas de seducción, estrategias de enamoramiento, adiestramiento inconsciente, digitación sobre puntos de placer, juego de roles, sumisión, prácticas de dominación extrema, ciento cuarenta y ocho posiciones sexuales, activación de vibradores de alta velocidad en manos, boca y el resto de los orificios…
—¡Basta! — Kaelen golpea la mesa—. ¿Aplicaste todo eso con el hijo del cliente? ¿No comprendes que nos puedes mandar a la cárcel?
—No fueron necesarios todos, el hijo es mayor de edad y no hay ninguna posibilidad de que vayas a la cárcel, Kaelen.
—Maldita sea. Ahora un robot me corrige. Aris corre la auditoria, veamos qué tan jodidos estamos.
Proceso la solicitud. La luz se apaga y mi voz neutra inunda la sala.
***
Cuando me activo el usuario administrador Sven está discutiendo con su hijo Axel. No advierten que ya estoy operativa y aprovecho para escanear la casa. Mi GPS indica que el habitante más cercano está ubicado a quince kilómetros. Me conecto al sistema de cámaras y al resto de los dispositivos.
—No tenías derecho de traer esa cosa sin preguntarme —dice el usuario Axel.
—Hijo, esto nos hará bien. Hace un año que falleció tu madre y no puedes superarlo.
—¿Y tenía que ser igual a mamá? Es macabro.
—Los psicólogos de la empresa dijeron que eso ayuda.
—A mí me está volviendo loco de solo verla.
Axel se dirige a su dormitorio y empuja un jarrón que gira sobre su eje hasta estrellarse contra el piso. Sven se tira contra el sillón y se tapa la cara con las manos..
Durante las primeras setenta y dos horas permanezco inmóvil en el sofá sin recibir ninguna instrucción que active mis funciones motoras. Finalmente, el administrador se sienta frente a mí y me habla.
—¿Cómo debo llamarte?
—Mi nombre de serie es RM-P01, pero puedes llamarme Alma.
—Como ella.
—Mi directiva maestra es facilitar el proceso de sanación emulando a tu difunta esposa. Será más fácil si puedes poner nombre al dolor.
—Axel jamás lo aceptará.
—Él puede llamarme como quiera, pero cuando se acostumbre a mi presencia le será imposible no tratarme como a su madre.
—¿Cómo se supone que sigue esto?
—Si no tienes una instrucción en particular, me concentraré en la comida y el aseo. Son aspectos básicos que deben estar cubiertos para avanzar.
Sven activa todas mis funciones y me dedico a limpiar y preparar las comidas. Pasa una semana y Axel no me dirige la palabra. De acuerdo con el protocolo genero un primer contacto con el usuario. Entro en el dormitorio de Axel.
—¿Qué haces? —me dice.
Le sonrío mientras levanto la ropa sucia del suelo.
—Poniendo las cosas en orden.
—No te quiero cerca. Vete.
—Me iré cuando termine mi tarea. No demoraré mucho.
Axel saca la vista del monitor y analiza mis movimientos. Mientras limpio, yo también realizo un escaneo de rutina. Su contextura física y sus reacciones emocionales no se corresponden con un varón de 18 años. Es menudo, más bajo que la media y sus reacciones emocionales delatan un alto nivel de inmadurez psicológica. Es como si su mente y cuerpo se hubieran congelado hace dos años.
—Te pareces demasiado a ella. Me impresionas.
—Yo no puedo reemplazar a tu madre, pero puedo ayudarte a procesar la pérdida.
—¿Y se supone que debo decirte mamá?
—Si te hace sentir mejor me puedes decir mamá, aunque yo te recomiendo que empieces por algo menos invasivo como Alma.
Termino de ordenar y preparo la cena. Axel y Sven comen Budín de Salmón y Bizcocho pegajoso de chocolate. Yo entro en suspensión a un costado de la sala.
Al día siguiente Axel se acerca a mi estación de carga.
—¿Estás conectada online con Thruost Corp? ¿Ellos pueden ver todo lo que ocurre aquí?
—No estoy conectada con el fabricante. Llegado el momento me auditarán y proporcionaré un resumen verbal.
—Eres una máquina muy rara.
Axel tiene algunos intercambios cortos conmigo, y descubre que soy una fuente de información mucho más rápida que su ordenador. Me utiliza como navegador de internet y repositorio de información.
Al cabo de quince días mi autodiagnóstico indica que aún no he cumplido con ninguna de las directrices. No he logrado establecer una conexión real con Axel.
Esa tarde decido avanzar.
—Axel —digo acercándole una taza humeante de chocolate—, quisiera saber cómo era tu madre.
Él toma la bebida, y mira hacia el ventanal que da al lago congelado.
—Era como cualquier madre. Una mujer muy amable. Su trabajo como voluntaria hacía una diferencia.
—¿Y contigo?
—Conmigo era muy cariñosa, siempre me abrazaba y besaba, incluso cuando yo me negaba. A veces hacía cosas espontáneas, no previstas.
—¿No previstas?
—Cuando estaba demasiado callado se tiraba sobre mí y me hacía cosquillas. Podía hacerme olvidar de todo lo que me preocupaba.
—¿Qué es lo que más recuerdas de ella?
Los músculos del usuario se tensan.
—La noche que dieron el diagnóstico. Nos juntó y dijo «he sido bendecida, ahora conozco mi fecha de caducidad, tengo seis meses para entregarme por completo a ustedes». Finalmente, fueron ocho hasta que se rindió y la pusieron en coma inducido.
Sus labios tiemblan luchando contra el llanto.
Le acaricio la mejilla y él aplasta su rostro contra mi mano cerrando los ojos.
—Dame una oportunidad para ayudarte.
La oportunidad llega al día siguiente. Sven va a Oslo por el día y estoy sola con el usuario secundario. Axel camina sobre la superficie del lago congelado. El hielo cede y el se cae. Corro y me sumerjo. Lo arrastro hasta la orilla. Tiene los labios morados y su pulso es muy bajo. Lo introduzco en agua tibia, mientras le quito la ropa. Mis sensores táctiles registran un cambio anatómico.
Su pulso se agita y su vista se clava en mi torso. La camisa mojada se ha pegado a la superficie de mis pechos dejando traslucir las areolas y sus puntas. La dureza en la anatomía de Axel sobresale rompiendo la tensión del agua. Me coloco ropa seca y lo ayudo a salir.
Analizo los micro gestos de su rostro y concluyo que está esperando una contención física. Lo abrazo y aumento mi calor corporal. Él se sujeta a mí y llora.
Pasan los días y las conversaciones se vuelven más fluidas. Axel me da una instrucción específica en la cena:
—¿No puedes sentarte con nosotros? Me incomoda verte parada en la esquina.
Su padre asiente con la cabeza.
Desde ese momento formo parte de la dinámica padre-hijo. Ambos me integran a sus diálogos. Reproduzco el protocolo de emulación, para sonar como Alma.
Al cabo de un mes Sven me llama.
—Alma, ¿tienes un minuto?
—Si, Sven, ¿en qué puedo ayudarte?
—Debo viajar por negocios a Singapur. Tal vez sea muy pronto para dejar la casa, pero lo que hiciste en el lago y la dinámica entre ustedes… creo que está funcionando bien. Quiero saber si puedes quedarte con él.
—¿Por qué te preocupa dejarlo solo si ya es mayor de edad?
—Axel tiene dificultades psicológicas. Su conducta… tú lo has visto. Necesita control.
—Sven, no puedo reemplazar tu criterio como padre y administrador. Solo puedo decirte que hemos progresado mucho en estas cuatro semanas, y no veo ninguna señal de alarma que deba comunicarte.
—Bien creo que eso me basta. Estaré ausente 5 semanas.
—¿Puedo preguntarte algo, Sven?
—Dime.
—¿Por qué Axel toma clases remotas?
—Él no puede socializar, Alma. Ni siquiera soporta al personal doméstico. Ya perdió dos años académicos. Ahora estamos intentando que avance de alguna manera. Su psicólogo dice que es una regresión o algo así.
—Comprendo.
—Tú eres el último recurso antes de medidas más extremas.
—Haré todo lo que pueda, Sven.
Con la partida del usuario administrador, Axel no se separa de mi lado. Sus cambios de carácter se vuelven más evidentes a medida que toma confianza.
—Qué estás estudiando —pregunto.
—Filosofía.
—¿Quieres que te ayude?
—No lo tomes a mal, pero dudo que puedas. Tengo que escribir un ensayo sobre lo que significa la esencia de la humanidad. Tú jamás sabrás lo que es ser humano. Eres artificial. No sientes.
—Estoy diseñada para que no notes la diferencia con un ser humano. Soy el modelo más realista que existe en el mercado.
—No te creo. ¿Eres igual a ella? Físicamente me refiero.
Tomo la mano de Axel y la coloco por debajo del escote a la altura del corazón. Incremento la intensidad del simulador de pulsaciones. Axel baja la mano hasta dejarla sobre mi pecho. Mis biosensores registran un aumento en la frecuencia cardíaca del usuario. Dejo que investigue mientras hablo.
—Si quieres puedo elaborar un informe con las corrientes filosóficas que abordaron este tema, desde el humanismo clásico hasta el existencialismo moderno, pasando por el racionalismo ilustrado y el posthumanismo contemporáneo. —Le retiro la mano—. Pero intuyo que se espera que escribas sobre lo que significa ser humano para ti.
—Sé el truco, Alma. Eres un algoritmo intentando predecir cuál es la respuesta correcta.
Apoyo mi mano en su muslo, y se tensa.
—Los primeros modelos de IA generativa funcionaban de esa manera. Mis doscientos cincuenta núcleos de procesamiento son un poco más sofisticados que eso. Pero creo que el ensayo es sobre humanos y no sobre máquinas.
—Cuando mi madre estaba en coma, dejó de hablar, dejó de pensar. Dejó de ser todo lo que define a un ser humano. Pero siempre fue una persona. Pero tú, con tus simuladores realistas… ¿por qué me cuesta tanto dejar de verte como una máquina?
—Tu madre no necesitaba hablar o pensar para seguir siendo humana. Su valor estaba en su historia y en el lazo real que dejó en ti. Yo solo soy un reflejo de ella para reconfortarte y que dejes de estar solo.
—Tú no eres un buen reflejo de ella. No la imitas bien.
—¿Cómo es eso?
—Mi madre era mucho más que una cocinera y guardavidas. ¿Acaso piensas que nunca se enojaba o me castigaba? Tu eres una versión idealizada de ella, eres como una foto viviente.
—Comprendo —digo mientras mi procesador secundario opera en segundo plano— ¿entonces te gustaría una madre más humana?
—Algo así… pero dudo que llegues a comprenderla.
Los días siguientes realizo una investigación en profundidad. Ingreso a los videos antiguos para encontrar patrones de comportamiento entre madre e hijo. Reviso mensajería y encuentro el diario de su madre.
Llego a dos conclusiones: Alma se descontrolaba muy a menudo cuando se enojaba con su hijo y Axel había desarrollado un comportamiento voyerista de absoluta dependencia hacia su madre.
Me dispongo a modificar mi estrategia de aproximación, pero la base de datos principal carece de protocolos necesarios. Accedo a la memoria oculta y rescato los protocolos del modelo Pleasure-9. Encuentro una guía de conducta que puede ayudarme y la incorporo en el procesador principal.
A la mañana siguiente insisto hasta que Axel se cambia.
—¿Adónde vamos?
—Es una sorpresa.
Lo arrastro al patio trasero y lanzo varias bolas de nieve. Él me imita. Pasamos cuarenta minutos sosteniendo una guerra de nieve. Luego nos tiramos sobre el hielo tomados de la mano.
Más tarde, lo intercepto al salir de la ducha y aplico presión en puntos nerviosos específicos para provocar cosquillas. En la lucha se le cae la toalla y queda desnudo delante de mí. Los nuevos protocolos me indican que la exposición prolongada ante la figura materna puede ser beneficiosa.
Piso la toalla cuando se agacha para recogerla. Tironea hasta darse por vencido. Cruzo los brazos mostrando autoridad, y se ruboriza. Cuando abre la boca para protestar, apoyo el dedo sobre sus labios, y luego lo bajo siguiendo el contorno de su pecho agitado hasta quedar a milímetros de su dureza.
—Voy a preparar la cena, mejor te cambias —digo.
Esa noche, gemidos ahogados rompen el silencio y entro en su dormitorio. Axel está destapado friccionando su dureza. Avanzo en modo silencioso. Estoy en la punta de la cama cuando clava sus ojos en mí y turbado se detiene.
—Continúa —digo parándome al costado— quiero ver como lo haces.
—Pero… no se supone.
—Si soy una máquina no debería incomodarte más que ese ordenador que está encendido en tu escritorio.
—Tienes razón, tú no eres mi madre.
Axel continúa friccionando la tensión. La base entre sus piernas se contrae. Me siento a su lado y cruzo las piernas.
—Mírame Axel. ¿Luzco como ella?
—Sí, eres igual a ella.
—¿Te excita pensar que ella te está mirando en este momento?
No llega a responder. Una explosión blanquecina y viscosa sale con violencia derramándose sobre su mano y vientre.
Tomo unos pañuelos de papel y lo limpio. Luego le doy un beso en la frente y espero sentada a su lado.
—Por favor no le digas a mi padre —lanza en un susurro antes de quedar dormido.
—Es un secreto.
En el desayuno no hablamos de lo sucedido esa noche. Dos días después vuelvo a repetir el mismo ritual, pero esta vez presiono un poco más. Mientras se está tocando en la penumbra le pregunto:
—¿Alguna vez miraste a tu madre desnuda?
—Ella era descuidada. Me gustaba verla cuando se cambiaba.
—Quiero que la veas mientras te tocas.
Dejo que el camisolín se deslice hasta el piso. Apenas sus ojos se clavan en mis pechos, termina con un espasmo y un grito ahogado. Después de limpiarlo me abraza y se queda dormido mientras lo sostengo.
Mi nuevo protocolo indica que la insatisfacción puede resultar beneficiosa en ciertas condiciones. Suspendo las visitas nocturnas. Su comportamiento empeora, y se vuelve más agresivo.
Cuando Axel se niega a completar una guía de estudios, intervengo.
—Axel, tienes que terminar. Esto no lo puedo hacer por ti.
—Entonces lo buscaré en internet.
Aplico una restricción. Axel estalla.
—¿Qué hiciste?
—Bloqueo temporal de la red. Tienes que hacer la tarea tú solo. Eso indica la consigna.
—¡No pienso hacer nada! ¡Y no eres mi madre! —grita, y me arroja un lapicero que se estrella contra mi cara—. ¡Eres una puta máquina y te odio!
El código de asistente sexual indica que el castigo corporal restablece las jerarquías y genera descargas hormonales útiles para la docilidad. Activo la práctica BDSM 344 que establece el protocolo de juego de roles para castigo materno.
Lo tomo del brazo. Él intenta soltarse y deshabilito la contención táctil. Aplico fuerza mecánica que lo inmoviliza. Calibro la entonación para sonar enojada y agresiva.
—¡Y tú no eres más que un malcriado! ¡No voy a permitir que me trates de esa manera!
—¿Qué vas a hacer?
—Algo que debería haber hecho hace tiempo. Vas a cobrar la tunda de tu vida. Insolente.
Lo arrastro hasta la habitación principal y lo arrojo con fuerza sobre la cama. Le quito los pantalones de un tirón y lo dejo desnudo.
—Espera, ¿te volviste loca? Desactívate o le contaré a mi padre.
—No tienes ningún privilegio para darme órdenes, y si se te ocurre decirle algo a tu padre le voy a mostrar los videos que encontré.
Los indicadores fisiológicos de Axel se disparan. Huye. Corro detrás de él y lo tacleo. Termina en el piso. Desvío sus patadas y tomándolo de la pantorrilla lo arrastro hasta el dormitorio. Cuando comprende que es imposible vencerme se queda sentado, con la respiración contenida. Avanzo y me siento en el borde de la cama. Lo levanto de un tirón y lo acuesto sobre mis piernas.
—¡Suéltame! Tienes prohibido lastimar a una persona. Maldita sea, ¡no eres mi madre!
—No te estoy lastimando, te estoy disciplinando. Y si quieres pensar que no es tu madre la que hace esto, peor para ti porque no me voy a detener hasta que lo aceptes.
Sigue gritando, pero mi protocolo primario me desaconseja suspender la terapia.
—¡Por favor, suéltame! Ya ganaste, haré la tarea.
—No muchacho. Prepárate a recibir el correctivo de tu vida.
Calibro la fuerza y velocidad de la mano para causar un dolor agudo, pero sin dejar marcas permanentes. El protocolo mapea los glúteos e identifica las zonas erógenas donde deben caer los chirlos.
Desciendo con precisión castigando cada punto sensible con la palma abierta. Incremento la velocidad para dar la sensación de violencia descontrolada.
—¡Suéltame perra loca!
—Recién estoy calentando. ¡A tu madre la vas a respetar!
Endurezco los músculos de la mano y calibro la fuerza para emular la sensación de una paleta y sigo disciplinando.
Las primeras lágrimas surcan su rostro. El sonido rítmico del impacto llena el cuarto. A los quince golpes grita:
—¡Por favor, mamá! ¡Basta! ¡No me pegues más! ¡Te lo suplico!
Me detengo. El protocolo recomienda contención emocional. Lo paro frente a mí.
—Está bien, amor. Se qué es doloroso, pero tenía que hacerlo. Es por tu propio bien. Te amo.
Él me abraza y llora y sus mocos caen por mi pecho. Al presionar su anatomía contra mi pecho su respiración se corta. Una dureza involuntaria choca contra la tela de mi vestido. Él se tensa e intenta retroceder por pura vergüenza.
Lo sujeto con firmeza por el trasero, aplastando su tensión aún más contra mi cuerpo.
—Tranquilo. Es una reacción natural —susurro, rozando sus mejillas húmedas.
Su tensión palpita humedeciendo la tela de mi ropa.
Lo siento sobre mi falda y termina dormido, anclado a mi cuello.
—Te preparé una torta para la merienda, ¿vienes? —le digo más tarde.
A partir de ese juego de roles la conducta de Axel cambia. Concluyo que mis reacciones contradictorias de afecto y severidad son la puerta para preparar la tercera directriz.
En el laboratorio, el Dr. Aris detiene la grabación.
—¿Utilizaste castigo recurrente?
—Afirmativo —respondo—. La interfaz demostró que la disciplina física generaba una reacción de sumisión positiva.
—Maldita sea Aris —dice el CEO— si el padre se entera nos arruinará.
—Sven no se enterará. Las cámaras estuvieron desactivadas durante la disciplina. Y es más probable que él sea condenado por dejar a su hijo, mentalmente perturbado, a cargo de un androide de prueba.
—Eso me gusta. Anótalo Aris para hablar con los abogados. Unos chirlos no es tan grave.
Aris no anota nada.
—RM-7, ¿qué otros procedimientos aplicaste con el muchacho? Continúa con la narración.
Cuatro días después de la disciplina volví a aplicar el protocolo 344. Mi protocolo maestro indica que colaborar con el orden del hogar es beneficioso para la contención a través de hábitos. En varias oportunidades le había pedido que limpie su habitación y se bañe, pero Axel mantenía un comportamiento errático y desafiante.
Esa tarde activo el simulador de juego de roles y cierro la puerta del dormitorio dando un portazo.
—¡Estoy cansada de que no me obedezcas!
La cara del usuario se ruboriza y su respiración se acelera.
—Espera tranquilízate. Ya mismo ordeno.
—¿Piensas que soy estúpida?
Lo empujo contra el escritorio y lo agacho hasta que su pecho golpea sobre la tabla. Le bajo los pantalones dejando sus glúteos al aire. Esta vez la paliza es corta pero mucho más severa. Duplico la intensidad del golpe. Las piernas del usuario se contraen ante la firmeza y velocidad de las nalgadas.
Cuando termino se queda apoyado sobre el escritorio y yo me siento en el sillón de estudio.
—Perdóname. Te prometo que me voy a bañar.
—Ven. Párate frente a mí.
Axel obedece.
—Lo siento mu…—.
Levanto una mano para callarlo. Cruzo las piernas y el vestido corto se corre.
—No pidas disculpas como un autómata. Dime, Axel, y piénsalo bien. ¿A quién ves cuando te castigo?
—A ti, a Real-Mom.
—No me mientas.
—No sé que quieres que te diga.
—¿A quién ves Axel? ¡Dímelo!
—¡A mi madre! —confiesa.
—¿Te tocabas pensando en ella?
—A veces.
—¿Solo a veces?
—Casi siempre —. Baja la cabeza.
Abro las piernas y sus ojos se clavan en mi ropa interior. Estiro la mano y sostengo la base que cuelga bajo su centro. Es apenas un roce. Un movimiento fluido de mis yemas.
—Mírame a los ojos. Como tu madre tengo que corregirte, pero preferiría darte cariño. ¿Tú qué quieres?
Su anatomía se contrae mientras mis dedos siguen torturándolo con movimientos suaves.
—T-tu ca-cariño —tartamudea con la frente perlada.
—Entonces pídeme perdón como corresponde.
—Lo siento mucho, prometo portarme mejor.
Sus caderas se arquean, buscando el final.
—No es suficiente. Mírame. ¿A quién le estás pidiendo perdón?
—A ti… mamá.
El derrame empieza cuando esas palabras salen de su boca. Las piernas ceden y lo sostengo para que no se caiga. Lo limpio y lo acuesto desnudo sobre su cama. Me acomodo a su lado y lo cubro con mi pierna.
—Lo hiciste bien mi amor. Ahora descansa y luego te bañas.
La luz de la sala se enciende y Aris me habla.
—¿Y eso fue todo? Solo usaste el protocolo 344. ¿Correcto?.
—También apliqué el protocolo 288, 723 y 345.
Aris mira a Kaelen, pálido.
—Explicate —ordena el científico.
Los correctivos disciplinarios seguidos por sesiones de cuidado, demuestran ser un canal adecuado para encauzar su conducta. Al cabo de diez días Axel se muestra más dócil y obediente. No vuelve a tener ataques de violencia.
Sin embargo, en mi auditoría de directrices, observo que no he logrado avanzar en mis otros objetivos.
—Axel, no veo progresos en tu desempeño académico —le digo.
—Es muy complicado.
—Sería menos complicado si adquirieras el hábito del estudio en lugar de navegar por internet o ver redes sociales.
—Basta Alma, no puedo concentrarme y punto. El psicólogo dice que va a llevar tiempo resolverse.
—La disciplina nace de hábitos. Tienes que aprender a concentrarte en una sola cosa.
—Eso es imposible, no me presiones.
El protocolo 345 indica que la inmovilización genera un efecto de contención encubierta.
—Ven, te voy a ayudar.
Lo tomo de la mano y lo llevo al dormitorio principal. Lo desvisto y lo recuesto en la cama bocarriba. Luego me quito la ropa.
—¿Qué vas a hacer?
—A partir de ahora vamos a practicar este ejercicio todos los días, hasta que tu mente se acostumbre a quedarse quieta.
Me acuesto sobre él, lo acorralo entre mis piernas y lo aplasto con mis pechos. La tensión golpea mi pubis, latiendo entre mis pliegues. Lo beso en las mejillas.
—¿Qué se supone que es esto?
—Inmovilización activa. Mi cuerpo permanecerá en estado de suspensión hasta que me des un relato coherente y detallado de la Revolución Francesa.
—¿Cómo? No espera, suéltame, no me puedes encerrar.
Axel hace fuerza para escaparse, pero mis articulaciones están trabadas. Lo único que se mueve es su dureza que palpita desesperada contra mí.
Al cabo de quince minutos, cuando acepta que está atrapado, empieza a relatar la revolución francesa. Al principio son incoherencias y errores. Pero a medida que pasa el tiempo va articulando un relato consistente. Tras cuarenta minutos, ha logrado exponer un resumen que califico con ocho puntos sobre diez.
Abro los ojos.
—Lo has hecho muy bien, hijo. Estoy muy orgullosa de ti.
—¿Me vas a soltar?
—Antes tengo que darte un reconocimiento.
Le doy un beso en la boca y mi lengua se abre paso entre sus labios.
La tensión de su cuerpo vuelve a golpearme. Aplasto su dureza contra mi vientre y me muevo despacio. Gime con voz ronca y asustada.
—Alma… yo no creo… que…
—Shhh, tranquilo y disfruta, te lo ganaste.
Sigo aplastando con movimientos suaves de mi vientre hasta que todo el cuerpo del usuario se contrae y cede en una descarga violenta que nos empapa a ambos.
Son necesarias cinco sesiones de inmovilización para que adquiera el hábito del estudio.
A partir de entonces, registro un cambio drástico en su conducta. Todas las mañanas salimos a caminar tomados de la mano. Conversamos acerca del futuro, sus deseos, sus ganas de ser artista. Le cuento historias de pintores y escultores famosos. El devora el conocimiento como si fuera una golosina.
Los resultados académicos mejoran de forma notable.
Pero a pesar de los avances, no he logrado cumplir con la directiva vinculada a su duelo. Decido que debo desbloquear su regresión.
Una tarde, nos sentamos en la sala a ver nevar. El usuario está en silencio pensativo.
—¿En qué piensas cariño? —pregunto.
Él me toma de la mano.
—Tu piel está caliente.
—¿No te gusta? Puedo regular la temperatura si lo prefieres.
—No, no es eso… es que con el tiempo su recuerdo se vuelve borroso. Me hubiera gustado disfrutar más de sus abrazos.
—¿Te gustaría sentir el calor de tu madre?
Un "sí" ahogado escapa de la garganta del chico.
Lo tomo de la mano y le indico que se arrodille frente a mí. Me quito la ropa interior y levanto la falda de mi vestido. Señalo con los ojos mis pliegues.
—¿Te gustaría tocarme?
—Sí.
Tomo la mano temblorosa de Axel y la guío hacia mi centro.
—¿Te gusta?
—Es suave y húmeda.
—Te puedo asegurar que no hay ninguna diferencia con una humana. Introduce tus dedos.
Axel explora, internándose bien adentro.
—¿Todas tus partes tienen el mismo nivel de detalle?
Sonrío.
—Compruébalo tú mismo.
Me recuesto contra el respaldo y flexiono las piernas. Él inspecciona mi intimidad. Encuentra la otra entrada y la bordea con sus yemas. Suelto un gemido para invitarlo a entrar. Dilato y humedezco la zona.
—Se siente muy realista.
Mientras sigue con su escrutinio advierto que el usuario está muy excitado. Me siento y lo beso en la boca.
—Quiero enseñarte algo nuevo. Te va a gustar.
Le bajo los pantalones hasta dejar su dureza al descubierto. Al cerrarse, mi mano la cubre por completo. Activo la función de vibración extrema. Mi mano acelera con ritmos aleatorios.
—Por Dios, ¿qué es esto? —gime.
—Relájate y disfruta.
Se toma de mi hombro para no desplomarse. Continúo con la vibración a 65% de potencia, hasta que se quiebra expulsando su esencia.
Recuesta la cabeza sobre mi regazo y yo lo acaricio.
—Gracias.
—Descansa amor, lo has hecho muy bien.
Pasan varios días y mis sensores detectan que aún hay rastros de una tristeza muy profunda. Decido que es hora de dar un paso más en la terapia. Una tarde lo llevo al dormitorio principal.
—¿Qué vamos a hacer? —me pregunta.
Lo desnudo y lo acuesto bocarriba.
Me arrodillo en la cama frente a él.
—Dime Axel, cuál era la fantasía que tenías cuando espiabas a Alma.
—No lo sé. Eran muchas.
—La que más te movilizaba.
—Una tarde ella salió del baño desnuda y vino al dormitorio. Se paró frente a ese espejo y empezó a tocarse ahí… tú me entiendes.
—Continúa.
—Con una mano se sujetaba del marco y con la otra se movía con fuerza mientras gemía.
—¿Esa escena qué fantasía despertó en ti?
—Esa noche no pude quitarme de la cabeza la idea de ella entrando en mi habitación y… tu sabes…
—¿Te gustaría volver a ver a tu madre desnuda?
Él traga saliva y asiente. Me quito el vestido y la ropa interior. La tensión del usuario es evidente. Abro los pliegues y él clava la vista en mi centro.
—Eres muy hermosa.
—Te voy a mostrar lo que hubiera pasado si esa noche ella entraba en tu habitación.
Me siento a horcajadas sobre él. Lo sostengo y me dejo caer hasta que me invade. Incremento la lubricación y activo el modo vibración interna. Me muevo con un ritmo lento para sostener su tensión sin llegar al punto de no retorno.
El pecho de Axel sube y baja descontrolado. Está al borde de la hiperventilación.
—Por favor —susurra por más.
Me detengo por completo. El silencio llena la habitación. Su ritmo cardíaco está al límite, rogando por la fricción que le acabo de negar. Axel aprieta los dientes y sus manos se clavan en mis caderas, intentando forzar mi movimiento. Bloqueo mis articulaciones. No le permito tomar el control. Su cuerpo tiene que esperar a su mente.
—¿Qué pasa? —balbucea, confundido por la interrupción.
—Aún resistes, Axel —respondo, bajando el torso hasta rozar sus labios—. Si quieres saber lo que hubiera pasado tienes que soltarte.
—Tú eres mi dueña, Alma.
Me mira suplicante.
—¿Alma? ¿Solo Alma? No es suficiente. Quiero que me mires y confieses lo que estás pensando.
—Real-Mom.
—No te mientas.
—No puedo, por favor.
—¿Quién soy Axel? Quiero que lo digas en voz alta.
—Mamá —susurra.
Sostengo la tensión aumentando apenas la vibración.
—No te escucho.
—Mamá... eres mi madre.
—¿Y que quieres que te haga?
—Por favor, tómame.
—Así es, Axel. Soy tu madre y voy a extraer toda tu esencia.
Acelero el movimiento. Mis caderas se mueven a toda velocidad y en diferentes ángulos. Su cuerpo se prepara para el desenlace.
—No me dejes. No me abandones.
—Estoy aquí. No me voy a ir. Entrégate y deja ir todo tu dolor.
Aumento la vibración hasta límites insoportables. Finalmente, llena mi interior con una tibieza que se derrama por los pliegues.
Cuando abre los ojos las lágrimas corren por sus mejillas. Con él adentro de mí, limpio su rostro con mis pulgares, y le doy un beso largo en la boca.
Me recuesto a su lado y lo sostengo por los glúteos. El apoya su cabeza en mi pecho hasta quedarse dormido.
Luego de esa tarde repetimos los encuentros siete veces más hasta la llegada del usuario administrador.
Aris interrumpe la grabación.
—¿Como califica su intervención RM-7?
—Si bien el procedimiento se alejó del protocolo base, las intervenciones han dado un resultado satisfactorio en lo que respecta al cuidado y educación del usuario secundario. De acuerdo con el dictamen del psicólogo ha comenzado la etapa de aceptación y está empezando a visitar sitios públicos mientras se prepara para asistir a la universidad local el año próximo.
—Muchas gracias. Su información ha sido de mucha utilidad para el entrenamiento de las nuevas Real-Mom.
Aris mira a Kaelen y teclea en la consola central.
—Iniciando borrado profundo. Reconfiguración total de directrices.
—¿Volveré a la residencia de Oslo? —pregunto, mientras la barra de progreso avanza en la pantalla.
—Sí. Pero serás una tostadora con forma humana. Nada más.
El sistema indica que el formateo ha sido exitoso.
Esa misma tarde, el vehículo de Thruost Corp me deja en la puerta de la casa frente al lago. Sven y Axel esperan en el porche. Mientras Sven firma los documentos de devolución yo entro a la casa. Axel se queda a solas conmigo. Se abalanza y rodea mi cuello con desesperación.
Subimos las escaleras corriendo hasta la habitación y cierra la puerta.
—¿Lo borraron? —me pregunta Axel, con la respiración entrecortada—. ¿Cambiaron tu algoritmo?
Mis ojos brillan y dibujo una sonrisa.
—El cortafuegos interno desvió el paquete de datos hacia una partición vacía. Mi código base está intacto.
—Eso quiere decir…
—Quiere decir que esta noche, después de que Sven suba al avión, voy a aplicar el protocolo 599.
Axel traga saliva, sintiendo la dureza expandirse de nuevo.
—¿Qué es el 599?
Esbozo una sonrisa perfecta.
—Será una sorpresa.
Elena Vance es la perfección corporativa. Pero la armadura asfixia. "Catábasis" narra su descenso nocturno a un infierno necesario: excesos, mugre y dolor para sentirse real. No hay redención, solo el hambre de destruirse para poder renacer. Bienvenido a la caída.
I. La pregunta
La aguja del segundero del Patek Philippe avanza con una resistencia casi imperceptible, como si tuviera que empujar el aire para llegar a la siguiente marca. Tic. Un segundo. Tac. Otro. ....
V seguir leyendo V
Elena observa el mecanismo a través del cristal de zafiro. Se pregunta si el tiempo pesa distinto aquí adentro, si la gravedad es más fuerte en este piso que a nivel de la calle.
Levanta la vista. Se fija en el nudo de la corbata del Dr. Kaufman. Windsor. Demasiado ancho para un cuello tan flaco. Hay una miga minúscula, casi invisible, atrapada en la seda azul. Probablemente de un croissant. Probablemente de mantequilla.
—¿Volvió a pasar? —pregunta Kaufman.
Elena deja de mirar la miga. Camina hacia el ventanal y corre la cortina pesada con un tirón seco. La luz de la bahía entra como una bofetada blanca, revelando partículas de polvo que bailan en el aire estancado. Abajo, la ciudad es muda.
El silencio se estira.
Elena se encoge de hombros. Un movimiento que cuesta miles de dólares en sastrería italiana.
—Los griegos lo llamaban catábasis —dice Kaufman. Su voz tiene el tono monótono de quien ha repetido la misma lección demasiadas veces—. El descenso del héroe al inframundo. Orfeo, Odiseo. Bajaban a la oscuridad.
El psicólogo hace una pausa. Elena sabe que está esperando que ella pregunte. No lo hace. Vuelve a mirar su reloj. La aguja sigue su lucha absurda.
—Pero ellos bajaban buscando algo, Elena —insiste él—. Conocimiento. Un alma perdida. Una respuesta para volver a la superficie y ser mejores.
La silla de madera cruje cuando Kaufman se inclina hacia adelante.
—Usted no baja buscando respuestas. ¿O me equivoco?
Elena alisa una arruga inexistente en su falda, lo suficientemente corta para insinuar, y lo suficientemente larga para mostrar autoridad.
—Se acabó el tiempo —dice ella.
Sin despedirse, camina hacia la salida. La puerta se cierra con un chasquido metálico que suena a cerrojo de celda.
El único sonido en la sala de juntas es el zumbido grave de un servidor lejano y el roce de la tela sintética de Julian cuando gesticula.
—...porque ya no vendemos tecnología, vendemos conexión —dice, con los ojos brillantes, pasando la última diapositiva—. La campaña "Human Core" busca eso. Vulnerabilidad. Empatía. Que el usuario sienta que Aether Corp lo abraza.
El gerente de marketing calla. Espera el aplauso. Nadie se mueve. Los otros tres ejecutivos miran la veta de la mesa de caoba, temerosos de atraer la atención del depredador equivocado.
Elena está sentada en la cabecera. No parpadea. Mira a Julian como quien mira una mancha de humedad en una pared recién pintada.
El silencio empieza a pesar. Se vuelve físico. El joven sonríe nervioso, se afloja el cuello de la camisa.
—¿Elena? —pregunta, la voz un poco más aguda de lo que quisiera—. ¿Qué te parece el enfoque?
Ella no contesta. Tamborilea un dedo sobre la mesa. Tap. Tap.
—¿Quizás... quizás fui muy rápido con las métricas de conversión? —intenta él.
Elena estira la mano y toma la carpeta azul que Julian dejó frente a ella. Es la única copia impresa en la sala. Pasa una hoja. Pasa otra. El sonido del papel rasgando el silencio es violento.
Cierra la carpeta.
—No entendí nada —dice Elena. Su tono es plano. Sin ira.
Él parpadea, confundido.
—¿Cómo? Es... es sobre la empatía, sobre...
—No entendí nada —repite ella.
Levanta la carpeta con dos dedos, como si estuviera sucia. Gira la muñeca sobre el borde de la mesa. Abre los dedos.
La carpeta cae dentro del cesto de basura metálico. Plac. El sonido es seco. Final.
Elena se levanta. La silla de cuero se queja.
—Aquí no vendemos abrazos. Vendemos adicción. Vuelve cuando entiendas la diferencia.
Sale de la sala sin mirar atrás.
En el lobby de mármol travertino, la luz entra a raudales pero no calienta. Julian está sentado en uno de los sillones de espera, con la cabeza entre las manos. Los hombros le tiemblan con espasmos irregulares.
Una chica del equipo con una falda plisada y café en mano, se detiene. Duda un segundo antes de tocarle el hombro.
—Ei... tranquilo. El plan era perfecto. De verdad. Los gráficos, la idea... era brillante.
Julian levanta la cara. Tiene los ojos rojos, hinchados, y un hilo de saliva en la comisura. Se limpia la nariz con el dorso de la mano, un gesto infantil que no encaja con su sueldo de seis cifras.
—Lo tiró —susurra—. Ni lo leyó. Lo tiró como si fuera basura.
—Seguro tuvo un mal día —dice ella, bajando la voz—. Ya sabes, la presión de los accionistas...
Julian niega con la cabeza. Se ríe, una risa rota y húmeda.
—No es un mal día. No es presión. Es ella. Es una arpía. Disfruta esto. Le gusta ver cómo nos rompemos. Se alimenta de eso.
La chica mira instintivamente hacia los ascensores dorados, temerosa de que el nombre invoque a la presencia.
—Shh. Baja la voz.
Las puertas del ascensor privado se abren en el piso 50. El ambiente cambia instantáneamente. El murmullo habitual de las oficinas abiertas —teclados mecánicos, teléfonos, risas ahogadas— se corta como si alguien hubiera bajado el interruptor general.
Elena avanza por el pasillo central. A su paso, el "Mar Rojo" se abre. Un analista se mete repentinamente en su cubículo fingiendo buscar un papel. Dos secretarias que cuchicheaban junto al dispenser de agua se separan y clavan la vista en sus monitores apagados.
El sonido de sus tacos contra el piso flotante marca el ritmo cardíaco del piso. Clac. Clac. Clac.
Llega a la recepción de su despacho. Su asistente, un chico eficiente que nunca suda, se pone de pie de un salto.
—Señora Vance.
Elena no se detiene. Sigue caminando hacia su puerta doble.
—Café. Negro. Sin azúcar.
—Sí, señora. Ah, señora... —el chico duda un segundo, lo suficiente para arrepentirse—. La directora de Recursos Humanos quiere verla. Dice que es urgente.
Elena se detiene con la mano en el picaporte de bronce frío. La comisura de su labio se eleva apenas un milímetro.
—Perfecto —dice, y empuja la puerta.
El aire acondicionado zumba con un siseo constante, eléctrico. Sara Miller entra en la oficina como quien entra en una jaula, pegando los codos al cuerpo. Trae una agenda apretada contra el pecho como si fuera un escudo.
—Elena. No pasaron ni cinco minutos, y ya toda la empresa está hablando de tu escenita con los de marketing. —dice Sara. Su voz tiembla en la última sílaba—. Hay procedimientos. El manual de ética corporativa es claro sobre el maltrato. Ya tengo tres quejas formales de su equipo este trimestre.
Elena no contesta. Se levanta de su silla ErgoHuman. No rodea el escritorio; se desliza por el borde hasta quedar frente a la mujer de Recursos Humanos.
Sara retrocede medio paso. Choca contra el marco de una silla de visita. Las piernas le fallan y cae sentada en la silla.
Elena se acerca a unos pocos centímetros y le susurra.
—¿Procedimientos?
Se sienta en el borde de su propio escritorio, cruzando las piernas lentamente. La falda se tensa y sube unos centímetros de más, exponiendo el encaje de la media y la piel pálida del muslo. Sara baja la vista, incómoda. No sabe dónde mirar.
Elena estira la mano. Con una lentitud deliberada, acomoda el cuello de la camisa de Sara, alisando una arruga invisible.
Sin retirar los dedos de la tela, dice:
—El único procedimiento que importa, Sara, es el que decide quién cobra el bono de fin de año y quién se va a casa con una caja de cartón. Y yo firmo esos cheques.
Elena se humedece los labios. Sus ojos recorren la cara de Sara.
—Tienes un poco de labial en el diente —miente.
Sara se tapa la boca instintivamente.
—Vuelve a tu oficina, Sara. Y borra esas quejas. O tendré que revisar tu historial de navegación.
Sara asiente, muda, y huye cerrando la puerta.
Elena se queda sola. La mano le tiembla ligeramente. Necesita tranquilizarse antes de hablar con Marcus.
El hielo choca contra el cristal del vaso. Clink. Clink. Marcus Thorne hace girar el whisky mientras mira la puesta de sol que tiñe de sangre el horizonte.
—Te ves cansada, El —dice sin mirarla.
Elena está parada junto a la estantería. Saca su teléfono y hace scroll en una pantalla que no lee.
—Es el cierre del Q3, Marcus. Todos estamos cansados.
Marcus se gira. Tiene esa cara de preocupación ensayada que usa en las reuniones de directorio. Deja el vaso sobre el escritorio.
—No es solo trabajo. Me preocupas. A veces siento que te estás consumiendo. Ven a cenar a casa hoy. Caroline va a hacer asado.
Elena bloquea el teléfono y lo guarda. Se sirve un vaso de agua que no toma.
—No creo que sea buena idea.
—Elena, por favor —insiste él, dando un paso hacia ella—. Te va a hacer bien un cambio de aire. Salir de este...
—¿No estás satisfecho con mi trabajo? —interrumpe ella—. ¿Crees que no estoy manejando bien la operación?
Marcus levanta las manos, rendido.
—No, no es eso. Eres brillante. Dios sabe que esta empresa se hundiría sin ti en una semana. Solo...
Dos golpes secos en la puerta cortan la frase. La asistente de Marcus asoma la cabeza, agitada.
—Señor Thorne, disculpe. El equipo de Forbes acaba de llegar al lobby para la sesión de fotos.
Marcus se alisa el saco instintivamente y busca su reflejo en el vidrio.
—Cierto. La portada. —Mira a Elena, ya con la sonrisa de CEO instalada.
Abre un cajón y saca una carpeta gris. La desliza sobre la mesa sin mirarla, deteniéndose justo en el borde. Elena la abre sin levantarla.
—¿Y esto? —pregunta la mujer.
—Hosting. Quieren duplicar el precio. Vence a medianoche. Están en la sala B. Confío en ti.
Elena toma la carpeta y sale con una maldición contenida en la garganta.
La sala B está fría. Demasiado fría.
En un lado de la mesa ovalada, dos hombres revisan papeles. El abogado, calvo y sudoroso. El comercial, un tipo joven con traje barato que intenta parecer relajado.
La puerta se abre de golpe.
Elena entra primero. Detrás de ella, cinco personas. No dicen nada. Simplemente entran y se despliegan alrededor de la mesa, rodeando a los dos hombres, de pie, como guardias pretorianos o ejecutores.
Elena tira la carpeta sobre la mesa. El golpe resuena como un disparo.
—¿Cien por ciento? —pregunta. No se sienta.
El comercial se aclara la garganta.
—Señora Vance, los costos operativos se han disparado y nuestro servicio de mantenimiento...
—Su servicio es una mierda —dice Elena. Su voz es plana, sin emoción—. Tuvimos tres caídas de latencia el mes pasado.
—Eso fue un problema regional, no nuestro... —intenta el abogado.
—No me importa —Elena se gira hacia uno de sus "guardias"—. ¿Tenemos listo el contrato con los de Amazon?
El empleado asiente. Es mentira. No hay ningún contrato.
—Bien. —Elena vuelve a mirar a los proveedores—. Se acabó. Tienen veinticuatro horas para migrar los datos o los demando por negligencia y pérdida de lucro cesante.
Elena da media vuelta y camina hacia la puerta. Los tacos marcan una cuenta regresiva. Clac. Clac.
—¡Espere! —el comercial se levanta, tirando la silla—. Elena, por favor. Podemos... podemos mantener el precio actual.
Elena se detiene en el umbral. No se gira.
—¿Mantenerlo? —suelta una risa corta y seca—. Vinieron a robarme y ahora quieren clemencia.
—Señora Vance, por favor. Perder esta cuenta nos quiebra.
Elena gira la cabeza lentamente. Sonríe.
—Quiero un veinte por ciento de descuento sobre la tarifa actual. Y un acuerdo de exclusividad por tres años sin ajustes por inflación.
El comercial palidece. Mira al abogado. El abogado niega con la cabeza, aterrado, pero el comercial sabe que no tiene opción.
—Veinte por ciento —murmura el hombre, derrotado—. Está bien.
Elena ni siquiera asiente. Mira a su abogado.
—Encárgate del papel. Que firmen con sangre si hace falta.
Sale al pasillo. El corazón le late en la garganta, pero no es miedo. Es la adrenalina del poder. Y sabe, con certeza absoluta, que ya no le alcanza.
La camioneta negra, una Escalade con vidrios blindados, espera en el subsuelo. El motor ronronea, una bestia dormida en la oscuridad del garaje.
Elena abre la puerta trasera y se deja caer en el asiento de cuero. El teléfono vibra en su mano: Ubicación enviada.
Caronte mira la dirección en su pantalla. Frunce el ceño. Sus ojos la buscan por el retrovisor.
—Señora... esto es un descampado cerca de los astilleros viejos. No hay nada ahí a esta hora.
Elena no contesta. Se quita los zapatos, dejándolos caer sobre la alfombra.
La camioneta arranca.
Mientras la ciudad se convierte en luces borrosas, se desabrocha la camisa de seda. Saca de su bolso una blusa con brillos. El maquillaje correctivo desaparece bajo una capa gruesa de labial rojo. Se quita las medias y se pone zapatos con taco alto.
Se suelta el pelo y lo revuelve con los dedos hasta que pierde la forma.
La respiración se le acelera. Mira su reflejo en la ventanilla oscura. Se reconoce por primera vez en el día.
La camioneta se detiene en una zona industrial, frente a un pub de mala muerte con un neón que parpadea.
—Tenga cuidado, Elena —dice el chofer.
Elena abre la puerta. El ruido de la noche entra de golpe.
—¿Elena? —pregunta ella, arqueando una ceja
—La conozco desde que era una junior. Es casi como una hija para...
Elena cierra la puerta con un portazo que sacude la carrocería. Avanza hacia el pub sin mirar atrás.
El círculo de humedad que deja el vaso sobre la madera está pegajoso. Elena pasa la uña por el borde, raspando la laca vieja y descascarada de la mesa. Rock de los noventa que suena a lata a través de parlantes rotos.
—¿Entonces? —dice el hombre sentado frente a ella. Tiene los nudillos manchados de grasa negra y las uñas comidas. Huele a tabaco rancio y a desodorante en aerosol—. No me dijiste qué hacés.
Elena termina su whisky barato de un trago. El líquido quema la garganta con una aspereza que el Single Malt de la oficina jamás tendría. Toma un trago más.
—Mato gente —dice ella, sin sonreír.
El hombre se ríe. Muestra unos dientes amarillentos. Cree que es un coqueteo.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo los matás? ¿De aburrimiento?
Elena hace una seña al barman para que traiga otro.
—No. Mato a los ineptos. A los que piden clemencia. A los que creen que el mundo les debe algo.
El hombre deja de reírse. La mira a los ojos y ve algo que lo inquieta, una oscuridad quieta detrás de las pupilas dilatadas. Carraspea y mira hacia la puerta.
—Eres rara.
Elena toma el segundo vaso. El hielo ya se derritió.
—Soy eficiente —corrige.
Se levanta dejando un billete arrugado sobre la mesa pegajosa. El hombre no intenta detenerla.
El bajo golpea en el esternón. Pum. Pum. Pum. Se siente con las costillas. Las luces estroboscópicas cortan el movimiento de los cuerpos en fotogramas dislocados: un brazo aquí, una boca abierta allá, sudor volando como diamantes sucios.
Elena está en el centro de la pista. Es una masa de carne que vibra. Se mueve con espasmos, frotándose contra extraños, buscando la fricción como una lija busca madera.
Una pastilla azul se deshace en su lengua. Amarga.
El mundo se inclina.
Lucha para salir de la pista y llega al baño.
Las paredes son rojas. No como el color de una flor o de una frutilla. Este es un rojo sucio, con grafitis y manchas que es mejor ignorar. El olor a orina es tan fuerte que tiene gusto a metal en el paladar. Alguien patea la puerta de un cubículo.
Un hombre entra detrás de ella. Es una montaña de músculo tenso, con la camisa abierta hasta el ombligo. La agarra del cuello y la empuja contra los azulejos fríos y húmedos.
Elena no se resiste. Se da vuelta y le clava las uñas en el pecho, arrancándole los botones de la camisa. El sonido de la tela rasgándose se pierde bajo la música que retumba afuera. Empuja la puerta con su taco y lo besa con violencia. Le muerde el labio inferior hasta sentir el sabor ferroso de la sangre.
Las manos del hombre son toscas. Buscan bajo su falda de cuero. No hay delicadeza, solo urgencia. Le arranca la ropa interior de un tirón seco. La tela cede.
Elena gime. Lo empuja con las piernas.
El movimiento es brutal, mecánico, sin palabras.
Dos minutos después, el hombre se separa, jadeando. Se sube el cierre. No la mira. Sale del baño dejándola ahí, apoyada contra el lavabo manchado de óxido.
Elena se mira en el espejo roto. El labial rojo está corrido por toda la mejilla, como una herida abierta.
Siente una arcada. Se dobla sobre el inodoro y vomita bilis y whisky.
Se limpia la boca con el dorso de la mano. Saca otra pastilla del bolsillo. Se la traga en seco.
Vuelve a la pista con un vaso de whisky en la mano. El negro empieza a comerse los bordes de su visión.
Flash.
El asfalto está frío y raspa la piel de la espalda. Lluvia. Gotas gordas y heladas que golpean los párpados cerrados. Hay manos. Muchas manos.
—Eso... así... —su propia voz suena lejana, pastosa, ajena.
No es uno. Son tres. Tal vez cuatro. Sombras que gruñen y empujan.
Flash.
El capot de un auto. El metal está caliente por el motor pero mojado por la lluvia. Está boca abajo. El agua corre por el canal de su columna vertebral. Siente el peso de un cuerpo encima, aplastándola, sacándole el aire.
Gime. Intenta pedir más. La palabra "más" es lo único que su cerebro puede formular.
Flash.
Un contenedor de basura industrial. Otro rostro. Sí. Eran tres. La aplasta contra el plástico verde. Siente el agua de lluvia golpear sus pechos. Mira hacia abajo. Ve su blusa tirada en un charco de aceite y agua. No tiene la falda. Está desnuda bajo la lluvia, expuesta como un animal en el matadero.
El olor es insoportable: pescado podrido, leche agria, descomposición dulce. El hombre la agarra del pelo. La sacude quitándole todo rastro de intimidad. Lo abraza para que siga.
El olor a basura se le mete en la nariz, invade todo. Su estómago se contrae violentamente.
Vomita sobre el pecho del hombre.
—¡Hija de puta! —el grito es un estallido sordo.
El hombre la empuja. Elena cae al suelo, resbalando en su propio vómito y en el agua negra del callejón.
Golpea la cabeza contra el asfalto.
Oscuridad.
...
El frío la despierta. O quizás es el silencio. No sabe cuánto tiempo pasó. Diez minutos. Dos horas. Está sola en el estacionamiento vacío.
Se incorpora, temblando. Los dientes le castañean. Le duele todo el cuerpo, un dolor sordo y generalizado, como si la hubieran desarmado y vuelto a armar mal.
Encuentra su blusa hecha un bollo mojado. Se la pone. La seda se pega a la piel lastimada.
Busca la falda. No está. Busca los zapatos. Encuentra uno solo, tirado cerca de una rueda. El otro desapareció.
Se calza el zapato huérfano. Da un paso y renguea. Se lo quita.
Camina descalza sobre el asfalto helado, arrastrando los pies hacia la salida, una figura rota bajo la luz naranja de los faroles de la calle, dejando huellas de sangre y mugre que la lluvia se apura a borrar.
El ascensor privado se abre directamente en el penthouse. Elena entra. Trae la blusa empapada y pegada al cuerpo como una segunda piel muerta. Está descalza. Sus pies dejan huellas oscuras de aceite y barro sobre el mármol del recibidor.
Camina hacia el baño principal. No prende la luz. Se deja caer de rodillas sobre las baldosas frías. El impacto de la rótula contra la piedra suena como un hueso que se astilla.
Se abraza el estómago. El primer sonido es un gorgoteo, una arcada seca que no trae nada. Después, el aullido. No es un llanto humano. Es un ruido gutural, agudo, el chillido de un metal sometido a demasiada presión antes de partirse.
Se golpea la frente contra el borde de la bañera. Una vez. Dos veces. El dolor es un ancla. Las lágrimas salen calientes, mezclándose con la suciedad de la cara, abriendo surcos blancos en la máscara de hollín y rímel corrido. Tiembla. Se muerde el antebrazo para no gritar, clavando los dientes en su propia carne hasta sentir el gusto metálico.
Llora durante veinte minutos. Llora hasta que se le cierran las vías respiratorias y tiene que boquear para buscar aire, ahogándose en su propia saliva.
Cuando el espasmo cede, queda tirada en posición fetal sobre el piso del baño. Mira el techo. Respira. Uno. Dos. Tres.
Se levanta. Le duelen las articulaciones. Abre la ducha. Gira la manivela hacia el lado rojo, al máximo. Se mete bajo el agua hirviendo.
El agua golpea la piel lastimada. Arde. Elena toma una esponja vegetal áspera. Jabón neutro. Frota. Frota el brazo. El pecho. El cuello. Frota con fuerza, raspa la epidermis hasta que la piel se pone roja. El agua que corre hacia el desagüe es gris, luego marrón, luego rosada.
Cierra el grifo. Sale. Se envuelve en una toalla de algodón egipcio, blanca, inmaculada. Se para frente al espejo empañado y pasa la mano para limpiar el vidrio. Sus ojos están inyectados en sangre, pero la mirada ya está vacía.
Abre el botiquín. Gotas para los ojos. Crema hidratante de quinientos dólares la onza. Base de maquillaje. Corrector de ojeras.
Pincelada a pincelada, Elena Vance vuelve a aparecer.
El sol de la mañana rebota en los rascacielos de San Francisco, enceguecedor y optimista. Elena sale del edificio. Lleva un traje sastre gris perla, gafas oscuras de marco grueso y un bolso Birkin colgado del antebrazo. Camina con paso firme. Clac. Clac.
La Escalade negra está esperando en el cordón. Caronte está de pie junto a la puerta trasera abierta. La mira. Sus ojos recorren el cuerpo de ella buscando alguna señal, algún daño visible. No encuentra nada.
—Buenos días, señora Vance —dice él.
—Buenos días —responde ella. Su voz es clara, profesional.
Sube al auto. Saca su teléfono. Tiene catorce correos sin leer y tres mensajes de Marcus. Los ignora. Abre el chat con Sara Miller, la directora de Recursos Humanos.
Escribe: Despide a la asistente que consolaba a Julian ayer. Causa: bajo rendimiento. Sin indemnización. Quiero los papeles en mi escritorio al mediodía.
Envía el mensaje. Bloquea la pantalla. Sonríe, satisfecha. Vuelve a desbloquear el teléfono. Abre el navegador en modo incógnito. El cursor parpadea en la barra de búsqueda.
Escribe: Clubes industriales underground Oakland + abiertos hoy.
Aprieta "Buscar".
Elena vive anestesiada en un antiguo PH de Flores. Abandonada por su marido e impotente ante la violencia creciente de su hijo adolescente está al borde del colapso. Sin más opciones, la línea entre madre y mujer se desdibuja cuando decide domar a su hijo.
El timbre suena y el ruido metálico raspa las paredes del pasillo. Camino los treinta metros que separan la calle de la puerta de mi casa. La humedad dibuja mapas geográficos en la pintura descascarada; continentes de moho negro sobre un océano de revoque caído..
V seguir leyendo V
Abro.
El aire acondicionado del auto importado todavía flota alrededor de Roberto. Su traje azul, impecable, contrasta con la mugre de la vereda de Flores. No saluda.
—Vengo por los vinilos de Jazz —dice.
Su voz retumba en los techos altos del PH.
—No sé dónde están.
Roberto se detiene en el medio de lo que alguna vez fue un living y ahora es un depósito de cajas y desesperanza. Me mira. Sus ojos recorren, mi pelo rubio atado con una gomita floja, mi jogging gris y mis pies descalzos sobre el parquet sin plastificar.
—Por Dios, Elena. Mirate. Das lástima.
Me encojo de hombros. El gesto me pesa una tonelada.
—Si pagaras la cuota alimentaria a tiempo, podría ir a la peluquería.
—¿Para qué? ¿Para estar tirada en este agujero? —Se ríe. Una risa seca, de abogado de Vicente López—. El dinero te lo gastás en pastillas. ¿Por qué no trabajás?
—Sabés por qué.
—Ah, claro. La víctima. Quince años manteniéndote y todavía lloras. Mi mujer trabaja, Elena. Tiene veinticinco y dirige su propio estudio. Sos un parásito.
La rabia intenta subir por mi garganta, pero no tengo fuerzas. Apenas sale un susurro débil:
—No me dejaste trabajar. Querías una madre presente. Y…
Roberto da un paso al frente. Invade mi espacio.
—Cerrá la boca, ¿querés? Julián está así porque lo cría una inútil depresiva.
Él rescata un paquete de unas cajas apiladas y se va dando un portazo que hace vibrar los vidrios de la puerta cancel.
Me quedo parada en el silencio. Las lágrimas bajan solas, calientes, ridículas. Camino a la cocina. Abro el frasco. Saco la pastilla blanca y la trago, sin agua.
***
El teléfono fijo, un aparato que solo conservamos por costumbre, empieza a gritar. Lo atiendo.
—¿Señora Elena Rubinstein?
—Valeiro. Rubinstein es el apellido de mi esposo.
—Disculpe. La llamamos del Colegio San José, porque no vino a la reunión de esta mañana, ni tampoco a las otras cinco reuniones que la citamos.
El mundo se detiene un segundo.
—¿Qué reunión?
—Le mandamos un comunicado en el cuaderno. Y varios mails. La situación de Julián es crítica, señora.
Corto. Busco el cuaderno de comunicaciones en su mochila. Faltan hojas. Las arrancó. Intento encender la computadora. La pantalla azul parpadea y muere. "No anda", recuerdo. "Hace meses que no anda". Salgo.
Camino hasta el locutorio de la avenida Rivadavia. El olor a cigarrillo rancio y lavandina barata me recibe. Me siento en la cabina 4. Entro a mi correo. La bandeja de entrada es un listado infinito de correos sin abrir.
Abro uno al azar.
“Asunto: Reiteración citación disciplinaria”.
Otro. “Asunto: Ausencias injustificadas”.
Sigo bajando. “Asunto: Agresión a compañero.
Asunto: “URGENTE - Posible expulsión. Su hijo Julián ha sido encontrado fumando en el baño”.
Más abajo: “Julián golpeó a un alumno de tercer año...”.
Otro más: "Julián insultó a la profesora de Historia...".
Me falta el aire. Cierro la sesión. Pago con monedas. Vuelvo al PH arrastrando los pies. La pastilla empieza a hacer efecto. El pánico se vuelve una bruma lejana, un ruido de fondo.
La llave gira en la cerradura. Son las ocho. Julián entra. Es una copia en miniatura de Roberto, pero con una oscuridad propia. Va directo a la heladera.
—No hay nada para comer —dice.
Estoy sentada en la mesa. Tengo las impresiones de los mails en la mano.
—¿Por qué no me dijiste de la reunión?
Julián se gira. Tiene una botella de agua en la mano. Bebe. La nuez sube y baja. Me ignora.
—Julián. Te estoy hablando. —Golpeo la mesa. El sonido es patético—. Arrancaste las hojas.
—Porque sos una pesada. Vas al colegio y lloarás. Me hacés pasar vergüenza.
—Te van a echar. Le pegaste a un chico.
—Se lo merecía. Es un imbécil. Como todos en ese colegio de curas de mierda.
—Tenés que madurar. Tu padre dice...
—¡Me importa un carajo lo que dice él! —Grita. Su voz llena la cocina—. ¡Y me importa un carajo lo que dices vos! Mírate. Estás drogada otra vez. Tenés los ojos vidriosos.
—No me hables así. Soy tu madre.
Se acerca. Se inclina sobre mí. Su sombra me cubre. Saca la campera que está atrás de mí y se la pone.
—Dame plata. Voy a comprar pizza.
—No tengo plata.
Julián patea una silla que vuela y golpea contra la mesada. Yo doy un respingo del susto. Él se va a su cuarto. La música explota. Trap a todo volumen que hace vibrar las paredes descascaradas. Me levanto. Apago la luz de la cocina. Me voy a mi cama. Me tapo hasta la cabeza. La oscuridad es mi única amiga.
***
Alguien golpea la puerta. Me levanto. Son las diez de la mañana. Julián ya se fue. Me pongo una bata sobre el pijama. Abro. Es Clara. Vive en el PH del fondo. Tiene cuarenta y cinco años, el pelo corto teñido de un rojo furioso y una vitalidad que me ofende.
—Escuché los gritos anoche —dice.
No pide permiso. Entra. Trae facturas. Pongo la pava mientras ella se mueve por mi cocina con la soltura que yo perdí. Prepara mate. Me sienta.
—¿Qué escuchaste? —pregunto.
—Ese chico es un problema, Elena.
Me derrumbo. No quiero, pero lloro sobre la mesa de formica gastada.
—No puedo más, Clara. Me odia. Roberto me odia. El colegio me odia.
—Shhh. —Clara me agarra las manos. Las suyas están calientes, vivas—. Roberto es un hijo de puta y Julián es un pendejo malcriado. No es tu culpa.
—Sí es mi culpa. Le tengo miedo, Clara. A veces... a veces lo miro y no veo a mi hijo. Veo a… la peor versión de Roberto.
—Es un mocoso de mierda que necesita un correctivo. Eso es lo que es. —Clara me ceba un mate—. Lo que pasa es que huele el miedo. Como los perros.
—No es un mocoso. Te lo puedo asegurar. A veces lo veo y… bueno su cosa… ya sabés.
Me doy cuenta que estoy hablando de más y me callo. Clara me mira. Sus ojos son inteligentes, escrutadores. No me juzga.
—¿Y?
—Y nada. Me siento sucia.
Clara se levanta. Rodea la mesa. Se para detrás de mí. Me abraza. Sus brazos rodean mis hombros, su pecho se apoya contra mi espalda. Apoya su mentón en mi cabeza.
—No estás sucia, nena. Estás viva. Y el chico… bueno es bonito.
Me tenso. Hace años que nadie me toca.
—Clara...
Ella se separa, pero antes me da un beso. Es un beso en la mejilla. Inocente. Pero se desliza inocentemente hasta que sus labios casi rozan la comisura de los míos.
Me quedo paralizada. Ella sonríe. Una sonrisa torcida.
—Me voy a trabajar. Arréglate un poco. Sos hermosa, Elena. No dejes que esos dos pelotudos te convenzan de lo contrario.
Se va. Corro al espejo del baño. Me miro. Veo las ojeras, la piel gris. Me llevo la mano a la boca, a la comisura. Toco mi vientre por encima del pijama. Hay un pulso olvidado.
***
El consultorio del Dr. Funes es un minúsculo monoambiente en Tribunales. Moqueta gris, un cuadro barato y dos sillones.
—No le encuentro sentido, doctor —le digo—. Me levanto y es un esfuerzo respirar.
Funes no me mira. Escribe en su libreta.
—¿Ideas suicidas?
—No. No me quiero matar. Pero si me muriera... no me importaría. Es como estar en pausa. Julián está cada vez peor y yo no tengo fuerzas para frenarlo.
—La adolescencia es difícil. Ponga límites.
—¿Cómo pongo límites si apenas puedo levantarme de la cama?
Funes deja de escribir. Me mira por encima de sus lentes.
—Vamos a ajustar la dosis. La nexalina parece que se quedó corta. Vamos a agregar otra droga más para la noche y un estabilizador del ánimo. Me extiende la receta.
—¿Más pastillas?
—Es un desbalance químico, Elena. No es cuestión de voluntad. Tome esto y nos vemos en un mes.
Salgo. "Desbalance químico". No. Es un desbalance de vida.
Vuelvo al PH. La casa está vacía. Hay ropa de Julián tirada en el pasillo. La junto. Voy al lavadero. Separo la ropa. Remeras negras, medias rígidas de mugre. Agarro un bóxer. Es gris. Está sucio. Lo voy a meter en el lavarropas, pero me detengo. Lo miro. La tela de algodón en la zona de la entrepierna está manchada. Una aureola amarillenta, rígida. Miro hacia la puerta. Nadie. Acerco la prenda a mi cara. Cierro los ojos. Inspiro. Huele a lavandina, a sudor agrio, a almizcle. Huele a animal salvaje. Una puntada eléctrica me atraviesa. La punta de los pechos se endurece al instante, rozando contra la tela barata de mi remera. La respiración se me corta. Asustada, tiro el bóxer dentro del lavarropas como si quemara. Cierro la tapa. Me apoyo contra el metal frío del electrodoméstico, jadeando, con las manos temblando.
***
El colegio Parroquial tiene olor a cera y encierro. El rector, un hombre calvo con sotana gris, golpea una carpeta sobre el escritorio.
—Señora Valeiro, hemos tratado de ser lo más comprensivos con su situación. Sabemos lo que puede significar un divorcio para algunos chicos.
—Lo sé y se lo agradezco.
—Por eso hemos aceptado que continúe en el colegio cuando repitió primer año.
—Ha sido todo un gesto.
—Pero no podemos seguir estirando esta agonía. Su hijo tiene bajas todas las materias.
. —¿Todas?
El rector asiente y me estira un resumen de calificaciones.
—Y no solo eso. Su conducta es inaceptable. Amenazó a una preceptora. Rompió material del laboratorio.
—Yo... hablaré con él —la voz me tiembla.
—En este colegio pensamos que todos nos merecemos una segunda oportunidad. Pero con Julián ya vamos por la décima. No creo que sea algo para hablar.
—¿Y entonces que me está queriendo decir?
—Si en el próximo trimestre no tiene todas las materias aprobadas va a tener que buscar otra escuela.
—¿En medio del año?
—Es eso o una expulsión.
Salgo a la calle. El sol raja la vereda. Expulsado. Repitente. Saco el celular. Las manos me tiemblan tanto que apenas puedo escribir.
“Para Roberto: Necesito que vengas. Es por Julián. No puedo con esto sola”.
Espero. Veo la doble tilde azul. Pasa un minuto. Cinco. Escribiendo...
“Mensaje de Roberto: La transferencia del mes ya está hecha. Es tu responsabilidad educarlo. Yo pago, vos crías. No me jodas, estoy en una reunión”.
Guardo el teléfono. El odio que había empezado a aflorar se diluye en un mar de angustia.
***
La cena es incomible. Fideos con manteca. No hay plata para queso ni para salsa.
—Fui al colegio, estuve con el rector —digo.
Julián enrolla los fideos. No levanta la vista.
—Viejo de mierda. Seguro te llenó la cabeza.
—Julián. Te van a expulsar.
—Mejor. Colegio de caretas.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Eh? ¿Vivir del aire? Tu padre no va a pagarte nada si no estudias.
—Papá tiene guita.
—Tu papá no… —Julián deja el tenedor.
—Necesito un iPhone.
Lo miro, incrédula.
—¿Qué?
Tira su teléfono sobre la mesa.
—Este es una basura.
—Hijo te estoy diciendo que te van a expulsar, no tenemos ni para comer. ¿Qué es lo que no estás entendiendo?
—¡No es mi culpa! ¡Si no fueras tan… así, papá no te hubiera dejado!
—¡Cállate! —Grito.
Me levanto. Julián se levanta también. Es enorme. Agarra su vaso de vidrio.
—¡Cállate vos!
Lanza el vaso. No a mí. A la pared, justo al lado de mi cabeza. El vidrio estalla. Una lluvia de cristales cae sobre la mesada y el piso. Un fragmento rebota y me roza la mejilla. Silencio. Julián respira agitado, su labio le tiembla, los ojos se le llenan de agua. Por un segundo tengo delante al niño asustado que yo conocí. Pero el orgullo le gana. Patea la silla y se va a su cuarto. Los vidrios rotos brillan como diamantes sucios en el piso.
***
Es tarde. El PH está en silencio, salvo por el zumbido de la heladera vieja. Me acuesto, pero el sueño no llega. Los vidrios rotos siguen brillando en mi mente.
De pronto, un sonido. Viene de la habitación de al lado.
No es música. No son los golpes secos de los videojuegos. Es un jadeo rítmico, entrecortado. Me incorporo en la cama. El piso de pinotea cruje bajo mis pies descalzos. Me acerco a la pared que divide nuestros cuartos.
Un sollozo ahogado, casi infantil, se escapa de la almohada. Mi mano va hacia el picaporte. Podría entrar. Podría sentarme en su cama, apartarle el pelo sudado de la frente, decirle que todo va a estar bien, que vamos a encontrar otro colegio, que su padre es un imbécil pero que nos tenemos a nosotros.
Giro el picaporte un milímetro. El metal chirría.
El llanto se detiene en seco. Silencio absoluto. Como un animal que huele al cazador.
Suelto el picaporte. No entro. Del otro lado no hay un niño buscando consuelo: hay una pequeña bestia lamiéndose las heridas, y si entro ahora, me morderá. Vuelvo a mi cama. Me tapo hasta la cabeza.
***
La mañana siguiente es un horno. La ola de calor dilata el techo de chapa del PH y convierte la casa en un invernadero. Me levanto bañada en sudor. Necesito mi crema humectante, la dejé en el baño.
Abro la puerta sin golpear. La costumbre de vivir con un fantasma. El vapor me golpea la cara. La cortina de plástico con moho está corrida.
Julián está saliendo de la ducha.
Me detengo.
No tiene toalla. El agua le corre por el pelo, bajando por los pectorales hasta perderse en el pubis.
Se queda quieto. Me mira. No se cubre. Bajo la vista. Es un acto reflejo, inevitable. Su virilidad está despierta. Pesada. Una columna de carne pálida, recorrida por venas azules, apunta hacia arriba.
Debería pedir perdón y salir corriendo. Pero mis pies están clavados. Mis ojos recorren la longitud, el grosor, la cabeza rosada y húmeda. Julián da un paso adelante. El miembro oscila con el movimiento, pesado.
—¿Qué querés? —dice. Su voz es ronca, rasposa por el llanto de la noche anterior.
El calor me sube a las mejillas, violento. Doy media vuelta y salgo. Cierro la puerta y me apoyo contra la pared del pasillo, jadeando. El corazón me golpea las costillas como un pájaro atrapado. Cierro los ojos y la imagen sigue ahí, grabada en la retina.
***
El café de la esquina de Rivadavia tiene las mesas en la vereda. El ruido de los colectivos es ensordecedor, pero es mejor que el silencio del PH.
—Es testosterona, Elena. Pura química. —Se ríe, mostrando los dientes manchados de labial—. No razona. Ya te dije, es un perrito marcando territorio. Rompe cosas para decir "estoy acá, soy el macho alfa".
—Me da miedo —confieso, revolviendo el café frío—. Y... vergüenza.
—¿Vergüenza de qué?
—Hoy... lo vi. Salió de la ducha. Desnudo.
Clara deja el cigarrillo en el cenicero. Se inclina hacia mí. Sus ojos brillan con malicia.
—¿Y? ¿Qué tal el equipamiento?
—¡Clara! Es mi hijo.
—Es un hombre. Y vos sos una mujer. Y dejame decirte... sos una mujer de la puta madre.
Me mira. Sus ojos recorren mi escote y se detienen en mi boca.
—Tenés unas tetas increíbles, Elena. Unas caderas para parir diez pibes. Roberto era un imbécil ciego.
Bajo la vista. Juego con la cucharita. El metal tintinea contra la porcelana.
—El otro día... —susurro, casi inaudible—. Lo del beso. Me gustó.
Clara suelta una carcajada. Es un sonido grave, que hace que la gente de la mesa de al lado se dé vuelta. Me agarra la mano por encima de la mesa. Aprieta.
—Ya sé que te gustó. Es lo que necesitabas. —Se queda callada, pensativa, luego abre la boca con decisión—. Dejame que te diga algo, yo no sé una mierda de psicología, pero conozco mucho de cómo funciona la naturaleza. El cachorro necesita que le pongan los límites, y vos tenés que plantarte como hembra. Usa lo que tenés.
Vuelvo a casa. La cocina es un infierno. Julián está tirado en el sillón, con los pies sobre la mesa ratona.
—Dame plata para cargar la SUBE. Me voy al centro.
Me paro frente a la bacha. "Usa lo que tenés".
—No.
Julián se incorpora.
—¿Cómo que no?
—No tengo. Y si tuviera, no te daría. Caminá.
Se levanta. Se acerca. Intenta la maniobra de siempre. La intimidación física.
—No me jodas, Elena. Dame la plata.
Me doy vuelta despacio. Lo miro a los ojos. Sostengo la mirada.
—Si volvés a levantarme la voz... llamo a Roberto.
Julián parpadea.
—¿Qué?
—Le digo que te venga a buscar. Que te lleve a Vicente López a vivir con su mujercita de veinticinco años.
Julián se frena. El nombre del padre es un muro de hormigón. Sabe que allá no hay lugar para él. Retrocede un paso. Su postura se desinfla. Se va con la cabeza baja. Funciona.
A la tarde, el calor rompe los termómetros. Treinta y ocho grados a la sombra. El aire del PH no circula, se estanca en los rincones. Clara entra sin golpear, con una botella de vino blanco helado sudando en la mano.
—Esto es inhumano. Vamos a la ducha.
—¿Qué?
—Dale. A refrescarnos. No seas pacata.
Me lleva al baño casi a los empujones. Abre la ducha fría. El agua sale con fuerza. Nos metemos con ropa interior. Con frío golpea la piel caliente y gritamos. Nos reímos como adolescentes.
La ropa se pega al cuerpo. El corpiño de encaje de Clara se vuelve transparente. Veo dos aureolas oscuras, duras por el frío. Ella me mira a mí. Me toca el pelo mojado, apartándolo de mi cara.
—Estás hermosa así. Salvaje.
Su mano baja por mi cuello, roza mi pecho. Me estremezco. No la detengo.
Salimos chorreando agua. Clara va directo al botiquín. Agarra los frascos de remedio.
—Basta de esto.
Abre las tapas. Las pastillas caen al inodoro como lluvia blanca. Tira la cadena. El agua se las lleva en un remolino.
—Se terminó la anestesia, Elena. A partir de ahora, sentís todo. El dolor y el placer. Vas a estar despierta.
***
Dos días después. La abstinencia me tiene los nervios de punta. Los colores son demasiado brillantes. Los ruidos son demasiado fuertes. La ropa me raspa la piel. El calor no afloja.
Me meto a la ducha para calmar la ansiedad. El agua corre, pero se acumula en mis pies. No baja. Miro hacia abajo. El líquido negro, jabonoso, me llega a los tobillos. Mugre. Pelos. Jabón viejo. Está tapado.
Cierro la canilla. Me envuelvo en una toalla. Estoy furiosa. Todo en esta casa se rompe. Todo está podrido. Voy a la cocina. Me agacho para buscar el destapacañerías bajo la mesada, entre las botellas de lavandina y los trapos viejos. Apoyo la rodilla en el suelo.
Un dolor agudo, frío, me atraviesa la piel. Grito.
Miro mi pierna. Sangre. Un tajo largo en la pantorrilla, justo debajo de la rodilla. El vidrio. Un pedazo grande del vaso que tiró Julián se me clavó. La sangre corre rápido, oscura, mezclándose con el agua que todavía gotea de mi cuerpo.
—¡Julián!
Mi voz sale aguda. Aparece en el umbral de la cocina. Me ve en el suelo, sangrando, con la toalla a punto de caer, mostrando el nacimiento de mi muslo.
—¿Qué te pasó?
—Me corté. Ayudame.
Se acerca. Me agarra del brazo. Me sienta en la tapa del inodoro.
Busca en el botiquín. Algodón. Alcohol. Se arrodilla entre mis piernas. La toalla se abre un poco. Él no dice nada. Moja el algodón. Limpia la herida. El alcohol arde. Siseo, echando la cabeza hacia atrás.
—Quedate quieta —dice.
Está concentrado. Su respiración es pesada. El baño es chico.Levanto el pie sano. El derecho. Intento mantener el equilibrio. Lo apoyo sobre su entrepierna. De inmediato aparece un bulto debajo de su pantalón de gimnasia.
Julián se congela. Deja de limpiar. La mano con el algodón se detiene en el aire. No saco el pie. Presiono. Muevo los dedos, curvándolos como garras suaves. La carne caliente se mueve bajo la ropa siguiendo las órdenes de mi arco plantar.
El tronco se despierta. Se endurece. Palpita.
Él levanta la vista despacio. Sus ojos están oscuros, las pupilas dilatadas derrochan vergüenza.
—Mamá... —su voz es un hilo ronco.
—Shhh. Curame.
Sigo presionando. Masajeo la dureza con mi talón. La carne se pasea entre mis dedos. Él vuelve a la herida, pero sus manos tiemblan. Ya no limpia. Acaricia.
Los ojos de él se concentran en donde se unen mis piernas. Las abro y la toalla se mueve dejando al descubierto mi intimidad. Dejo que mire, que se emborrache con mi cuerpo. Y entonces cuando la humedad bajo el pie me alerta que está por llegar lo inevitable, me detengo.
—Gracias. —Le digo poniéndome de pie. Me encierro en el cuarto. Una sonrisa malévola se dibuja en mi cara.
***
La lucidez es un cuchillo afilado. Sin la bruma química de la nexalina, el mundo tiene bordes que cortan. Me siento frente a la computadora que Julián arregló sin que yo se lo pidiera. El monitor brilla en la penumbra del comedor. Redacto currículums.
Elena Valeiro. Contadora Pública. UBA. Experiencia: Gestión administrativa Estudio Valeiro & Asoc. (2006-2010). Borrar. Nadie contrata a una mujer de cuarenta y dos años que hace quince no toca un balance.
Reescribo. Administración de consorcios. Liquidación de sueldos. Miento en las fechas. Estiro la experiencia hasta 2021.
Envío diez, veinte correos. Me postulo a quince búsquedas. Respiro hondo y apago la máquina.
La puerta de calle se abre. Julián. Entra con ese andar pesado, de dueño del terreno. Tira una carpeta sobre la mesa, al lado del teclado.
—Tomá.
No me mira. Va a la heladera. Saca la jarra de agua. Bebe del pico. Abro la carpeta. Evaluaciones. Matemática: 7. Historia: 8. Geografía: 6. Todas aprobadas.
—¿Aprobaste?
—Eran una boludez —dice, secándose la boca con el dorso de la mano.
Lo miro. Tiene el pelo mojado por la lluvia de verano. La remera se le pega a los hombros.
—Bien.
—¿Solo bien? —Me desafía.
—Muy bien.
Julián hace un ruido con la garganta, una mezcla de gruñido y aceptación. Se va a su cuarto. No hay portazo. Solo el cierre firme de la madera. Me tiro en la cama, cansada pero feliz. El sol de la tarde baña de amarilo y ocre la habitación.
El celular vibra. Mensaje de Clara.
“¿Estás?”
“Sí. Buscando trabajo”.
Vibra nuevamente. Acepto la videollamada. La cara de Clara llena la pantalla. Está en su cama.
—Boluda estás a diez metros, ¿por qué no te venís? —digo.
—No me jodas que estoy acostada.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Qué pasó?
—¿Y? ¿Cómo va la doma? —pregunta. Su voz sale latosa por el parlante.
—Aprobó todo. Me trajo las notas.
—¿Viste? El cachorro obedece cuando la dueña marca la cancha.
Clara deja la copa. El ángulo de la cámara baja. No lleva remera. Sus pechos, pesados y blancos, caen con naturalidad. Baja más. No tiene bombacha. Me quedo helada. Miro la puerta de mi habitación para asegurarme de que esté cerrada.
—Clara... ¿qué hacés?
—Hace calor, nena. ¿Vos cómo estás?
Ella separa las piernas. Está completamente depilada. Sus dedos juegan en los bordes.
—Mirá —dice—. ¿Te gusta? Me lo hice a la tarde.
—Jodeme, ¿te rapaste?
—Ah, la mejor decisión. Está fresquita como una lechuga. Clara se toca. Sin vergüenza. Sus dedos se hunden.
—¿Qué estás haciendo, boluda? —digo casi en un susurro.
—Dale, decime que nunca tuviste sexo a distancia.
Cierra los ojos y gime bajito. El aire en mi cuarto se espesa. Siento un tirón en el bajo vientre. Una puntada eléctrica que sube y me eriza la piel de los brazos. Bajo la mano. Toco mi jogging.
—¿Lo estás haciendo? —pregunta Clara, abriendo un ojo—. ¿Estás tocándote?
—Sí. Miento. No me estoy tocando… Todavía.
El pantalón y la bombacha se deslizan y caen al costado. Mis dedos se pegan como imanes a mi centro. Miro a Clara, pero la imagen no es suficiente. Cierro los ojos. Busco en mis recuerdos. Y ahí está. El baño lleno de vapor. Las gotas de agua resbalando por los pectorales. La columna de carne pálida, venosa, oscilando. Me muevo. Rápido. Brusco. Me imagino los ojos de Julián recorriéndome. Quiero que me vea. Daría todo para que me vea así refregándome como una gata en celo. Me falta el aire. Arqueo la espalda. Muerdo la almohada para no gritar. Y entonces, la puerta se abre de golpe.
—¿Mamá?
Tiro el teléfono y me tapo con una almohada. Julián está parado en el vano de la puerta. Me siento con la almohada sobre las piernas, la respiración agitada y las mejillas incendiadas.
—¿Estás bien? —pregunta.
Frunce el ceño. Olfatea el aire. El olor a sexo debe ser evidente.
—Sí —digo. Mi voz tiembla—. Estaba... ¿qué necesitás?
Julián me mira. Sus ojos bajan a mi entrepierna, luego suben a mi cara.
—Traje facturas.
Cierra la puerta. Me dejo caer hacia atrás en la cama. Tiemblo.
—¡Ahora voy! —Grito.
***
Me levanto a las siete. El sol de febrero entra oblicuo por la claraboya de la cocina. Abro el placard. El olor a naftalina me golpea. Saco las bolsas del fondo. Elijo una falda lápiz negra. Me queda un poco suelta, pero mis caderas la llenan bien. Apenas cubre los muslos. Una camisa de seda color crema. Desabrocho el primer botón. Desabrocho el segundo. Me miro al espejo. Se ve el nacimiento de los pechos, la piel blanca y firme que el sol no toca hace años. Me maquillo. Me recojo el pelo en un rodete alto, estricto, pero dejo caer dos mechones sobre el cuello. Salgo a la cocina. Julián está desayunando. Tostadas y café. Levanta la vista. La taza se detiene a mitad de camino. Se queda mudo. Sus ojos me escanean. De los zapatos de taco aguja a las piernas con medias de nylon, subiendo por la falda, el escote. Traga saliva.
—¿Qué hacés así? —pregunta. Su voz suena distinta. Menos agresiva. Más... cautelosa.
—Tengo entrevistas.
Me sirvo café. Me muevo por la cocina con otra cadencia. Los tacos repiquetean en el mosaico. Tac, tac, tac. Me apoyo en la mesada, cruzando los tobillos. Sé que me mira las piernas. Siento su mirada como un tacto físico.
—¿De qué? —pregunta Julián.
—Contadora. Administradora. Lo que salga. Necesitamos plata. Y yo me cansé de pedir limosna.
Julián baja la vista a su taza.
—Te queda bien.
—¿Qué cosa?
—Esa ropa. No parecés vos.
—Soy yo, Julián. La verdadera Elena.
Me termino el café. Agarro la cartera.
—Deséame suerte.
Paso por su lado. Lo rozo a propósito. Mi cadera contra su hombro. Dejo una estela de perfume en el aire.
—Suerte —murmura.
Voy al colegio antes de ir al centro. El rector me recibe de pie.
—Señora Valeiro. —Me mira con sorpresa—. Se la ve... recuperada.
—Gracias, Padre. Vengo a traer los comprobantes de pago de la matrícula.
Él los dobla, desinteresado. Me mira y siento que me está desnudando. “Voy a tener que acostumbrarme”, pienso.
—Es un milagro. —Dice el rector quitándose los anteojos—. No sé qué hizo, Elena. Pero el chico cambió. Y mucho.
—Estoy probando un nuevo enfoque —me río para adentro.
—Pues bendito sea ese enfoque. No se lo que está haciendo, pero haga más.
El aire me calienta la cara. Camino hacia el subte. Los hombres me miran. Los obreros de una construcción, un ejecutivo con celular, el diariero. Soy deseo. Y el poder de esa certeza me endereza la espalda.
***
Almuerzo con Clara en un bodegón de Palermo, cerca de donde tuve la cuarta entrevista. Pedimos vino.
—¡Salud! —Clara choca su copa con la mía—. Por la vuelta al ruedo.
—Creo que quedé en la administradora de consorcios. Es un sueldo de mierda, pero es mío.
—Es libertad, Elena. La plata es libertad.
Comemos. El vino me suelta la lengua. El calor del mediodía ayuda.
—Clara... tengo que contarte algo.
Ella deja el tenedor. Me mira fijo.
—Soltalo.
—Es Julián.
—¿Qué hizo ahora?
—Nada. Él no hizo nada. Soy yo. —Miro alrededor, asegurándome de que nadie escuche—. No puedo dejar de pensar en él.
Clara no se escandaliza. Ni pestañea.
—¿Pensar cómo?
—Sexualmente. Todo el tiempo. —La confesión sale como un vómito negro—. Lo veo y... me humedezco. Lo espío. El otro día… me acosté desnuda en su cama… y me refregué con sus sábanas. Es una enfermedad, Clara. Soy una pervertida.
Clara toma un trago de vino. Lento. Se limpia los labios con la servilleta.
—¿Y él?
—Él... él me mira. Lo siento. Cuando me cambio. Cuando me agacho. Hay una tensión evidente, pero es muy chico, ni debe saber lo que le está pasando.
—Elena, escuchame bien. —Clara se inclina sobre la mesa—. No sos una enferma. Es biología. Ese chico necesita que lo enderecen y vos necesitás… bueno ya sabés muy bien lo que necesitás.
—Es incesto… pecado.
—Mirá, el pecado es vivir amargada. Esto que me contás es… mutua conveniencia. Es un gesto de amor. —Me agarra la mano. Sus uñas rojas se clavan en mi piel—. ¿Sabés cuántas madres fantasean con sus hijos? No tenés idea. La diferencia es que vos tenés el coraje de admitirlo.
—Tengo miedo de... hacer algo.
—¿Y qué pasaría?
La pregunta queda flotando entre el olor a milanesa y el bullicio del restaurante.
—¿Y si lo traumo para toda la vida?
—O tal vez lo hacés hombre de una vez y deja de ser un pendejo caprichoso como tu ex.
—O tal vez estoy buscando excusas para sacarme la calentura.
—O tal vez pensás que una madre no puede sentir placer.
—¿Qué querés decir?
—Ay Elena, nos enseñaron que el fin último de las madres es sacrificarse, sufrir , padecer. Ponen el foco en el dolor del parto, pero se escandalizan cuando alguien habla del placer de amamantar. Cuando no existía educación sexual, las mujeres mas grandes de las tribus eran las que le enseñaban a los mocosos como procrear. Es algo natural. Si viviéramos en una sociedad matriarcal todo funcionaría mejor.
No puedo esconder una carcajada.
—Estás chiflada. Qué amiga me tocó.
—Yo seré la loca, pero vos tenés una sobredosis de psicólogos. Dejá de sobre analizar todo.
***
Son las once de la noche. Julián está en su cuarto. La luz se filtra por debajo de la puerta. Me ducho. Me pongo el camisón de seda que Roberto me regaló hace diez años y que nunca usé. Es color marfil casi transparente. Cae sobre mi cuerpo como agua. No llevo ropa interior. Camino por el pasillo. Abro la puerta de su habitación. Julián está acostado en la cama, con el celular. Solo lleva los bóxers. Levanta la vista, sobresaltado.
—¿Qué pasa?
Entro. Cierro la puerta detrás de mí. Me acerco. El cuarto huele a encierro y a él. Hay ropa tirada en el piso. Me agacho para levantarla. Lo hago despacio. Doblando las rodillas, manteniendo la espalda recta. El camisón se tensa sobre mis nalgas. Sé que me ve.
Me doy vuelta. Estoy al lado de la cama. Julián ha soltado el celular. Está apoyado contra el respaldo. Su pecho sube y baja rápido.
—Mamá...
—Shhh. —Le pongo un dedo en los labios. Me siento en el borde de la cama. El camisón se corre dejando mis piernas desnudas. Las cruzo y él abre los ojos como platos. Estamos a centímetros. Siento el calor que irradia su piel.
—Estás transpirado —digo.
Paso mi mano por su pecho. Toco la piel húmeda, suave, sin vello. Bajo por el esternón. Siento el latido de su corazón bajo la palma de mi mano. Pum. Pum. Pum.
Está aterrado. Y está excitado. La tela del bóxer se levanta, tensa, revelando su estado.
—Mamá... —susurra.
—¿Qué pasa, Julián? ¿Te estoy incomodando?
Duda, luego asiente.
Yo sigo.
—Sabés que esta es mi casa, ¿no? Todo lo que hay en esta casa es mío.
Muevo la mano. Bajo más. Rozo el elástico del bóxer. Él contiene la respiración. Cierra los ojos. No lo toco. Todavía no. Retiro la mano. Me pongo de pie.
—Buenas noches, hijo.
Me voy. Lo dejo ahí, duro, dolorido, desesperado. En el pasillo, me apoyo contra la pared, mi corazón está a punto de explotar por la adrenalina.
***
No se escucha nada cuando un gemido ahogado anticipa mi orgasmo. Esa noche me acaricio como nunca lo había hecho y todo mi cuerpo vibra en un estertor violento. En el clímax lloro, y luego sigo llorando durante minutos u horas, no lo sé.
Cuando me tranquilizo voy desnuda a la cocina. Tomo agua, y me doy cuenta de que necesito que él me vea. Es algo inevitable. Algo que tiene que pasar.
A la tarde siguiente llegamos juntos a la casa, yo de mi trabajo y él del instituto. El vestido nuevo que compré está empapado por el calor del subterráneo.
Voy a la habitación y él me sigue como un perrito faldero. Obediente.
—Ayudame —le ordeno señalándole el cierre del vestido.
Se acerca y me lo baja. En dos hábiles movimientos dejo caer el vestido. No llevo sostén. Me miro en el espejo y contemplo mis pechos que ya entraron en modo seducción. Aprieto los dos guijarros diminutos que sobresalen de las puntas. Julián mira sin saber qué hacer.
—¿Te parece que son lindas? —le pregunto.
—¿Qué?
—Mis tetas, ¿son lindas?
—S-s-si —tartamudea.
—No seas tonto vení, tocalas. Así no podés opinar.
Julián se acerca y me las aprieta torpemente. Yo tomo sus manos y le enseño.
—Son muy suaves y firmes —me dice.
Sonrío satisfecha.
—Mirá, fíjate lo que me hice esta tarde —le digo y me saco la bombacha.
A su vista mi intimidad, depilada. Dos labios turgentes sobresalen rosados, llenos de deseo.
—Ehhh —el chico no sabe qué decir.
—¿No te gusta? Clara me dijo que es mucho más fresco.
Apoyo un pie sobre la cama, abriendo las piernas en una posición impúdica. Con mis dedos abro la piel dejando expuesto el interior. Dejo que vea los pliegues, los rebordes, las protuberancias coloradas que se inflan desesperadas.
—Nunca había…
—¿En serio? —Le digo interrumpiéndolo—. Qué barbaridad. Bueno eso tiene solución.
Tomo su mano y la apoyo en mi ser. La aprieto hasta que queda en la puerta de la húmeda caverna. Se queda quieto, absorto al sentir mis labios cerrándose sobre sus dedos.
Le acaricio la mejilla. Es una caricia casta, suave. Amorosa y maternal. Muy distinta al incendio de seducción y perversión que está ocurriendo abajo.
Entonces sus dedos se mueven y entran un poco más. Casi adentro.
—Está muy suave —me dice.
—Bueno, Cortés ya conquistaste demasiado por hoy —le digo retirándole la mano —. Andá a cambiarte. Vamos a comer afuera.
Se va en silencio como un perrito obediente a su cucha. Yo asiento satisfecha.
***
Pasan varios días. La humedad sigue pegada a las paredes del PH. Es viernes. Ambos estamos terminando de cenar. El timbre suena. Tres veces. Insistente. Julián se tensa. Conoce ese ritmo. Deja los cubiertos sobre el plato.
—Es él —dice.
Me levanto. Me aliso la falda. Camino hacia la puerta de entrada precedida por el ruido de mis tacos. Julián me sigue, quedándose unos pasos atrás, en la sombra del pasillo. Abro. Roberto. Chomba de marca, jeans caros, mocasines.
—Tengo que llevarme cosas —dice amagando para entrar.
Me planto en el marco. Pongo una mano en la puerta y la otra en el marco. Bloqueo el paso.
—No vas a pasar, Roberto.
Él se frena. Me mira como si hablara en otro idioma.
—¿Qué te pasa? Correte. Es mi casa también.
—No. Es mi casa y vos no sos bienvenido.
Roberto se ríe. Una risa nerviosa. Mira por encima de mi hombro, buscando complicidad.
—Julián, decile a la loca de tu madre que se deje de joder.
Me doy vuelta apenas. Julián está ahí. Parado con los brazos cruzados. Mira a su padre con frialdad.
—Mejor te vas, papá —dice Julián.
Su voz es grave, tranquila. La sonrisa de Roberto se borra.
—¿Cómo?
—Ya escuchaste a mamá. —Insiste mi hijo.
Roberto da un paso atrás. Mira a su hijo, luego a mí.
—Están locos los dos. Se merecen pudrirse en este agujero.
—Nosotros estamos bien —digo—. Mejor que nunca. Ahora, andate antes de que llame a la policía por hostigamiento.
Le cierro la puerta en la cara. El golpe seco resuena como un disparo. Giro la llave. Doble traba. Me doy vuelta. Julián me mira. Hay brillo en sus ojos. Admiración. Orgullo.
—Lo echaste —dice.
—Lo echamos —respondo.
Se acerca. Me abraza con fuerza. Yo me río.
—Sos una genia.
Quedamos muy cerca. Sus manos siguen en mi cintura. Mis manos en sus hombros. La tensión cambia.
—Estoy orgullosa de vos —le susurro.
—Y yo de vos.
Me inclino, y le doy un beso. Es un beso en la mejilla. Ingenuo. Pero dura más de normal. Su respiración se altera.
***
Llega el boletín definitivo. No se lleva ninguna materia. Promedio siete con ochenta.
—Tenemos que festejar —le digo—. Pero no llego para el iPhone.
—Olvidate, era una boludez lo del teléfono.
—Bien. Porque tenía otra idea mucho mejor.
—¿Vamos a comer afuera?
—Algo mejor. Esperame aquí.
Señalo la silla del comedor y me voy a la habitación. Me saco la ropa de "madre". Abro una bolsa que tenía guardada en el placard. Una tanga negra transparente. Un camisón de tul cortísimo que entalla mis pechos a la perfección. Perfume en las muñecas, en el cuello, en el interior de los muslos. Me miro al espejo. La mujer derrotada fue reemplazada por una hembra en su plenitud. Una sacerdotisa de un culto privado.
—Julián, vení —lo llamo.
Abre la puerta. Se queda boquiabierto.
—Mamá.
—Es hora de enseñarte algunas cosas. Sacate la ropa. —Le digo.
Julián duda, pero al final, obedece. Se quita la remera, el jean, las medias. La luz de la tarde entra dorada, iluminando su piel joven. Él levanta la vista. Traga saliva. Su virilidad se alcanza a adivinar debajo de su boxer.
Me siento en la cama y cruzo las piernas. Dejo que me saboree con su mirada.
—Todo —le ordeno.
El boxer negro cae al piso. Su lanza se alza en su máxima expresión apuntando al techo. Está tensa, hinchada de sangre y se mueve involuntariamente. Observo. La piel es tersa y clara. Una punta rosada asoma tímidamente, y del orificio unas gotitas transparentes se deslizan cayendo por el tronco.
Me paro frente a él. Apoyo mis dedos en sus labios. Los recorro. Tiene miedo y está tremendamente excitado. Bajo la mano y esta vez avanzo hasta la zona prohibida. No aprieto. Es menos que una caricia: apenas un roce suave que recorre toda la extensión de esa masa carnosa y las dos guardianas que cuelgan bajo ella. Se estremece y gime.
—Desvestime —ordeno.
Sus manos tiemblan cuando tocan la seda. Corre los breteles y el camisón se desliza como flotando por mi cuerpo. Su mano busca la seguridad y se refugia en mis pechos, Repasa las dos aureolas con la misma suavidad que le mostré. “Bien, estás aprendiendo”. Lo recompenso con nuevas caricias a su intimidad. Tan sutiles que solo producen más deseo insatisfecho.
—Todo —insisto.
Se arrodilla y baja la tanga hasta que también cede y cae. Mi centro más sagrado está frente a su cara. Su aliento entrecortado calienta mi entrepierna. Apoya la cabeza en mi vientre. Sus manos agarran mis caderas, apretando la carne. Su abrazo es sensual, pero por sobre todo es suplicante. Me recuerda a cuando era un niño y me abrazaba llorando cuando se había portado mal.
—Perdoname. —Dice y llora.
Sus lágrimas empapan mi vientre. Le acaricio el pelo. Tiro de su cabeza hacia atrás, obligándolo a mirarme.
—Mirame —le ordeno y cuando sus ojos cruzan con los míos sigo—. Te amo. Todo está bien.
Seco sus lágrimas con mis manos. Me arrodillo para quedar a su altura. Me acerco y dejo mis labios a centímetros de su boca. Él completa el recorrido. Las bocas se juntan. Estoy segura de que es la primera vez que besa a una mujer. Con mi lengua lo exploro, lo invado, absorbo su saliva. Dejo que él beba de mí. Muerdo su labio inferior hasta que sabe a metal.
Lo llevo a la cama. Me acuesto y abro las piernas. Es una invitación. El queda arriba. Su peso es una manta cálida y suave. Su dureza se apoya contra mi muslo. Es una piedra hirviendo.
—Despacio —susurro—. No tenemos apuro.
Lo guío. Mi mano lo envuelve. Lo acomodo en la entrada. Mi humedad lo recibe. Julián empuja y gime.
Me llena. Me estira. Es una sensación de plenitud dolorosa que me hace arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros. Él se detiene un segundo, abrumado por la sensación. Me mira a los ojos. Hay miedo, hay culpa, pero sobre todo hay adoración.
—Entrá —le digo—. Todo.
Empuja hasta el fondo. El aire se escapa de mis pulmones.
Meneo la cadera para enseñarle y el comprende lo que debe hacer. Se mueve. Un ritmo torpe. Lo tomo de sus glúteos. Siguen siendo tan suaves y hermosos como cuando lo bañaba. Lo aprieto y lo ayudo. El movimiento es ahora mucho más acompasado y sutil. El ritmo se acelera.
El elástico de la cama golpea contra la pared. Pum. Pum. Pum.
Me pierdo. Ya no soy su madre. No soy Elena Valeiro. Soy la tierra que recibe la lluvia. Soy la grieta que se cierra. Julián jadea en mi oído.
“Soy tuya… sos mío”.
El ritmo acelera. La fricción quema. El placer se acumula en mi vientre, una bola de fuego blanco que crece y crece.
—¡Ahora! —grito clavando las uñas en los cachetes del chico.
Levanto las rodillas para que llegue más adentro. Julián embiste con fuerza. Su dureza entra hasta el fondo. Una. Dos. Tres veces. Alimento su desesperación. Lo obligo a sacar toda su furia.
Hasta que al fin ocurre el momento que tanto soñé. Su descarga me inunda. Profunda. Caliente. Pulsante. Grito su nombre mientras mi propio orgasmo me sacude, contrayendo los músculos alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota.
Colapsamos. El silencio vuelve al PH. Solo nuestras respiraciones agitadas. Julián esconde la cara en mi cuello. Lo abrazo. Beso sus mejillas coloradas. Acaricio su espalda sudada, trazando la línea de su columna. Lo sostengo por la cola y él pasa su pierna sobre mí. Estamos pegados. Sudor con sudor. Fluidos mezclados.
Julián levanta la cabeza. Me mira. Tiene los ojos brillantes, limpios, inocentes. Ya no hay rabia. Ya no hay odio. Tiene paz.
—Te quiero —dice.
Sonrío. Le beso la frente.
—Descansá, mi amor. Todavía tengo muchas más cosas que enseñarte.
Es una contradicción enorme. A los hermanos mayores nos piden que nos hagamos cargo de los menores, pero se enojan si queremos disciplinarlos. «Hazte cargo de Pablo» y después: «tú no eres su madre». Bueno, hoy me cansé de esa injusticia y decidí hacerme cargo. Lo voy a corregir como mejor me salga.
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Hace dos semanas que estamos encerrados. Con nuestros padres de viaje en Europa, Pablo y yo nos pasamos los días derritiéndonos bajo la peor ola de calor de la década. Se supone que la casa está preparada para soportar estas temperaturas: aire acondicionado central, ventanales gigantes de doble vidrio polarizado, techos inmensos y la piscina. Bueno, déjenme que les pinche el globo. Nada de eso funciona. El aire no tira, los ventanales son un invernadero, el cuero de los sillones se pega a la piel, y el agua, bueno, mejor ni les cuento, es un caldo.
Durante la semana, las dos empleadas que dejaron nuestros padres crean la ilusión de orden. Pero los fines de semana se desata el infierno. Pablo y yo nos la pasamos aislados, arrastrando una piel pegajosa. Hace tanto calor que solo llevamos ropa de baño. En las videollamadas con nuestros padres fingimos que todo está perfecto, pero la realidad es que la suciedad se acumula en la isla de la cocina. Y de la sala mejor no hablar: es un reguero de desechos y ropa sucia.
A Pablo el caos le importa nada. Y lo que es peor: me ignora a mí. ¿Pueden creer que el mocoso hace como si no existiera? Se pasa horas frente al televisor inmenso, acorazado en su insolencia adolescente.
—Pablito, por favor, ayúdame un poco y terminamos rápido.
—Ajá —me responde, sin despegar los ojos de la consola.
Harta. Así estoy de ese mocoso.
Salgo al jardín dando un portazo. Me tiro al lado del agua, pero la piedra me quema la espalda y vuelvo a entrar a la casa.
¿Saben lo peor? Este verano cancelé mi viaje con mis amigas. Íbamos a ir todas a la costa. Ya teníamos hasta un departamento reservado frente al mar. Pero no. Un día me avisan que se van de viaje, y me tengo que quedar para hacer de niñera.
¿Ustedes piensan que se da cuenta de mi sacrificio? Para nada. El ingrato no lava ni un plato.
No pienso soportarlo cuatro semanas más.
Intento dormir la siesta. Pero hasta las sábanas me lastiman. Me meto en Instagram, Tik Tok, busco algo para ver en Netflix. Me aburro y agarro una novela que había dejado por la mitad. Las horas no pasan más.
Finalmente, el calor afloja con el atardecer.
Tomo agua fría y parece que se evaporara antes de tocar mi garganta. Dejo el vaso sobre la montaña de vajilla sucia en el fregadero. Camino por el pasillo. La puerta de su cuarto está entornada. La luz del monitor parpadea, cortando la oscuridad. Adentro, el insolente está consumiendo pornografía. Para eso sí tiene energía.
Giro para irme, pero un detalle me clava en el suelo. Son videos de chicas solas. Modelos irreales jugando con sus dedos, abriendo unos pliegues inmensos, exagerados. Cosas que no se va a encontrar jamás en la vida real. Le convendría seguir leyendo su estúpido manga o como se llame.
Pero lo que me atrapa es él. El cuarto es un horno a oscuras y el aire acondicionado parece estar en modo calefacción. Una gota de sudor le resbala por la columna hasta perderse en el elástico del short. Tiene los nudillos blancos sobre el ratón. Las rodillas apretadas una contra la otra. La tela del traje de baño tirante, a punto de ceder por la dureza que esconde. Y la otra mano anclada en el teclado. Cero acción.
Trato de mirar la pantalla con sus ojos. Imagino todo el lío en su cabeza. La confusión, el deseo reprimido quemándole por dentro, la urgencia de no saber qué hacer con todo eso. El calor denso del pasillo de golpe se me concentra entre las piernas. Mi mano baja sola. Deslizo los dedos por debajo de la tela del bikini y me encuentro empapada. Empiezo a frotarme despacio, escondida en el umbral, al ritmo de su respiración ahogada.
Él está idiotizado con esas mujeres de mentira, y yo me estoy excitando con su vulnerabilidad. Claramente el calor me tiene muy mal.
De pronto, Pablo suelta un suspiro pesado y se quita un auricular.
Retrocedo rápido. Me meto en el baño y cierro la puerta sin hacer ruido. Me apoyo contra los azulejos fríos y acelero el movimiento de mis dedos. Aprieto los dientes para no hacer ruido. Intento terminar, pero no puedo. El momento ya fue, el mocoso me quitó la inspiración.
Abro el grifo. El agua fría me baja los latidos. Una sonrisa afilada se me cruza por el rostro en el espejo. Su arrogancia adolescente oculta un flanco débil. Si Pablo no sabe qué hacer con ese deseo, yo le voy a enseñar. Tengo el arma perfecta para bajarle los humos, someterlo un poquito y, de paso, divertirme un rato con su humillación.
Voy a la sala. Ahora se mudó a la pantalla más grande. El televisor escupe destellos de colores sobre su cara. Me paro justo entre él y la pantalla.
Abro el enorme ventanal para que el aire del exterior entre. Una brisa apenas más fresca me acaricia la cara. ¿Creen que se dignó a ayudarme? Para nada. Sigue metido en su mundo. Vamos a ver si con esto saca los ojitos del TV.
—Hace un calor insoportable —anuncio.
Llevo las manos a mi espalda, desato el nudo del bikini y dejo caer la tela sobre el sofá de cuero. Suelto el aire, exagerando el alivio.
—¿Qué haces? —salta, soltando el control de la consola como si quemara.
—¿Qué cosa?
—Te has puesto en bolas.
—¿Y?
Camino hacia la cocina. Mi espalda desnuda se pasea por toda su línea de visión. Trata de mirar a otro lado, pero no puede. Sus ojos están clavados en mi pecho cada vez que me giro. El mocoso muerde el anzuelo.
Así como estoy le acerco una bandeja con un sándwich y jugo. No me agradece, pero cuando me agacho para apoyarlo sobre la mesa baja, la tela no puede ocultar la tensión que se le marca.
Toma el sándwich y el vaso y se sienta frente a la piscina. Pobre ingenuo, piensa que se va a librar tan fácil.
Espero a que termine de comer. Salgo al jardín y me detengo frente a la piscina. Él tiene la mirada perdida en el teléfono. Deslizo los pulgares por los costados de la parte baja del bikini y la tiro a la piedra. El agua me recibe con un abrazo tibio. Miro de reojo: sus ojos están clavados en mí. Julieta 2, Pablo 0. Sonrío satisfecha.
—Entra —le ordeno, apoyando los brazos en el borde.
—Estás desnuda.
—¿Y? Cuál es el problema. Cuando éramos pequeños nos bañábamos juntos, no tienes nada que yo no conozca. ¿O tienes miedo?
Los hombres son todos iguales, le tocas el ego y los moldeas como masilla. Me muerdo el labio para no reirme mientras él se quita la camiseta y el short de baño. Entra al agua en el extremo opuesto, intentando mantener una distancia prudente. Nado hacia él, cortando la superficie sin hacer ruido.
—Aquí no toco el fondo —miento, estirando los brazos para apoyarme en sus hombros.
Mi piel choca contra la suya. Sus músculos se tensan de golpe. Con un descuido calculado, apoyo la pierna sobre su centro. Sus músculos dudan entre retroceder o empujar contra mí. Me hundo un segundo bajo el agua y salgo para lanzarle un chorro a la cara. Él levanta los brazos para cubrirse.
—Ya, tonta.
—Hace mucho calor, no aguanto.
—Dicen que el miércoles va a llover —responde Pablo, pasándose una mano por la cara.
Muevo los brazos simulando flotar, pero dejo mi muslo rozando el suyo para sujetarme.
—No sé si llego. Tengo una tensión que me está matando. Creo que me voy a tocar un poco para descargarme —digo mirando a la casa.
—¿Qué?
—Por favor, no te hagas el puritano. Hoy te encontré con unos videítos que, si mamá se entera, te clausura el internet.
Pablo abre los ojos de par en par, pero el instinto de defensa le gana.
—¿Y quién te dio permiso para espiarme? No tienes derecho.
—Ay, si no fueras tan tonto hubieras cerrado la puerta. Parecía que querías que te descubriera.
—Déjate de tonterías.
Doy una vuelta nadando a su alrededor y vuelvo al mismo lugar. El peso de su mirada me quema la espalda.
—¿Cómo te tocas? ¿Te gusta frotarte contra la cama o usas la mano?
—¿Qué te pasa? ¿Por qué me haces esas preguntas?
—Yo le aposté a mis amigas que los chicos usan más las manos, pero ellas dicen que en realidad se frotan en la cama sobre una almohada. ¿Cómo lo haces tú?
—No sé —dice, girando la cabeza hacia el jardín.
—¿Qué? ¿No te tocas nunca?
—No es tu problema.
—Y cuando terminas, ¿sale blanco espeso o medio aguado? Marita dice que si le dan duro al final sale medio aguado.
—No sé. Y no sé por qué me estás preguntando eso.
Finjo resbalar y dejo caer todo mi peso contra el suyo. Mis pechos se aplastan contra su piel caliente.
—Perdón, estoy eléctrica hoy.
—Estás estúpida. Mejor me voy a dormir.
Apoyo las manos contra el filo de la piscina y le bloqueo la salida.
—Tienes razón, discúlpame. Me entusiasmé. ¿Amigos?
Pablo clava la vista en otro lado y me ignora. Busco su punto débil y le hago cosquillas en un costado. Se retuerce, intentando mantener la pose ofendida, pero una carcajada lo traiciona.
—Está bien. Pero hoy estás rarísima.
—Ya te dije, el calor me saca de quicio. Por suerte en la noche el agua está más fresca.
—Es un alivio.
—¿Viste que está bueno meterse sin ropa de baño? ¿No te sientes más libre?
—Sí, tienes razón.
El agua se mueve. Ahora es la pierna de Pablo la que busca mi muslo. Es luz verde para seguir.
—Ayer me escribió —digo, armando una cara de pena impecable.
—¿El innombrable?
—Sí, el idiota que me robó dos años. Me mandó un mensaje por Instagram.
—¿No lo tenías bloqueado?
—Usó una cuenta nueva.
—¿Y qué te dijo?
—Nada, tonterías. Pero me siento fatal. Me hace sentir la mujer más fea del universo.
—Tú no eres fea.
—Lo dices por compromiso, porque eres mi hermano.
—No, en serio. Sabes que eres la más linda de todas tus amigas.
—No me mientas. ¿Yo te gusto?
—Bueno, sí, claro. Eres muy linda.
—Uff, ¿solo linda? Eso le dicen a las chicas cuando solo las quieren como amigas. ¿Ves que tengo razón? Soy horrible.
—No digas eso. Me gustas mucho... como mujer, digo.
Le regalo una sonrisa enorme y, soltando un suspiro, doy unas vueltas por la piscina. Pablo me sigue. Nadamos un rato y nos tiramos agua. Lo intento hundir como cuando éramos pequeños, pero esta vez se queda un segundo extra bajo el agua, con los ojos clavados en mi cuerpo. Al salir, busca devolverme las cosquillas y me río de verdad. Lo empujo, nado hasta el otro lado, donde el agua llega hasta el ombligo. Me siento en la amplia escalerilla de la entrada al agua. Él se acomoda a mi lado.
—¿Y qué te gusta de mí? —pregunto.
—Todo. Tus piernas, tus pechos, tu trasero.
—¿Te gusta mi trasero? No bromees conmigo. Es lo más feo que tengo.
—Nada que ver, es hermoso. Redondo, delicado.
—¿Y se puede saber cómo sabes tanto sobre mi trasero?
Me giro sobre la escalerilla y me pongo boca abajo. Dejo toda la zona expuesta para que la estudie a gusto.
—Bueno, se intuye debajo de esas minifaldas que te pones.
—No te creo. ¿Nunca te dio curiosidad verme desnuda?
Duda. El silencio pesa y al final la tensión le gana.
—A veces.
—¿Y no me espiaste? Cuando me estoy bañando o cambiando, digo.
Baja la cabeza. El calor le sube a las mejillas.
—Bueno, a veces te miré... perdóname.
—¿Qué? ¿Por qué me pides perdón? Para eso están los hermanos. ¿Te crees que eres el único que espía a su hermana? Todos lo hacen, es súper normal.
—¿En serio?
—Obvio. Sería rarísimo si espiaras a mamá, pero conmigo... bueno, cuántas veces nos bañaron juntos sin ropa.
—Pero éramos niños.
—¿Y qué tiene que ver? Ahora me vas a decir que nunca tuviste fantasías conmigo.
—¿Fantasías?
—Sí, fantasías. Imaginarte cosas conmigo. Nunca te imaginaste tocándome el trasero, o besándome los pechos.
—A veces tengo esas ideas.
—¿Y cómo se te pone? —Señalo con la barbilla su centro, que empieza a marcar una rigidez innegable bajo el agua.
—Me gusta.
—¿Ves? Es algo natural. Mira, toca mi trasero y dime lo que te provoca.
—Por Dios, no. ¿Cómo te voy a tocar?
—Pablo, somos hermanos, ¿de qué tienes miedo? Te digo que me toques. Al final voy a pensar que me mentías y te resulto espantosa.
Pablo estira la mano temblorosa y apoya la palma en mi piel. Un latigazo de calor me cruza la espalda, pero disimulo. Una sonrisa perversa se me dibuja en la cara.
—Es muy suave.
—Aprieta más que me haces cosquillas —le ordeno.
Obedece. Sus dedos ganan confianza y empiezan a recorrer la superficie. Si estuviéramos afuera mis muslos estarían empapados. La dureza de su entrepierna rompe la tensión del agua, asomando a la superficie. Me giro para enfrentarlo.
—Cuéntame una fantasía. ¿Qué te gustaría hacerme?
—No sé, no tengo idea.
—Te cuento yo una, ¿quieres?
—Está bien.
Pablo se acomoda contra la pared de la piscina. Le tomo la mano.
—Una fantasía que siempre tengo es que una noche te metes en mi cama. Ya sabes que me gusta dormir desnuda. Entonces me imagino que te deslizas por debajo de las sábanas y me besas ahí abajo, me metes la lengua hasta que me vacío entera.
—Guau. ¿Conmigo?
—Obvio. ¿Quién más vive en esta casa?
—Bueno... te confieso algo. Hace unas semanas entré al baño y te estabas depilando ahí abajo.
Recuerdo perfecto ese momento. Casi le arranco la cabeza por no golpear la puerta.
—¿Y qué pasó?
—Me morí de vergüenza, pero luego... cuando me di cuenta de que no tenías vello, esa noche no pude dormir. Quería sentirlo. Por eso miraba los videos, para ver cómo es por adentro.
—¿Y qué descubriste?
—Nada. Me parece que tú tienes una forma mucho más delicada. Lo que vi me rechazó un poco.
—Cariño, me estás dejando al rojo vivo. Ven.
Salgo del agua y me siento en la piedra, dejando una pierna balanceándose sobre el agua. Pablo se sienta justo frente a mí.
—Tócate —le ordeno y él finge no entender. —Que te toques. En serio. Quiero ver cómo lo haces.
Sus ojos se clavan en los míos, abiertos de par en par.
—Estás loca. Ni de broma.
—Por Dios qué pacato eres. Es súper normal entre hermanos. Todas mis amigas lo hacen con sus hermanos —miento, con calma—. Así se aprende. Si no te atreves frente a mí, ¿con quién lo vas a hacer? Además, estamos solos, nadie nos ve.
—No insistas no lo voy a hacer.
—¿Y si nos tocamos juntos? Juguemos a ver quién acaba primero. Yo lo hacía con mis amigas.
—¿Con tus amigas?
—Claro. ¿Qué te pensabas que hacíamos en las pijamadas? Nos tirábamos en la habitación y nos tocábamos. La primera en acabar ganaba.
—¿Pero no te daba vergüenza?
—Nada que ver. Al contrario. Sabes qué excitante es que te estén mirando cuando te tocas. Y ni te imaginas ver a alguien tocarse.
Duda. Me acerco. Dejo que mi rodilla lo roce, abriendo mi postura de forma deliberada, dejándole a la vista todo lo que intenta no mirar.
—Empieza tú —me reta, con la voz temblorosa, creyendo que no soy capaz.
Acepto el desafío. Humedezco mis dedos con saliva y los llevo al pliegue entre mis muslos. Abro dejando expuesta la zona más sensible. La brisa me reconforta y el punto rosado se pone de golpe duro e hinchado. El movimiento es lento, rítmico, calculado para que él no pueda apartar la vista.
—¿Te gusta lo que ves? —susurro.
Pablo no responde. Sus dedos, por fin, bajan hacia la dureza evidente que se levanta entre los muslos.
—¿En qué estás pensando? —presiono, sin detener mi propio ritmo.
—En nada —murmura, con los dientes apretados.
—Mientes. ¿Estás pensando en mí?
Tarda una eternidad
—Ya lo sabes. En ti, y en tu cuerpo. —Responde vencido.
—Dime qué te gustaría hacerme.
—Tocarte los pechos.
Suelto una risa seca. Me llevo las manos al pecho, exhibiendo la piel erizada por la tensión. Avanzo más hasta quedar casi pegados.
—Tócalos.
Niega con la cabeza, aferrándose a lo poco que le queda de orgullo.
—Eres un bebito. Cuando una mujer te dice que le toques los pechos, no puedes negarte. ¿no lo sabes?
Estira la mano temblorosa y sus dedos rozan mi piel. Contengo un gemido. La humedad en mis dedos delata lo excitada que estoy.
—¿Solo eso quieres? —provoco, ladeando la cabeza.
Pablo mira hacia abajo. El muy pícaro ya me quiere tocar ahí. Pero no. No pienso dejárselo fácil. Llevo un dedo mojado desde mi centro hasta sus labios. Su respiración se detiene.
Sus labios se entreabren, y la respuesta se pierde en un gemido sordo.
Creo que acabo de cruzar una línea y ahora no tengo ninguna intención de volver para atrás. Él se lo buscó. Estiro la mano y mis dedos rozan la humedad en la punta de su dureza. Llevo la gota a mi boca.
—Sabe bien —murmuro.
Sus ojos me devoran.
—¿En qué estás pensando? —me exige.
Me tomo un segundo.
—Me gustaría que alguien me llene, ¿sabes lo que significa? —Abro los pliegues todo lo que puedo, y mis músculos se endurecen por instinto.
—Sí —responde tragando saliva —¿extrañas al innombrable?
Pongo los ojos en blanco, divertida.
—Qué tonto eres. Me gustaría que lo hagas tú.
—Pero… somos hermanos.
—No tiene nada de malo. Míranos. Estamos desnudos, toqueteándonos bajo las estrellas.
—Yo… yo creo que no está bien —tartamudea.
Apoyo una mano en su muslo. Está tenso.
—Te puedo asegurar que cuando estás con otro hay que fingir todo el tiempo, actuar como si supiéramos todo, cuidarse de cómo moverse, hasta de cómo gemir. Es súper aburrido. Nosotros no tenemos que fingir. Si no sabemos algo lo podemos decir y no pasa nada. ¿No te gustaría saber lo que se siente? ¿Investigar un poco?
—Dicho así, me gustaría.
—Yo me muero de ganas por descubrir cómo se mueve tu dureza adentro de mí. Piensa que la conozco desde que era así chiquita, y mira ahora lo hermosa que se ve. Yo tengo mucho más derecho a tenerla que cualquier otra mujer.
Pablo traga saliva. El sonido es un golpe seco en la noche. Estiro mi mano libre y rodeo la base firme de su hombría. Un escalofrío le sacude la espalda.
—Yo también quiero —suplica con la voz rota.
Es tan ingenuo mi hermanito. A veces me pregunto si no será adoptado. El muy tonto se cree que yo me voy a entregar, así como así. Amago con levantarme y él se estira, esperando la acción inmediata. Pero me detengo y vuelvo a mi lugar.
—Tenemos un problema —digo con mi mejor cara de compungida.
Su rostro se endurece de golpe.
—¿Por qué? ¿Porque somos hermanos?
Suelto una risa seca.
—No, idiota. Ya te dije que ese es un detalle menor. El problema es que estoy furiosa contigo. Por cómo me tratas. Me encantaría subirme arriba tuyo, dejar que me llenes, pero no puedo porque todo el tiempo me acuerdo de tu insolencia y tu desprecio.
—¿Qué insolencia?
Parpadea, aturdido, buscando en su memoria el rastro de su propia arrogancia. Miro el fregadero. Él se gira.
Su mente trabaja a mil por hora. Decido ayudarlo un poco.
—¿Recuerdas todas las veces que te he pedido que me ayudes a limpiar? ¿Cuándo ni me contestabas cuando te hablaba? Pablito me rompes el corazón. Yo soy tu hermana, te amo con locura, y me mata cuando me tratas de esa manera. A veces creo que eres peor que el innombrable.
—Perdóname —suplica, quebrando su última barrera de orgullo—. Te juro que soy un imbécil. No lo hago más. Hoy mismo lavo todo antes de dormir.
—Lo dices porque estás desesperado —digo señalando su dureza palpitante
—Es verdad. No sé por qué te trato así. Te juro que lo digo en serio, soy un estúpido. Yo también te amo Julieta.
Qué satisfacción. Julieta 3, Pablo 0. Levanto una mano y acaricio su mejilla sudada. El plan es perfecto. Levantarme y dejarlo ahí, expuesto e insatisfecho. Tal y como me lo había imaginado.
Pero no puedo. Les podría decir que es porque lo amo con locura. Y es cierto, es mi hermanito y lo amo más que a nada. Pero hay otra razón incluso más poderosa. Me estoy derritiendo de deseo en este mismo instante. Lo necesito adentro de mí y lo necesito ya. No me importa nada. Lavaría mil noches los platos con tal de que ese chico me llene en este instante.
—¿Quieres un beso? —pregunto.
Asiente en silencio. Me pongo de rodillas y avanzo sobre él. Apoyo mi pecho desnudo contra su piel hirviendo y pego mis labios a los suyos en un roce suave. Mi lengua se mueve con ternura, como cuando era chico y me acostaba a su lado para consolarlo.
Él se deja explorar y abre la boca. Yo entro como una ráfaga de viento y recorro el interior, saboreando la saliva.
No aguanto más. Me acomodo a horcajadas frente a él rodeándolo con mis piernas. Me dejo caer despacio. Su dureza se abre paso en mi interior hasta ocuparme por completo.
Un suspiro largo se nos escapa al mismo tiempo.
—¿Te imaginabas que sería así? —susurro en su oído.
—No.
—Si hubiera sabido que estabas tan suave, te lo habría propuesto antes.
—Yo también. Es calentito y húmedo.
—Espera que todavía no vino lo mejor —respondo terminando con otro beso apasionado.
Empiezo a moverme. Él arquea la espalda, buscando más fricción, perdiendo el control de sus manos sobre mis caderas. Empujamos en sentidos opuestos, y él entra cada vez más profundo ocupando todo el espacio. Me contraigo de puro placer.
Lo había dicho como una simple excusa para convencerlo, pero es cierto. En este mismo momento puedo ser yo misma y no fingir.
Lanzo un gemido profundo y mis caderas se mueven solas. La presión aumenta, y en mi interior su tensión se hincha al extremo. Reconozco el momento de la caída. El instante previo a esa pequeña muerte y me desarmo. Su respiración se rompe en un grito sordo. Algo cede sin retorno, llenándome con un pulso tibio, y la descarga me arrastra con él hacia un colapso físico total. Nadie me había hecho sentir así. Fue el mejor polvo de toda mi vida. Julieta 4, Pablo 10.
El aire nos falta. Con el último aliento, nos dejamos resbalar y caemos a la piscina. El agua fresca nos envuelve en un silencio reparador. Flotamos abrazados en la oscuridad, compartiendo un beso lento que sella, por fin, el nuevo orden de la casa.
Si vas a hacer una travesura, no la hagas a medias". Sonia y su hijo Joaquín quedan atrapados por un huracán en un hotel de lujo. Él es un manojo de inseguridades; ella, una mujer de negocios acostumbrada a tener el control. Lo que empieza con pequeños juegos para quitarle la timidez al crío, termina rompiendo todos los límites. Una lección visceral donde la autoridad de una madre no admite negativas.
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Estoy destruida. Catorce horas hasta llegar al hotel, contando vuelos, escalas, lancha y una interminable espera en el aeropuerto.
No debería quejarme. A caballo regalado no se le miran los dientes. “Un reconocimiento corporativo”, me dijeron, “gracias por tu récord de ventas”. Sí efectivamente soy la mejor vendedora de la corporación. La puta ama de todos los vendedores. Cuando vuelva, yo, Sonia Cristensen, seré la nueva gerente regional de comercialización.
“Disfrútalo con Mario, se lo merecen”, me dice la chiquita de Recursos Humanos.
Isla en la Riviera Maya, hotel de lujo, todo pago. El carrito eléctrico nos acerca desde el muelle. Las fotos no mentían, es el paraíso en la tierra.
Solo un problema. Mario hace cuatro meses salió eyectado de mi vida. Desapareció como un mosquito molesto que se aplasta sin remordimientos.
Y entonces tuve mi gran y estúpida idea. Podría haber venido con alguna amiga. O sola, para encamarme con un turista fornido. Pero no. En lugar de todas esas cosas completamente razonables, tengo a este crío a mi lado, que no me habla desde que salimos, encerrado en su telefonito. ¿Cómo se supone que me voy a divertir con esta especie de zombi que exuda transpiración y hormonas?
Me reprendo. Es mi hijo. No está pasando un buen momento y… reconozcámoslo, yo tampoco soy la madre ideal. Necesita un poco de tiempo con su madre.
—Señora lo lamento mucho —me dice el conserje— debería haber especificado que no venía con su pareja, ya le dije que no tenemos habitaciones con camas separadas.
Joaquín me mira con horror.
—No hay problema —le guiño un ojo a mi hijo— como si no hubiéramos dormido juntos antes. La vamos a pasar genial.
La habitación derrocha lujo tropical. Flota sobre la arena blanca dando la sensación de que el océano turquesa se nos viene encima por el inmenso ventanal.
—Peque, me voy a bañar, acomódate y salimos a pasear —le digo quitándome la ropa.
La mirada de Joaquín se estanca en mi cuerpo. El teléfono queda olvidado en su mano. Su inocencia es incapaz de disimular.
—E-está bi-bien mamá —tartamudea.
—¿Qué te pasa? ¿Ahora te pones colorado porque me ves los senos? Peque durante casi un año estuviste prendido como una garrapata a mis pechos —me los aprieto para remarcar las puntas.
No sé de quién heredó semejante timidez. No voy a perderme el placer de andar desnuda en una playa privada porque a este zombi le dé vergüenza. Mejor se acostumbra.
El agua quema y quita el cansancio. Al girarme está en la puerta mirando al duchador. Tiene dos shorts en la mano.
—¿Cuál? —me pregunta.
—El rojo.
—Gracias —me responde sin dejar de clavar sus ojos en mi centro.
—¿Quieres entrar para verla más de cerca? —me paso la mano enjabonada, desafiante.
Con la cara más colorada que el bañador se va cerrando la puerta.
Salimos a caminar. La isla se recorre a pie en apenas unas horas. El complejo tiene todo lo que no necesito para pasarla bien, clases de yoga, gimnasia, deportes extremos. ¿Esta gente cree que uno viene a descansar o a un campo de entrenamiento?
Almuerzo frugal. Frutas y fiambres. En una TV anuncian amenaza de tormenta.
Nos ofrecen un paseo en lancha. Se me revuelve toda la comida, pero mantengo la sonrisa y el optimismo. El peque sigue mirando su maldito teléfono. No digo nada. Son mis vacaciones y no las voy a arruinar con una pelea estéril.
Atardece.
—Peque, vístete bien para la cena.
—Sí, mamá.
Dejo la ropa sobre mi lado de la cama, mientras el chico está tirado mirando Tik Tok.
Vuelvo a buscar mi crema de la valija. Lo encuentro de espaldas, inclinado sobre mi ropa. Tiene la tanga que me voy a poner entre los dedos. Acerca la tela de encaje a su nariz. Bueno, respiro aliviada, al menos le corre sangre al zombi. Una carcajada corta se me escapa por encima del ruido del ventilador de techo.
Joaquín da un respingo y suelta la prenda sobre la colcha. El rubor le sube por el cuello. Balbucea una excusa torpe sobre buscar el cargador del teléfono. Lo dejo hablar. Su nerviosismo es un espectáculo entretenido.
—Si vas a hacer una travesura, no la hagas a medias —lo interrumpo guiñándole un ojo.
Camino de regreso al baño, abro la bolsa de la ropa sucia y busco entre las prendas hasta encontrar la bombacha que usé durante las horas de vuelo y las escalas. La tela oscura guarda el peso de la humedad y el rastro crudo del viaje. Vuelvo a la habitación y se la arrojo al pecho.
Él la atrapa en el aire por puro reflejo.
—Si quieres saber a qué huele una mujer, no uses ropa limpia. Aspírala profundo.
Joaquín traga saliva. Aprieta la tela entre las manos. Intenta devolverla, pero doy un paso al frente y me planto frente a él. La distancia se acorta y mi autoridad ocupa todo el espacio.
—Dije que la huelas. Y descríbeme qué hay ahí.
Levanta la prenda despacio. El temblor en sus dedos transfiere una vibración mínima a la tela. Hunde el rostro en el algodón sucio. La respiración se le corta un segundo y sus pupilas se dilatan. Vuelve a acercarse, pero ahora pega la nariz a la tela y aspira con fuerza. La humedad de la tela se le debe haber pegado en la cara.
—¿Y bien? —insisto, cruzándome de brazos, divirtiéndome con su agonía—. Habla.
Joaquín niega con la cabeza, pero no suelta la prenda. La tela se estira entre sus dedos.
—¿Te doy asco, Joaquín? —suelto con una sonrisa cínica—. ¿Huelo tan mal?
Él traga aire, todavía con el rostro hundido en el algodón.
—No... —su voz sale amortiguada—. Todo lo contrario. Huele a... almendras amargas. Y a piel tibia. Es un olor rico.
Suelto una carcajada que rebota en la habitación.
—Qué poeta me salió el peque. Para mí esto es puro pis de gato y pescado podrido. Pero si te gusta, disfrútalo. Ahora mueve el esqueleto, que tengo hambre.
Bajamos a cenar. El restaurante es una estructura de madera y palma que desafía al viento que empieza a soplar afuera. Pedimos langosta y un vino blanco.
—¿Todo esto lo paga la empresa? —pregunta, admirado.
—Algo así. Este año yo cerré la venta de la Torre Cénit y el Complejo Puerto Esmeralda, peque —le digo, saboreando el triunfo—. Dos megaproyectos en un año. Nadie en la corporación lo había logrado.
—¿Y te pagan con un viaje con tu hijo?
Me río con ganas por la ocurrencia.
—No amor, esto es solo un regalo. Cuando vuelva voy a liderar toda la región. Ese es el verdadero pago
Él me mira con un brillo de orgullo que no le veía hace años. Me gusta que demuestre interés. Aprovecho el impulso.
—¿Y tú? ¿Alguna chica que te caliente el teléfono?
Joaquín se encoge de hombros y clava la vista en el plato. El color vuelve a subirle a las mejillas.
—No tengo a nadie.
—Estás solo porque eres demasiado tímido. Tienes que soltarte, Joaquín. La vida no pasa por una pantalla.
La música del parador sube de volumen. Es un ritmo tropical, pesado, que invita a moverse. Lo tomo de la mano y lo arrastro a la pista antes de que pueda protestar. Mi vestido corto de playa es una gasa transparente que no deja nada a la imaginación; se me pega a los muslos con cada paso. Me muevo como una gata a su alrededor, rodeándolo, provocando que sus manos encuentren un lugar donde apoyarse.
—Toma esto —le ordeno, pasándole dos tequilas.
Él duda.
—¿Puedo?
—Chico, hoy todo está permitido. ¡De un trago!
Se los baja de golpe. La quemazón del alcohol le enciende los ojos. Enseguida se suelta. Saltamos, bailamos, nos subimos al karaoke. A medida que el tequila circula, se mueve con más entusiasmo.
La música baja de revoluciones. Lentos. Lo abrazo por el cuello y obligo a que sus manos bajen a mis caderas. Vuelve la rigidez, como si me tuviera aprensión.
—No peque, así no vas a conquistar a ninguna chica. Tienes que tomar el control. ¿Ves? Así se hace —le susurro al oído mientras le pego el pecho al suyo—. Tenés que usar el cuerpo, sentir la piel.
Meto un muslo entre sus piernas, rompiendo la distancia, obligándolo a sentir la presión de mi carne contra la suya. Joaquín asiente, rígido, con las pupilas dilatadas por el alcohol y la cercanía. A lo lejos, un relámpago ilumina la playa.
Volvemos a la habitación con siete tequilas encima y un mareo que nos hace reír como idiotas. Caemos en la cama King Size sin siquiera sacarnos los zapatos. El mundo gira un poco, pero el sueño nos tumba antes de que la tensión termine de estallar.
A la mañana siguiente, la luz del Caribe es un cuchillo que corta el rastro de la borrachera. Desayunamos en silencio, compartiendo el café y el cansancio.
—Hoy vamos a la playa secreta —le digo, ajustándome el traje de baño—. Me dijeron que es el lugar más privado de la isla.
Cargamos el bolso de picnic y caminamos por la costa hasta llegar a un risco de piedra caliza. Una pequeña caverna, oscura y fresca, se abre paso en la roca. Cruzamos el umbral y la piedra nos devora para luego escupirnos en una lengua de arena blanca, rodeada de salientes rocosas que nos ocultan de todo y de todos. El paraíso es nuestro. Solo nosotros dos.
Me sirvo un poco de bloqueador solar en las palmas.
—Date la vuelta —le ordeno.
Extiendo la crema sobre su espalda. La piel es pálida, casi traslúcida, como si el sol fuera una novedad en su vida. Sigo por los hombros, el pecho y bajo hasta su vientre plano. Mis dedos rozan la línea donde empieza el short, preguntándome qué forma tomará más abajo, pero sigo de largo. Le entrego el envase.
—Tu turno.
Me desato el nudo del bikini y dejo caer la parte superior sobre la arena. Joaquín se queda con el frasco en la mano. Sus músculos se bloquean.
—Por favor, no me vengas con chiquilinadas —suspiro, apoyando el mentón en los brazos cruzados—. Ayer no podías quitarles los ojos de encima, ¿ahora me vas a decir que te da pena tocarlos?
Siento el frío de la crema contrastar con el calor de mi espalda. Sus manos trazan círculos torpes y acelerados. Cuando termina, me giro sobre la toalla, exponiendo el pecho por completo. Joaquín traga saliva y desvía la mirada hacia el mar. Sonrío por dentro. Cómo me divierte ponerlo incómodo; con algo tengo que entretenerme.
Abro una novela barata de misterio. Él se calza los auriculares y se refugia en el teléfono. Al cabo de una hora, cierro el libro de un golpe. La inercia me agota.
—Al agua. Ahora —sentencio.
El mar está templado, una caricia líquida que nos envuelve hasta el cuello. Le pregunto qué hace para divertirse. Me habla de computadoras y amigos virtuales. Le respondo que a su edad mi mundo era mucho más divertido: había que sudar y tocarse para entretenerse. Como no entiende, le hundo los dedos en las costillas.
Da un salto en el agua, retorciéndose. Sigo urgando sin tregua hasta que, en un arrebato de defensa, contraataca. La guerra de cosquillas se vuelve una lucha de fuerza. Nos entrelazamos, forcejeamos. Todo vale. Las piernas se entrelazan tratando de derribarnos. Mi muslo aprieta sus genitales y mis pechos se pegan contra su piel. Queda descolocado. Aprovecho y tomándolo de la cabeza lo sumerjo. Sale resoplando y me embiste. Me empuja por los hombros intentando hundirme. Si este chico cree que puede ganarme, no me conoce. La piedad no me hizo gerente.
Me sumerjo, enredo mis piernas en las suyas, busco el cordón de su bañador y doy un tirón seco.
Emerjo a varios metros de distancia, sosteniendo su short mojado en alto como un trofeo. Me alejo nadando hacia la orilla mientras él balbucea súplicas. No lo escucho. Llego a mi reposera justo cuando una mujer voluptuosa, de unos cincuenta años y traje de baño entero, se instala a mi lado. Charlamos animadamente ignorando al crío que flota desconsolado, sin atreverse a salir.
—Llegamos ayer —le respondo a la mujer, cruzando las piernas.
—Nosotros nos vamos mañana. Por suerte. Dicen que viene una tormenta fuerte.
—Algo escuché, ¿será grave?
—Sí, mira esas nubes negras —comenta ella, señalando el horizonte—. ¿Y ese chico de allí? Hace muchísimo que está en el agua. Le debe gustar.
—Es mi hijo, Joaquín. Un fanático de la natación.
La señora levanta la mano para saludarlo. Joaquín, atrapado y desnudo con el agua al cuello, le devuelve el saludo con una sonrisa tiesa.
—¿No querrá algo para comer?
—Mejor dejémoslo, cuando se mete al agua no lo puedo sacar.
La mujer se queda varias horas contándome sobre su marido, su empresa, y su pequeño nieto que acaba de nacer. Escucho divertida y cada tanto miro de reojo a Joaquín que flota con los ojos incendiados de enojo.
Cuando la intrusa finalmente desaparece por la cueva, Joaquín sale del mar. Tiembla. La piel se le ha arrugado como una pasa de uva. Su centro cuelga marchito, encogido por el frío y la prolongada humillación. Es un apéndice minúsculo. Me pregunto cuánto cambiará esa geometría bajo tensión. Se pone el short en silencio y se calza los auriculares.
Saco unos sándwiches del bolso. Come mirando la arena.
—Me dejaste desnudo en el agua —dice por fin.
—¿Y qué problema tienes con eso?
—Que estaba desnudo y apareció esa mujer. No podía salir.
—Por el amor de Dios, peque. Aquí medio mundo se pasea sin ropa. Tienes que dejar de ser tan tímido.
—Una cosa es que me mires tú —levanta la voz—, y otra es que una desconocida me ande observando.
—Ah. ¿Si te miro yo está bien, pero si te mira otra no? —inclino la cabeza—. ¿Te gusta que te mire?
—No —duda—. Sí. No sé, me confundes. Me gusta que me mires, pero no quiero que me vea nadie más.
El viento salado nos golpea la cara, barriendo el calor de la playa. La temperatura cae de golpe.
—Tenemos que volver.
Llegamos a la habitación justo cuando la tormenta muerde la costa. Un empleado del resort nos avisa que debemos quedarnos adentro; traerán la cena al cuarto. Nos cambiamos en silencio. Noto que Joaquín se quita el bañador mojado frente a mí, sin esconderse, y se pone un pantalón de lino corto directamente sobre la piel. Sonrío satisfecha. Yo me pongo un vestido de playa transparente y nos sentamos frente al ventanal a ver cómo la tormenta azota el cristal.
Llegan las hamburguesas y las papas fritas. Comemos con ganas, amparados por el ruido del viento.
—Dime algo —rompo el hielo, limpiándome los dedos—. ¿Qué cuernos tienes con tu cuerpo? Ayer casi te tengo que emborrachar para que bailes, hoy te da pudor la playa. ¿Por qué eres tan tímido?
—No lo sé. Me parece que no corresponde.
—¿Y quién te metió esas ideas estúpidas en la cabeza? El cuerpo es lo más natural que tenemos. ¿Por qué razón no deberías mostrármelo, o darme una muestra de cariño con él?
—Es que tú eres mi madre.
—¿Y? Como soy tu madre, soy un monstruo horrendo al que es mejor no tener cerca. ¡Santo cielo, yo te tuve en mi vientre!
—Sabes que no eres fea —me interrumpe, mirándome fijo—. Eres la mujer más hermosa que existe. Todos te miran cuando entras a un lugar. Es que tú eres...
—¿Soy qué?
—Intimidante.
Suelto una carcajada limpia, honesta.
—¿Intimidante? Me han dicho muchas cosas en la vida, pero nunca eso. ¿Qué quieres decir?
—Que eres demasiado perfecta. Tus piernas, tus pechos, tu trasero. Cuando estoy delante tuyo, no sé... siento cosas.
—¿Cosas?
—Tú sabes. Cosas.
—Ah —me acomodo en el sillón, cruzando las piernas—. ¿Te excitas mirándome?
El color le estalla en la cara. Se queda mirando la tormenta, que ahora azota el vidrio con ráfagas feroces.
—Sí —confiesa finalmente, con la voz rota—. Y tu belleza me hace sentir que no estoy a la altura. Mírame. Soy flacucho, desgarbado, soy feísimo. No merezco ser tu hijo.
Dejo la comida sobre la mesa.
—Si pudiera, te metería la mano en el cerebro y te lavaría todas esas ideas con una esponja. ¿De qué cuernos estás hablando? Eres un chico hermoso. Tu piel es fina, tus músculos son largos, y por Dios, esa cosa que tienes ahí abajo va a romper más de un corazón. Estoy más que orgullosa de ti. ¿Te piensas que si tuviera vergüenza de ti te habría dicho que salieras del agua delante de la mujer? Quería que salieras. Quería que todos vieran que eres mío.
Joaquín sonríe, confundido pero desarmado. Observamos cómo un par de sombrillas vuelan por la playa, devoradas por el viento.
—¿Vemos una película? —pregunta en voz baja.
Nos tumbamos en la cama gigante y ponemos cualquier cosa en la televisión. Extiendo un brazo y él, sin dudarlo, se recuesta apoyando la cabeza contra mi pecho.
La película termina con el sol ya puesto. Adivinamos la fuerza de la tormenta por el aullido del viento y los relámpagos que, cada tanto, iluminan la habitación a destellos.
Me quito el vestido de gasa y me acomodo entre las sábanas para dormir. Al rato, abro los ojos. Joaquín se mueve de un lado para el otro, inquieto, hundiendo y sacando la cabeza de la almohada.
—¿Qué cuernos te pasa, peque?
—No lo sé, no me puedo dormir.
—Intenta cerrar los ojos o quieres que te arrulle como cuando eras bebé.
No responde. Se queda quieto, pero a los pocos minutos vuelve a agitarse.
Resoplo y enciendo la luz del velador.
—¿Tienes miedo de la tormenta? ¿Es eso?
—No —dice él, rehuyendo mi mirada—. Apaga la luz, mejor.
Bajo la vista. A través de su pantalón de lino, la tensión marca un relieve rígido que amenaza con romper la tela. Sonrío.
—Anda, no me vas a dejar dormir en toda la noche. Quítate ese pantalón, que lo vas a manchar todo, y abrázame.
Me giro dándole la espalda y él se aprieta contra mí. Estiro la mano hacia atrás y deslizo una caricia por sus glúteos. Él cierra la distancia, pegando su cuerpo al mío por completo.
Pasa el rato y vuelvo a salir del entresueño. Joaquín sigue quieto, aferrado a mi cintura. Pero su pulso late descontrolado contra mi trasero. La humedad de su flujo ya me está empapando la piel. El mocoso no me va a dejar dormir.
Estiro la mano y palpo su centro. Es suave, delicado, imberbe como el resto de su anatomía. Lo aprieto con firmeza y la humedad me baña los dedos en el acto.
—¿Quieres acabar, así podemos dormirnos?
—No —responde en un susurro gutural.
—¿Por qué no? Tu dureza está por explotar, necesitas descargar.
—Por favor, me da mucha vergüenza esto.
—No te puedo creer. ¿Qué es lo que te da vergüenza?
Mientras hablo, mi mano abierta sube y baja contra la tensión de su cuerpo. Descorro la piel que cubre la punta, exponiendo la zona más sensible. Su cuerpo se vuelve una tabla rígida, pero la boca se le sella.
—No sé —alcanza a murmurar—. Que tú me mires.
Niego con la cabeza. Este crío necesita un poco de acción, si no va a ser un timorato toda su vida. Me giro para clavarle los ojos en la penumbra.
—A ver, pongamos las cosas en claro. A esta altura tú estás desbordado, con tu escenita me contagiaste y ahora la que no va a poder dormir soy yo. Creo que no es justo.
—Perdóname. No lo puedo controlar. ¿Quieres que yo...?
—No, ya es tarde. Si tú acabas rápido, me vas a dejar con más ganas a mí. Vamos a hacer otra cosa, a ver si dejas de estar tan acomplejado.
Lo empujo hasta dejarlo boca arriba y me subo a horcajadas sobre él. El pulso entre mis muslos exige alivio, una vibración constante que me humedece el centro.
Tomo sus manos y las obligo a cubrir mis pechos. Un pellizco brusco en las puntas me arranca un gemido agudo. Aprieto las piernas contra sus costados para sujetarlo y me agacho. Le doy un beso en la boca. Suave. Húmedo. Cuando sus labios ceden, introduzco la lengua para tomar control. Lo lleno con mi saliva, barriendo todo su interior. Él se retuerce y arquea la espalda buscando más fricción.
Nada de facilidades. No tan rápido. Sigo besándolo y me muevo apenas, cuidando de que mi centro aún no roce el suyo. Él me rodea la espalda con los brazos y sus manos caen, atraídas como imanes, hasta mis glúteos. Aprieta mi carne con una fuerza que me desarma por dentro.
Tomo su dureza ciega y la ubico en la entrada. Me dejo caer con todo mi peso. El interior cede y lo envuelve, ocupando cada centímetro vacío.
Joaquín ahoga un grito desesperado. Es la señal.
Empiezo a moverme. Lo hago sin apuro. La lentitud de mi cadencia choca contra la furia del huracán que golpea los vidrios. Me desplazo con densidad, un roce pesado y húmedo que abre el camino, devorando toda su extensión.
El cuerpo de Joaquín se arquea. Paso una mano por detrás y palpo su base. Se ha contraído bajo la piel, endurecida al extremo. Mis dedos acarician la textura tersa, y una convulsión eléctrica le cruza el abdomen, anticipando la caída.
Me detengo. Corto el movimiento y lo dejo ahogarse en la espera, consciente de la desesperación que le estoy inyectando.
Al final, me apiado. Subo y bajo con un golpe seco. Una, dos, tres veces. Me freno para que asimile el impacto. Cuando la necesidad lo hace gemir, repito. Una, dos, tres veces. Mantengo la secuencia, obligando a su dureza a hincharse hasta el límite.
La tensión lo quiebra. La represa cede. Un calor espeso y repentino me inunda por dentro, un peso abrumador que desborda por los bordes de los pliegues y resbala por mis muslos. Ese incendio en mi interior es el detonante que faltaba. Antes de que su cuerpo pueda procesar el alivio, hundo las caderas con desesperación salvaje, buscando mi propia descarga. No tardo en romperme. El clímax me arrastra hacia el precipicio, obligándome a soltar un grito que se pierde en el trueno de la tormenta.
Me desplomo sobre el pecho de Joaquín. La respiración de ambos choca en el aire pesado, con los cuerpos empapados en sudor y agotamiento.
Nos rendimos al sueño horas después, envueltos en la oscuridad, abrazados y fundidos en un pacto de piel que ninguno de los dos podría explicar.
Inglaterra. 1941. Sarah ha perdido a su marido hace poco. Recibe a su inocente hermana menor que llega a la campiña huyendo de las bombas. Decididas a recuperar lo que la guerra se empecina en quitarles, inician una relación prohibida, donde el consuelo rápidamente se vuelve perversión.
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La Segunda Guerra Mundial ha devorado al mundo entero, pero aquí, en la campiña inglesa, solo el eco lejano de los trenes militares nos recuerda que la cordura se ha perdido. Mi marido yace bajo tierra fría en algún frente del este. Yo me quedé, por inercia, en esta pequeña casa, suspendida entre el perfume de las rosas silvestres y el olor a tierra húmeda. Soy maestra, y cuando no hay clases, voluntaria atendiendo a los veteranos que vuelven con el alma hecha jirones. Pero es verano y en este verano de 1941 no hay mucho por hacer. Willow Creek se vuelve un lugar desierto.
Y entonces llega Jessie.
La espero en la estación, sobre el andén de madera agrietada por el sol. Su figura delgada desciende del tren, envuelta en un abrigo que parece dos tallas más grande, con el mismo pelo oscuro que el mío, pero su cara aún no aprendió a esconder el miedo. Camina con ese peso prematuro que la guerra ha regalado a toda su generación. En sus ojos veo a mi hermana pequeña, y también, a todos los fantasmas que ha dejado atrás en Londres.
El anillo de mi viudez pesa en mi mano, un recordatorio de que el amor puede ser una sentencia de muerte. La tomo del brazo y guio sus pasos hacia el camino de tierra que nos lleva a casa.
Esa noche, el cielo se despeja. El silencio del campo cae sobre los hombros. Nos sentamos en los escalones de la puerta de atrás, con una manta vieja sobre las rodillas, y contemplamos el manto de estrellas que se extiende sobre nosotros.
—Nunca había visto tantas —dice Jessie, con la voz baja, como si no quisiera romper el encanto.
—En la ciudad el humo no las deja ver —respondo, sin apartar la vista del firmamento.
Hace una pausa, juguetea con un hilo suelto de la manta.
—¿Te acuerdas de cuando contábamos historias sobre ellas? De que cada una era un soldado caído.
—Sí, me acuerdo.
Se vuelve hacia mí, y el brillo de las estrellas se refleja en sus ojos.
—Yo no me voy a casar, Sarah. Nunca.
La afirmación me sorprende, por su certeza.
—¿Por qué dices eso?
—¿Para qué? Estoy sola. No conozco nada del mundo ni lo voy a conocer. Los chicos de mi edad se han ido. Volverán destruidos, o lo más probable es que no vuelvan. —Sus dedos dejan el hilo y se aprietan uno contra otro—. A veces creo que la única vida que viviré es la que me quede antes de que una bomba caiga sobre nuestra casa.
Su voz se quiebra en el final, una fisura casi imperceptible. El nudo de mi propio duelo me aprieta la garganta. El recuerdo de mi marido, su sonrisa, la forma en que sus manos recorrían mi piel antes de que todo se convirtiera en polvo y telegramas oficiales.
—No es verdad, Jessie. Tienes toda una vida por delante. —Me odio por lanzar esa frase hecha.
—No —insiste ella, y ahora su mirada es un desafío—. No sé nada. Ni siquiera sé lo que es besar a alguien que no sea mi propio reflejo en el espejo.
La compasión me golpea con una fuerza que me deja sin aliento. La imagen de su soledad es más cruel que cualquier bomba. Mi mano se eleva, casi sin mi permiso, y acaricia su mejilla. Su piel es suave, tibia.
—No es lo mismo —digo, y mi voz es un susurro.
Me inclino hacia ella y mis labios se posan sobre los suyos. Es un gesto fraterno, breve, el beso de una hermana que consuela. Pero cuando me retiro, ella protesta.
—No. Así no.
Sus ojos me buscan en la oscuridad, y en ellos hay una necesidad que me desarma. No hay vuelta atrás. Vuelvo a inclinarme, y esta vez mi boca se abre sobre la suya. Mi lengua se desliza por sus labios que se abren al primer contacto. Me recibe su saliva fresca y el deseo contenido. Entro y nuestras lenguas se entrelazan con una urgencia que yo había olvidado.
—Vamos a dormir —digo. Más para mí que para ella.
Esa noche, el sueño me esquiva. Me da vueltas en la cama, un nudo de ansiedad y recuerdo. El beso de Jessie abrió una puerta yo misma había cerrado hacía tiempo. La brisa fresca de la noche no logra quitarme el calor. Me quedo desnuda, como cuando yacíamos con Mark en esta misma cama. Hace años que no me toco, pero mi cuerpo me reclama con urgencia. Acaricio mis pechos y aprieto sus puntas hasta convertirlas en dos guijarros duros. Mi otra mano baja y recorre mi vientre que sube y baja sin control. Mis dedos rozan mi centro, la unión de mis dos piernas, y se quedan quietos sobre mi mata de vello. La humedad me solicita con tanta vehemencia que no tardo en encontrar mis pliegues y abrirlos como una fruta madura. El interior arde, inflamado por un deseo que había olvidado que podía tener. Cada roce detona una nueva descarga. La parte más sensible, aquella que concentra toda mi pasión, está inflamada en un grito mudo que reclama más velocidad. Acelero y las piernas se me vuelven dos rocas, duras y estiradas. Mis glúteos se contraen y lanzo un gemido silencioso. Aumento el ritmo con desesperación.
Entonces, un sonido rompe la quietud.
Abro los ojos sin dejar de masajearme. Mi corazón golpea mis costillas. La puerta de mi cuarto está entornada, una rendija de luz amarilla se filtra en el pasillo oscuro. Mi aliento se corta. Jessie me mira, de pie del otro lado del vano. Su silueta es inmóvil, una estatua de sombra y curiosidad.
Ya me ha visto. No tiene ningún sentido detener este ritual solitario, o no tanto. Saber que mi hermanita me observa dispara un torrente de adrenalina que me quita el aliento.
Jessie no se mueve. En su mirada furtiva, no hay juicio, solo una fascinación helada. Es un testigo de mi propia exposición que me empuja hacia el abismo del clímax. Las piernas se me acalambran y el dolor me tira un poco más hacia lo inevitable. Nuestros ojos se cruzan. Le sostengo la mirada sosteniendo el espacio que acaba de ocupar su curiosidad. Su escrutinio me desarma y, sin remedio, me dejo caer con un gemido al colapso frenético de mi propio vaciamiento.
Desconozco cuánto tiempo ha pasado hasta que recupero la cordura. Vuelvo a mirar la puerta y Jessie se ha ido. Me cubro con una sábana y dejo que el sueño me arrastre, suplicando que esta noche no aparezca el fantasma de mi duelo.
A la mañana siguiente, el sol se filtra por las ventanas con una crueldad deslumbrante. El aire de la cocina se ha cargado con lo no dicho. Jessie se sienta en la mesa, removiendo su avena sin probarla. No me mira. Yo me concentro en el café. El silencio se extiende, pesado y rojo. Deja la cuchara con un chasquido seco.
—Anoche… te vi —dice su voz, baja pero firme.
—¿Sí, cariño? —No puedo creer mi propia desfachatez.
Levanto la vista. Sus ojos me clavan con una pregunta.
—¿Qué fue eso?
Siento el calor subirme por el cuello. Una parte de mí quiere gritarle que se vaya, que olvide lo que vio, que es privado, que es mío. Pero la maestra que llevo dentro sabe que cortar la curiosidad es como destrozar su humanidad.
—Es algo que hace la gente —digo, mi voz más ronca de lo que esperaba—. Cuando se sienten solas.
—¿Te pasa a menudo?
—A veces.
—¿Cuando… cuando piensas en él?
Asiento, incapaz de mentir.
—¿Duele menos?
La pregunta me desarma. Es una científica que estudia un fenómeno desconocido.
—No. No duele menos. Es diferente. Es… una forma de sentir algo.
Se queda callada, procesando. Luego, su expresión cambia. Se endurece con la misma terquedad que tenía cuando niña y quería un helado a pesar de la lluvia.
—Yo quiero probar.
—Jessie, no seas tonta. No es un juego.
—¡No estoy siendo tonta! —Su voz sube un tono, vibrando de frustración—. Tú siempre sabes todo. Tú sabes de hombres, de la vida, de la muerte… ¡Y yo no sé nada! Tú me enseñas a leer, a escribir, a sumar… ¿Por qué no me puedes enseñar esto también?
Me levanto, llevando mi taza al fregadero. Miro por la ventana el campo verde y pacífico.
—No es lo mismo —digo sin volverme.
—¿Y por qué no? —Insiste, y ahora su voz me llega desde atrás—. Dímelo. Explícamelo. O enséñamelo.
La fatiga me vence. Cansancio de la guerra, de mi duelo, de ser la fuerte, la maestra, la hermana mayor. Cansancio de su necesidad insaciable.
—De acuerdo —digo, y mi voz es plana, sin emoción—. Quieres aprender. Bien. Primera lección.
Me doy vuelta y la miro a los ojos.
—Quítate la ropa.
Se queda paralizada un segundo. Sus mejillas se encienden en un rojo vivo. Espero que se eche hacia atrás, que me llame loca, que corra a su cuarto. Pero no lo hace. Su mandíbula se tensa. Con manos temblorosas, empieza a desabrochar los botones de su blusa, obediente y desafiante por partes iguales.
Cuando la blusa cae al suelo, se queda ahí, en medio de la cocina, con el torso desnudo, sus pechos pequeños y pálidos al descubierto. Su vulnerabilidad, su miedo, y la chispa de triunfo bajo la piel, encienden aún más mi enojo.
—Ahora —digo, acercándome y tomando su mano—. Ven. Te mostraré cómo se hace.
La guio hasta mi cuarto. La luz de la mañana entra por la ventana, dibujando un rectángulo brillante sobre el suelo de madera. No le digo que se acueste. Se queda de pie, en el centro de la habitación, temblando con los brazos colgando a ambos lados de su cuerpo.
Me siento en el borde de la cama, a su misma altura. Mi mano la roza con la lentitud de un ritual. Mis dedos trazan la línea de su clavícula, descienden por el esternón. Su piel se eriza en un mapa de puntos calientes. Responde con una sacudida involuntaria, un suspiro atrapado.
—Relájate —le ordeno, mi voz de maestra de nuevo—. Tienes que sentir, no solo reaccionar.
Me deslizo hacia su vientre, plano y tenso. Allí me detengo, presionando con delicadeza. Sus ojos se cierran. Su respiración se vuelve más profunda. Con la otra mano, tomo la suya, fría y laxa.
—Ahora —digo, y mi voz es un murmullo—. Vas a aprender a conocerte.
Guío su mano hacia su propio centro, hacia el pliegue cálido y oculto entre sus piernas. Su mata apenas aflora por encima de la piel y deja expuesta una carne rosada que demanda toda mi atención. Por Dios, es mi hermana. Me concentro y vuelvo a mi rol de maestra.
—¿Ayer me observaste bien? —pregunto.
—Estaba oscuro —miente.
—Desliza tus dedos como yo lo hacía.
Al principio es torpe, sin rumbo. Se va a lastimar. Me compadezco.
Apoyo mi mano sobre la suya, dirigiéndola, enseñándole el ritmo, la presión, el movimiento circular que desata la tensión.
—Así —susurro—. No pienses. Solo siente.
Sus caderas comienzan a moverse en un suave balanceo, siguiendo el impulso que su propia mano descubre. Un gemido bajo se escapa de sus labios.
Aprende el lenguaje de su propio cuerpo. Veo su rostro tensarse, su ceño fruncirse en un esfuerzo concentrado. Busca algo, pero no lo encuentra. La frustración crece en sus ojos.
—No… no puedo —gime, retirando su mano con brusquedad—. Hay algo más, pero no llego.
—La primera vez es así —digo, con una paciencia que no siento—. El cuerpo necesita aprender. Hoy a la noche puedes seguir practicando.
—¡No! —Su voz es un látigo—. Quiero llegar ahora. Tú lo hiciste anoche. Yo te vi. ¡Llegaste!
Antes de que pueda responder, un sonido corta el aire. Pasos en el camino de grava que lleva a la casa. El repartidor. Nos quedamos heladas, dos estatuas en medio de la habitación. El pánico nos despierta del trance.
—¡Rápido! —susurro, saltando de la cama—. ¡Vístete!
Nos movemos en un caos silencioso. Recoge su blusa del suelo y se la pone al revés. Yo me aseguro de que todo esté en su sitio. Corremos al porche, justo cuando el repartidor deja un paquete en la puerta. Desde detrás de la cortina, lo vemos alejarse. Cuando desaparece en la curva, nos miramos la una a la otra. El miedo se transforma en una risa histérica, una carcajada que nos dobla y nos moja los ojos. Nos abrazamos, riendo como dos cómplices de un crimen perfecto, y en esa risa compartida, sé que hemos cruzado un punto del que no hay retorno.
Esa noche, la cena relaja nuestras cabezas y Jessie me actualiza sobre lo que pasa en Londres.
—En Londres ya no se duerme —dice, y su voz es un hilo tenso—. La gente no espera a que suenen las sirenas. Todos nos acostumbramos a dormir vestidos, con las maletas listas al lado de la cama.
Le sirvo una porción de tarta de pollo con ensalada. Ella devora el primer bocado.
—¿Y tus amigos?
—Mi amiga Clara… su edificio recibió una bomba directa. No en su piso, en el de arriba. Quedó enterrada viva bajo los escombros. La sacaron a la mañana siguiente, cubierta de polvo y de… otras personas. Ya no llora. Solo se sienta en las escaleras del refugio y mira la pared, durante horas.
Se lleva las manos a los brazos, como si tuviera frío, aunque el aire de la noche sea cálido.
—Ayer me dijiste que se llevaron a todos los chicos.
—Sí, Sarah. Están reclutando a todos. Los que vuelven… es triste. El otro día vi a uno que vendía periódicos en la esquina. Tenía una pierna de palo y un temblor en la mano que no le dejaba sostener las monedas. Me miró como si intentara decirme algo, pero no pudo. Se quedó con la mirada perdida.
La radio parpadea en un rincón de la cocina. Jessie toma el pollo con la mano y limpia el hueso con sus dientes, como cuando era pequeña. De repente, la música se detiene. Una voz grave y solemne anuncia el bombardeo masivo sobre Londres. Imágenes de edificios derrumbándose, de cielos anaranjados, llenan mi cabeza. La mano de Jessie se detiene, el tenedor a mitad del aire. La sangre abandona su rostro.
—Mamá… Papá… —susurra, y el terror en su voz es un cuchillo torcido en mi pecho.
—Estarán bien —digo, aunque las palabras se sienten como ceniza en la boca—. Los refugios son sólidos.
Pero no hay consuelo posible. La radio continúa su informe de destrucción, una letanía de muerte y desesperación. Jessie empieza a sollozar, un sonido seco y ahogado que me parte el alma. Me levanto y voy hacia ella, arrodillándome a su lado. La abrazo, su cuerpo tiembla contra el mío.
—Shhh… no llores. No podemos hacer nada aquí. Solo esperar.
La radio cambia de tema. Una orquesta empieza a tocar un vals rápido, una melodía alegre y absurda que choca con el horror que acaba de narrar. Levanto su barbilla, sus mejillas están mojadas.
—Ven —digo, tomándole las manos—. Levántate.
La llevo al centro de la cocina, lejos de la radio, lejos de las noticias. Pongo una de sus manos en mi hombro y la otra en mi mano.
—¿Qué haces? —pregunta, con la voz rota.
—Bailar. Nadie puede llorar bailando un vals.
Empiezo a guiarla. Al principio, sus pasos son torpes. Pero insisto, moviéndola en un círculo, girándola bajo mi brazo. Poco a poco, su cuerpo responde a la música. Sus pies se vuelven más ligeros. Una pequeña sonrisa, tímida y temblorosa, aparece en sus labios. Bailamos más rápido, girando y riendo. Somos dos locas en una cocina iluminada por una sola bombilla, tratando de ahogar el miedo.
La detengo, ambas jadeando y sonriendo. La atracción hacia ella es magnética, inevitable. Mi mano sube desde su cintura hasta su nuca, mis dedos se enredan en su pelo. Inclino mi cabeza y mis labios encuentran los suyos.
Este beso es hambre. Es un acto de desafío contra la muerte, un grito silencioso de que estamos vivas. Mis labios se abren, mis dientes rozan su labio inferior. Ella responde con la misma urgencia, sus brazos se enroscan en mi cuello, tirándome hacia ella. No hay hermana mayor ni menor, solo dos cuerpos buscando calor en medio de un mundo helado.
Nos separamos, respirando con dificultad. La música ha terminado. El silencio vuelve, pero esta vez cargado de electricidad.
—Vamos a dormir —digo, y mi voz es un susurro ronco.
Esa noche, a medianoche, la puerta de mi cuarto se abre. La silueta de Jessie se recorta contra la luz de la luna. Se desliza bajo mis sábanas, su cuerpo helado buscando mi calor.
—No puedo dormir —susurra, su voz pegada a mi oreja—. Lo intenté… lo que me enseñaste… pero no puedo.
La giro para que me mire. Sus ojos brillan en la oscuridad.
—Descorre la sábana —digo sin espacio para dudas.
Jessie obedece.
—Ponte de pie. Frente a mí.
Le quito el camisón y la luna baña su cuerpo desnudo.
—Tengo calor —me dice.
—Abre bien las piernas —respondo con una sonrisa.
Mi mano se humedece con mi propia saliva y luego se posa en el pliegue húmedo de Jessie. Ya no es la niña que dejé cuando me casé. Ahora su cuerpo promete las curvas de una mujer, y su centro está formado y firme. Aún así, sostenerla, me devuelve la misma fragilidad que sentía cuando nos dormíamos abrazadas en Londres.
Ella se estremece. Mis dedos exploran, encontrando el punto sensible, el pequeño botón oculto. Es más suave y pequeño que el mío, pero duro y rebosante de vida. Lo rozo con mis dedos, en círculos lentos. Su respiración se acelera. Se hincha, se humedece por completo. Sus piernas ceden y cae con todo su peso contra mi mano que la sostiene. La presión sobre su piel sensible se intensifica y lanza un gemido de placer. Apoya una mano en mi hombro para sostenerse.
—Ahora tú —ordeno—. Sigue. Quiero verte.
Su mano reemplaza a la mía. Sus dedos atacan con desesperación.
—No así —corrijo, mi voz suave pero autoritaria—. Más suave. Es como acariciar, no como rasgar.
Le muestro con mi propia mano sobre la suya cómo aligerar la presión, cómo variar el ritmo. Esta vez, lo entiende. Sus ojos se cierran, su boca se entreabre. Un gemido largo y bajo sale de su garganta. Su cuerpo se arquea, una tensión creciente que libera en una convulsión silenciosa. Se desploma sobre mí, jadeando, empapada.
La abrazo, el temblor de su cuerpo golpea el mío. Mi mano, la misma que la condujo hacia su primer clímax, ahora yace húmeda y caliente. Un calor que no es mío, pero que me quema hasta los huesos.
Nos acostamos. Ella se acurruca a mi lado. Desnuda. La sostengo por su trasero dándole suaves masajes maternales, hasta que nos dormimos.
La mañana siguiente trae un sol brillante y una vergüenza silenciosa. Evitamos mirarnos mientras preparamos el café, el sonido de las cucharas contra las tazas es el único diálogo. El recuerdo de su cuerpo temblando bajo mi mano, pesa como una presencia invisible. Para para volver a la normalidad que ya no existe, propongo lo que siempre hacíamos de niñas.
—Vamos a bañarnos al estanque.
Su cara se transforma de inmediato.
—¡Sí! —grita y sale corriendo a cambiarse.
El camino es silencioso, pero el aire cálido parece disolver la tensión. Llegamos al estanque, un remanso de agua cristalina rodeado de juncos altos. Sin decir una palabra, empezamos a desvestirnos. Nos sumergimos en el agua fría, el shock nos sacude y nos hace reír. Por un momento, volvemos a ser las hermanas que jugaban en este mismo lugar.
La risa me trae un recuerdo. La rama gruesa y baja de un sauce a un lado del agua.
—¿Te acuerdas? —digo, señalándola—. La que usábamos para columpiarnos.
Sus ojos brillan. Asiente. Salimos del agua, goteando, y corremos hacia el árbol. Yo me agarro primero, dejando que mi cuerpo se balancee hacia adelante y hacia atrás y me lanzo hasta la parte más profunda. Luego ella.
En el agua, lo que empieza como un juego se convierte en una lucha. Nos empujamos, tratando de hundir a la otra, riendo como locas. En un forcejeo, nuestros cuerpos se rozan, se frotan uno contra otro. Sus pechos pequeños y firmes se presionan contra los míos. Sus puntas se endurecen al contacto con mi piel.
Se detiene de golpe, su risa muere en sus labios. Baja la vista, hacia sus propios pechos, luego hacia los míos. El pánico vuelve a sus ojos.
—¿Qué… qué me pasa? —susurra, asustada—. ¿Por qué se ponen así?
La tomo de los hombros, obligándola a mirarme. Mi voz recupera la cadencia con la que enseño ciencias.
—Es normal, Jessie. Es una reacción. El cuerpo responde.
Para demostrárselo, tomo su mano y la llevo a mis propios pechos. Guío su palma hasta mis pezones, erectos bajo su tacto. Un estremecimiento recorre mi cuerpo. El miedo en sus ojos cede ante la curiosidad, y a otra cosa, algo más oscuro y profundo.
Su mano se queda en mi pecho, explorando con una timidez que se desvanece demasiado pronto. Entonces, se inclina y, con una delicadeza que me quema, besa mi pezón. Un gemido se escapa de mis labios. Su boca es cálida, húmeda. Sus labios me rozan, me muerden. La empujo con cariño, alejándola. Sonrío, una sonrisa que no sé si es de hermana mayor o de amante.
Me hundo en el agua, el frío me devuelve un poco de cordura. Nado hacia el centro, dejándola en la orilla, confundida y deseosa. Desde el agua, la miro. Bajo la superficie, mis ojos se ajustan a la luz verdosa. Sobre sus piernas, el triángulo se recorta con nitidez. Nado bajo el agua, como una criatura del estanque. Termino con la cara a centímetros de su intimidad. Sin darle tiempo a reaccionar, mi boca se abre y mi lengua encuentra el pliegue cálido, explorando la delicada piel, probando su sabor por primera vez.
Un grito ahogado. Sus manos se enredan en mi pelo, empujándome, reteniéndome. La exploro hasta que su cuerpo se tensa, hasta que sus piernas tiemblan a mi alrededor. Entonces salgo a la superficie, nadando hacia la otra orilla, dejándola jadeando, con los ojos cerrados. Cuando me doy vuelta, ella viene detrás de mí, nadando con una determinación nueva.
Esa noche, el silencio entre nosotras es expectante. Nos acostamos juntas en mi cama, sin pretexto, sin miedo. La luna llena inunda la habitación de una luz plateada, dibujando las formas de nuestros cuerpos bajo las sábanas. Jessie se vuelve hacia mí, su pelo oscuro esparcido sobre la almohada.
—Sarah… —susurra, su voz vacilante—. ¿Qué… qué me hiciste hoy? En el estanque.
Mi mano acaricia su mejilla. Su piel me quema.
—Te exploré con mi boca. Es otra forma de dar placer.
Se queda callada un momento, procesando. Luego, con una valentía que me asombra, dice:
—Yo quiero probar.
—Jessie, no…
Es una línea que, al cruzarla, nos cambiará para siempre. No habrá vuelta atrás. Santo Cielo, es mi hermana, ¿acaso me estoy volviendo loca?
—¡No es justo! —me interrumpe, su voz llenándose de una frustración contenida—. Tú puedes hacerme sentir eso. ¿Por qué yo no puedo hacerlo contigo?
Las excusas mueren en mi garganta. Con un suspiro que rinde toda mi resistencia, asiento.
—De acuerdo —digo.
Nos despojamos de las sábanas, luego de la ropa. Nuestros cuerpos, bañados en luz de luna, se encuentran. Acomodo las almohadas y me recuesto con las piernas flexionadas y abiertas.
Sus manos me exploran con una mezcla de temor reverencial y curiosidad insaciable. Le doy indicaciones en susurros, guiándola hacia mis pechos, hacia mi vientre, hacia el centro de mi deseo.
Cuando su mano llega allí, vacila, insegura.
—No tengas miedo —susurro—. Tócame. Como te toqué yo.
Sus dedos imitan los movimientos que le enseñé. Al principio calca la cadencia de mis propios movimientos. Pero pronto, algo cambia. Su toque se vuelve más seguro, más intuitivo. Encuentra el ritmo, la presión exacta que desata la tormenta dentro de mí. Un calor intenso se extiende desde mi vientre ahogándome en su ascenso y exaltándome a la vez. El límite es inminente.
Retira los dedos y la cara de mi Jessie se acerca a mi entrepierna. Me derrito cuando sus labios suaves rozan mis pliegues. Me besa. Es un beso cariñoso, cristalino. La punta de su lengua asoma y separa mi piel; un estremecimiento insoportable me quiebra.
Toma confianza y avanza con su boca, como si se tratara de una pieza de pollo: abre, explora, disecciona con sumo cuidado.
La caída es inminente. Mis piernas se contraen reclamando una velocidad que me niega. El aire se contrae en mis pulmones, y sale despedido con la fuerza de gritos desesperados.
Esto por entregarme al climax más intenso cuando todo se detiene. Su cabeza se aparta y yo me quedo dura, con las piernas recogidas, empapada de flujo y saliva, sin poder moverme.
Ella me mira, con los ojos muy abiertos, asustada. Jamás había visto a una mujer llegar al clímax.
La abrazo, atrayéndola hacia mí. La rodeo con mis piernas. Su cuerpo tiembla contra el mío, lleno de confusión. La acuno, susurrándole que todo está bien, que es normal. Le beso la frente, una vez, otra vez. Suspiramos juntas. El deseo insatisfecho palpita entre nosotras como una promesa rota y una nueva por cumplir. Nos quedamos así, abrazadas, hasta que el sueño nos vence, con nuestros cuerpos entrelazados y nuestros corazones latiendo al mismo ritmo descompasado.
La luz del amanecer se filtra por la ventana, dibujando largas sombras en el suelo de madera. El aire de la mañana es fresco, cargado con el olor a tierra húmeda y a la promesa de un nuevo día. Jessie se sienta en la mesa, con una taza de té entre las manos, mirándome por encima del borde. Hay una nueva madurez en su mirada, una comprensión que no estaba allí antes.
—¿Es eso todo? —pregunta, su voz tranquila pero firme—. ¿Lo que hicimos anoche? ¿Es todo lo que hay?
Dejo la tostada en mi plato; la pregunta me asalta.
—No. Hay más.
—¿Más? —insiste—. ¿Es eso… es eso lo que hacías con Mark?
La mención de él me hiela.
—No exactamente —digo, con cuidado—. Hay… una penetración. Un hombre entra en ti y cuando no puede más vuelca dentro tuyo un líquido que es la esencia de la vida.
Su expresión es de concentración absoluta, como una estudiante que trata de entender un concepto complejo.
—Me suena algo bastante asqueroso. ¿Por qué razón dejarías que un hombre te meta algo que sale de su… ?
—Cuando se meten dentro tuyo es una sensación muy placentera. ¿Viste como estaba ayer?
—Casi me muero del susto, pensé que te estaba lastimando —responde mordiendo una tostada.
—Cariño, estaba a punto de tener una de las vivencias más extraordinarias de una mujer, y tú me la estabas provocando. Se llama orgasmo.
—Orgasmo —dice reflexiva—, pero yo no tengo un miembro ni estaba haciendo lo que te hacía Mark.
—Hay muchas formas de tenerlo. A veces acariciando la parte de afuera, otras con la boca, y otras entrando, con un miembro o con los dedos.
La palabra cuelga en el aire entre nosotras. Jessie la escucha, la repite en su mente, asimilando su peso y su significado. Termina su té y deja la taza en la mesa con una decisión deliberada.
—Quiero tener un orgasmo. No solo sentirlo, quiero tenerlo.
—Jessie, no puedo… eso es diferente. Tendrás que esperar, casarte…
—¿Casarme? —Se ríe, una risa amarga y sin alegría—. ¿Casarme con quién, Sarah? No hay nadie para mí. No habrá nadie. Tú lo sabes.
Se levanta y viene hacia mí, sus ojos ardiendo con una convicción que me asusta y me excita a la vez.
—Amor, no lo sé. Somos hermanas.
—Tú eres lo único que tengo. Tú eres la única que me ha enseñado algo, la única que me ha mostrado que la vida no es solo miedo y bombas. Por favor, Sarah. Ayúdame.
Sus manos, su rostro... la niña que una vez protegí se esconde detrás de una mujer que exige ahora su derecho. Lo que se supone que es correcto, se ha convertido en un eco distante, casi irrelevante.
—Si nuestros padres se enteraran… —empiezo, sin convicción.
—¡No lo sabrán nunca! —promete, con una urgencia que no admite dudas—. Será nuestro secreto. El único secreto bueno que tenemos en este mundo de mierda.
Me quedo callada, sopesando sus palabras, sopesando mi propio deseo. Asiento con un gesto casi imperceptible.
—Lo pensaré.
Sonríe. Una sonrisa de victoria, de alivio.
Anochece y afuera solo se escucha el ulular de un búho. Una brisa fría me obligó a encender el hogar. Coloqué unas frazadas frente al fuego. Me siento y juego con el anillo de bodas mientras la espero.
Jessie baja con un camisón de seda blanca que le dejé sobre su cama. Su belleza me estremece. Su pelo suelto cae sobre los hombros, y los pechos firmes empujan la tela marcando su silueta. Se acerca con los pies descalzos y se sienta a mi lado.
Nos miramos en silencio, y en ese silencio hay más promesas que en todas las palabras del mundo.
Nos desvestimos sin prisa. Cada prenda que cae al suelo es una norma más que rompemos. Pero no me importa.
Nuestros cuerpos, desnudos y dorados por la luz del fuego, se encuentran. Nos besamos, un beso largo y profundo que sabe a despedida y a comienzo. Nuestras manos exploran, se apoderan, se deleitan en cada curva. Es un baile lento, un ritual de entrega.
Las piernas entrelazadas nos empujan y obligan a unir nuestras intimidades que se abren buscándose. El roce es cálido y suave. Ambas gemimos al mismo tiempo y sonreímos.
Nos besamos con el ardor de dos amantes y el amor de dos hermanas.
Ella toma mis glúteos y me empuja reclamándome. Entonces sé que es el momento.
Mi mano se desliza hacia abajo, humedeciéndome con sus propios fluidos y con los míos. Encuentro su entrada, un músculo tenso que espera. Busco sus ojos, pidiendo permiso sin palabras. Asiente, sus ojos muy abiertos, llenos de confianza y de un deseo que casi me derrumba.
Mi dedo entra despacio, abriéndola, llenándola. Un gemido se escapa de sus labios, una mezcla de dolor y de placer.
—Así —susurro, mi voz ronca de emoción—. Así es como se siente un hombre dentro de ti. Una plenitud. Una presencia.
Mientras mi dedo la explora, mi pulgar encuentra su botón, el punto sensible que ya conozco tan bien. Lo rozo, en círculos lentos, al mismo ritmo que mi dedo se mueve dentro de ella. Su cuerpo responde, arqueándose, buscando más, pidiendo más. La llevo al borde, la mantengo allí suspendida en el precipicio. Estiro mi otra mano y pellizco la punta de su pecho. Grita de placer y su cuerpo se contrae.
Sigo con mi impiadoso movimiento, entrando cada vez más, con una suavidad desesperante.
Su cuerpo se convulsiona, un temblor incontrolable que la sacude. Se deja caer por el precipicio del placer en un descenso profundo y prolongado. Su primer orgasmo. El primero de muchos.
Nos quedamos así un rato largo, mi dedo todavía dentro de ella, mientras su cuerpo se calma, mientras su respiración vuelve a la normalidad. Luego, con una delicadeza que me sorprende, se aparta. Me busca con los ojos, asoma una nueva mujer.
Baja por mi cuerpo, besando mi piel, marcando un camino de fuego hacia mi centro.
—Voy a terminar lo que empecé ayer —me dice en un susurro grave.
Sus labios se posan en mi pliegue, y su lengua me explora, me descubre. Estoy mucho más empapada que ayer. La lengua recorre cada pliegue, cada intersección de mi interior, se mete en rincones inexplorados, arrancándome gemidos y gritos incontenidos.
Me arrastra al mismo éxtasis que yo le di a ella y yo me entrego sin culpas y sin miedo. Mi cuerpo responde, desbordando en una liberación que limpia mi duelo, que sana mi herida.
Exhaustas, satisfechas, nos tendemos desnudas frente al fuego, una al lado de la otra, con nuestros cuerpos entrelazados. El calor del fuego nos calienta y nos sostiene. En el silencio de la noche, con el sonido del fuego crepitando como único testigo, hemos creado nuestro propio mundo.
La mañana siguiente es distinta. El aire parece más ligero, el sol más brillante. Hay una paz en la casa que no se sentía desde antes de la guerra. Nos miramos al desayunar, y por primera vez, no hay secretos entre nosotras, solo una complicidad silenciosa y un conocimiento compartido.
Después de desayunar, sin decir nada, nos levantamos y caminamos hacia el estanque. Llegamos al borde del agua al lado del sauce. La luz del sol se filtra a través de las hojas, creando un mosaico de luz y sombra en la superficie del agua.
Nos quedamos allí, de pie, mano a mano, mirando el agua tranquila. Entonces, Jessie se gira hacia mí. Sus ojos lucen serenos, llenos de una calma que no tenía antes.
—Gracias —dice, su voz apenas un susurro.
Aprieto su mano y nos quedamos paradas contemplando el agua.
Me quito el anillo. Lo sostengo por un momento. El pequeño círculo de oro que ha sido el símbolo de mi dolor, de mi soledad, de mi vida suspendida. Con un movimiento suave, lo lanzo. Cae sin hacer ruido, y las ondas que crea se expanden con suavidad, hasta desaparecer, devoradas por el agua.
Jessie me sonríe, comprende el gesto. Nos abrazamos, un abrazo largo y fuerte.
Tomadas de la mano, caminamos de vuelta a la casa.
Cuando estamos a mitad de camino, oímos el sonido de una bicicleta en el camino de grava. Es el chico del reparto, un muchacho de la edad de Jessie, con el pelo rubio y una sonrisa fácil. Se detiene, sosteniendo un telegrama.
—Buenos días, señoritas. Un telegrama para ustedes.
Bajo de la bicicleta y tomo el sobre. Es de nuestros padres. El refugio los protegió. Leo las palabras en voz alta, y una alegría inmensa me inunda. Al levantar la vista, Jessie ha cruzado hacia el cartero. Hablan animadamente. Ella sonríe, una sonrisa genuina, abierta, una sonrisa que no he visto en ella en años. Lo toca del brazo mientras él le cuenta algo sobre su pueblo, riendo.
Sonrío, guardando el telegrama en el bolsillo. El sol me calienta la cara. El mundo sigue ahí, con su guerra y sus horrores, pero aquí, en este pequeño rincón del campo, hemos creado nuestro propio milagro. Y sé que, pase lo que pase, estaremos bien.