Elena Vance es la perfección corporativa. Pero la armadura asfixia. "Catábasis" narra su descenso nocturno a un infierno necesario: excesos, mugre y dolor para sentirse real. No hay redención, solo el hambre de destruirse para poder renacer. Bienvenido a la caída.
I. La pregunta
La aguja del segundero del Patek Philippe avanza con una resistencia casi imperceptible, como si tuviera que empujar el aire para llegar a la siguiente marca. Tic. Un segundo. Tac. Otro. ....
V seguir leyendo V
Elena observa el mecanismo a través del cristal de zafiro. Se pregunta si el tiempo pesa distinto aquí adentro, si la gravedad es más fuerte en este piso que a nivel de la calle.
Levanta la vista. Se fija en el nudo de la corbata del Dr. Kaufman. Windsor. Demasiado ancho para un cuello tan flaco. Hay una miga minúscula, casi invisible, atrapada en la seda azul. Probablemente de un croissant. Probablemente de mantequilla.
—¿Volvió a pasar? —pregunta Kaufman.
Elena deja de mirar la miga. Camina hacia el ventanal y corre la cortina pesada con un tirón seco. La luz de la bahía entra como una bofetada blanca, revelando partículas de polvo que bailan en el aire estancado. Abajo, la ciudad es muda.
El silencio se estira.
Elena se encoge de hombros. Un movimiento que cuesta miles de dólares en sastrería italiana.
—Los griegos lo llamaban catábasis —dice Kaufman. Su voz tiene el tono monótono de quien ha repetido la misma lección demasiadas veces—. El descenso del héroe al inframundo. Orfeo, Odiseo. Bajaban a la oscuridad.
El psicólogo hace una pausa. Elena sabe que está esperando que ella pregunte. No lo hace. Vuelve a mirar su reloj. La aguja sigue su lucha absurda.
—Pero ellos bajaban buscando algo, Elena —insiste él—. Conocimiento. Un alma perdida. Una respuesta para volver a la superficie y ser mejores.
La silla de madera cruje cuando Kaufman se inclina hacia adelante.
—Usted no baja buscando respuestas. ¿O me equivoco?
Elena alisa una arruga inexistente en su falda, lo suficientemente corta para insinuar, y lo suficientemente larga para mostrar autoridad.
—Se acabó el tiempo —dice ella.
Sin despedirse, camina hacia la salida. La puerta se cierra con un chasquido metálico que suena a cerrojo de celda.
El único sonido en la sala de juntas es el zumbido grave de un servidor lejano y el roce de la tela sintética de Julian cuando gesticula.
—...porque ya no vendemos tecnología, vendemos conexión —dice, con los ojos brillantes, pasando la última diapositiva—. La campaña "Human Core" busca eso. Vulnerabilidad. Empatía. Que el usuario sienta que Aether Corp lo abraza.
El gerente de marketing calla. Espera el aplauso. Nadie se mueve. Los otros tres ejecutivos miran la veta de la mesa de caoba, temerosos de atraer la atención del depredador equivocado.
Elena está sentada en la cabecera. No parpadea. Mira a Julian como quien mira una mancha de humedad en una pared recién pintada.
El silencio empieza a pesar. Se vuelve físico. El joven sonríe nervioso, se afloja el cuello de la camisa.
—¿Elena? —pregunta, la voz un poco más aguda de lo que quisiera—. ¿Qué te parece el enfoque?
Ella no contesta. Tamborilea un dedo sobre la mesa. Tap. Tap.
—¿Quizás... quizás fui muy rápido con las métricas de conversión? —intenta él.
Elena estira la mano y toma la carpeta azul que Julian dejó frente a ella. Es la única copia impresa en la sala. Pasa una hoja. Pasa otra. El sonido del papel rasgando el silencio es violento.
Cierra la carpeta.
—No entendí nada —dice Elena. Su tono es plano. Sin ira.
Él parpadea, confundido.
—¿Cómo? Es... es sobre la empatía, sobre...
—No entendí nada —repite ella.
Levanta la carpeta con dos dedos, como si estuviera sucia. Gira la muñeca sobre el borde de la mesa. Abre los dedos.
La carpeta cae dentro del cesto de basura metálico. Plac. El sonido es seco. Final.
Elena se levanta. La silla de cuero se queja.
—Aquí no vendemos abrazos. Vendemos adicción. Vuelve cuando entiendas la diferencia.
Sale de la sala sin mirar atrás.
En el lobby de mármol travertino, la luz entra a raudales pero no calienta. Julian está sentado en uno de los sillones de espera, con la cabeza entre las manos. Los hombros le tiemblan con espasmos irregulares.
Una chica del equipo con una falda plisada y café en mano, se detiene. Duda un segundo antes de tocarle el hombro.
—Ei... tranquilo. El plan era perfecto. De verdad. Los gráficos, la idea... era brillante.
Julian levanta la cara. Tiene los ojos rojos, hinchados, y un hilo de saliva en la comisura. Se limpia la nariz con el dorso de la mano, un gesto infantil que no encaja con su sueldo de seis cifras.
—Lo tiró —susurra—. Ni lo leyó. Lo tiró como si fuera basura.
—Seguro tuvo un mal día —dice ella, bajando la voz—. Ya sabes, la presión de los accionistas...
Julian niega con la cabeza. Se ríe, una risa rota y húmeda.
—No es un mal día. No es presión. Es ella. Es una arpía. Disfruta esto. Le gusta ver cómo nos rompemos. Se alimenta de eso.
La chica mira instintivamente hacia los ascensores dorados, temerosa de que el nombre invoque a la presencia.
—Shh. Baja la voz.
Las puertas del ascensor privado se abren en el piso 50. El ambiente cambia instantáneamente. El murmullo habitual de las oficinas abiertas —teclados mecánicos, teléfonos, risas ahogadas— se corta como si alguien hubiera bajado el interruptor general.
Elena avanza por el pasillo central. A su paso, el "Mar Rojo" se abre. Un analista se mete repentinamente en su cubículo fingiendo buscar un papel. Dos secretarias que cuchicheaban junto al dispenser de agua se separan y clavan la vista en sus monitores apagados.
El sonido de sus tacos contra el piso flotante marca el ritmo cardíaco del piso. Clac. Clac. Clac.
Llega a la recepción de su despacho. Su asistente, un chico eficiente que nunca suda, se pone de pie de un salto.
—Señora Vance.
Elena no se detiene. Sigue caminando hacia su puerta doble.
—Café. Negro. Sin azúcar.
—Sí, señora. Ah, señora... —el chico duda un segundo, lo suficiente para arrepentirse—. La directora de Recursos Humanos quiere verla. Dice que es urgente.
Elena se detiene con la mano en el picaporte de bronce frío. La comisura de su labio se eleva apenas un milímetro.
—Perfecto —dice, y empuja la puerta.
El aire acondicionado zumba con un siseo constante, eléctrico. Sara Miller entra en la oficina como quien entra en una jaula, pegando los codos al cuerpo. Trae una agenda apretada contra el pecho como si fuera un escudo.
—Elena. No pasaron ni cinco minutos, y ya toda la empresa está hablando de tu escenita con los de marketing. —dice Sara. Su voz tiembla en la última sílaba—. Hay procedimientos. El manual de ética corporativa es claro sobre el maltrato. Ya tengo tres quejas formales de su equipo este trimestre.
Elena no contesta. Se levanta de su silla ErgoHuman. No rodea el escritorio; se desliza por el borde hasta quedar frente a la mujer de Recursos Humanos.
Sara retrocede medio paso. Choca contra el marco de una silla de visita. Las piernas le fallan y cae sentada en la silla.
Elena se acerca a unos pocos centímetros y le susurra.
—¿Procedimientos?
Se sienta en el borde de su propio escritorio, cruzando las piernas lentamente. La falda se tensa y sube unos centímetros de más, exponiendo el encaje de la media y la piel pálida del muslo. Sara baja la vista, incómoda. No sabe dónde mirar.
Elena estira la mano. Con una lentitud deliberada, acomoda el cuello de la camisa de Sara, alisando una arruga invisible.
Sin retirar los dedos de la tela, dice:
—El único procedimiento que importa, Sara, es el que decide quién cobra el bono de fin de año y quién se va a casa con una caja de cartón. Y yo firmo esos cheques.
Elena se humedece los labios. Sus ojos recorren la cara de Sara.
—Tienes un poco de labial en el diente —miente.
Sara se tapa la boca instintivamente.
—Vuelve a tu oficina, Sara. Y borra esas quejas. O tendré que revisar tu historial de navegación.
Sara asiente, muda, y huye cerrando la puerta.
Elena se queda sola. La mano le tiembla ligeramente. Necesita tranquilizarse antes de hablar con Marcus.
El hielo choca contra el cristal del vaso. Clink. Clink. Marcus Thorne hace girar el whisky mientras mira la puesta de sol que tiñe de sangre el horizonte.
—Te ves cansada, El —dice sin mirarla.
Elena está parada junto a la estantería. Saca su teléfono y hace scroll en una pantalla que no lee.
—Es el cierre del Q3, Marcus. Todos estamos cansados.
Marcus se gira. Tiene esa cara de preocupación ensayada que usa en las reuniones de directorio. Deja el vaso sobre el escritorio.
—No es solo trabajo. Me preocupas. A veces siento que te estás consumiendo. Ven a cenar a casa hoy. Caroline va a hacer asado.
Elena bloquea el teléfono y lo guarda. Se sirve un vaso de agua que no toma.
—No creo que sea buena idea.
—Elena, por favor —insiste él, dando un paso hacia ella—. Te va a hacer bien un cambio de aire. Salir de este...
—¿No estás satisfecho con mi trabajo? —interrumpe ella—. ¿Crees que no estoy manejando bien la operación?
Marcus levanta las manos, rendido.
—No, no es eso. Eres brillante. Dios sabe que esta empresa se hundiría sin ti en una semana. Solo...
Dos golpes secos en la puerta cortan la frase. La asistente de Marcus asoma la cabeza, agitada.
—Señor Thorne, disculpe. El equipo de Forbes acaba de llegar al lobby para la sesión de fotos.
Marcus se alisa el saco instintivamente y busca su reflejo en el vidrio.
—Cierto. La portada. —Mira a Elena, ya con la sonrisa de CEO instalada.
Abre un cajón y saca una carpeta gris. La desliza sobre la mesa sin mirarla, deteniéndose justo en el borde. Elena la abre sin levantarla.
—¿Y esto? —pregunta la mujer.
—Hosting. Quieren duplicar el precio. Vence a medianoche. Están en la sala B. Confío en ti.
Elena toma la carpeta y sale con una maldición contenida en la garganta.
La sala B está fría. Demasiado fría.
En un lado de la mesa ovalada, dos hombres revisan papeles. El abogado, calvo y sudoroso. El comercial, un tipo joven con traje barato que intenta parecer relajado.
La puerta se abre de golpe.
Elena entra primero. Detrás de ella, cinco personas. No dicen nada. Simplemente entran y se despliegan alrededor de la mesa, rodeando a los dos hombres, de pie, como guardias pretorianos o ejecutores.
Elena tira la carpeta sobre la mesa. El golpe resuena como un disparo.
—¿Cien por ciento? —pregunta. No se sienta.
El comercial se aclara la garganta.
—Señora Vance, los costos operativos se han disparado y nuestro servicio de mantenimiento...
—Su servicio es una mierda —dice Elena. Su voz es plana, sin emoción—. Tuvimos tres caídas de latencia el mes pasado.
—Eso fue un problema regional, no nuestro... —intenta el abogado.
—No me importa —Elena se gira hacia uno de sus "guardias"—. ¿Tenemos listo el contrato con los de Amazon?
El empleado asiente. Es mentira. No hay ningún contrato.
—Bien. —Elena vuelve a mirar a los proveedores—. Se acabó. Tienen veinticuatro horas para migrar los datos o los demando por negligencia y pérdida de lucro cesante.
Elena da media vuelta y camina hacia la puerta. Los tacos marcan una cuenta regresiva. Clac. Clac.
—¡Espere! —el comercial se levanta, tirando la silla—. Elena, por favor. Podemos... podemos mantener el precio actual.
Elena se detiene en el umbral. No se gira.
—¿Mantenerlo? —suelta una risa corta y seca—. Vinieron a robarme y ahora quieren clemencia.
—Señora Vance, por favor. Perder esta cuenta nos quiebra.
Elena gira la cabeza lentamente. Sonríe.
—Quiero un veinte por ciento de descuento sobre la tarifa actual. Y un acuerdo de exclusividad por tres años sin ajustes por inflación.
El comercial palidece. Mira al abogado. El abogado niega con la cabeza, aterrado, pero el comercial sabe que no tiene opción.
—Veinte por ciento —murmura el hombre, derrotado—. Está bien.
Elena ni siquiera asiente. Mira a su abogado.
—Encárgate del papel. Que firmen con sangre si hace falta.
Sale al pasillo. El corazón le late en la garganta, pero no es miedo. Es la adrenalina del poder. Y sabe, con certeza absoluta, que ya no le alcanza.
La camioneta negra, una Escalade con vidrios blindados, espera en el subsuelo. El motor ronronea, una bestia dormida en la oscuridad del garaje.
Elena abre la puerta trasera y se deja caer en el asiento de cuero. El teléfono vibra en su mano: Ubicación enviada.
Caronte mira la dirección en su pantalla. Frunce el ceño. Sus ojos la buscan por el retrovisor.
—Señora... esto es un descampado cerca de los astilleros viejos. No hay nada ahí a esta hora.
Elena no contesta. Se quita los zapatos, dejándolos caer sobre la alfombra.
La camioneta arranca.
Mientras la ciudad se convierte en luces borrosas, se desabrocha la camisa de seda. Saca de su bolso una blusa con brillos. El maquillaje correctivo desaparece bajo una capa gruesa de labial rojo. Se quita las medias y se pone zapatos con taco alto.
Se suelta el pelo y lo revuelve con los dedos hasta que pierde la forma.
La respiración se le acelera. Mira su reflejo en la ventanilla oscura. Se reconoce por primera vez en el día.
La camioneta se detiene en una zona industrial, frente a un pub de mala muerte con un neón que parpadea.
—Tenga cuidado, Elena —dice el chofer.
Elena abre la puerta. El ruido de la noche entra de golpe.
—¿Elena? —pregunta ella, arqueando una ceja
—La conozco desde que era una junior. Es casi como una hija para...
Elena cierra la puerta con un portazo que sacude la carrocería. Avanza hacia el pub sin mirar atrás.
El círculo de humedad que deja el vaso sobre la madera está pegajoso. Elena pasa la uña por el borde, raspando la laca vieja y descascarada de la mesa. Rock de los noventa que suena a lata a través de parlantes rotos.
—¿Entonces? —dice el hombre sentado frente a ella. Tiene los nudillos manchados de grasa negra y las uñas comidas. Huele a tabaco rancio y a desodorante en aerosol—. No me dijiste qué hacés.
Elena termina su whisky barato de un trago. El líquido quema la garganta con una aspereza que el Single Malt de la oficina jamás tendría. Toma un trago más.
—Mato gente —dice ella, sin sonreír.
El hombre se ríe. Muestra unos dientes amarillentos. Cree que es un coqueteo.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo los matás? ¿De aburrimiento?
Elena hace una seña al barman para que traiga otro.
—No. Mato a los ineptos. A los que piden clemencia. A los que creen que el mundo les debe algo.
El hombre deja de reírse. La mira a los ojos y ve algo que lo inquieta, una oscuridad quieta detrás de las pupilas dilatadas. Carraspea y mira hacia la puerta.
—Eres rara.
Elena toma el segundo vaso. El hielo ya se derritió.
—Soy eficiente —corrige.
Se levanta dejando un billete arrugado sobre la mesa pegajosa. El hombre no intenta detenerla.
El bajo golpea en el esternón. Pum. Pum. Pum. Se siente con las costillas. Las luces estroboscópicas cortan el movimiento de los cuerpos en fotogramas dislocados: un brazo aquí, una boca abierta allá, sudor volando como diamantes sucios.
Elena está en el centro de la pista. Es una masa de carne que vibra. Se mueve con espasmos, frotándose contra extraños, buscando la fricción como una lija busca madera.
Una pastilla azul se deshace en su lengua. Amarga.
El mundo se inclina.
Lucha para salir de la pista y llega al baño.
Las paredes son rojas. No como el color de una flor o de una frutilla. Este es un rojo sucio, con grafitis y manchas que es mejor ignorar. El olor a orina es tan fuerte que tiene gusto a metal en el paladar. Alguien patea la puerta de un cubículo.
Un hombre entra detrás de ella. Es una montaña de músculo tenso, con la camisa abierta hasta el ombligo. La agarra del cuello y la empuja contra los azulejos fríos y húmedos.
Elena no se resiste. Se da vuelta y le clava las uñas en el pecho, arrancándole los botones de la camisa. El sonido de la tela rasgándose se pierde bajo la música que retumba afuera. Empuja la puerta con su taco y lo besa con violencia. Le muerde el labio inferior hasta sentir el sabor ferroso de la sangre.
Las manos del hombre son toscas. Buscan bajo su falda de cuero. No hay delicadeza, solo urgencia. Le arranca la ropa interior de un tirón seco. La tela cede.
Elena gime. Lo empuja con las piernas.
El movimiento es brutal, mecánico, sin palabras.
Dos minutos después, el hombre se separa, jadeando. Se sube el cierre. No la mira. Sale del baño dejándola ahí, apoyada contra el lavabo manchado de óxido.
Elena se mira en el espejo roto. El labial rojo está corrido por toda la mejilla, como una herida abierta.
Siente una arcada. Se dobla sobre el inodoro y vomita bilis y whisky.
Se limpia la boca con el dorso de la mano. Saca otra pastilla del bolsillo. Se la traga en seco.
Vuelve a la pista con un vaso de whisky en la mano. El negro empieza a comerse los bordes de su visión.
Flash.
El asfalto está frío y raspa la piel de la espalda. Lluvia. Gotas gordas y heladas que golpean los párpados cerrados. Hay manos. Muchas manos.
—Eso... así... —su propia voz suena lejana, pastosa, ajena.
No es uno. Son tres. Tal vez cuatro. Sombras que gruñen y empujan.
Flash.
El capot de un auto. El metal está caliente por el motor pero mojado por la lluvia. Está boca abajo. El agua corre por el canal de su columna vertebral. Siente el peso de un cuerpo encima, aplastándola, sacándole el aire.
Gime. Intenta pedir más. La palabra "más" es lo único que su cerebro puede formular.
Flash.
Un contenedor de basura industrial. Otro rostro. Sí. Eran tres. La aplasta contra el plástico verde. Siente el agua de lluvia golpear sus pechos. Mira hacia abajo. Ve su blusa tirada en un charco de aceite y agua. No tiene la falda. Está desnuda bajo la lluvia, expuesta como un animal en el matadero.
El olor es insoportable: pescado podrido, leche agria, descomposición dulce. El hombre la agarra del pelo. La sacude quitándole todo rastro de intimidad. Lo abraza para que siga.
El olor a basura se le mete en la nariz, invade todo. Su estómago se contrae violentamente.
Vomita sobre el pecho del hombre.
—¡Hija de puta! —el grito es un estallido sordo.
El hombre la empuja. Elena cae al suelo, resbalando en su propio vómito y en el agua negra del callejón.
Golpea la cabeza contra el asfalto.
Oscuridad.
...
El frío la despierta. O quizás es el silencio. No sabe cuánto tiempo pasó. Diez minutos. Dos horas. Está sola en el estacionamiento vacío.
Se incorpora, temblando. Los dientes le castañean. Le duele todo el cuerpo, un dolor sordo y generalizado, como si la hubieran desarmado y vuelto a armar mal.
Encuentra su blusa hecha un bollo mojado. Se la pone. La seda se pega a la piel lastimada.
Busca la falda. No está. Busca los zapatos. Encuentra uno solo, tirado cerca de una rueda. El otro desapareció.
Se calza el zapato huérfano. Da un paso y renguea. Se lo quita.
Camina descalza sobre el asfalto helado, arrastrando los pies hacia la salida, una figura rota bajo la luz naranja de los faroles de la calle, dejando huellas de sangre y mugre que la lluvia se apura a borrar.
El ascensor privado se abre directamente en el penthouse. Elena entra. Trae la blusa empapada y pegada al cuerpo como una segunda piel muerta. Está descalza. Sus pies dejan huellas oscuras de aceite y barro sobre el mármol del recibidor.
Camina hacia el baño principal. No prende la luz. Se deja caer de rodillas sobre las baldosas frías. El impacto de la rótula contra la piedra suena como un hueso que se astilla.
Se abraza el estómago. El primer sonido es un gorgoteo, una arcada seca que no trae nada. Después, el aullido. No es un llanto humano. Es un ruido gutural, agudo, el chillido de un metal sometido a demasiada presión antes de partirse.
Se golpea la frente contra el borde de la bañera. Una vez. Dos veces. El dolor es un ancla. Las lágrimas salen calientes, mezclándose con la suciedad de la cara, abriendo surcos blancos en la máscara de hollín y rímel corrido. Tiembla. Se muerde el antebrazo para no gritar, clavando los dientes en su propia carne hasta sentir el gusto metálico.
Llora durante veinte minutos. Llora hasta que se le cierran las vías respiratorias y tiene que boquear para buscar aire, ahogándose en su propia saliva.
Cuando el espasmo cede, queda tirada en posición fetal sobre el piso del baño. Mira el techo. Respira. Uno. Dos. Tres.
Se levanta. Le duelen las articulaciones. Abre la ducha. Gira la manivela hacia el lado rojo, al máximo. Se mete bajo el agua hirviendo.
El agua golpea la piel lastimada. Arde. Elena toma una esponja vegetal áspera. Jabón neutro. Frota. Frota el brazo. El pecho. El cuello. Frota con fuerza, raspa la epidermis hasta que la piel se pone roja. El agua que corre hacia el desagüe es gris, luego marrón, luego rosada.
Cierra el grifo. Sale. Se envuelve en una toalla de algodón egipcio, blanca, inmaculada. Se para frente al espejo empañado y pasa la mano para limpiar el vidrio. Sus ojos están inyectados en sangre, pero la mirada ya está vacía.
Abre el botiquín. Gotas para los ojos. Crema hidratante de quinientos dólares la onza. Base de maquillaje. Corrector de ojeras.
Pincelada a pincelada, Elena Vance vuelve a aparecer.
El sol de la mañana rebota en los rascacielos de San Francisco, enceguecedor y optimista. Elena sale del edificio. Lleva un traje sastre gris perla, gafas oscuras de marco grueso y un bolso Birkin colgado del antebrazo. Camina con paso firme. Clac. Clac.
La Escalade negra está esperando en el cordón. Caronte está de pie junto a la puerta trasera abierta. La mira. Sus ojos recorren el cuerpo de ella buscando alguna señal, algún daño visible. No encuentra nada.
—Buenos días, señora Vance —dice él.
—Buenos días —responde ella. Su voz es clara, profesional.
Sube al auto. Saca su teléfono. Tiene catorce correos sin leer y tres mensajes de Marcus. Los ignora. Abre el chat con Sara Miller, la directora de Recursos Humanos.
Escribe: Despide a la asistente que consolaba a Julian ayer. Causa: bajo rendimiento. Sin indemnización. Quiero los papeles en mi escritorio al mediodía.
Envía el mensaje. Bloquea la pantalla. Sonríe, satisfecha. Vuelve a desbloquear el teléfono. Abre el navegador en modo incógnito. El cursor parpadea en la barra de búsqueda.
Escribe: Clubes industriales underground Oakland + abiertos hoy.
Aprieta "Buscar".
Para escapar del infierno de un colegio de los años 80, un adolescente atormentado encuentra refugio en su nueva profesora de música, quien le enseñará que las lecciones más prohibidas que cambiarán su vida para siempre.
Lunes, principios de agosto de 1985. Buenos Aires amanece bajo un cielo que tiene el color y la textura de la panza de un burro....
V seguir leyendo V
Para Julián, el regreso al Colegio Parroquial San Esteban es una condena. La clase de Geografía transcurre con la lentitud de una gota de brea mientras el profesor Balbini recita los afluentes del río Paraná como una letanía. De repente, el Ruso, lanza un trozo de goma de borrar que impacta en el ojo de Mancini, el nuevo. El preceptor, Giménez, entra, suspira y sentencia con desgano: "Bueno, bueno, termínenla con las pavadas, vos andá a la enfermería". Julián sabe que esa goma había sido para él y se hunde en su asiento.
La tarde se arrastra hasta la clase de Historia. El profesor Aranguren, un hombrecillo cuya corbata siempre está ligeramente torcida y fuma como una chimenea, intenta explicar la Revolución de Mayo. Su voz es un zumbido que choca contra una pared de indiferencia.
—¡Fuego! —grita alguien desde el fondo.
Aranguren se detiene, confundido. Ve las llamas anaranjadas lamiendo el costado de su escritorio. Pega un chillido agudo y el pánico se desata. Las sillas se mueven presurosas mientras todos se apartan bruscamente.
El rector, Padre Benítez, se pasea más tarde entre los estudiantes. No le interesa el detalle. Le interesa el ejemplo.
—La estupidez humana no deja de sorprenderme —dice, juntando las manos a la espalda—. Acaban de insultar la memoria de los hombres que fundaron esta escuela. Amonestaciones colectivas para todo el curso.
El martes, alguien tira una bombita de mal olor en el recreo. El aire se enrarece con un hedor insoportable a huevos podridos. Todos corren. Una figura camina en contra de la estampida. Es Luciana, la nueva profesora de música. Viste una pollera negra y botas de gamuza, y lleva una funda de guitarra.
En la rectoría, el padre Benitez lee su expediente.
—Voy a serle franco —dice el rector— No comprendo muy bien qué hace alguien como usted aquí. Su currículum, sus... referencias, hablan de una persona con ideas, digamos, progresistas. Una hippie, si me permite el término. Este es un colegio con casi cien años de historia y tradición.
Luciana no pestañea: —Vengo a hacer mi trabajo, Padre. Vengo a enseñar música.
El Rector sonríe con una mueca delgada que no transmite nada:
—Por supuesto. Y aquí valoramos el trabajo. Mientras se limite a hacer eso, todo irá bien, dele a los muchachos su pentagrama, sus corcheas, su Mozart. Pero no se extralimite. Esta institución tiene reglas, escritas y no escritas. Y yo espero que todos mis docentes las respeten. ¿Está claro?
—Cristalino —responde Luciana.
—Perfecto. Bienvenida al San Esteban. Puede retirarse.
Luciana se da la vuelta y sale del despacho. Piensa que todo en ese hombre es un cliché Se dirige al aula de música, un espacio abandonado en el fondo de un pasillo que huele a humedad y moho. Se sienta sobre el escritorio cruzando las piernas, El alumnado está desconcertado.
—Bueno —dice, su voz clara—. Soy Luciana. A ver... ¿qué escuchan ustedes?
Tras hablar de rock, saca un oboe y toca. El sonido que llena el aula es puro y melancólico, una melodía que parece una serpiente de plata líquida que silencia las burlas y limpia el aire viciado. Julián queda fascinado. No es solo la música, es la confianza que ella emana. Cuando un compañero le susurra una vulgaridad sobre la profesora, Julián, por primera vez, lo hace callar con una mirada helada.
Esa noche, la melodía del oboe que todavía resuena en Julián, muere asesinada por la discordia de sus padres. Sale a caminar para escapar de sus gritos y termina en una plaza. "El Ruso" y sus secuaces lo ven.
—¿Qué pasa, Karlen? ¿Te comió la lengua la profe nueva? —se burla, echándole el humo del cigarrillo en la cara. Lo acusan de defender a la "milonguita" y le dan una golpiza corta y humillante que lo deja temblando en el suelo.
Al lunes siguiente, Luciana ve el moretón que colorea la cara de Julián. Al final de la clase, le pide que se quede y lo interroga. Él miente, diciendo que se cayó. Ella no insiste.
Más tarde, habla con el preceptor Giménez, quien le aconseja no meterse: "Deje que se arreglen solos, así es la vida". Luciana comprende que está sola en esto y que, si quiere ayudarlo, tendrá que romper las reglas. Días después, ve a Julián con una nueva herida. Lo espera a la salida en su Fiat 600 celeste.
—Subí—, le ordena.
En un café tranquilo de Belgrano, Julián se derrumba. Le cuenta todo: los golpes, la indiferencia, los gritos en su casa. Luciana lo escucha en silencio.
—Tengo una idea —dice al fin—, quiero darte clases particulares de música.
Julián baja la vista a su taza vacía: —No puedo, profe. No tengo plata para pagarle.
Ella sonríe.
—No te preocupes por eso —dice—, conmigo los talentosos tienen derecho a una beca. Y yo decido quién tiene talento.
El sábado es la primera clase. El PH de Luciana en Villa Devoto es un refugio de plantas, libros y discos. Ella le enseña a poner las manos sobre un piano, pero Julián apenas registra la lección; solo siente el aliento fresco en su nuca y el contacto de la piel cálida de ella. Hablan de su futuro, le muestra su guitarra Fender Stratocaster roja y le toca rock para ahuyentar las sombras.
Cansada, se sienta en el sofá y se queda mirándolo. Le hace señas para que se siente.
—Hablamos de todo, pero no de lo más importante, ¿te gusta alguna chica? —pregunta.
—¿Qué? —responde haciendo montoncito con los dedos— ¿quién va a querer salir con estos cuatro ojos?, mirá lo feo que soy.
Luciana cambia la expresión y se pone seria. Se acerca y le acaricia la mejilla: —No me gusta que digas eso, vos sos muy lindo, nadie tiene derecho a decirte feo, y menos vos.
Él inclina la cabeza para sujetarle la mano y cierra los ojos. Siente la respiración de Luciana a centímetros y luego el suave roce, húmedo y delicado de la lengua de la profesora sobre sus labios lo hace estremecer. Un beso tierno y otro roce más. Abre los ojos y la ve sonriendo con los ojos brillantes.
—Es tarde, mejor te vas a casa —dice por fin.
Julian llega a su casa. Sus padres están discutiendo. Se encierra en su cuarto, y solo el recuerdo de Luciana le permite dormir
El sábado siguiente Luciana está vestida con ropa de gimnasia y tiene el pelo húmedo de sudor.
—¡Julián! Perdón, se me hizo tarde —dice con una sonrisa, secándose la frente con el dorso de la mano—. Esperame en el living, poné un disco si querés. Necesito una ducha de cinco minutos o no soy persona.
Él asiente pone un disco de The Police y antes de que caiga la púa escucha el sonido del agua corriendo en el baño.
—¡Che, Julián! —grita la voz de ella desde la ducha, ahogada por el ruido del agua—. ¿Estás ahí?
—¡Sí! —responde él, levantando la voz.
—Te acordás que el sábado que viene tocamos, ¿no?
—¿Qué? ¡No te escucho bien!
La puerta del baño, se entreabre: —¡Que vengas a vernos tocar! —repite ella, la voz ahora mucho más clara.
—Sí, obvio —responde.
El sonido del agua cesa. Y entonces ve el cuerpo de Luciana saliendo de la ducha a través del vapor, la curva de su espalda, las gotas de agua resbalando por su piel. Ella le habla pero no presta atención. Paralizado, ve la toalla paseándose por su cuerpo perfecto.
Indiferente, se sigue cambiando. Se pone una pollera diminuta sin nada abajo, y arriba una remera suelta. Julián traga saliva.
Cuando Luciana sale, se sienta a su lado en el sofá. Su pelo mojado huele a shampoo de hierbas.
—¿Y entonces? —pregunta de la nada.
Él suelta una risa corta sin saber qué responder.
—Te preguntaba si te sirvió lo del sábado pasado.
—Eh, mmm bueno sí, nunca había besado a nadie —dice él nervioso.
—No, tonto, el libro de solfeo. —dice ella riendo.
—Ah, sí buenísimo, estuve practicando toda la semana.
—Genial, ¿y el beso?, —bromea.
El sonríe colorado: —me encantó.
—No vuelvas a decir eso de vos nunca más, si te besé no fue por lástima, fue porque me gustás —se acerca para darle otro beso largo.
Esta vez él se relaja y deja que la lengua de Luciana haga su trabajo abriéndole suavemente la boca. El sabor de su saliva es exquisito y sus labios la cosa más dulce que jamás ha sentido. La mujer sigue jugueteando con la lengua y él se suma al juego. La profesora se acerca un poco más y aprieta el muslo de Julián. Él se arma de valor y toca la pierna de la mujer. Ella se detiene un segundo y luego sigue besándolo.
Él siente una erección. Luciana se acerca más y termina sobre él. Con habilidad se frota sobre su miembro. Los besos continúan, cada vez más intensos mientras ella se sigue moviendo hasta que la pollera se levanta totalmente. Él no puede resistirse y recorre con la palma de la mano la pierna de la mujer hasta llegar a su cola desnuda. La chica suspira y aumenta el ritmo del movimiento rosando el clítoris desnudo sobre el pantalón de Julián. Su pene está completamente erecto y con cada embestida una oleada de placer eléctrico se expande desde el miembro hasta la entrepierna y el vientre. Tiene los testículos completamente contraídos.
Luciana se detiene apenas un instante para observarlo. Sonríe, agitada, y sigue besándolo con movimientos más salvajes. Él aprieta con fuerza los glúteos de su profesora y ella acaba en un grito como nunca había escuchado a nadie. Julián también se contrae involuntariamente y una ráfaga de placer explota en su miembro. Gime contagiado por Luciana sintiendo como el semen se le escapa con furia. Ella sigue moviéndose y besándolo, hasta que ambos quedan quietos y exhaustos.
La mujer lo toma de la mano y lo lleva al baño.
—Creo que antes de la clase vas a tener que limpiarte, —dice señalando la mancha del pantalón.
El se cubre con vergüenza y ella se ríe con picardía.
—Es normal, no pasa nada, yo también acabé, hacía mucho que no me pasaba. —le dice extendiéndole una toalla y un conjunto de gimnasia—, ponete esto.
—Nunca estuve con… —dice él desde el baño.
—No parece, igual esta clase no te la voy a cobrar —lo interrumpe ella apoyada contra la puerta del otro lado.
Julián vuelve a casa flotando. Sus padres están en la cocina, moviéndose alrededor de la mesa puesta para la cena. Él se sienta a la mesa en silencio.
—Los fideos están pegados —dice su padre.
—Si hubieras venido a comer cuando te llamé, no estarían pegados —responde su madre, la voz afilada.
—Estaba ocupado. A diferencia de otra gente en esta casa, yo trabajo.
—Ah, claro. Trabajas. ¿Y qué es lo que hago yo todo el día? ¿Jugar a las cartas?
La escalada es vertiginosa. De los fideos pasan al dinero, del dinero a viejas infidelidades, de las infidelidades a la acusación mutua de haberse arruinado la vida. Julián se encoge en su silla, la comida un nudo en la garganta.
La violencia verbal se convierte en física. Su madre, en un arrebato de furia ciega, agarra la fuente de cerámica con el resto de los fideos y se la estampa en la cabeza a su padre. El impacto es brutal. La fuente se hace añicos y el hombre se queda sentado, aturdido, con fideos y salsa de tomate resbalándole por la cara, mezclándose con la sangre que empieza a brotar de un corte en su frente.
La reacción de su padre es instintiva. Se levanta y le da una cachetada a su esposa con la mano abierta. El sonido del golpe es un latigazo seco que llena la cocina. La mujer cae al suelo, más por la sorpresa que por la fuerza del impacto.
Julián reacciona. —¡Basta! —grita, la voz quebrada por la angustia—. ¡Paren de una vez!
Pero no lo escuchan. Están ciegos y sordos a todo lo demás: él no existe.
Lunes por la mañana. Él está ausente. En la clase de música, no levanta la vista del pupitre. Suena el timbre para el recreo. Mientras los demás estallan en una estampida hacia el patio, ella se para en la puerta.
—Julián, vení conmigo —dice.
Él la sigue sin hacer preguntas. Lo lleva a un pequeño depósito junto al salón de actos.
—¿Qué pasó? —pregunta ella.
Él levanta la vista. Le cuenta lo de la cena, la fuente de fideos, la sangre en la frente de su padre, la cachetada. Luciana lo escucha con rabia impotente.
—Hoy, cuando termine la última clase, venís a mi casa.
—Pero hoy no tengo clase particular —responde él.
—No importa, te venís igual, le decís a tus padres que vas a lo de un amigo —dice ella con firmeza.
A la tarde Julián llega a la casa de Villa Devoto. Ella lo recibe como una vieja amiga.
—Justo a tiempo —le dice con una sonrisa—. El chocolate ya está listo.
Julián toma una bandeja y la sigue al living.
Se sientan en el sofá, y ella pone una cinta de VHS en la video casetera. En la pantalla aparece el título: Una Chica al Rojo Vivo.
Luciana se sienta al lado de su alumno: —Un poco de humor idiota para un día de porquería. Funciona siempre.
A medida que avanza la película, Julián siente cómo los músculos de su espalda, empiezan a relajarse. En un momento, la famosa escena con Kelly LeBrock y la rejilla de ventilación aparece en pantalla.
—No se puede negar que es una mujer espectacular, ¿no? —comenta Luciana en tono de broma.
Julián, envalentonado, dice: —No es tan linda como vos.
Luciana se gira, entre sorprendida y divertida. Una carcajada cristalina ilumina la habitación.
—¡Pero mirálo! —exclama, y empieza a hacerle cosquillas en las costillas.
Él se retuerce entre risas, intentando defenderse. Ruedan por el sofá hasta el piso, una maraña de brazos y piernas. Cuando las risas finalmente se calman, quedan muy cerca, sus rostros a centímetros de distancia.
Julián se inclina y le roba un beso. Ella se deja y él sigue. La besa en las mejillas, en el cuello. Agitada, ella abre sus piernas y lo sujeta tratando de acercarlo más a su cuerpo. Sigue besándola y llega al pecho. Se detiene, dudando. Ella sonríe y se abre la camisa para que siga. Los labios siguen bajando y se acercan a los pechos. Con delicadeza corre el corpiño negro de encaje y observa la aureola apenas rosada que bordea el pezón erizado. Como si se tratara de una reliquia la besa con devoción. Luciana gime de placer y aprieta más sus piernas.
La mujer lo gira y se pone encima. Con hábiles manos se quita la camisa y el corpiño dejando que él la vea desnuda. Ahora ella lo besa mientras él aprieta suavemente los pechos firmes y cálidos de su profesora.
La remera de él sale de un tirón y ella besa el cuerpo lampiño, pasando su lengua por cada recodo de piel. Baja con sus labios, se detiene en el ombligo y luego llega al pantalón. Lleva puesto el uniforme de gimnasia y con habilidad tira de él para dejarlo completamente desnudo. Observa su pene y con delicadeza lo acaricia, como si temiera romperlo. Instintivamente se contrae dejando caer unas gotas de flujo. Él gime con un sonido aniñado.
Lentamente se saca la pollera y la braga, quedándose sólo con los zapatos de taco alto.
—Quiero darte una lección de música —dice ella poniéndole un dedo en los labios para que se quede callado.
Se levanta y lo lleva de la mano a la mesa del comedor. Se sienta sobre la tabla abriendo bien las piernas. Apoya los tacos sobre dos sillas. Julián ve la vagina afeitada de Luciana e instintivamente se agacha para besarla. Ella lo toma del pelo y empuja la cabeza contra su sexo. Siente la lengua de él abriéndose paso por los labios vaginales, recorriendo torpemente el clítoris, sorbiendo sus jugos.
Lo levanta con suavidad, lo besa y siente su propio sabor en la lengua de él. Toma el miembro y lo vuelve a acariciar con manos, expertas y seguras.
—La música no está solo en las teclas, Julián. Está en todas partes. En el cuerpo. En la piel. Solo hay que saber escuchar —dice en un susurro profundo y sensual que solo él puede escuchar.
Con habilidad introduce el pene en su vagina y deja que la penetre, que se lubrique con su flujo, que se adapte a su calor. Entonces comienzan a componer una melodía. Empieza lentamente, adagio, explorando un tema simple, encontrando las notas una por una, con una delicadeza que lo hace contener la respiración.
Él cierra los ojos, entregándose a la lección.
Entonces, el ritmo cambia. La melodía va in crescendo, volviéndose más audaz y rápida. Lo que era una simple línea de notas se convierte en una armonía compleja. Luciana, toca el cuerpo de su alumno como una chelista experimentada, introduciendo nuevos arpegios que recorren su piel y le provocan escalofríos. Hunde los dedos entre los cachetes de Julián haciendo salir una nota aguda y desesperada. Agrega síncopas con su boca que alteran su pulso y lo dejan sin aliento. Las caderas se mueven invitándolo a introducirse más adentro, y ahora sienten una orquesta completa que interpreta una partitura desconocida y febril escrita sólo para ellos.
La tensión se acumula, la pieza se acelera, el miembro se mueve en un presto vertiginoso que lo arrastra hacia un lugar sin pensamiento, solo pura sensación. La melodía, cada vez más intensa y aguda, se precipita hacia una resolución inevitable, buscando el clímax.
Un sinfín de notas simultáneas que vibran en cada fibra de su ser, una disonancia que se resuelve en una armonía perfecta y abrumadora. Finalmente, explota en un estallido, un atronador fortissimo que anticipa el final sacudiéndolos hasta los cimientos. La vibración los recorre por completo y luego, lentamente, se desvanece, dejando tras de sí un silencio profundo y resonante, como el que queda en una catedral después de que el órgano ha tocado su última nota.
Los pies de Julián fallan y se apoya en el pecho de la mujer, quien lo sostiene con amor.
Cuando se separan, ella apoya la frente en la suya. Julián le rodea la cintura con los brazos. Ella lo abraza. Se acuestan sobre la alfombra y se quedan así, en silencio, durante el resto de la tarde, mientras en la televisión la película termina y los créditos pasan sin que nadie los vea.
A la noche Julián camina de vuelta a casa bajo las luces de la ciudad. Abre la puerta de su casa esperando el estruendo de la guerra. Sólo hay un silencio hueco y oscuridad. Encuentra a su madre en el living, sentada en la penumbra, la silueta apenas recortada por la luz ocasional de los autos que pasan por la calle. El único punto de luz en la habitación es la brasa anaranjada de un cigarrillo.
—¿Y papá? —pregunta Julián al silencio.
Su madre le da una calada larga al cigarrillo antes de responder —se fue.
El Miércoles a la tarde el rector la llama a su despacho.
—Confíaba en que nuestra primera conversación había sido lo suficientemente clara —dice.
—Para mí lo fue, Padre —responde Luciana, manteniendo la calma.
Él se gira lentamente.
—Entonces quizás pueda explicarme por qué Ledesma me acaba de informar que le está dando una "atención particular" a un estudiante en situaciones dudosas, fuera del establecimiento y del horario escolar.
El aire se vuelve irrespirable y se le revuelve el estómago. Los puños se le cierran dejándole los nudillos de color blanco.
—Estoy ayudando a un alumno con problemas, solo eso —replica ella.
—Imprudente —corrige él—, rompe todas las normas de esta institución. Aquí lo único que hacemos es cuidar de nuestros jóvenes, ¿por qué no puede hacer lo que hace todo el cuerpo docente? Estamos en un colegio católico, las habladurías son un cáncer.
—Cuidar de nuestros jóvenes —dice asqueada y continúa—, ¡Le aseguro que no ha pasado nada!
—Aún —concede el Rector—, pero no voy a esperar a que pase. Escúcheme bien, Madero. Si llega a mis oídos un solo comentario más, con o sin fundamento, no solo la echo de este colegio. Me encargaré personalmente de que no vuelva a conseguir trabajo en ninguna institución educativa de este país. Ni pública, ni privada, ni religiosa. ¿Entendió?
Luciana tiembla de una rabia impotente. No dice nada más. Se da la vuelta, camina hacia la puerta, y al salir, la cierra con más fuerza de la que hubiera querido.
A la noche Julián llega a la casa de Luciana. La encuentra diferente. Se acerca a él y le acaricia la mejilla.
—Hay una última lección que quiero darte —susurra.
Ella se da la vuelta y, sin decir palabra, camina hacia la habitación. Él la sigue. La luz de la luna entra por la ventana, bañando el cuarto en una plata líquida. Los ojos de Luciana brillan en la penumbra.
—Ya experimentaste la furia de la música en tu cuerpo, Julián —dice—. Sentiste cómo una melodía in crescendo puede transportarte a los placeres más recónditos de tu ser, cómo puede estallar en un acorde final que te sacude por completo.
Se acerca y le toma las manos. Lo besa lentamente.
—Pero tenés que aprender a saborear la sutileza. La suavidad de las notas que se perpetúan de manera casi indefinida. Tenés que aprender a amar la melancolía del suspiro de un nocturno de Chopin, esa nota que es capaz de partir el corazón, pero, al mismo tiempo, de estremecer el alma.
Sin prisa desabrocha los primeros botones de su vestido y la tela se desliza hasta el piso acariciando el cuerpo desnudo de la profesora. Luego, le quita la ropa a Julián, saboreándolo con besos. Entonces se acuestan.
—Cuando reconozcas la belleza de una melodía triste vas a aprender que no siempre la melancolía duele, sino que embellece.
Ella se sube sobre él, y el contacto de su piel es la primera nota, tocada en pianissimo, una invitación a un mundo diferente.
Las manos se apoyan en el pecho de Julián y con leves movimientos va rosando los labios vaginales contra el miembro erecto. Cada pasada es una nota suave que conmueve.
Como si estuviera frente a un piano, su cuerpo empieza a tocar una pieza teñida de nostalgia por la despedida que aún no se ha producido. Sus movimientos son un legato perfecto, un vaivén suave y conectado que no busca un final, sino perpetuar el instante. Es un acorde en sostenuto que vibra entre ellos, una tensión que no pide resolución, solo existir.
El miembro penetra muy lentamente y se queda ahí, sintiendo las sutiles y húmedas vibraciones. Al principio, la necesidad de que la música avance, desespera a Julián. Su cuerpo, acostumbrado al crescendo, busca un ritmo más rápido, un clímax predecible. Pero Luciana, lo guía a través de su rubato, jugando con el tiempo, sosteniendo una nota un poco más de lo esperado, ralentizando el tempo justo cuando él cree que va a acelerar.
Y entonces, Julián cierra los ojos y se deja llevar. Se rinde a la pieza. Descubre que hay un éxtasis diferente en la contención, un placer profundo en la tensión que no se rompe. Se pierden juntos en un mundo onírico de melodías suspendidas, donde cada movimiento es en una composición trágica y hermosa.
No logra saber si han pasado así minutos, horas o días. Ambos están flotando en el tiempo, guiados por el vaivén de Luciana, que sostiene una presión infinita sobre el cuerpo que está debajo, hasta convertirse en parte de su ser. Él se siente tan adentro de la mujer que no logra reconocer donde termina Julián y dónde empieza Luciana. El pene y la vagina ya son una sola carne, están unidos y sellados de una manera sublime y trascendental.
La directora de orquesta decide que la pieza debe llegar a su fin y con igual sutileza aumenta el ritmo de sus movimientos. Julián siente el cambio como un conjunto de acordes nuevos, tristes, melancólicos, y llora de emoción mientras siente que su miembro se retuerce de un placer indescriptible.
Es un movimiento épico, que llena el corazón como un accelerando sigiloso, una nota nueva que se introduce en la armonía, luego otra. El adagio se transforma, sin que él se dé cuenta, en un andante apasionado. La tristeza de la pieza no desaparece, pero ahora está teñida de una urgencia febril.
Y luego, como la cadencia final de una sinfonía, todo se precipita. Es una cascada de acordes, una resolución inevitable y arrolladora que los arrastra a ambos. No es la explosión furiosa de la primera vez, sino una nota final, altísima y sostenida, que contiene a la vez el éxtasis y la desolación. Una nota que, al apagarse, deja en el silencio la belleza imborrable de lo que nunca más volverá a ser.
Cuando ambos acaban se contemplan extasiados. Están llorando con lágrimas apasibles. Emocionada ella ríe, y lo besa con el rostro húmedo. El la abraza y pasa la noche unido a la mujer como si jamás en el universo pudiera existir algo que separe sus dos almas.
Despierta a la mañana siguiente con la luz del sol bañando la habitación. Luciana está a su lado, observándolo.
—¿Qué va a pasar ahora? —pregunta.
Luciana le aparta un mechón de pelo de la frente. Su sonrisa es infinitamente triste:
—Ahora... voy a tener que irme, Julián.
El mundo de él se desmorona.
—¿Qué? No... ¿Por qué?
—Porque si me quedo, nos van a destruir a los dos. A mí me van a arruinar la vida, y a vos te van a señalar para siempre. No te merecés eso.
Las lágrimas empiezan a brotar de los ojos de Julián, pero esta vez calientes y amargas. Ella lo abraza con fuerza.
—Escuchame —le dice al oído—. Lo que vivimos no fue una tontería. Nos cambió a los dos. Te hizo más fuerte. Y a mí... a mí me recordó por qué amo la música. Te llevas una parte de mí, y yo me llevo una parte de vos. Y eso nadie nos lo puede quitar. Quizás, mucho más adelante, la vida nos vuelva a encontrar.
Él llora, pero a través del dolor, comprende y recuerda la belleza que hay en esa angustia. La besa por última vez, un beso salado que sabe a final y a para siempre.
Se viste en silencio y vuelve al colegio.
Llega justo para la hora de música. El preceptor Giménez está de pie frente a la clase, con una expresión de aburrimiento.
—Silencio —dice, su voz monótona—. La profesora Madero renunció. Hasta que consigamos un reemplazo, tienen hora libre.
Julián se queda de pie en el umbral, mientras los demás celebran la noticia.
Diez años después el nombre de Julián Karsel resuena en las capitales europeas. Tras ganar el prestigioso Concurso Reina Elisabeth, la crítica lo ha bautizado como la gran revelación de la música clásica. Esta noche, regresa a casa. Desde el escenario del Teatro Colón, se inclina ante el público que ruge en una ovación interminable. El sudor perla su frente tras una interpretación febril y desgarradora del Concierto para Piano n.º 2 de Rachmaninoff. El aire es una mezcla de euforia y alivio. Los músicos de la orquesta lo felicitan, le estrechan la mano. Agradece con una sonrisa profesional, pero sus ojos ya la buscan entre la gente. Y entonces, la ve.
Está de pie, apoyada contra una columna, esperándolo. El tiempo ha dejado suaves líneas alrededor de sus ojos, pero la energía en su mirada y la picardía en su sonrisa son las mismas.
Él se detiene a unos metros de Luciana. Se observan a través de los años, y no hace falta contar ninguna historia. Julián acorta la distancia, y también sonríe lentamente.
—Te esperé muchos años —dice él, su voz tranquila y segura.
Luciana le devuelve la sonrisa, y con ternura le acaricia la mejilla.
—Yo también —responde—. Tengo que darte algunas lecciones que me quedaron pendientes.
Elena vive anestesiada en un antiguo PH de Flores. Abandonada por su marido e impotente ante la violencia creciente de su hijo adolescente está al borde del colapso. Sin más opciones, la línea entre madre y mujer se desdibuja cuando decide domar a su hijo.
El timbre suena y el ruido metálico raspa las paredes del pasillo. Camino los treinta metros que separan la calle de la puerta de mi casa. La humedad dibuja mapas geográficos en la pintura descascarada; continentes de moho negro sobre un océano de revoque caído..
V seguir leyendo V
Abro.
El aire acondicionado del auto importado todavía flota alrededor de Roberto. Su traje azul, impecable, contrasta con la mugre de la vereda de Flores. No saluda.
—Vengo por los vinilos de Jazz —dice.
Su voz retumba en los techos altos del PH.
—No sé dónde están.
Roberto se detiene en el medio de lo que alguna vez fue un living y ahora es un depósito de cajas y desesperanza. Me mira. Sus ojos recorren, mi pelo rubio atado con una gomita floja, mi jogging gris y mis pies descalzos sobre el parquet sin plastificar.
—Por Dios, Elena. Mirate. Das lástima.
Me encojo de hombros. El gesto me pesa una tonelada.
—Si pagaras la cuota alimentaria a tiempo, podría ir a la peluquería.
—¿Para qué? ¿Para estar tirada en este agujero? —Se ríe. Una risa seca, de abogado de Vicente López—. El dinero te lo gastás en pastillas. ¿Por qué no trabajás?
—Sabés por qué.
—Ah, claro. La víctima. Quince años manteniéndote y todavía lloras. Mi mujer trabaja, Elena. Tiene veinticinco y dirige su propio estudio. Sos un parásito.
La rabia intenta subir por mi garganta, pero no tengo fuerzas. Apenas sale un susurro débil:
—No me dejaste trabajar. Querías una madre presente. Y…
Roberto da un paso al frente. Invade mi espacio.
—Cerrá la boca, ¿querés? Julián está así porque lo cría una inútil depresiva.
Él rescata un paquete de unas cajas apiladas y se va dando un portazo que hace vibrar los vidrios de la puerta cancel.
Me quedo parada en el silencio. Las lágrimas bajan solas, calientes, ridículas. Camino a la cocina. Abro el frasco. Saco la pastilla blanca y la trago, sin agua.
***
El teléfono fijo, un aparato que solo conservamos por costumbre, empieza a gritar. Lo atiendo.
—¿Señora Elena Rubinstein?
—Valeiro. Rubinstein es el apellido de mi esposo.
—Disculpe. La llamamos del Colegio San José, porque no vino a la reunión de esta mañana, ni tampoco a las otras cinco reuniones que la citamos.
El mundo se detiene un segundo.
—¿Qué reunión?
—Le mandamos un comunicado en el cuaderno. Y varios mails. La situación de Julián es crítica, señora.
Corto. Busco el cuaderno de comunicaciones en su mochila. Faltan hojas. Las arrancó. Intento encender la computadora. La pantalla azul parpadea y muere. "No anda", recuerdo. "Hace meses que no anda". Salgo.
Camino hasta el locutorio de la avenida Rivadavia. El olor a cigarrillo rancio y lavandina barata me recibe. Me siento en la cabina 4. Entro a mi correo. La bandeja de entrada es un listado infinito de correos sin abrir.
Abro uno al azar.
“Asunto: Reiteración citación disciplinaria”.
Otro. “Asunto: Ausencias injustificadas”.
Sigo bajando. “Asunto: Agresión a compañero.
Asunto: “URGENTE - Posible expulsión. Su hijo Julián ha sido encontrado fumando en el baño”.
Más abajo: “Julián golpeó a un alumno de tercer año...”.
Otro más: "Julián insultó a la profesora de Historia...".
Me falta el aire. Cierro la sesión. Pago con monedas. Vuelvo al PH arrastrando los pies. La pastilla empieza a hacer efecto. El pánico se vuelve una bruma lejana, un ruido de fondo.
La llave gira en la cerradura. Son las ocho. Julián entra. Es una copia en miniatura de Roberto, pero con una oscuridad propia. Va directo a la heladera.
—No hay nada para comer —dice.
Estoy sentada en la mesa. Tengo las impresiones de los mails en la mano.
—¿Por qué no me dijiste de la reunión?
Julián se gira. Tiene una botella de agua en la mano. Bebe. La nuez sube y baja. Me ignora.
—Julián. Te estoy hablando. —Golpeo la mesa. El sonido es patético—. Arrancaste las hojas.
—Porque sos una pesada. Vas al colegio y lloarás. Me hacés pasar vergüenza.
—Te van a echar. Le pegaste a un chico.
—Se lo merecía. Es un imbécil. Como todos en ese colegio de curas de mierda.
—Tenés que madurar. Tu padre dice...
—¡Me importa un carajo lo que dice él! —Grita. Su voz llena la cocina—. ¡Y me importa un carajo lo que dices vos! Mírate. Estás drogada otra vez. Tenés los ojos vidriosos.
—No me hables así. Soy tu madre.
Se acerca. Se inclina sobre mí. Su sombra me cubre. Saca la campera que está atrás de mí y se la pone.
—Dame plata. Voy a comprar pizza.
—No tengo plata.
Julián patea una silla que vuela y golpea contra la mesada. Yo doy un respingo del susto. Él se va a su cuarto. La música explota. Trap a todo volumen que hace vibrar las paredes descascaradas. Me levanto. Apago la luz de la cocina. Me voy a mi cama. Me tapo hasta la cabeza. La oscuridad es mi única amiga.
***
Alguien golpea la puerta. Me levanto. Son las diez de la mañana. Julián ya se fue. Me pongo una bata sobre el pijama. Abro. Es Clara. Vive en el PH del fondo. Tiene cuarenta y cinco años, el pelo corto teñido de un rojo furioso y una vitalidad que me ofende.
—Escuché los gritos anoche —dice.
No pide permiso. Entra. Trae facturas. Pongo la pava mientras ella se mueve por mi cocina con la soltura que yo perdí. Prepara mate. Me sienta.
—¿Qué escuchaste? —pregunto.
—Ese chico es un problema, Elena.
Me derrumbo. No quiero, pero lloro sobre la mesa de formica gastada.
—No puedo más, Clara. Me odia. Roberto me odia. El colegio me odia.
—Shhh. —Clara me agarra las manos. Las suyas están calientes, vivas—. Roberto es un hijo de puta y Julián es un pendejo malcriado. No es tu culpa.
—Sí es mi culpa. Le tengo miedo, Clara. A veces... a veces lo miro y no veo a mi hijo. Veo a… la peor versión de Roberto.
—Es un mocoso de mierda que necesita un correctivo. Eso es lo que es. —Clara me ceba un mate—. Lo que pasa es que huele el miedo. Como los perros.
—No es un mocoso. Te lo puedo asegurar. A veces lo veo y… bueno su cosa… ya sabés.
Me doy cuenta que estoy hablando de más y me callo. Clara me mira. Sus ojos son inteligentes, escrutadores. No me juzga.
—¿Y?
—Y nada. Me siento sucia.
Clara se levanta. Rodea la mesa. Se para detrás de mí. Me abraza. Sus brazos rodean mis hombros, su pecho se apoya contra mi espalda. Apoya su mentón en mi cabeza.
—No estás sucia, nena. Estás viva. Y el chico… bueno es bonito.
Me tenso. Hace años que nadie me toca.
—Clara...
Ella se separa, pero antes me da un beso. Es un beso en la mejilla. Inocente. Pero se desliza inocentemente hasta que sus labios casi rozan la comisura de los míos.
Me quedo paralizada. Ella sonríe. Una sonrisa torcida.
—Me voy a trabajar. Arréglate un poco. Sos hermosa, Elena. No dejes que esos dos pelotudos te convenzan de lo contrario.
Se va. Corro al espejo del baño. Me miro. Veo las ojeras, la piel gris. Me llevo la mano a la boca, a la comisura. Toco mi vientre por encima del pijama. Hay un pulso olvidado.
***
El consultorio del Dr. Funes es un minúsculo monoambiente en Tribunales. Moqueta gris, un cuadro barato y dos sillones.
—No le encuentro sentido, doctor —le digo—. Me levanto y es un esfuerzo respirar.
Funes no me mira. Escribe en su libreta.
—¿Ideas suicidas?
—No. No me quiero matar. Pero si me muriera... no me importaría. Es como estar en pausa. Julián está cada vez peor y yo no tengo fuerzas para frenarlo.
—La adolescencia es difícil. Ponga límites.
—¿Cómo pongo límites si apenas puedo levantarme de la cama?
Funes deja de escribir. Me mira por encima de sus lentes.
—Vamos a ajustar la dosis. La nexalina parece que se quedó corta. Vamos a agregar otra droga más para la noche y un estabilizador del ánimo. Me extiende la receta.
—¿Más pastillas?
—Es un desbalance químico, Elena. No es cuestión de voluntad. Tome esto y nos vemos en un mes.
Salgo. "Desbalance químico". No. Es un desbalance de vida.
Vuelvo al PH. La casa está vacía. Hay ropa de Julián tirada en el pasillo. La junto. Voy al lavadero. Separo la ropa. Remeras negras, medias rígidas de mugre. Agarro un bóxer. Es gris. Está sucio. Lo voy a meter en el lavarropas, pero me detengo. Lo miro. La tela de algodón en la zona de la entrepierna está manchada. Una aureola amarillenta, rígida. Miro hacia la puerta. Nadie. Acerco la prenda a mi cara. Cierro los ojos. Inspiro. Huele a lavandina, a sudor agrio, a almizcle. Huele a animal salvaje. Una puntada eléctrica me atraviesa. La punta de los pechos se endurece al instante, rozando contra la tela barata de mi remera. La respiración se me corta. Asustada, tiro el bóxer dentro del lavarropas como si quemara. Cierro la tapa. Me apoyo contra el metal frío del electrodoméstico, jadeando, con las manos temblando.
***
El colegio Parroquial tiene olor a cera y encierro. El rector, un hombre calvo con sotana gris, golpea una carpeta sobre el escritorio.
—Señora Valeiro, hemos tratado de ser lo más comprensivos con su situación. Sabemos lo que puede significar un divorcio para algunos chicos.
—Lo sé y se lo agradezco.
—Por eso hemos aceptado que continúe en el colegio cuando repitió primer año.
—Ha sido todo un gesto.
—Pero no podemos seguir estirando esta agonía. Su hijo tiene bajas todas las materias.
. —¿Todas?
El rector asiente y me estira un resumen de calificaciones.
—Y no solo eso. Su conducta es inaceptable. Amenazó a una preceptora. Rompió material del laboratorio.
—Yo... hablaré con él —la voz me tiembla.
—En este colegio pensamos que todos nos merecemos una segunda oportunidad. Pero con Julián ya vamos por la décima. No creo que sea algo para hablar.
—¿Y entonces que me está queriendo decir?
—Si en el próximo trimestre no tiene todas las materias aprobadas va a tener que buscar otra escuela.
—¿En medio del año?
—Es eso o una expulsión.
Salgo a la calle. El sol raja la vereda. Expulsado. Repitente. Saco el celular. Las manos me tiemblan tanto que apenas puedo escribir.
“Para Roberto: Necesito que vengas. Es por Julián. No puedo con esto sola”.
Espero. Veo la doble tilde azul. Pasa un minuto. Cinco. Escribiendo...
“Mensaje de Roberto: La transferencia del mes ya está hecha. Es tu responsabilidad educarlo. Yo pago, vos crías. No me jodas, estoy en una reunión”.
Guardo el teléfono. El odio que había empezado a aflorar se diluye en un mar de angustia.
***
La cena es incomible. Fideos con manteca. No hay plata para queso ni para salsa.
—Fui al colegio, estuve con el rector —digo.
Julián enrolla los fideos. No levanta la vista.
—Viejo de mierda. Seguro te llenó la cabeza.
—Julián. Te van a expulsar.
—Mejor. Colegio de caretas.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Eh? ¿Vivir del aire? Tu padre no va a pagarte nada si no estudias.
—Papá tiene guita.
—Tu papá no… —Julián deja el tenedor.
—Necesito un iPhone.
Lo miro, incrédula.
—¿Qué?
Tira su teléfono sobre la mesa.
—Este es una basura.
—Hijo te estoy diciendo que te van a expulsar, no tenemos ni para comer. ¿Qué es lo que no estás entendiendo?
—¡No es mi culpa! ¡Si no fueras tan… así, papá no te hubiera dejado!
—¡Cállate! —Grito.
Me levanto. Julián se levanta también. Es enorme. Agarra su vaso de vidrio.
—¡Cállate vos!
Lanza el vaso. No a mí. A la pared, justo al lado de mi cabeza. El vidrio estalla. Una lluvia de cristales cae sobre la mesada y el piso. Un fragmento rebota y me roza la mejilla. Silencio. Julián respira agitado, su labio le tiembla, los ojos se le llenan de agua. Por un segundo tengo delante al niño asustado que yo conocí. Pero el orgullo le gana. Patea la silla y se va a su cuarto. Los vidrios rotos brillan como diamantes sucios en el piso.
***
Es tarde. El PH está en silencio, salvo por el zumbido de la heladera vieja. Me acuesto, pero el sueño no llega. Los vidrios rotos siguen brillando en mi mente.
De pronto, un sonido. Viene de la habitación de al lado.
No es música. No son los golpes secos de los videojuegos. Es un jadeo rítmico, entrecortado. Me incorporo en la cama. El piso de pinotea cruje bajo mis pies descalzos. Me acerco a la pared que divide nuestros cuartos.
Un sollozo ahogado, casi infantil, se escapa de la almohada. Mi mano va hacia el picaporte. Podría entrar. Podría sentarme en su cama, apartarle el pelo sudado de la frente, decirle que todo va a estar bien, que vamos a encontrar otro colegio, que su padre es un imbécil pero que nos tenemos a nosotros.
Giro el picaporte un milímetro. El metal chirría.
El llanto se detiene en seco. Silencio absoluto. Como un animal que huele al cazador.
Suelto el picaporte. No entro. Del otro lado no hay un niño buscando consuelo: hay una pequeña bestia lamiéndose las heridas, y si entro ahora, me morderá. Vuelvo a mi cama. Me tapo hasta la cabeza.
***
La mañana siguiente es un horno. La ola de calor dilata el techo de chapa del PH y convierte la casa en un invernadero. Me levanto bañada en sudor. Necesito mi crema humectante, la dejé en el baño.
Abro la puerta sin golpear. La costumbre de vivir con un fantasma. El vapor me golpea la cara. La cortina de plástico con moho está corrida.
Julián está saliendo de la ducha.
Me detengo.
No tiene toalla. El agua le corre por el pelo, bajando por los pectorales hasta perderse en el pubis.
Se queda quieto. Me mira. No se cubre. Bajo la vista. Es un acto reflejo, inevitable. Su virilidad está despierta. Pesada. Una columna de carne pálida, recorrida por venas azules, apunta hacia arriba.
Debería pedir perdón y salir corriendo. Pero mis pies están clavados. Mis ojos recorren la longitud, el grosor, la cabeza rosada y húmeda. Julián da un paso adelante. El miembro oscila con el movimiento, pesado.
—¿Qué querés? —dice. Su voz es ronca, rasposa por el llanto de la noche anterior.
El calor me sube a las mejillas, violento. Doy media vuelta y salgo. Cierro la puerta y me apoyo contra la pared del pasillo, jadeando. El corazón me golpea las costillas como un pájaro atrapado. Cierro los ojos y la imagen sigue ahí, grabada en la retina.
***
El café de la esquina de Rivadavia tiene las mesas en la vereda. El ruido de los colectivos es ensordecedor, pero es mejor que el silencio del PH.
—Es testosterona, Elena. Pura química. —Se ríe, mostrando los dientes manchados de labial—. No razona. Ya te dije, es un perrito marcando territorio. Rompe cosas para decir "estoy acá, soy el macho alfa".
—Me da miedo —confieso, revolviendo el café frío—. Y... vergüenza.
—¿Vergüenza de qué?
—Hoy... lo vi. Salió de la ducha. Desnudo.
Clara deja el cigarrillo en el cenicero. Se inclina hacia mí. Sus ojos brillan con malicia.
—¿Y? ¿Qué tal el equipamiento?
—¡Clara! Es mi hijo.
—Es un hombre. Y vos sos una mujer. Y dejame decirte... sos una mujer de la puta madre.
Me mira. Sus ojos recorren mi escote y se detienen en mi boca.
—Tenés unas tetas increíbles, Elena. Unas caderas para parir diez pibes. Roberto era un imbécil ciego.
Bajo la vista. Juego con la cucharita. El metal tintinea contra la porcelana.
—El otro día... —susurro, casi inaudible—. Lo del beso. Me gustó.
Clara suelta una carcajada. Es un sonido grave, que hace que la gente de la mesa de al lado se dé vuelta. Me agarra la mano por encima de la mesa. Aprieta.
—Ya sé que te gustó. Es lo que necesitabas. —Se queda callada, pensativa, luego abre la boca con decisión—. Dejame que te diga algo, yo no sé una mierda de psicología, pero conozco mucho de cómo funciona la naturaleza. El cachorro necesita que le pongan los límites, y vos tenés que plantarte como hembra. Usa lo que tenés.
Vuelvo a casa. La cocina es un infierno. Julián está tirado en el sillón, con los pies sobre la mesa ratona.
—Dame plata para cargar la SUBE. Me voy al centro.
Me paro frente a la bacha. "Usa lo que tenés".
—No.
Julián se incorpora.
—¿Cómo que no?
—No tengo. Y si tuviera, no te daría. Caminá.
Se levanta. Se acerca. Intenta la maniobra de siempre. La intimidación física.
—No me jodas, Elena. Dame la plata.
Me doy vuelta despacio. Lo miro a los ojos. Sostengo la mirada.
—Si volvés a levantarme la voz... llamo a Roberto.
Julián parpadea.
—¿Qué?
—Le digo que te venga a buscar. Que te lleve a Vicente López a vivir con su mujercita de veinticinco años.
Julián se frena. El nombre del padre es un muro de hormigón. Sabe que allá no hay lugar para él. Retrocede un paso. Su postura se desinfla. Se va con la cabeza baja. Funciona.
A la tarde, el calor rompe los termómetros. Treinta y ocho grados a la sombra. El aire del PH no circula, se estanca en los rincones. Clara entra sin golpear, con una botella de vino blanco helado sudando en la mano.
—Esto es inhumano. Vamos a la ducha.
—¿Qué?
—Dale. A refrescarnos. No seas pacata.
Me lleva al baño casi a los empujones. Abre la ducha fría. El agua sale con fuerza. Nos metemos con ropa interior. Con frío golpea la piel caliente y gritamos. Nos reímos como adolescentes.
La ropa se pega al cuerpo. El corpiño de encaje de Clara se vuelve transparente. Veo dos aureolas oscuras, duras por el frío. Ella me mira a mí. Me toca el pelo mojado, apartándolo de mi cara.
—Estás hermosa así. Salvaje.
Su mano baja por mi cuello, roza mi pecho. Me estremezco. No la detengo.
Salimos chorreando agua. Clara va directo al botiquín. Agarra los frascos de remedio.
—Basta de esto.
Abre las tapas. Las pastillas caen al inodoro como lluvia blanca. Tira la cadena. El agua se las lleva en un remolino.
—Se terminó la anestesia, Elena. A partir de ahora, sentís todo. El dolor y el placer. Vas a estar despierta.
***
Dos días después. La abstinencia me tiene los nervios de punta. Los colores son demasiado brillantes. Los ruidos son demasiado fuertes. La ropa me raspa la piel. El calor no afloja.
Me meto a la ducha para calmar la ansiedad. El agua corre, pero se acumula en mis pies. No baja. Miro hacia abajo. El líquido negro, jabonoso, me llega a los tobillos. Mugre. Pelos. Jabón viejo. Está tapado.
Cierro la canilla. Me envuelvo en una toalla. Estoy furiosa. Todo en esta casa se rompe. Todo está podrido. Voy a la cocina. Me agacho para buscar el destapacañerías bajo la mesada, entre las botellas de lavandina y los trapos viejos. Apoyo la rodilla en el suelo.
Un dolor agudo, frío, me atraviesa la piel. Grito.
Miro mi pierna. Sangre. Un tajo largo en la pantorrilla, justo debajo de la rodilla. El vidrio. Un pedazo grande del vaso que tiró Julián se me clavó. La sangre corre rápido, oscura, mezclándose con el agua que todavía gotea de mi cuerpo.
—¡Julián!
Mi voz sale aguda. Aparece en el umbral de la cocina. Me ve en el suelo, sangrando, con la toalla a punto de caer, mostrando el nacimiento de mi muslo.
—¿Qué te pasó?
—Me corté. Ayudame.
Se acerca. Me agarra del brazo. Me sienta en la tapa del inodoro.
Busca en el botiquín. Algodón. Alcohol. Se arrodilla entre mis piernas. La toalla se abre un poco. Él no dice nada. Moja el algodón. Limpia la herida. El alcohol arde. Siseo, echando la cabeza hacia atrás.
—Quedate quieta —dice.
Está concentrado. Su respiración es pesada. El baño es chico.Levanto el pie sano. El derecho. Intento mantener el equilibrio. Lo apoyo sobre su entrepierna. De inmediato aparece un bulto debajo de su pantalón de gimnasia.
Julián se congela. Deja de limpiar. La mano con el algodón se detiene en el aire. No saco el pie. Presiono. Muevo los dedos, curvándolos como garras suaves. La carne caliente se mueve bajo la ropa siguiendo las órdenes de mi arco plantar.
El tronco se despierta. Se endurece. Palpita.
Él levanta la vista despacio. Sus ojos están oscuros, las pupilas dilatadas derrochan vergüenza.
—Mamá... —su voz es un hilo ronco.
—Shhh. Curame.
Sigo presionando. Masajeo la dureza con mi talón. La carne se pasea entre mis dedos. Él vuelve a la herida, pero sus manos tiemblan. Ya no limpia. Acaricia.
Los ojos de él se concentran en donde se unen mis piernas. Las abro y la toalla se mueve dejando al descubierto mi intimidad. Dejo que mire, que se emborrache con mi cuerpo. Y entonces cuando la humedad bajo el pie me alerta que está por llegar lo inevitable, me detengo.
—Gracias. —Le digo poniéndome de pie. Me encierro en el cuarto. Una sonrisa malévola se dibuja en mi cara.
***
La lucidez es un cuchillo afilado. Sin la bruma química de la nexalina, el mundo tiene bordes que cortan. Me siento frente a la computadora que Julián arregló sin que yo se lo pidiera. El monitor brilla en la penumbra del comedor. Redacto currículums.
Elena Valeiro. Contadora Pública. UBA. Experiencia: Gestión administrativa Estudio Valeiro & Asoc. (2006-2010). Borrar. Nadie contrata a una mujer de cuarenta y dos años que hace quince no toca un balance.
Reescribo. Administración de consorcios. Liquidación de sueldos. Miento en las fechas. Estiro la experiencia hasta 2021.
Envío diez, veinte correos. Me postulo a quince búsquedas. Respiro hondo y apago la máquina.
La puerta de calle se abre. Julián. Entra con ese andar pesado, de dueño del terreno. Tira una carpeta sobre la mesa, al lado del teclado.
—Tomá.
No me mira. Va a la heladera. Saca la jarra de agua. Bebe del pico. Abro la carpeta. Evaluaciones. Matemática: 7. Historia: 8. Geografía: 6. Todas aprobadas.
—¿Aprobaste?
—Eran una boludez —dice, secándose la boca con el dorso de la mano.
Lo miro. Tiene el pelo mojado por la lluvia de verano. La remera se le pega a los hombros.
—Bien.
—¿Solo bien? —Me desafía.
—Muy bien.
Julián hace un ruido con la garganta, una mezcla de gruñido y aceptación. Se va a su cuarto. No hay portazo. Solo el cierre firme de la madera. Me tiro en la cama, cansada pero feliz. El sol de la tarde baña de amarilo y ocre la habitación.
El celular vibra. Mensaje de Clara.
“¿Estás?”
“Sí. Buscando trabajo”.
Vibra nuevamente. Acepto la videollamada. La cara de Clara llena la pantalla. Está en su cama.
—Boluda estás a diez metros, ¿por qué no te venís? —digo.
—No me jodas que estoy acostada.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Qué pasó?
—¿Y? ¿Cómo va la doma? —pregunta. Su voz sale latosa por el parlante.
—Aprobó todo. Me trajo las notas.
—¿Viste? El cachorro obedece cuando la dueña marca la cancha.
Clara deja la copa. El ángulo de la cámara baja. No lleva remera. Sus pechos, pesados y blancos, caen con naturalidad. Baja más. No tiene bombacha. Me quedo helada. Miro la puerta de mi habitación para asegurarme de que esté cerrada.
—Clara... ¿qué hacés?
—Hace calor, nena. ¿Vos cómo estás?
Ella separa las piernas. Está completamente depilada. Sus dedos juegan en los bordes.
—Mirá —dice—. ¿Te gusta? Me lo hice a la tarde.
—Jodeme, ¿te rapaste?
—Ah, la mejor decisión. Está fresquita como una lechuga. Clara se toca. Sin vergüenza. Sus dedos se hunden.
—¿Qué estás haciendo, boluda? —digo casi en un susurro.
—Dale, decime que nunca tuviste sexo a distancia.
Cierra los ojos y gime bajito. El aire en mi cuarto se espesa. Siento un tirón en el bajo vientre. Una puntada eléctrica que sube y me eriza la piel de los brazos. Bajo la mano. Toco mi jogging.
—¿Lo estás haciendo? —pregunta Clara, abriendo un ojo—. ¿Estás tocándote?
—Sí. Miento. No me estoy tocando… Todavía.
El pantalón y la bombacha se deslizan y caen al costado. Mis dedos se pegan como imanes a mi centro. Miro a Clara, pero la imagen no es suficiente. Cierro los ojos. Busco en mis recuerdos. Y ahí está. El baño lleno de vapor. Las gotas de agua resbalando por los pectorales. La columna de carne pálida, venosa, oscilando. Me muevo. Rápido. Brusco. Me imagino los ojos de Julián recorriéndome. Quiero que me vea. Daría todo para que me vea así refregándome como una gata en celo. Me falta el aire. Arqueo la espalda. Muerdo la almohada para no gritar. Y entonces, la puerta se abre de golpe.
—¿Mamá?
Tiro el teléfono y me tapo con una almohada. Julián está parado en el vano de la puerta. Me siento con la almohada sobre las piernas, la respiración agitada y las mejillas incendiadas.
—¿Estás bien? —pregunta.
Frunce el ceño. Olfatea el aire. El olor a sexo debe ser evidente.
—Sí —digo. Mi voz tiembla—. Estaba... ¿qué necesitás?
Julián me mira. Sus ojos bajan a mi entrepierna, luego suben a mi cara.
—Traje facturas.
Cierra la puerta. Me dejo caer hacia atrás en la cama. Tiemblo.
—¡Ahora voy! —Grito.
***
Me levanto a las siete. El sol de febrero entra oblicuo por la claraboya de la cocina. Abro el placard. El olor a naftalina me golpea. Saco las bolsas del fondo. Elijo una falda lápiz negra. Me queda un poco suelta, pero mis caderas la llenan bien. Apenas cubre los muslos. Una camisa de seda color crema. Desabrocho el primer botón. Desabrocho el segundo. Me miro al espejo. Se ve el nacimiento de los pechos, la piel blanca y firme que el sol no toca hace años. Me maquillo. Me recojo el pelo en un rodete alto, estricto, pero dejo caer dos mechones sobre el cuello. Salgo a la cocina. Julián está desayunando. Tostadas y café. Levanta la vista. La taza se detiene a mitad de camino. Se queda mudo. Sus ojos me escanean. De los zapatos de taco aguja a las piernas con medias de nylon, subiendo por la falda, el escote. Traga saliva.
—¿Qué hacés así? —pregunta. Su voz suena distinta. Menos agresiva. Más... cautelosa.
—Tengo entrevistas.
Me sirvo café. Me muevo por la cocina con otra cadencia. Los tacos repiquetean en el mosaico. Tac, tac, tac. Me apoyo en la mesada, cruzando los tobillos. Sé que me mira las piernas. Siento su mirada como un tacto físico.
—¿De qué? —pregunta Julián.
—Contadora. Administradora. Lo que salga. Necesitamos plata. Y yo me cansé de pedir limosna.
Julián baja la vista a su taza.
—Te queda bien.
—¿Qué cosa?
—Esa ropa. No parecés vos.
—Soy yo, Julián. La verdadera Elena.
Me termino el café. Agarro la cartera.
—Deséame suerte.
Paso por su lado. Lo rozo a propósito. Mi cadera contra su hombro. Dejo una estela de perfume en el aire.
—Suerte —murmura.
Voy al colegio antes de ir al centro. El rector me recibe de pie.
—Señora Valeiro. —Me mira con sorpresa—. Se la ve... recuperada.
—Gracias, Padre. Vengo a traer los comprobantes de pago de la matrícula.
Él los dobla, desinteresado. Me mira y siento que me está desnudando. “Voy a tener que acostumbrarme”, pienso.
—Es un milagro. —Dice el rector quitándose los anteojos—. No sé qué hizo, Elena. Pero el chico cambió. Y mucho.
—Estoy probando un nuevo enfoque —me río para adentro.
—Pues bendito sea ese enfoque. No se lo que está haciendo, pero haga más.
El aire me calienta la cara. Camino hacia el subte. Los hombres me miran. Los obreros de una construcción, un ejecutivo con celular, el diariero. Soy deseo. Y el poder de esa certeza me endereza la espalda.
***
Almuerzo con Clara en un bodegón de Palermo, cerca de donde tuve la cuarta entrevista. Pedimos vino.
—¡Salud! —Clara choca su copa con la mía—. Por la vuelta al ruedo.
—Creo que quedé en la administradora de consorcios. Es un sueldo de mierda, pero es mío.
—Es libertad, Elena. La plata es libertad.
Comemos. El vino me suelta la lengua. El calor del mediodía ayuda.
—Clara... tengo que contarte algo.
Ella deja el tenedor. Me mira fijo.
—Soltalo.
—Es Julián.
—¿Qué hizo ahora?
—Nada. Él no hizo nada. Soy yo. —Miro alrededor, asegurándome de que nadie escuche—. No puedo dejar de pensar en él.
Clara no se escandaliza. Ni pestañea.
—¿Pensar cómo?
—Sexualmente. Todo el tiempo. —La confesión sale como un vómito negro—. Lo veo y... me humedezco. Lo espío. El otro día… me acosté desnuda en su cama… y me refregué con sus sábanas. Es una enfermedad, Clara. Soy una pervertida.
Clara toma un trago de vino. Lento. Se limpia los labios con la servilleta.
—¿Y él?
—Él... él me mira. Lo siento. Cuando me cambio. Cuando me agacho. Hay una tensión evidente, pero es muy chico, ni debe saber lo que le está pasando.
—Elena, escuchame bien. —Clara se inclina sobre la mesa—. No sos una enferma. Es biología. Ese chico necesita que lo enderecen y vos necesitás… bueno ya sabés muy bien lo que necesitás.
—Es incesto… pecado.
—Mirá, el pecado es vivir amargada. Esto que me contás es… mutua conveniencia. Es un gesto de amor. —Me agarra la mano. Sus uñas rojas se clavan en mi piel—. ¿Sabés cuántas madres fantasean con sus hijos? No tenés idea. La diferencia es que vos tenés el coraje de admitirlo.
—Tengo miedo de... hacer algo.
—¿Y qué pasaría?
La pregunta queda flotando entre el olor a milanesa y el bullicio del restaurante.
—¿Y si lo traumo para toda la vida?
—O tal vez lo hacés hombre de una vez y deja de ser un pendejo caprichoso como tu ex.
—O tal vez estoy buscando excusas para sacarme la calentura.
—O tal vez pensás que una madre no puede sentir placer.
—¿Qué querés decir?
—Ay Elena, nos enseñaron que el fin último de las madres es sacrificarse, sufrir , padecer. Ponen el foco en el dolor del parto, pero se escandalizan cuando alguien habla del placer de amamantar. Cuando no existía educación sexual, las mujeres mas grandes de las tribus eran las que le enseñaban a los mocosos como procrear. Es algo natural. Si viviéramos en una sociedad matriarcal todo funcionaría mejor.
No puedo esconder una carcajada.
—Estás chiflada. Qué amiga me tocó.
—Yo seré la loca, pero vos tenés una sobredosis de psicólogos. Dejá de sobre analizar todo.
***
Son las once de la noche. Julián está en su cuarto. La luz se filtra por debajo de la puerta. Me ducho. Me pongo el camisón de seda que Roberto me regaló hace diez años y que nunca usé. Es color marfil casi transparente. Cae sobre mi cuerpo como agua. No llevo ropa interior. Camino por el pasillo. Abro la puerta de su habitación. Julián está acostado en la cama, con el celular. Solo lleva los bóxers. Levanta la vista, sobresaltado.
—¿Qué pasa?
Entro. Cierro la puerta detrás de mí. Me acerco. El cuarto huele a encierro y a él. Hay ropa tirada en el piso. Me agacho para levantarla. Lo hago despacio. Doblando las rodillas, manteniendo la espalda recta. El camisón se tensa sobre mis nalgas. Sé que me ve.
Me doy vuelta. Estoy al lado de la cama. Julián ha soltado el celular. Está apoyado contra el respaldo. Su pecho sube y baja rápido.
—Mamá...
—Shhh. —Le pongo un dedo en los labios. Me siento en el borde de la cama. El camisón se corre dejando mis piernas desnudas. Las cruzo y él abre los ojos como platos. Estamos a centímetros. Siento el calor que irradia su piel.
—Estás transpirado —digo.
Paso mi mano por su pecho. Toco la piel húmeda, suave, sin vello. Bajo por el esternón. Siento el latido de su corazón bajo la palma de mi mano. Pum. Pum. Pum.
Está aterrado. Y está excitado. La tela del bóxer se levanta, tensa, revelando su estado.
—Mamá... —susurra.
—¿Qué pasa, Julián? ¿Te estoy incomodando?
Duda, luego asiente.
Yo sigo.
—Sabés que esta es mi casa, ¿no? Todo lo que hay en esta casa es mío.
Muevo la mano. Bajo más. Rozo el elástico del bóxer. Él contiene la respiración. Cierra los ojos. No lo toco. Todavía no. Retiro la mano. Me pongo de pie.
—Buenas noches, hijo.
Me voy. Lo dejo ahí, duro, dolorido, desesperado. En el pasillo, me apoyo contra la pared, mi corazón está a punto de explotar por la adrenalina.
***
No se escucha nada cuando un gemido ahogado anticipa mi orgasmo. Esa noche me acaricio como nunca lo había hecho y todo mi cuerpo vibra en un estertor violento. En el clímax lloro, y luego sigo llorando durante minutos u horas, no lo sé.
Cuando me tranquilizo voy desnuda a la cocina. Tomo agua, y me doy cuenta de que necesito que él me vea. Es algo inevitable. Algo que tiene que pasar.
A la tarde siguiente llegamos juntos a la casa, yo de mi trabajo y él del instituto. El vestido nuevo que compré está empapado por el calor del subterráneo.
Voy a la habitación y él me sigue como un perrito faldero. Obediente.
—Ayudame —le ordeno señalándole el cierre del vestido.
Se acerca y me lo baja. En dos hábiles movimientos dejo caer el vestido. No llevo sostén. Me miro en el espejo y contemplo mis pechos que ya entraron en modo seducción. Aprieto los dos guijarros diminutos que sobresalen de las puntas. Julián mira sin saber qué hacer.
—¿Te parece que son lindas? —le pregunto.
—¿Qué?
—Mis tetas, ¿son lindas?
—S-s-si —tartamudea.
—No seas tonto vení, tocalas. Así no podés opinar.
Julián se acerca y me las aprieta torpemente. Yo tomo sus manos y le enseño.
—Son muy suaves y firmes —me dice.
Sonrío satisfecha.
—Mirá, fíjate lo que me hice esta tarde —le digo y me saco la bombacha.
A su vista mi intimidad, depilada. Dos labios turgentes sobresalen rosados, llenos de deseo.
—Ehhh —el chico no sabe qué decir.
—¿No te gusta? Clara me dijo que es mucho más fresco.
Apoyo un pie sobre la cama, abriendo las piernas en una posición impúdica. Con mis dedos abro la piel dejando expuesto el interior. Dejo que vea los pliegues, los rebordes, las protuberancias coloradas que se inflan desesperadas.
—Nunca había…
—¿En serio? —Le digo interrumpiéndolo—. Qué barbaridad. Bueno eso tiene solución.
Tomo su mano y la apoyo en mi ser. La aprieto hasta que queda en la puerta de la húmeda caverna. Se queda quieto, absorto al sentir mis labios cerrándose sobre sus dedos.
Le acaricio la mejilla. Es una caricia casta, suave. Amorosa y maternal. Muy distinta al incendio de seducción y perversión que está ocurriendo abajo.
Entonces sus dedos se mueven y entran un poco más. Casi adentro.
—Está muy suave —me dice.
—Bueno, Cortés ya conquistaste demasiado por hoy —le digo retirándole la mano —. Andá a cambiarte. Vamos a comer afuera.
Se va en silencio como un perrito obediente a su cucha. Yo asiento satisfecha.
***
Pasan varios días. La humedad sigue pegada a las paredes del PH. Es viernes. Ambos estamos terminando de cenar. El timbre suena. Tres veces. Insistente. Julián se tensa. Conoce ese ritmo. Deja los cubiertos sobre el plato.
—Es él —dice.
Me levanto. Me aliso la falda. Camino hacia la puerta de entrada precedida por el ruido de mis tacos. Julián me sigue, quedándose unos pasos atrás, en la sombra del pasillo. Abro. Roberto. Chomba de marca, jeans caros, mocasines.
—Tengo que llevarme cosas —dice amagando para entrar.
Me planto en el marco. Pongo una mano en la puerta y la otra en el marco. Bloqueo el paso.
—No vas a pasar, Roberto.
Él se frena. Me mira como si hablara en otro idioma.
—¿Qué te pasa? Correte. Es mi casa también.
—No. Es mi casa y vos no sos bienvenido.
Roberto se ríe. Una risa nerviosa. Mira por encima de mi hombro, buscando complicidad.
—Julián, decile a la loca de tu madre que se deje de joder.
Me doy vuelta apenas. Julián está ahí. Parado con los brazos cruzados. Mira a su padre con frialdad.
—Mejor te vas, papá —dice Julián.
Su voz es grave, tranquila. La sonrisa de Roberto se borra.
—¿Cómo?
—Ya escuchaste a mamá. —Insiste mi hijo.
Roberto da un paso atrás. Mira a su hijo, luego a mí.
—Están locos los dos. Se merecen pudrirse en este agujero.
—Nosotros estamos bien —digo—. Mejor que nunca. Ahora, andate antes de que llame a la policía por hostigamiento.
Le cierro la puerta en la cara. El golpe seco resuena como un disparo. Giro la llave. Doble traba. Me doy vuelta. Julián me mira. Hay brillo en sus ojos. Admiración. Orgullo.
—Lo echaste —dice.
—Lo echamos —respondo.
Se acerca. Me abraza con fuerza. Yo me río.
—Sos una genia.
Quedamos muy cerca. Sus manos siguen en mi cintura. Mis manos en sus hombros. La tensión cambia.
—Estoy orgullosa de vos —le susurro.
—Y yo de vos.
Me inclino, y le doy un beso. Es un beso en la mejilla. Ingenuo. Pero dura más de normal. Su respiración se altera.
***
Llega el boletín definitivo. No se lleva ninguna materia. Promedio siete con ochenta.
—Tenemos que festejar —le digo—. Pero no llego para el iPhone.
—Olvidate, era una boludez lo del teléfono.
—Bien. Porque tenía otra idea mucho mejor.
—¿Vamos a comer afuera?
—Algo mejor. Esperame aquí.
Señalo la silla del comedor y me voy a la habitación. Me saco la ropa de "madre". Abro una bolsa que tenía guardada en el placard. Una tanga negra transparente. Un camisón de tul cortísimo que entalla mis pechos a la perfección. Perfume en las muñecas, en el cuello, en el interior de los muslos. Me miro al espejo. La mujer derrotada fue reemplazada por una hembra en su plenitud. Una sacerdotisa de un culto privado.
—Julián, vení —lo llamo.
Abre la puerta. Se queda boquiabierto.
—Mamá.
—Es hora de enseñarte algunas cosas. Sacate la ropa. —Le digo.
Julián duda, pero al final, obedece. Se quita la remera, el jean, las medias. La luz de la tarde entra dorada, iluminando su piel joven. Él levanta la vista. Traga saliva. Su virilidad se alcanza a adivinar debajo de su boxer.
Me siento en la cama y cruzo las piernas. Dejo que me saboree con su mirada.
—Todo —le ordeno.
El boxer negro cae al piso. Su lanza se alza en su máxima expresión apuntando al techo. Está tensa, hinchada de sangre y se mueve involuntariamente. Observo. La piel es tersa y clara. Una punta rosada asoma tímidamente, y del orificio unas gotitas transparentes se deslizan cayendo por el tronco.
Me paro frente a él. Apoyo mis dedos en sus labios. Los recorro. Tiene miedo y está tremendamente excitado. Bajo la mano y esta vez avanzo hasta la zona prohibida. No aprieto. Es menos que una caricia: apenas un roce suave que recorre toda la extensión de esa masa carnosa y las dos guardianas que cuelgan bajo ella. Se estremece y gime.
—Desvestime —ordeno.
Sus manos tiemblan cuando tocan la seda. Corre los breteles y el camisón se desliza como flotando por mi cuerpo. Su mano busca la seguridad y se refugia en mis pechos, Repasa las dos aureolas con la misma suavidad que le mostré. “Bien, estás aprendiendo”. Lo recompenso con nuevas caricias a su intimidad. Tan sutiles que solo producen más deseo insatisfecho.
—Todo —insisto.
Se arrodilla y baja la tanga hasta que también cede y cae. Mi centro más sagrado está frente a su cara. Su aliento entrecortado calienta mi entrepierna. Apoya la cabeza en mi vientre. Sus manos agarran mis caderas, apretando la carne. Su abrazo es sensual, pero por sobre todo es suplicante. Me recuerda a cuando era un niño y me abrazaba llorando cuando se había portado mal.
—Perdoname. —Dice y llora.
Sus lágrimas empapan mi vientre. Le acaricio el pelo. Tiro de su cabeza hacia atrás, obligándolo a mirarme.
—Mirame —le ordeno y cuando sus ojos cruzan con los míos sigo—. Te amo. Todo está bien.
Seco sus lágrimas con mis manos. Me arrodillo para quedar a su altura. Me acerco y dejo mis labios a centímetros de su boca. Él completa el recorrido. Las bocas se juntan. Estoy segura de que es la primera vez que besa a una mujer. Con mi lengua lo exploro, lo invado, absorbo su saliva. Dejo que él beba de mí. Muerdo su labio inferior hasta que sabe a metal.
Lo llevo a la cama. Me acuesto y abro las piernas. Es una invitación. El queda arriba. Su peso es una manta cálida y suave. Su dureza se apoya contra mi muslo. Es una piedra hirviendo.
—Despacio —susurro—. No tenemos apuro.
Lo guío. Mi mano lo envuelve. Lo acomodo en la entrada. Mi humedad lo recibe. Julián empuja y gime.
Me llena. Me estira. Es una sensación de plenitud dolorosa que me hace arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros. Él se detiene un segundo, abrumado por la sensación. Me mira a los ojos. Hay miedo, hay culpa, pero sobre todo hay adoración.
—Entrá —le digo—. Todo.
Empuja hasta el fondo. El aire se escapa de mis pulmones.
Meneo la cadera para enseñarle y el comprende lo que debe hacer. Se mueve. Un ritmo torpe. Lo tomo de sus glúteos. Siguen siendo tan suaves y hermosos como cuando lo bañaba. Lo aprieto y lo ayudo. El movimiento es ahora mucho más acompasado y sutil. El ritmo se acelera.
El elástico de la cama golpea contra la pared. Pum. Pum. Pum.
Me pierdo. Ya no soy su madre. No soy Elena Valeiro. Soy la tierra que recibe la lluvia. Soy la grieta que se cierra. Julián jadea en mi oído.
“Soy tuya… sos mío”.
El ritmo acelera. La fricción quema. El placer se acumula en mi vientre, una bola de fuego blanco que crece y crece.
—¡Ahora! —grito clavando las uñas en los cachetes del chico.
Levanto las rodillas para que llegue más adentro. Julián embiste con fuerza. Su dureza entra hasta el fondo. Una. Dos. Tres veces. Alimento su desesperación. Lo obligo a sacar toda su furia.
Hasta que al fin ocurre el momento que tanto soñé. Su descarga me inunda. Profunda. Caliente. Pulsante. Grito su nombre mientras mi propio orgasmo me sacude, contrayendo los músculos alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota.
Colapsamos. El silencio vuelve al PH. Solo nuestras respiraciones agitadas. Julián esconde la cara en mi cuello. Lo abrazo. Beso sus mejillas coloradas. Acaricio su espalda sudada, trazando la línea de su columna. Lo sostengo por la cola y él pasa su pierna sobre mí. Estamos pegados. Sudor con sudor. Fluidos mezclados.
Julián levanta la cabeza. Me mira. Tiene los ojos brillantes, limpios, inocentes. Ya no hay rabia. Ya no hay odio. Tiene paz.
—Te quiero —dice.
Sonrío. Le beso la frente.
—Descansá, mi amor. Todavía tengo muchas más cosas que enseñarte.
La astrofísica Clara, debe hacerse cargo del hijo de su fallecida hermana. Juntos deberán superar el duelo de una manera que los cambiará para toda la vida.
El taxi huele a desodorante de pino y a cansancio. Clara mira por la ventanilla cómo las luces de la General Paz se convierten en una mancha de velocidad....
V seguir leyendo V
A su lado, Leo duerme con la boca entreabierta, los auriculares puestos como un casco contra el mundo. No se los quita desde que subieron al avión en Lima. Un hilo de música metálica se escapa de los bordes.
Clara se pasa una mano por la cara. Siente la piel tirante. Han pasado tres días desde la llamada del consulado. Tres días de aeropuertos, oficinas grises y trámites con palabras que no quiere entender. Y en el medio, Leo. El hijo de Sofía. El hijo que su hermana adoptó en un pueblo de Perú y que ahora, tras el accidente, es su responsabilidad. El resentimiento es un sabor metálico en la boca. Su hermana siempre hizo eso. Irse. Primero, para recorrer Latinoamérica mientras sus padres envejecían. Ahora, para siempre, dejándole a alguien más para cuidar.
Llegan a su departamento en Villa Crespo, un segundo piso lleno de libros de física y mapas estelares.
—Esa es tu pieza —dice Clara, señalando el cuarto que usa de depósito—. ¿Te pido algo para cenar?
Leo no responde. Camina hasta el cuarto y cierra la puerta. Suena el teléfono.
—¿Llegaron? ¿Cómo estás? —pregunta la voz al otro lado. Es Julieta, su mejor amiga.
—Llegamos. Estoy agotada. El chico se metió en el cuarto y no dice nada.
—Dale tiempo, Clarita. Es un shock para él también. ¿Necesitas que te lleve algo? ¿Comida? ¿Vino?
—No, gracias. Mañana hablamos.
Clara pide una pizza. Comen en silencio, de la caja.
—Mi mamá hacía una masa con aceite de oliva. Quedaba más finita —dice Leo sin mirarla.
Los días siguientes son una sucesión de silencios y espacios ocupados. Clara intenta concentrarse en los datos espectrográficos que llenan su monitor. Tiene que entregar el informe preliminar sobre el exoplaneta Gliese-777 Ac, en dos semanas o perderá su asignación de tiempo en el radiotelescopio ALMA de Chile para la siguiente fase del estudio. Resopla, tratando de olvidar lo peligrosamente atrasada que está.
Un alarido la hace saltar de la silla. El televisor del living está al máximo proyectando una película de terror.
—Leo, ¿podés bajar un poco el volumen? Necesito trabajar.
—Acá no hay otro lugar a donde ir —responde él encogiéndose de hombros.
Agotada Clara va pegarse una ducha. Ella se mueve por la casa con una libertad que ya no tiene. Sale del baño vistiendo solo una tanga. Se cruza con Leo en el pasillo. Él baja la vista, sonrojado.
—Perdón —dice él.
—No, perdón yo —responde ella, y vuelve a su cuarto a buscar algo que ponerse.
Unos días después suena el timbre. Es Julieta, que aparece con un tupper en la mano. Entra y mira las cajas de pizza apiladas junto a la puerta y la ropa formando pequeñas dunas en los rincones.
—Clarita, esto se está convirtiendo en un basural.
—No sé qué hacer, Juli —dice Clara en voz baja, mientras Leo sigue mirando la televisión—. No me habla, es un insolente. No puedo ni trabajar. Y encima el otro día salí del baño y me vio en bolas. Me muero de vergüenza.
Julieta le pone una mano en el hombro y sonríe con picardía.
—Bueno, que disfrute, che. Con ese cuerpito que tenés, ¿quién no quisiera verte paseando en pelotas por la casa?
—Sos boluda, ¿eh?
Una semana después, el timbre suena sin aviso. En el marco de la puerta está una mujer mayor, cuyas arrugas se tensan por culpa de una sonrisa exagerada. Antes de que Clara pudiera responder, la mujer entra observándolo todo.
—Buen día, Clara soy Marta Gimenez de servicios sociales, vengo a ver cómo se están adaptando.
Clara intenta bloquear el paso a la cocina con el cuerpo, pero es inútil. La licenciada ve las pilas de platos sucios.
—¿Y Leo? —pregunta moviendo con el pie una pila de ropa sucia tirada en el costado.
—En su cuarto.
Giménez camina por el pasillo y abre la puerta sin golpear. La habitación es un caos de cajas de cartón, ropa desparramada y polvo, mucho polvo por todos lados. En un rincón, sobre un colchón tirado en el suelo, Leo está sentado, con la espalda contra la pared, la notebook sobre las rodillas.
—Vos debés ser Leo —pregunta la visitadora ensanchando aún más su sonrisa artificial.
El chico se encoga de hombros y vuelve a la computadora.
—Señorita Rossi, a la cocina —cuando la puerta se cierra, continúa—. Su obligación es proveerle un entorno estable. Esto no lo es. Duerme en el suelo. Es una violencia simbólica.
—Es que no tuve tiempo...
—Leo ya no es un niñito al que vamos a mandar a un orfanato, pero sigue bajo nuestra jurisdicción. Si no puede hacerse cargo, enfrentará una denuncia judicial. Le doy una semana. Quiero ver un cuarto, no un depósito. Y quiero el certificado de inscripción a un colegio.
—Estuve ocupada, el trabajo, los trámites…
—Todos trabajamos —la cortó Giménez—. Leo necesita contención, no una compañerita de piso negligente.
—No soy una compañerita, tengo veintiocho años y un doctorado —atinó a defenderse.
—Entonces compórtese como una adulta.
La amenaza surte efecto. La idea de perderlo le provoca un pánico inesperado. Ese sábado, Julieta llega para ayudar armada con bolsas de consorcio y una determinación que a Clara le falta.
—¿Y Leo?—dijo, arremangándose.
—En la casa de Fede, le va a enseñar su nuevo telescopio.
Mientras vacían las cajas del cuarto de Leo, Julieta encuentra un viejo libro de Antología Poética.
—¿Te acordás de esto? Lo leías en la casa de la playa.
Clara se lo quita de las manos.
—No me lo recuerdes.
—¿Por qué? Amabas esa casa, siempre estaban culo y calzón con Sofía.
Clara suspira. Quita la sobrecubierta con un movimiento practicado. Debajo, la verdadera tapa es Delta de Venus.
—Mirala a la turrita —dice Julieta examinando el ejemplar—. Pensar que yo lo leí hace dos años.
—Un verano, Sofía me encontró leyéndolo. Estaba tan concentrada que ni me di cuenta de que tenía toda la mano debajo del short. Me amenazó con contárselo a todo el mundo si no le mostraba cómo lo hacía.
—Ah, bastante jodida Sofía.
—Tuve que bajarme los shorts y quedarme desnuda delante de ella. Me pidió que le leyera en voz alta. Justo un fragmento donde un pintor ordena a sus modelos que se exploren la una a la otra. Imaginate, yo ahí, con la mano sobre mi sexo, leyéndole a mi hermana sobre eso.
—¿Y qué hiciste?
—Terminé excitándome. Fue la primera vez que sentí tanto flujo. Al final me empecé a acariciar.
—¿Y Sofía se quedó ahí? —preguntó Julieta.
—Peor, se sentó a mi lado y me empezó a acariciar las piernas mientras yo le daba sin asco a mi totita. Te imaginarás el tremendo orgasmo que tuve. Pasaron años y mi hermana seguía recordándomelo.
Julieta se ríe, pero luego la mira, en silencio. Se acerca y le acaricia el pelo.
—¿Sabés que yo siempre te tuve ganas?
—Estás loca —responde Clara, pero no se aparta—. ¿Por qué nunca me dijiste nada?
—Qué sé yo, era calentura. Sabía que a vos te gustan los tipos, pero siempre tuve fantasías con vos.
—Sos una boluda —responde Clara, dándole un beso corto y suave en los labios.
Julieta sostiene la mirada y ahora es ella la que se acerca para besarla. El beso es mucho más largo y profundo. Clara no se lo impide. Se siguen besando hasta que terminan sobre el colchón donde duerme Leo. La amiga le quita la remera, dejando al descubierto dos pechos turgentes cuyos pezones erizados dan claros signos de excitación. Los besa con delicadeza. Clara gime y aprieta los pechos de Julieta. Ambas se quitan lo que les queda de ropa y se observan.
—Realmente sos muy hermosa —dice Julieta.
—Vos no te quedás atrás.
Mientras se siguen besando se quitan la ropa. Empiezan a rozar sus cuerpos. Clara nunca había estado con otra mujer. Siente que está haciendo algo prohibido, como cuando se masturbó delante de su hermana, y no puede controlarse. Con fuerza, aprieta su vagina contra la de su amiga. Siente cómo ambos clítoris se rozan, intercambiando sus flujos. Julieta la rodea con las piernas, apretándola, invitándola a que siga.
Justo cuando la presión se vuelve insostenible y Clara está a punto de venirse, el timbre suena con una insistencia violenta.
Ambas se quedan congeladas. El timbre vuelve a sonar.
—Mierda, debe ser Martín —susurra Clara.
Se levantan de un salto, buscando su ropa a tientas. Mientras se visten a toda prisa, con la adrenalina del momento, Julieta la mira.
—Gracias —dice, con la respiración todavía agitada.
—Yo también lo necesitaba —responde Clara, abrochándose el pantalón.
Clara abre la puerta. Entra Martín cargado con bolsas de supermercado.
—Tu heladera parece un manifiesto sobre la hambruna —dice dejando las cosas sobre la mesada.
Luego, mientras ayudan a ordenar el caos de cajas, Martín quien toma una pila de papeles viejos dice:
—Clara, ¿esto? Son apuntes de Termodinámica de segundo año. ¿Para qué los querés?
—Dejalo ahí —responde Clara.
—Clarita, mírame —insiste él, práctico—. Esto no es ordenar un cuarto, es hacer espacio. Para él y para vos.
Finalmente, ella respira hondo y, con un gesto rápido, los tira dentro de una bolsa de consorcio. Cuando terminan, la habitación está irreconocible. Tiene luz, espacio y aire. Sobre el escritorio, Clara coloca un cuadro enorme con la primera foto que ella tomó desde el telescopio Hubble.
Con el cuarto ordenado Clara piensa que las cosas empiezan a acomodarse. Pero se equivoca.
Leo vive detrás de la pantalla de su notebook. Ella se encierra detrás de la suya. Son dos planetas en órbitas separadas, compartiendo el mismo espacio sin tocarse. Clara trabaja de noche, cuando el silencio le permite conectar con los telescopios de Chile. Siente que es más sencillo entender la muerte de una estrella que el silencio hostil de Leo.
Es lunes por la mañana y Leo tiene que empezar las clases.
—Vas a ir al colegio, ¿me escuchás? —grita Clara, parada en el umbral del cuarto.
—Andate a la mierda —grita debajo de las sábanas.
—¡Pendejo del orto, a mí no me tratás así!
Clara entra y lo destapa con fuerza. Leo está desnudo y eso la descoloca. Él se abalanza para echarla del cuarto con tal mala suerte que ella se cae al piso. Desde allí lo observa. Está parado como un guerrero espartano, desnudo y con una leve erección. Cuando se da cuenta de que había estado mirando el miembro más de lo que admite el decoro, se va tomando la notebook del escritorio.
—¡Devolvémela!
—¡Vas a ir a ese colegio o te juro que tiro esta porquería por la ventana!
Finalmente empieza las clases. Unos días después, Leo vuelve de la escuela con el pómulo hinchado y un ojo morado.
—¿Qué te pasó?
—Nada.
—Leo, decime.
—Se burlaron de mi acento. Me peleé.
No puede levantar bien el brazo. Clara lo lleva al baño para revisarlo. Lo ayuda a desvestirse. Tiene moretones en las costillas. No puede bañarse solo. Ella lo mete en la ducha y empieza a enjabonarle la espalda con cuidado. El contacto es clínico, casi médico, pero al pasar la esponja por su pecho, ella nota que él contiene la respiración. Baja la vista y ve una erección. La mano enjabonada de Clara, que repasaba un moretón en las costillas, baja por su abdomen. Se desliza por el interior de su muslo y, con un gesto deliberado, le enjabona los testículos y el pene. Ninguno de los dos dice nada. Ella lo ayuda a secarse y cenan en silencio.
La culpa y la vergüenza la superan. Esa noche, cuando cree que Leo está dormido, se encierra en su cuarto. Se sirve una copa de vino. Desde la visita de Julieta no puede dejar de pensar en su hermana. Cuando se enteró de la muerte no sintió dolor, sino un profundo enojo por haberla abandonado cuando se fue de gira con ese motorhome y luego haberla abandonado de nuevo cuando murió en ese accidente estúpido. Pero ahora recuerda otras cosas, y su corazón está partido. No le contó toda la historia a Julieta. Recuerda como Sofía le tomó la mano para mostrarle cómo acariciarse y luego, viendo lo mal que lo hacía, también recuerda cómo su hemana fue quien la acarició hasta provocarle su primer orgasmo.
Quiere llorar, pero no puede. Encima ahora se da cuenta que también se excitó cuando tuvo el miembro de Leo en su mano. Su cabeza es un púlsar girando a 700 revoluciones por segundo. La angustia se mezcla con una soledad profunda, y entre lágrimas se quita toda la ropa. La mano acaricia frenéticamente el clítoris, buscando una liberación que no llega. Repasa en su mente las imágenes de Sofía, del pene de Leo, de los labios de Julieta, y abre las piernas, frotándose con más ahínco.
El quejido delata la apertura de la puerta, pero ella está demasiado concentrada. En el umbral, recortado por la luz del pasillo, está Leo. Cuando finalmente Clara tiene su orgasmo abre los ojos, y sus miradas se cruzan en la penumbra. Él no se mueve. Ella tampoco. La mano sigue en la vagina y ella navega entre la vergüenza y una extraña y terrible corriente de excitación.
Clara lleva a su sobrino Leo a la playa para intentar recomponer la relación. Lo que empieza como un fin de semana de desencuentros, termina en una serie de experiencias sexuales que los transformarán de por vida.
Esa noche, Julieta y Martín cenan en el departamento. Trajen vino y comida casera.
—Seguís con la heladera vacía, ¿cómo hacen para vivir? —dice Martín, mientras guarda las cosas....
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—Pará no la jodas, mirá que ordenada tiene la casa ahora, —tercia Julieta.
Se sientan en el living. La puerta del cuarto de Leo permanece cerrada. Después de varias copas de vino, Clara baja la voz.
—No sé qué hacer, sigue bravísimo y encima… el otro día revisé su computadora… está viendo páginas porno.
Martín se encoge de hombros:
—Y, Clarita... es un adolescente. Déjalo en paz. Ya tiene demasiados quilombos con su duelo como para que vos le sumes otro.
Julieta mira a Clara, con la cara iluminada:
—Quizás lo que necesitan es cambiar de aire. ¿Y si se van a la cabaña de la costa?
—¿Me estás jodiendo? —responde Clara cortante.
—¿Por qué no? —Insiste Julieta
La imagen de la casa aparece en su mente y los recuerdos la apabullan. Clara mira la puerta cerrada. Busca en su mente argumentos, pero se queda callada.
Leo tampoco quiere ir. Lo deja en claro con un portazo. Pero Clara insiste, inflexible. La semana siguiente carga un bolso para cada uno en el auto y espera con el motor en marcha hasta que él baja, arrastrando los pies.
El viaje en el Renault Clio es largo y silencioso. Leo mira el paisaje chato de la ruta 2 con los auriculares puestos.
Cinco horas después, estacionan. La casa es tal como la recuerda, pintada de blanco y azul, a una cuadra del mar. Elsa, la casera, una mujer robusta y de sonrisa fácil, los recibe con un abrazo.
—¡Clarita! ¡Qué lindo verte!
Entran. El olor a madera y a mar la golpea. Todo está limpio, ordenado. Leo se quita los auriculares y mira alrededor.
—Está buena —dice, casi en un susurro.
—Es la única manera de alquilarla —responde la casera con una sonrisa.
Esa tarde bajan a la playa. El otoño ha vaciado la costa y el viento sopla frío. Caminan en silencio por la orilla. El mar ruge, indiferente. Leo junta caracoles y los lanza con fuerza contra las olas. Clara se mete las manos en los bolsillos y lo deja hacer.
Al mediodía, encuentran el único restaurante abierto. Clara pide pescado; Leo, una hamburguesa. Él la desarma con el tenedor, pero apenas prueba un bocado.
—¿No te gusta? —pregunta ella. Leo se encoge de hombros.
Siguen en silencio hasta que Clara intenta de nuevo:
—Leo, por favor. No podemos seguir así.
Él levanta la vista del plato.
—¿Cómo era mi mamá de chica?
La pregunta la descoloca y se toma un rato para responder.
—Era… mi mejor amiga —dice, la voz temblorosa—. En esta playa pasamos los mejores veranos.
—¿Y por qué dejaron de hablarse?
Clara suspira.
—Es complicado. Tu mamá tenía un espíritu aventurero. Se fueron con tu papá a recorrer Latinoamérica. Y yo me quedé. Y la distancia… lo enfría todo. Después te adoptaron, eras el bebé más querido de todo el mundo, y se instalaron en Lima. Pero un llamado se convierte en un mail, y un mail se olvida.
—¿Se dejaron de hablar porque no se contestaban los mails? —pregunta Leo.
—Nos dejamos de hablar por estúpidas, —confiesa Clara.
Leo la escucha con atención. No dice nada.
Esa noche, prenden la chimenea. El fuego chasquea. Ponen una película de terror. Se sientan en el sillón, compartiendo pochoclos. En un momento de máxima tensión, Leo, casi sin darse cuenta, se acerca a ella. Clara lo abraza y él se deja contener.
Más tarde, cuando el fuego es solo brasas, salen a la galería. El cielo está despejado, lleno de estrellas.
—Mirá —dice Clara—. ¿Ves esas tres estrellas en línea? Son las Tres Marías. Y esa que brilla tanto es Sirio. Su luz tarda años en llegar hasta acá.
—¿Y eso es todo? ¿Puntos de luz lejanos?
Clara sonríe en la oscuridad.
—No, es mucho más. Es el origen. El hierro en tu sangre, el calcio en tus huesos… todo se cocinó adentro de una estrella que explotó al morir. Somos polvo de estrellas, Leo. Literalmente.
Él no responde. Sigue mirando el cielo fascinado.
A la madrugada, un grito la despierta. Corre al cuarto de Leo. Él está sentado en la cama, temblando por una pesadilla. Clara se sienta a su lado. Él se gira y la abraza con una fuerza desesperada. Llora un largo rato. Cuando se tranquiliza, le ofrece un té y van al living. Leo aprieta la taza y la mira. Clara se da cuenta de que solo tiene un camisolín diminuto y casi transparente. El chico la mira, extasiado.
—¿Estás mejor? —pregunta ella.
Leo asiente sin dejar de verla. Ella recuerda lo que encontró en su computadora. Lentamente, cruza las piernas y se inclina un poco hacia adelante para dejar su taza sobre la mesa.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Sí, decime.
—¿Vos me sacás fotos cuando estoy distraída?
—¿Cómo lo sabés?
—Me pareció haberte visto con el teléfono —miente ella y abre apenas un poco las piernas.
—No te enojes, es que me parecés muy linda.
—No me enojo. Me halaga. ¿Me las querés mostrar?
El chico toma su celular y se sienta a su lado. Ella desliza las fotos. Clara trabajando, cocinando, pensando. Las siguientes son más insinuantes: saliendo del baño, cambiándose, primeros planos de sus labios, de sus pechos.
—Son muy buenas.
—Hice un curso el año pasado —responde él, poniendo una mano sobre el muslo de ella.
Clara siente una humedad que no sentía hacía mucho tiempo. Se asusta y le besa la frente.
—¿Vamos a dormir? —dice.
El sol de la mañana parece borrarlo todo con el desayuno. Medialunas recién hechas y café con leche.
—¿En qué pensás? —Pregunta Clara.
—En la otra noche —dice Leo
—¿Qué noche?
—Esa en la que estabas desnuda en tu cama.
—Ah —responde Clara colorada —bueno, sí, es algo que a veces pasa.
—¿A veces pasa?
—A veces, cuando estamos tensos nos relajamos así, tocándonos. Es algo normal.
—Me gustó verte.
—Bueno, pero no lo hagas más, ¿sí? No está bien que me mires.
—¿Por qué?
—Vamos a caminar mejor.
Los dos salen. Cae una leve llovizna que cala los huesos. El paseo dura poco y vuelven a la casa.
Al día siguiente la lluvia sigue cayendo con fuerza. Sin nada para hacer, ambos se meten en sus computadoras. Clara abre un mail: “Clara, lamento informarte que hemos tenido que cambiar el cronograma para el uso del telescopio, va a tener que terminar en una semana. El próximo turno es para dentro de siete meses”.
—Puta madre, —dice y abre el cronograma para ver si llega.
Un ruido fuerte la distrae. Es Leo jugando con su computadora a todo volumen.
—Toma puto, ahí tienes. —dice.
—Leo el auricular por favor, tengo un tema del trabajo.
—No me jodas ¿no ves que estoy concentrado?
—¡Leo, por favor! Estoy con un tema del trabajo. Andá a bañarte ¿querés?
—Ahora no. ¡Toma maldito, eso!
—Dale, Leo, a la ducha —en un rato preparo la comida dice clara sin poder abrir el archivo.
—No jodas, no eres mi madre.
Con fuerza cierra con fuerza la notebook: —¡Estás sucio, olés mal, vas a bañarte ahora!
Lo toma de un brazo. Forcejean. Lo arrastra hasta el baño y abre la ducha con furia.
—¡Bañate! De aquí no me voy hasta que te metas.
Él se quita la ropa y se mete bajo el agua. Ella mira su cuerpo, delgado pero fibroso.
—¡Te estás bañando pésimo! —dice enojada y le saca el jabón.
—¿Qué hacés?
—Lo que vos no hacés —responde, y empieza a enjabonarle el cuerpo.
Al principio él se resiste, pero luego se deja. Clara le pasa el jabón sin pudor, le limpia la cola y luego los genitales. Una tremenda erección aparece al instante, pero ella actúa como si no lo notara.
—Te odio —dice Leo.
Clara tira del prepucio y enjabona el glande con firmeza.
—Está todo sucio, ¿no te enseñaron como limpiarte? Enjuagate ahora.
Almuerzan en un silencio espeso. Cuando Leo se sienta frente a su notebook, ella se acerca.
—Mostrame a qué jugás.
Él suspira, pero gira la computadora. Le muestra un juego de estrategia.
—¿Me enseñás? —Él la mira, desconfiado, pero asiente.
Juegan durante una hora. En una pausa, Clara respira hondo.
—Leo… perdoname te traté mal, estaba nerviosa, pasó algo en el trabajo.
Él levanta los hombros: —Está bien. Igual me gustó lo que me hiciste.
Clara sonríe: —Mirá qué pícaro saliste. Decime una cosa, y no te enojes, el otro día vi que anduviste por lugares… complicados en internet. No te voy a retar. Solo quiero que sepas que si tenés dudas, podés hablar conmigo.
Leo no la mira, pero asiente.
—¿Por eso me bañaste?
—Te bañé porque soy una bestia y además tenías un olor asqueroso —responde ella sonriendo. Él también sonríe.
Al día siguiente después de un paseo, los dos se tiran en el sofá, cansados. Leo duda y luego dice:
—Tengo preguntas, sobre… eso.
—Decime.
—Cuando te veo, siento cosas raras. Un hormigueo ahí abajo. Se me pone dura.
—Comprendo. ¿Qué partes de mi cuerpo te producen esa sensación?
—Ayer, tus piernas. O cuando me estabas bañando, tus pechos.
Clara duda y se queda callada. Finalmente dice:
—¿Querés mostrarme lo que sentís cuando me ves?
El chico asiente. Ella se para delante de él y se quita el pantalón y la blusa. Luego se desabrocha el corpiño. Queda en tanga.
—Sacate la ropa, quiero verte.
Leo se saca la ropa. De nuevo, la erección.
—¿Ves lo que me pasa?
—Hay una manera para que largues toda esa tensión que tenés.
—¿Me mostrás?
Clara se arrodilla. Apoya una mano en el muslo de Leo. Él se estremece. Sube con caricias hasta rozar los testículos. Escucha un leve gemido. Desliza la mano sobre el pene y lo sujeta.
—A esto me refiero. ¿Te gusta lo que sentís?
—Sssi —responde él en un susurro.
Con suavidad, lo recuesta en el sofá y se quita la ropa interior. Se coloca arriba de él y lo besa.
—No fui la mejor tutora, pero te voy a compensar.
Se humedece la mano con saliva y acaricia el glande de Leo. Se mueve sin ninguna dirección, para un lado luego para el otro. Él se retuerce endureciendo las piernas. Cuando está segura de que el miembro está completamente excitado empieza a moverse con ritmo y velocidad, de arriba hacia abajo, mientras aprieta con fuerza el perineo.
Con un estertor un chorro de semen brota como de un manantial desparramándose sobre la mano de Clara.
Cuando vuelve de lavarse Leo la abraza y llora. Ella lo aprieta con fuerza y también llora.
—¿Te gustó? —pregunta Clara en un susurro.
El chico asiente con la cabeza y responde al oído de la mujer: —¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿No te vas a acariciar?
Clara sonríe.
—Me parece que vos querés un espectáculo completo, mirá si serás pillo. Sentate más atrás.
Clara se apoya contra el apoyabrazos y abre bien las piernas. Se corre la tanga y desliza los dedos por su sexo. Está completamente húmeda y excitada.
—¿Eso hacías la otra noche?
—Sí, mirá esta es la parte más sensible —responde Clara abriendo sus labios vaginales para dejar descubierto su clítoris.
Lo acaricia con movimientos suaves, hasta que sin aire y completamente excitada se corre delante de Leo, que la observa con la boca abierta.
Los dos se quedan sentados, con los ojos cerrados, recuperándose.
Se escuchan golpes en la puerta.
—La puta —dice Clara— ¿Sí, quién es?
—Soy yo querida, te traje algo para la merienda.
—Elsa, ya voy —responde nerviosa poniéndose el pantalón y haciendo señas al chico para que se meta en el cuarto.
La casera le deja una torta que Clara agarra con una mano ya que con la otra esconde la ropa interior de ambos.
Meriendan, y se tiran a ver una película. El le da un beso en la mejilla y dice:
—Sos perfecta.
Clara sonríe y le devuelve el beso pero sigue. Introduce la lengua en la boca de Leo y lo besa durante un rato largo. Cuando termina apoya la mano en el bulto de Leo:
—Vos también sos perfecto —dice.
Oscurece. Clara se levanta a cocinar. Pone los platos en la mesa. Leo se sienta sin que tenga que llamarlo.
—La base del enemigo es débil por el flanco norte —dice él.
Clara lo mira, confundida.
—En el juego —aclara—. Tenés que mandar la caballería por ahí.
Comen. Él sigue hablando del juego. Y en medio de una frase, sonríe. Es una sonrisa pequeña, la primera que Clara le ve.
De pronto un viento fuerte y frío se levanta golpeando con fuerza la cabaña, haciendo temblar los postigos. Los dos cierran con dificultad todas las persianas y se van a dormir.
—Leo, —dice ella desde su habitación.
—¿Sí?
—Durmamos juntos, vení.
Leo se acuesta en la cama de Clara. Los dos se quedan enfrentados y ella lo besa en la oscuridad. Él tantea el pecho en la penumbra y siente los pezones erizados de la mujer. En un rápido movimiento ella se saca el camisolín y se quita la braga. Luego desnuda a su compañero de cama y deja que su miembro la apoye. Gime y recuerda a su hermana en esa misma habitación masturbándola sin ninguna vergüenza.
Excitada con ese pensamiento lo rodea con las piernas, atrayéndolo en un gesto posesivo. Se gira para que Leo quede encima y con habilidad toma su pene para introducirlo en la vagina. Otro gemido cuando el miembro entra con velocidad en la caverna carnosa y mojada de la mujer.
Con movimientos de cadera guía a Leo para que la penetre con más fuerza y él, instintivamente, sigue la danza entrando y saliendo con desesperación. Ella lo besa y luego le aprieta los glúteos para avivar el ritmo. En un grito desesperado, Leo eyacula. Al sentir el fluido caliente ella aprieta con fuerza el cuerpo del joven y acaba con un gemido ahogado. Se besan suavemente y se duermen en la misma posición, abrazados.
El desayuno fluye animado. Ambos hablan sobre el colegio, el trabajo, el futuro.
El teléfono de Clara vibra, y ella lo toma. Abre los mails. El primero es de su trabajo, pero lo ignora. Abajo un correo de una dirección desconocida. Intrigada lo abre. Un estudio de abogados la contacta para pedirle los datos para transferirle la liquidación del seguro de vida de Sofía y su marido. Ella es la única beneficiaria. Clara lee el número, una cifra absurdamente alta. Se queda mirando la pantalla. Enfrente, Leo sigue hablando. Cierra el mail. Apoya el teléfono boca abajo.
—Contame otra vez lo de la caballería —dice.
La joven Astrid y su hermano menor Lars se ven obligados a encerrarse en un búnker para protegerse de un bombardeo nuclear que cae sobre Suecia. Solos, deberán aprender a sobrevivir desarrollando una intimidad altamente inquietante.
El gel frío hace que Astrid contenga la respiración. Ingrid, está sentada a su lado con la vista puesta en la pared blanca del consultorio.
—Ya casi terminamos —dice la doctora, su voz amortiguada por el barbijo....
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Astrid gira la cabeza hacia su madre: —Sigo sin entender por qué hacemos esto. Las pastillas funcionan bien.
—Un DIU es una solución para largo plazo, —responde Ingrid—, tienes que estar lista para lo que venga.
Horas más tarde, Astrid está tirada en la cama de su habitación, chateando con sus amigas sobre planes para la universidad: Estocolmo, Uppsala o quizás, Copenhague. Un sonido agudo y lejano empieza a colarse por la ventana. Al principio, lo ignora. La sirena crece y se convierte en un aullido desesperado que parece venir de todas partes. Su celular parpadea con una llamada.
—¿Papá? ¿Qué es ese ruido? —pregunta, sentándose de golpe en la cama.
La voz de Anders es tensa, casi irreconocible:
—Astrid, escuchame con mucha atención. No hay tiempo. Quiero que tomes las llaves de la 4x4, subas a Lars y vayan a la ubicación que te estoy mandando.
—¿Qué? ¿Por qué? Se supone que no puedo usarla sola...
—Astrid, ¡obedece de una puta vez!
La llamada se corta luego de una interferencia. Astrid se asoma a la ventana. Autos aceleran por las calles, desesperados. Gritos y gente corriendo para todos lados. La sirena es ahora insoportable. Sin dudar, la chica se pone unas zapatillas, la campera y corre hasta el garage. Mete a su hermano, se sube y arrancan. El volante se le resbala de las manos sudorosas. Tiene que clavar los frenos para no atropellar a una pareja. Esquiva más autos y se sube a la autopista. Al cabo de unos minutos están metidos en un embotellamiento. La desesperación la consume. Gira el volante bruscamente, rompe la valla de contención y acelera a través de un parque. El Volvo avanza con dificultad, pero ella no baja la velocidad. El camino termina en una tranquera y siguen a pie. Llegan a un pequeño claro. En el centro hay un simple pilar de hormigón que parece un antiguo monolito de superficie lisa.
—¡Usa la mano, Astrid! —dice Lars.
Astrid apoya la mano temblorosa sobre el vidrio de la superficie. Una luz verde. Con un siseo la base de cemento se levanta revelando una escalera que desciende a una oscuridad total. Se precipitan y al llegar al fondo, se topan con una pesada puerta de acero. Hay otro panel de vidrio negro. Entran a un pequeño vestíbulo.
Una voz grabada dice: —Iniciaremos el proceso de descontaminación en diez segundos, por favor quítense toda la ropa. Diez, nueve, ocho…
Astrid se gira y sin pensarlo dos veces se saca la ropa. Lars la mira sorprendido.
—Desnúdate tonto. —le dice Astrid.
Una lluvia vaporosa los baña durante varios minutos. Cuando se apaga, un viento cálido los seca. La puerta se abre y avanzan, desnudos. La placa vuelve a cerrarse cuando entran. Astrid lo abraza mientras él llora. Están en un espacio amplio, iluminado con una luz blanca y suave que imita la luz del día. Es una especie de sala de estar y centro de mando, con sofás cómodos, una mesa de reuniones. En una pantalla aparece la imagen de Anders.
—¿Qué es esto padre? ¿Qué está pasando? —pregunta Astrid.
—Creemos que son misiles, miles de misiles..
—¿Bombas?
Lars, a su lado, suelta un sollozo ahogado: —¿Y mamá? Estaba con Astrid en el consultorio. ¿Dónde está?
—Escúchenme, este búnker es autónomo. Tienen todo lo que necesitan para sobrevivir. No les voy a mentir. Es probable que estén ahí varios años. Hay cientos de personas en estos refugios. No pueden salir hasta que la luz se ponga verde. ¿Entendido? ¡Verde!
—Años... —repite Astrid, la palabra se siente irreal.
La pantalla chisporrotea. La imagen de su padre se congela y desaparece, reemplazada por un mensaje en sueco: "SEÑAL PERDIDA".
Se miran el uno al otro, las lágrimas corriendo por las mejillas de Lars. Y entonces, lo sienten. No es un sonido. Es una vibración que parece nacer de las entrañas de la tierra y hace temblar el suelo de acero del búnker. Es la onda expansiva a kilómetros de distancia.
Una pequeña luz, que hasta ahora había estado apagada, se enciende. Es de un color rojo intenso: "PROTOCOLO DE AISLAMIENTO ACTIVADO. PELIGRO EXTERIOR EXTREMO".
Sin decir una palabra, Astrid y Lars se abrazan. Pierden noción del tiempo. Astrid se da cuenta de que siguen desnudos hasta que los temblores cesan y solo queda el zumbido monótono del búnker. Se seca las lágrimas con el dorso de la mano.
—Vamos —dice, la voz ronca.
Toma la mano de su hermano. Encuentran dos monos en un armario y se los ponen. Pasan por una serie de dormitorios idénticos, cada uno con dos camas y un pequeño escritorio. Llegan a una cocina con despensas llenas de paquetes de comida deshidratada sellados al vacío. Detrás de otra puerta, una luz ultravioleta ilumina un jardín hidropónico de varios niveles.
Una voz calmada y neutra, resuena desde unos altavoces en el techo.
—Sistema de producción de alimentos funcionando al 98% de su capacidad. Mi nombre es Krona, soy la inteligencia artificial de gestión de esta instalación. Bienvenida, administradora Astrid.
Descubren un pequeño gimnasio con máquinas de correr y pesas, una enfermería automatizada que parece sacada de una nave espacial, y una sala de servidores.
—Bienvenida a la biblioteca administradora. Aquí encontrarán el 78,3% de la información vigente en internet hasta cinco minutos antes de la interrupción de la señal.
Vuelven a la sala principal.
Pasan dos ciclos de luz que Krona simula para mantener el ritmo circadiano. El shock inicial se desvanece dejando paso a una angustia profunda. Astrid rehidrata unos paquetes de lo que parece ser un estofado y se lo sirve a Lars en la mesa de reuniones.
Lars mira el plato, luego a su hermana, y su rostro se descompone.
—No quiero esto —dice.
—Lars, tienes que comer algo.
—¡No quiero esta comida! —grita empujando el plato, que cae al suelo con un ruido sordo—, ¡Quiero la comida de mamá! ¡Quiero a mamá!
El primer instinto de Astrid es gritarle. Pero ve su rostro y se conmueve. Lo rodea con sus brazos mientras él se sacude y solloza, y lo abraza con todas sus fuerzas.
—Estamos juntos en esto, Lars —le susurra al oído, más para convencerse a sí misma que a él—. No estás solo. Estoy aquí.
A la mañana del tercer ciclo, Astrid se despierta con una nueva determinación. Se sienta frente a la terminal principal y, con la ayuda de Krona, diseña un horario. Lo proyecta en la pantalla grande de la pared.
Lars lo mira desde el sofá, los ojos hinchados y una expresión de apatía. —¿Qué es esto?
—Es un mapa —responde Astrid, su voz firme—. Para no perdernos. Empezamos ahora. Gimnasio.
Él no protesta. Se levanta y la sigue. Minutos después, corren uno al lado del otro sobre dos cintas mecánicas. Más tarde en la biblioteca se sientan a estudiar. Krona diseñó un programa adaptado a la edad de cada uno.
Han dejado de contar los ciclos de luz desde hace mucho tiempo. Cada tanto miran a la puerta y la luz roja sigue imperturbable.
—Quiero ver Blade Runner —dice Astrid, seleccionando el archivo en la terminal.
—¿Otra vez? —se queja Lars, despatarrado en el sofá—, ya la vimos cuatro veces. Quiero ver Terminator.
—Terminator es ruido y no tiene sentido. Blade Runner tiene capas, te hace cuestionar...
—¡Estoy harto de cuestionar! —explota Lars, poniéndose de pie de un salto—. ¡Harto de tus horarios, de tus lecciones, de tu comida sana y de tus películas "con capas"!
Astrid se encierra en la biblioteca y abre el terminal. A veces usa a Krona para desahogarse.
—De acuerdo al último examen de sangre, Lars está experiementando cambios en su carácter como consecuencia de modificaciones hormonales. —Dice la IA.
—¿Hormonales? ¿De qué estás hablando? —pregunta Astrid
—El joven está experimentando cambios metabólicos que lo llevan a sentirse confundido. He analizado la base de datos y dichos cambios se producen antes en la media de la población sueca, posiblemente el pequeño retraso en Lars se deba al encierro.
—No tengo ni idea de lo que me estás diciendo. —insiste la chica algo irritada.
—Le estoy hablando de su capacidad de reproducirse. Está teniendo pulsiones sexuales.
—¿Qué pulsiones puede tener ese mocoso en este lugar encerrado?
—Usted, Administradora, es la principal fuente de su turbación.
Krona le muestra una serie de videos donde ella se mueve por el Búnker en ropa interior y él la sigue con la vista apoyando la mano en los genitales disimuladamente. Astrid se lleva una mano a la boca y recuerda las veces que, con naturalidad, se olvidaba ponerse el sostén y sus pechos traslucían a través de la remera. También recuerda todas las veces que para no lavar ropa se quedaba en bragas todo el día.
—¿Me estás diciendo que se masturba mirándome?
—Aún no ha comenzado el proceso de autosatisfacción, porque no sabe cómo y eso lo está llevando a una crisis nerviosa.
—¿Y se supone que yo tengo que enseñarle? ¿Justo yo que tengo la lívido por el suelo?
—Lamento discrepar, Administradora, pero he observado que, en su caso, también se han producido cambios en los últimos meses.
La pantalla proyecta imágenes de Astrid entrando al baño con la excusa de lavarse los dientes, pero la cámara capta cómo mira a Lars mientras se baña. En un costado se ven los datos biométricos de la chica y las pulsaciones en aumento.
—Bueno basta. Ya entendí. Puede ser que tenga algo de curiosidad. ¿qué sugieres?
—Los estudios sobre dos jóvenes aislados por mucho tiempo demuestran que en el 92,7% de los casos la relación termina incorporando componentes sexuales, con independencia de cualquier valoración moral que hayan incorporado previamente.
—Es una tontería, —responde la chica— es mi hermano, aunque no tenga mi sangre no me voy a hablar de estos temas con él.
Apaga la terminal y va a la cocina a preparar la cena. Intenta olvidarse de las palabras de Krona pero se instalaron como semillas de una planta que crece todos los días un poco más. Ahora le resulta casi imposible evitar pasar por el baño cuando su hermano está. A veces lo observa desnudo bajo la ducha, otras cuando está orinando. Ese órgano en pleno desarrollo, lampiño y no muy grande por alguna razón le resulta un imán para sus ojos. A veces, con suerte, logra pescarlo teniendo leves erecciones, pero sabe que son apenas una minúscula parte de lo que deberían ser.
No son pocas las veces en que, desvelada, se para en la puerta de la habitación y lo observa dormir. Mirá su cuerpo en la penumbra, el contorno de una figura cada vez más grande. Por Dios, ¡cuánto hace que no está con nadie!
Esa noche la pelea es agria, llena del veneno acumulado durante incontables e idénticos días. Termina como todas las demás: en un silencio hostil. Cada uno se retira a su habitación, y las puertas al cerrarse suenan como las de una celda.
Ella no puede dormir. Sigue pensando en las palabras de esa estúpida IA. Se levanta y va a servirse un vaso de agua. Cuando vuelve se detiene frente a la habitación de Lars. Está durmiendo despatarrado. Uno de los testículos se escapa del slip y siente un cosquilleo extraño. Se lleva la mano al pecho y nota que tiene los pezones erizados.
—Maldita sea —dice en un susurro, y se va a la cama.
La mano se apoya sobre la bombacha y la deja ahí. “No puedo hacer esto, no puedo excitarme pensando en él, eso está mal”, piensa. Sin embargo, la mano se mueve independientemente de sus reflexiones y presiona la vulva. La humedad de su sexo traspasa la tela y siente los dedos mojados. “¿Y si tenemos que pasar toda nuestra vida en este maldito Búnker? ¿A quién le importa lo que haga o deje de hacer? Al fin y al cabo, son mis propias fantasías, nadie se va a enterar”, reflexiona mientras se baja la tanga. En pleno éxtasis se da cuenta de que lo que más la excita es la sensación de estar haciendo algo prohibido. Visualiza ese miembro indebido y un espeso chorro de flujo se derrame sobre la mano. Desesperada, se imagina besando esos testículos, saboreando esos glúteos, paseando la lengua por el interior de los cachetes, y dos dedos se meten entre los labios apoyándose sobre el clítoris. Se lleva la otra mano por debajo de la remera y acaricia los pezones. Se imagina la boca de Lars chupando y mordisqueándolos. Aprieta la cola y lanza un leve gemido. Sus dedos se mueven con sutileza sobre el clítoris, disfrutando el momento, sintiendo la excitación de estar haciendo algo ílicito. Cada tanto un dedo baja un poco más y se introduce en el orificio dilatado. ¡Cómo desea que él la descubra así con las piernas abiertas toqueteándose como una gata en celo! La sensación es tan poderosa que no puede resistirse y los dedos aumentan la velocidad y el ritmo. Gira la cara y muerde la almohada para no gritar.
—¿Qué estás haciendo? —la interrumpe Lars.
Sobresaltada y enojada le grita —¡Vete de acá!
La almohada sale proyectada directo contra Lars que logra evitarla cerrando con rapidez la puerta.
Durante días, apenas se hablan.
Una mañana la alarma los despierta. Luces rojas titilantes bañan todo el Búnker. Astrid sale de su habitación corriendo. La sigue Lars.
—¿Qué pasa Krona? —dice la chica.
—Se alcanzó el límite de dióxido de carbono. Si en cinco minutos no cambian el filtro de reciclador caerán desmayados. —responde Krona.
Astrid mira a Lars: —¿No te ibas a encargar?
Él se encoje de hombros. Astrid corre tosiendo y tras varias maniobras logra hacer un trabajo de veinte minutos en cuatro. Las luces se apagan.
La chica vuelve a la sala y encuentra a Lars jugando.
—Ya me harté —dice ella, enojada.
Lo toma de la mano y lo lleva al baño.
—¿Te has vuelto loca? —pregunta Lars sorprendido.
—No voy a permitir que tus hormonas nos terminen matando. Sácate la ropa. —ordena Astrid sentándose sobre la tapa del inodoro.
—De ninguna manera —responde él
Pero la mirada de Astrid no da lugar a discusión. Finalmente, Lars agacha la cabeza y se saca el mono. Ella Respira hondo y le baja el calzoncillo. El intenta zafarse, forcejean, pero la chica gana.
—Mira, bastante traumático es estar aquí como para que no puedas manejar tu cuerpo. Te voy a enseñar lo que tienes que hacer a ver si con eso te tranquilizas y no nos pones más en riesgo.
—¿Es tu manera de castigarme? —pregunta Lars enojado.
—No —responde la chica con media sonrisa—, esto no va a ser ningún castigo, te puedo asegurar.
Con delicadeza toca los testículos de Lars y como si hubiera soltado un resorte apretado, tiene una erección. Ella sonríe y se siente poderosa al ver el efecto que produjo en él. Con mucho cuidado toma entre los dedos la punta y empieza a masajearla. Es suave, tierna, simétrica y virgen. La piel no es como esos órganos oscuros y toscos que solía ver por internet. Aprieta un poco y sale un flujo transparente y espeso.
—Esto, es algo natural. Le pasa a todos cuando llegan a una determinada edad. Tu pene creció porque se llenó de sangre, y se prepara para tener relaciones sexuales, —dice ella con un tono que intenta sonar lo más profesional posible.
—¿Relaciones sexuales? —pregunta entre gemidos.
—¿No te enseñaron nada en la escuela? Es la forma en la que dos personas se expresan su amor.
Él niega con la cabeza como si no supieran de qué le están hablando. Astrid suspira y toma con toda la mano el sexo de su hermano moviéndola con delicadeza. Al ver que a Lars se le aflojan las piernas, pone la otra mano debajo de los testículos y los masajea.
—Cuando estés tenso, vas a hacer esto para tranquilizarte.
La joven empieza a moverse de arriba hacia abajo y llevada por la curiosidad deja que el glande quede al descubierto entre sus dedos. Él se mueve por el ardor del rozamiento y ella comprende que no está lubricado. Se acerca y deja que un hilo de baba caiga sobre el sexo del chico, quien suspira aliviado.
—¿cua – cuán-to-tiem-po? —dice Lars.
Astrid sonríe: —te vas a dar cuenta solo.
La chica aumenta la velocidad de sus caricias mientras las piernas del muchacho se ponen duras como una roca. Endurece los glúteos y los testículos se contraen preparándose para lo que va a venir. Finalmente, un chorro de semen sale disparado cayendo en la cara de Astrid.
—Bien —dice ella mientras se limpia la cara con papel—, ese líquido se llama semen, ahí están las células con las que se hacen los bebés. Cuando tu cuerpo siente el máximo placer expulsa el líquido que cuando se junta con la célula de la mujer se forma un bebé.
—Y entonces, ¿vas a quedar embarazada?
—Para que una mujer quede embarazada —continúa Astrid limpiando los genitales de Lars— el pene tiene que estar adentro de la vagina de la mujer. Y en mi caso no podría quedar embarazada porque tengo un aparato adentro que lo impide.
Lars se viste y vuelve a la sala, pero no enciende la consola de juegos. Se acuesta y se queda dormido. Astrid se sienta a su lado y le acaricia el pelo.
Pasan varios ciclos. Lars parece haberse vuelto adicto a la masturbación, y como la primera vez su hermana estuvo presente, ahora no tiene ninguna vergüenza de hacerlo con la puerta abierta frente a ella. Al principio piensa que tal vez debería decirle que es un acto íntimo, pero como lo ve tan calmado y obediente, decide dejarlo pasar. Total, no hay nadie más que ellos en el Búnker.
Una noche Lars entra en el cuarto de la chica.
—¿Qué pasó? —pregunta ella, sobresaltada.
—Tengo una duda —dice él.
—¿Y no puede esperar a mañana?
—Si no tienes pene, ¿cómo te calmas cuando estás nerviosa?
Astrid intenta poner la mente en orden y ensaya una respuesta: —¿Qué parte de tu pene es la que te da más placer?
—La punta —responde él
—Eso se llama glande, y las mujeres tenemos algo parecido, pero está metido adentro de nuestra vagina. En nuestro caso se llama clítoris.
—Quiero verte.
—Estás loco, ve a dormir —responde ella dándose media vuelta.
—No es justo, tú me ves todo el tiempo y yo no.
Ella se queda quieta, aparentando estar dormida, pero su hermano sigue sentado esperando una respuesta. Finalmente, suspira y se pone boca arriba.
—Ok, ¿si te muestro me dejas dormir?
El asiente. Ella se corre el short y la bombacha dejando al descubierto su sexo. Se humedece los dedos y luego los mete entre los labios vaginales.
—¿Ves? Así es como se hace —dice ella.
—Me estás mintiendo, —responde él—, yo me contorsiono de placer y a tí no te pasa nada.
Astrid pone los ojos en blanco y empieza a mover los dedos sobre el clítoris. Al principio es un leve cosquilleo, pero cuando toma consciencia de lo que está haciendo delante de su hermano un torrente de placer la invade, y se pierde en medio de movimientos rítmicos y acelerados. Lars apoya la mano en el muslo de la chica, y ella ve la erección del chico a través de su calzoncillo. Gime de placer. Lars se da cuenta del efecto que ha provocado y sigue acariciándole el cuerpo. Astrid levanta la remera dejando los pechos al aire y él, comprendiendo la invitación, apoya la mano en esos pechos firmes. Con los pezones a punto de explotar, aumenta el ritmo de los masajes sobre su clítoris, y se encorva en un rapto de desesperación. Lars aprieta los pezones y ella pega el alarido que da fe del mejor orgasmo que ha tenido hasta ese momento. Él saca la mano, asustado, pero ella lo retiene.
—Eso fue un orgasmo —dice Astrid, sin aire.
—Un orgasmo —repite él.
Más calmada, le acaricia la mejilla y dice: —Es lo mismo que te pasa a tí, pero nosotras no soltamos ningún líquido.
—Comprendo —dice Lars y se vuelve a su cuarto.
Astrid y Lars continúan encerrados en el búnker. Mientras intentan adaptarse a la nueva rutina empiezan a hacer descubrimientos inquietantes sobre lo que ocurrió en Suecia. Al mismo tiempo, inician un camino de exploración y aprendizaje muy alejado de una relación fraternal.
Los días transcurren sin prisa para Astrid y Lars. El Búnker se mantiene con mínimos cuidados, y los dos chicos pasan el tiempo cumpliendo la rutina que les armó Krona....
V seguir leyendo V
Lars, en su aburrimiento, se obsesiona con los sistemas del búnker. Pasa horas en la terminal, investigando. Hasta que encuentra un archivo escondido: Proyecto apocalipsis. Intenta abrirlo, pero está encriptado.
—Krona ayúdame a desencriptar este archivo.
—Lo siento, no estás autorizado para acceder a este servicio —responde la IA.
—¿Y quién puede acceder? —pregunta, molesto.
—La administradora Astrid.
Los hermanos se sientan frente a la terminal y observan el ícono como si se tratara de una nueva especie. Astrid solicita la desencriptación y al cabo de un rato se abre una carpeta. Lars empieza a pasearse con velocidad por cientos de archivos: fotos, planos, videos, croquis y muchos documentos de texto.
Astrid señala uno y él lo abre. Es un documento oficial del gobierno sueco que detalla investigaciones sobre una aparente invasión y la decisión de crear Búnkers para preservar la raza humana. El documento está firmado por el padre de Astrid. Lo cierran sin decir nada.
Esa noche, después de comer Lars le dice a su hermana:
—Estoy cansado de tocarme solo, quiero verte mientras lo hago.
—Eso no puede ser —responde ella.
—¿por qué no?
—Porque no.
—Esa no es una respuesta.
Insiste durante media hora, hasta que cansada y sin argumentos Astrid le dice: —Está bien. Lo hacemos juntos, pero si lavas los platos.
Después de las tareas domésticas ambos se sientan en el sillón. La chica se saca la ropa y se queda desnuda delante de Lars. Él hace lo mismo. Ella comienza acariciándose los pezones y con la respiración entrecortada baja a su vagina. Al verla, él tiene una erección y comienza a tocarse tratando de seguirle el ritmo. Excitada ella se para y se coloca delante del chico. Él la aprieta con sus piernas y ella aumenta la velocidad. Al ver la vagina tan cerca de su cara, Lars también aumenta la velocidad y en una explosión tiene un orgasmo. Segundos más tarde la chica también llega al climax y se sienta exhausta en el sillón. Luego, estira la mano y le lanza unos pañuelos que estaban en la mesa ratona.
Ambos se levantan y van a sus cuartos a dormir, sin decir palabra.
A la noche siguiente Astrid negocia con su hermano: —Si lavas los platos, hoy también podemos hacerlo.
De nuevo terminan en el sillón, desnudos, enfrentados. Mientras se están acariciando, Lars pregunta: —¿puedo sentirla?
Astrid sabe que tiene que negarse rotundamente, que es un límite que no puede traspasar. Pero… está demasiado excitada para negarse y toma la mano del muchacho y la coloca sobre su intimidad. Con la cara de quien encontró un juguete nuevo, él empieza a acariciarla hasta que encuentra el clítoris. La vagina está mojada y los dedos se deslizan recorriendo toda esa carne plagada de deseo. La chica tampoco puede resistirse y acaricia la intimidad de Lars con mucha delicadeza. Ambos sincronizan los movimientos y ella va marcando el ritmo de los dos. Cuando ya no aguanta más apura la marcha y ambos acaban casi en simultáneo. Esta vez es la mano de Astrid la que termina empapada del líquido pegajoso. En lugar de limpiarse, no puede contener la curiosidad se lo lleva a la boca para probarlo.
—Puaj —dice Lars.
—A mí me gusta —responde Astrid encogiéndose de hombros.
—No tengo sueño, ¿vemos una película?
—Elige tú —dice ella y abraza a su hermano quien se deja acurrucar.
Ambos ven la película desnudos y se quedan dormidos en el sillón de la sala.
Al día siguiente Lars llama a su hermana desde la computadora.
—Mira esto —dice señalando una imagen.
—¿Qué tengo que ver? —pregunta ella sentándose a su lado.
—¿No te suena raro? No son personas
Astrid hace zoom en la imagen y ve un grupo de figuras en una costa que están a medio camino entre un hombre y una bestia salvaje. Siguen buscando en la carpeta y encuentran varias imágenes similares. Seres negros con espinas largas, extremidades alargadas y sin una cabeza distinguible.
—Krona, ¿qué estamos viendo? —pregunta Astrid.
La IA tarda en responder.
—¿Krona? —pregunta Lars.
Al cabo de un rato se escucha la voz de Krona: —Estuve revisando todos mis archivos. Esas imágenes fueron tomadas en la costa de Norrbotten. Las criaturas no aparecen en ningún registro oficial pero su descripción coincide con varios posteos realizados los últimos días antes de la destrucción.
Ambos se miran, intrigados.
Astrid pregunta: —Krona, revisa el archivo que desencriptaste y busca referencias a estas criaturas en los documentos de texto.
Silencio.
—Hay dos documentos que hacen referencia a una posible invasión de criaturas de origen desconocido. El primero es de índole científico y tiene datos recogidos durante incursiones militares en una zona en cuarentena. El segundo documento menciona que, en caso de que la estrategia de contención fracase deberán bombardear la mitad del territorio sueco.
—¿Quién firma ese documento? —pregunta Lars.
—Vuestra madre, Ingrid —responde la IA.
Durante el almuerzo siguen conversando sobre el hallazgo.
Astrid dice: —Es lógico, Lars. Mamá era la responsable de seguridad de toda Suecia, si alguien tuvo que tomar la decisión fue ella.
—¿Mandó a aniquilar a toda la población? —pregunta Lars con una piedra en el estómago.
—No tiene sentido construir Búnkers para 10 personas y que solo hayamos llegado nosotros. Algo se les fue de las manos o se salió de control.
—¿Qué cosa?
—A lo mejor las bombas no fueron nuestras, otros países decidieron hacerse cargo y no les dieron tiempo a evacuar a la población.
—Es terrible.
Lars y Astrid se quedan sentados en el living. Ninguno tiene ganas de seguir con la rutina diaria. Finalmente, Astrid resopla y se levanta.
—Vamos —ordena la chica caminando hacia su cuarto.
Lars la sigue y cuando entran pregunta: —¿Qué?
—Tenemos que distraernos. No podemos hacer nada y quiero explorar algo nuevo.
Antes de que Lars pueda responder ella le saca la remera y le baja los pantalones. Se arrodilla delante del muchacho y empieza a acariciar el miembro para producirle una erección. Cuando la dureza está en su punto más alto, la chica lo toma de la cola y lo acerca. Con suaves besos lo humedece. Luego empieza a jugar con su lengua descorriendo el prepucio y saboreando el flujo. Lars gime. Ella sigue como si no hubiera oído, y ahora mezcla los movimientos oscilantes de la lengua con presiones espasmódicas de los labios. Le llama la atención que el flujo del chico tenga el mismo sabor que el suyo… “debe ser por la comida” piensa, y sigue con su tarea.
—Astrid —gime el chico al ver que sus piernas no le responden.
Ella lo sujeta de la cola y sigue con sus movimientos bucales. La lengua saborea el líquido preseminal, y aumenta la intensidad de los movimientos, mientras hunde los dedos entre los glúteos de Lars. No pasa mucho hasta que el muchacho eyacula dentro de la boca de su hermana. Ella traga el líquido y se sienta en la cama. Lars se sienta a su lado y le da un beso tímido en la boca. Ella aparta la cara, pero luego, arrepentida le devuelve el beso, esta vez con pasión. La lengua entra en la boca de Lars y éste siente el sabor de su propio semen.
Se siguen besando hasta que, excitada, la chica se desnuda y se tira en la cama. Lars sigue besándola recorriendo su cuerpo. Se desliza sobre los pechos de ella. Besa su vientre y luego sigue bajando hasta encontrarse con su sexo. Sin saber qué hacer apoya los labios sobre la vagina y se queda quieto.
—La lengua, Lars, mete la lengua —enseña Astrid entre gemidos.
Obediente, el chico pasa la lengua sobre los labios vaginales abriéndolos. Con movimientos rápidos y aleatorios lame el clítoris y desliza la lengua hasta la entrada de la vagina. Al escuchar el gemido de la mujer repite el mismo recorrido, recibiendo una contorsión como respuesta. Siente el olor penetrante de la vagina y vuelve a moverse, pero esta vez más rápido, una y otra vez, hasta que las piernas de Astrid se estiran y endurecen. Pero él no para, y ella tiembla descontrolada. El movimiento continúa y la chica grita en un orgasmo exquisito.
Lars sigue besando unos instantes más hasta que Astrid le toma la cabeza para que se detenga. Ambos se quedan acostados en la cama, abrazados. Se besan dejando que sus lenguas se exploren, hasta quedarse dormidos. Esa noche no cenan.
Golpes sordos se escuchan lejos, del exterior. Son vibraciones. Hace una hora que los dos hermanos están sentados en la sala sin poder moverse.
—Llevan golpeando toda la noche —dice Lars.
Astrid se para y camina como una leona enjaulada, pensando: —Krona, ¿podemos saber quién o qué está golpeando en la superficie?
—Los constructores de este Búnker instalaron varias cámaras en las adyacencias del lugar —responde la IA.
—¿Y por qué nunca nos avisaste? —pregunta Lars indignado.
—¿Podemos verlas? —tercia Astrid.
—En el panel de control, menú tablero de comando, sub-menú vigilancia, tienen acceso a las cámaras.
—Maldita máquina de mierda —dice Lars enojado.
El chico se mete en la terminal y sigue la ruta que le marcó la IA. Pronto aparecen seis imágenes de la superficie. Astrid se lleva la mano a la boca. Allí donde antes había un bosque ahora sólo se ve un paisaje desolado, lleno de cenizas y carbón. El cielo tiene un tono rojizo antinatural. Lars amplía una de las cámaras que ahora ocupa toda la pantalla. Sobre la superficie de concreto por la que entraron al Búnker hay tres criaturas de color negro intenso. Con unos apéndices que parecen brazos golpean con fuerza el cemento, como si olieran que hay alguien debajo. Cada bestia se apoya en otros dos apéndices que se mueven reptando como si tuvieran inmensas garras afiladas. Unas púas de dos metros se elevan sobre el lomo y vibran.
Astrid dice: —Krona, analiza este video y calcula si estos golpes pueden llegar a romper la superficie de concreto.
—He estimado la masa de cada entidad basándome en su volumen y las hendiduras que sus apéndices dejan en el suelo, calculando también la velocidad y el arco de sus impactos. Cada criatura puede generar una fuerza máxima de 80,000 Newtons por golpe, equivalente al doble de la mordida de un Tiranosaurio Rex. Las tres, en su secuencia coordinada, aplican una fuerza combinada de hasta 240,000 Newtons. Sin embargo, según las especificaciones de diseño de tu padre, la losa de concreto reforzado se creó para resistir una fuerza súbita de más de 10 millones de Newtons. La probabilidad de que hagan una brecha es, por lo tanto, del cero por ciento. Para tu tranquilidad, llevan golpeando de forma continua desde hace seis horas y treinta y dos minutos. El análisis sónico no detecta ninguna microfisura en la estructura.
—¿Dos dinosaurios? —pregunta Lars abriendo los ojos.
—Tiranosaurios Rex —corrige la IA.
—¿Cómo saben que estamos aquí abajo?
La IA responde: —La hipótesis más probable, Astrid, es que se guíen por la anomalía térmica. A pesar del sistema de dispersión geotérmica, vuestro soporte vital genera una firma de calor residual que se concentra en esa abertura. He correlacionado los patrones de vibración de sus púas con cambios de temperatura, sugiriendo que actúan como sensores térmicos.
Luego de un ciclo entero de iluminación los golpes cesan. Se fijan en las cámaras y las criaturas se retiran. Los dos están agotados, hace un día que no comen ni duermen. Se meten juntos en la ducha y dejan que el agua caliente les alivie la tensión. Astrid enjabona a Lars y este se deja acariciar. Luego él hace lo mismo con la chica y no puede evitar tener una erección.
Se secan, pero no se visten. No encuentran el sentido a ponerse ropa cuando nadie los está mirando. Astrid prepara un almuerzo ligero y se van a dormir. Se cubren con una sábana y entrelazan sus piernas, mirándose con ojos cansados.
—Tuve mucho miedo —dice Lars en un bostezo.
—Yo también —responde ella y se queda dormida.
Cuando despiertan siguen abrazados y Astrid siente la erección de su hermano. Lo despierta con un beso suave en la boca. Él sonríe. El órgano late al sentir el contacto de Astrid quien ya tiene todo su vientre mojado por el flujo del muchacho.
Lars le da un beso y duda: —¿Te puedo preguntar algo?
—Dime —responde ella, segura.
—Cuando estabas con… ya sabes..., ese chico.
—¿Axel? ¿Qué hay con él?
—Me preguntaba si tuviste relaciones sexuales con él —pregunta Lars poniéndose colorado.
—Sí. Nos acostamos alguna vez.
—¿Y cómo fue?
—La verdad es que no lo disfruté. Me dolió, fue muy brusco y algo torpe —responde Astrid ceñuda.
—Alguna vez me gustaría probar —insinúa Lars.
Astrid pasa la mano y agarra el falo del muchacho que está a punto de explotar. Lo acaricia apenas rosándolo y sonríe.
—Está bien —dice al fin.
—¿Está bien?
—Yo también quiero.
Astrid se sube a horcajadas sobre Lars y siente el calor de su sexo. El flujo vaginal es tanto que se derrama y chorrea sobre los genitales del chico. El instinto puede más que la razón y se empieza a mover buscando placer. En el cuarto movimiento la dureza del muchacho es absorbida al interior de la chica que gime de placer. Endurece todos los músculos para sentir esa masa carnosa que ahora está dentro suyo. Siente como se mezcla el flujo de ambos. Se mueve con delicadeza, temiendo lastimarlo, pero él se estira buscando sentir más. Ella aumenta la velocidad, subiendo y bajando con ritmo sostenido. Al caer, su clítoris golpea contra el cuerpo de Lars, y el placer le resulta irresistible. Cada embestida la desarma y sigue subiendo y bajando. Recuerda los ochenta mil Newtons y en lugar de tener miedo, siente poder, excitación, ganas de golpear con la misma violencia contra ese miembro que la penetra. Aumenta la velocidad y es consciente de que su clítoris no aguanta más. Se está por correr como nunca. Descontrolada apura las últimas embestidas y siente la electricidad del orgasmo recorrerle todo el cuerpo. En ese instante en que su gemido desesperado anuncia el final de su clímax, la vagina se llena del líquido caliente que emana de Lars.
Sin aire, ríe. Lars también ríe y se abrazan. Se besan, aún unidos por una penetración que parece no terminar, y luego caen rendidos en la cama.
Pasan unas horas y el hambre puede más que el cansancio. Se levantan. Mientras Astrid se baña, Lars prepara la cena. Comen köttbullar, potatismos y gräddsás. Ríen y platican con entusiasmo.
Satisfechos la chica levanta la mesa y pone a lavar los platos. Lars revisa el panel de control y las cámaras de seguridad.
—¡Astrid! ¡Ven pronto! —grita el chico.
La joven corre hasta la sala y observa el terminal. Un hombre de unos cincuenta años, vestidos con arapos camina sobre la entrada del búnker. Se agacha intentando encontrar alguna grieta o espacio. Luego inspecciona el monolito con el detector de huellas dactilares. Apoya la mano.
—¿Cómo puede estar ahí con vida? —pregunta Astrid.
—Eso que importa, ¡hay que dejarlo pasar! —grita Lars, angustiado.
—Algo anda mal hermanito. No me gusta nada.
—Astrid, escúchame. Esos bichos van a volver y se lo van a comer.
Astrid lo ignora y se sujeta la sien: —Krona, ¿por qué esa persona está viva?
Silencio.
Un rato después la pantalla cambia de registro, y en lugar de mostrar imágenes a color pasa a blanco y negro y luego en tonos azules y rojos. El hombre que hasta hace un rato se paseaba sobre la losa, ahora es una mancha de forma humana, pero de un color azul intenso.
—¿Qué estamos viendo? —pregunta Lars.
La voz de Krona se escucha por fin: —Conecté la función infrarroja de la cámara, y como puedes ver esa persona registra menos diez grados Celsius.
—¿Eso es posible? —Pregunta Astrid.
—Esa temperatura no coincide con ningún mamífero, —responde Krona.
—¿Me estás diciendo que esa cosa no es humana? —pregunta Lars.
—Mi algoritmo no me permite arribar a tal conclusión, pero la temperatura que emite explica por qué no es visible para las criaturas.
Astrid está por decir algo, pero ambos ven como la figura se aleja caminando.
Lars se rasca la cabeza: —primero esos bichos y ahora esto: pueden camuflarse como humanos para engañar y seguir contagiando.
Ambos se sientan en el suelo con la espalda apoya en la pared. Se toman de la mano y guardan silencio. Pasa un tiempo que bien pudo haber sido cinco minutos o cinco horas. Astrid suspira, se levanta y arrastra a su hermano.
Cuando vuelven a la sala lo besa.
—Es imposible saber lo que hay afuera, por ahora concentrémonos en lo que tenemos aquí. —dice.
Astrid se quita la braga y sienta en el borde de la mesa abriendo las piernas. Él besa la vagina. Ella se excita y se acuesta colocando las pernas en el borde de la mesa.
—Baja más —dice la chica.
Lars comprende el pedido y sigue bajando con la lengua hasta llegar a la zona más inexplorada de su hermana. El orificio, cerrado firmemente, se abre como una flor cuando siente la lengua juguetear en su contorno. Lars aprovecha y la hunde un poco. Está en el interior del trasero de la chica y el sabor entre amargo y dulzón que inunda sus papilas gustativas lo descontrola y arremete tratando de saborear cada parte de ese cuerpo. El esfínter se abre como pidiendo más, y la lengua ahora entra y sale desesperada. Aprovechando la excitación de Astrid, acaricia el clítoris con un pulgar mientras sigue jugueteando con la boca. El gemido de Astrid es una mezcla de placer con sollozo. La lengua vuelve a subir y se arrastra por la vagina de la chica, que tiene que morderse la mano para no gritar.
Ella se sienta y él se levanta. Se besan y ahora es ella quien siente su propio sabor en la lengua de Lars. Otra oleada de excitación la inunda y lo envuelve con las piernas. La dureza de su hermano arremete contra la vagina y ella se desarma. Se abre para que la penetración sea más profunda pero no deja de besarlo. Lars se mueve desesperado y entonces ella ayuda contorneando las caderas para que adquiera el ritmo adecuado. Ambos gimen sin aire, gritan, se retuercen, se buscan con hambre insaciable, hasta que, por fin, otro torrente de semen la llena. Con el líquido chorreando desde su interior, Astrid no tarda en llegar al orgasmo.
Jadeando se quedan abrazados hasta que los músculos se relajaron.
—¿Qué fue eso? —pregunta Lars mientras enjabona el pecho de su hermana.
—¿Qué cosa? —pregunta Astrid inocentemente.
El muchacho la toma de la cola y le hunde apenas un dedo enjabonado entre los cachetes. Ella sonríe:
—Siempre quise saber lo que se sentía cuando te penetran por ahí.
—Pero no te penetré —responde él.
La chica pone cara de falsa angustia y dice: —¿No te gustó acaso? ¿Fue muy sacrificado?
—Fue la sorpresa más extraordinaria que tuve —responde dándole un beso largo bajo el agua.
Ella le acaricia la cola: —Una vez vi una película que decía que si quieres conocer a alguien tienes que explorar su trasero.
—Me gustaría probarlo —responde él a medio camino del entusiasmo y la excitación.
Ella le devuelve el beso y hunde un dedo hasta quedar justo sobre el orificio de Lars.
—Tenemos tiempo, ambos vamos a probar —dice cuando se separan, y cierra la canilla.
El miedo a lo que hay afuera rompe todas las barreras, y los hermanos dan rienda suelta a sus más oscuras fantasías y perversiones, sabiendo que probablemente deban quedarse en ese búnker toda la vida.
—Ya casi terminamos —dice Astrid moviendo las tijeras con velocidad experta.
El pelo rizado de Lars requiere poca habilidad. Máquina en los costados y algunos tijeretazos para quitarle volumen. ....
V seguir leyendo V
Ella, por el contrario, tiene que resignarse a las torpes manos del muchacho que hace lo que pueden para dominar su pelo rubio estilo carre.
Un temblor se siente en toda la sala. Ambos se levantan.
—¿Más bombas? —pregunta Lars sacándose la toalla del cuello.
—No lo creo, esto es constante.
Corren a la terminal y abren las cámaras. Al principio solo ven una masa negra sobre lo que antes había sido un bosque y luego un páramo incendiado. Cuando prestan más atención notan que la masa se mueve. Son miles de esas criaturas corriendo en manada. Avanzan en una dirección y luego giran cambiando de ángulo, para volver a modificarlo al poco tiempo.
—Son miles, —suspira Lars
Astrid mueve el ordenador para buscar una imagen de más distancia y dice: —Krona, calcula cuantas de esas bestias hay arriba nuestro.
—Las estimaciones arrojan unas cincuenta mil criaturas—responde la IA.
Un punto rojo se ve en el horizonte. El monitor marca con un triángulo algo irreconocible que se acerca desde el aire.
—¿Qué es ese punto rojo Krona? —Pregunta Lars.
La imagen se amplía y ven tres objetos negros suspendidos en el aire.
—Son helicópteros de ataque —responde la voz serena de Krona—. Tres modelos Eurocopter Tiger, aproximándose a 290 kilómetros por hora.
En la pantalla, los puntos negros crecen hasta convertirse en siluetas claras. Se ciernen sobre la marea de criaturas y de sus alas brotan destellos de luz anaranjada.
—¿Y eso? —pregunta Astrid, inclinándose hacia el monitor.
—Misiles aire-tierra AGM-114 Hellfire —dice Krona.
Las estelas de humo se precipitan hacia el suelo. Justo antes del impacto, las criaturas se dispersan apartándose del lugar exacto donde la tierra estalla. Caen uno, dos, tres misiles con resultado nulo. El cuarto misil impacta de lleno contra un denso grupo que no logra escapar a tiempo. Cuando el fuego se disipa, una docena de criaturas yacen achicharradas en una masa amorfa en el suelo.
—¡Sí! —exclamó Lars, cerrando los puños con fuerza.
Pero en apenas unos instantes esas masas vuelven a moverse y se reconstituyen. Se sacuden los restos de la explosión y reanudan su carrera junto a la manada.
—Por Dios... —atina a decir Astrid.
Cuando los helicópteros están sobre ellos, empiezan a bañar a las criaturas con ráfagas de metralla. El resultado es el mismo: Las criaturas caen, pero en segundos sus cuerpos se recomponen.
—¿Hay alguna manera de comunicarse con ellos? —pregunta Astrid, con la voz cargada de urgencia.
—El búnker está equipado con una radio de largo alcance —responde Krona—. Está en modo pasivo.
—¡Actívala! —le espeta Lars, impaciente.
Mientras Krona reinicia el sistema de comunicación, ven en la pantalla cómo las bestias cambiaban de táctica. Forman un círculo perfecto debajo de cada helicóptero. Luego, sus cuerpos se inclinan hacia arriba y escupen una sustancia negra y espesa. Cuando uno de esos proyectiles biológicos alcanza el rotor de cola de un helicóptero, la aeronave se desestabiliza de inmediato y empieza a girar sobre su eje hasta que cae en picada y explota en una bola de fuego.
—La comunicación está lista —dice Krona, imperturbable.
Astrid coge el comunicador. —Hola, hola, ¿me escuchan? Aquí refugio subterráneo, ¿me reciben?
Una voz, quebrada por la estática, responde: —Aquí Águila Nocturna. Está usted en una señal segura del ejército sueco. Identifíquese.
—Por favor, necesitamos ayuda. Estamos atrapados en un búnker.
Un silencio de varios segundos.
—Repita, por favor —dice la voz del piloto.
—Estamos atrapados en un búnker. Mi nombre es Astrid Sjöberg. Necesitamos rescate.
—Astrid... es un milagro que estén con vida. Escúcheme, es imposible organizar un rescate ahora. Quédense en ese búnker y, por lo que más quieran, no salgan.
—¿Mi padres están con vida? ¿El doctor Anders Sjöberg, Ingrid Sjöberg? —pregunta la chica, pero la comunicación se corta.
En la pantalla, unos escupitajos negros han dado de lleno en el segundo helicóptero, que empieza a caer sobre la tierra. Tras el impacto, cuatro soldados salen de la cabina. Visten trajes Mjolnir-7 con un exoesqueleto de titanio. Varias criaturas se acercan y se les tiran encima. No llegan a disparar ni una bala. Cuando las bestias se retiran, los cuatro cuerpos yacen tirados, inmóviles.
—Mira —dice Lars en voz baja.
—¿Qué cosa? —pregunta Astrid.
—No se los comieron.
Del interior de los soldados brota el mismo líquido negro hasta cubrirlos por completo. Al cabo de un instante los cuerpos se deforman y se convierten en otras criaturas que se suman a la manada.
Astrid dice, horrorizada: —No somos comida. Nos usan para reproducirse. Allí deben estar nuestros vecinos y amigos.
El tercer helicóptero cae en picada, pero los chicos ya no quieren ver más y apagan el monitor.
Sentados a la mesa, el silencio era opresivo.
—Bien —dice Astrid—. Sabemos que esas criaturas no vinieron del espacio. O por lo menos no vinieron tal como las conocemos.
—Correcto —respondió Lars—. Parece una especie de infección.
—¿Qué más sabemos? —preguntó Astrid, levantándose.
Ambos fueron a la terminal principal.
—Krona —dice Lars—, busca en la carpeta desencriptada documentos que hablen de virus, bacteria, contagio o mutación.
Al cabo de un rato, la IA respondió: —Existen treinta y ocho documentos que mencionan esos términos. El más relevante es el identificado bajo el número 2300-AGGS, titulado Proyecto Fenrir. Es un programa para crear supersoldados a través de mutaciones genéticas.
Ambos se tiran en el piso con la espalda apoyada en la pared.
—¿Fuimos nosotros? —pregunta Lars.
—No puedes saberlo —responde la chica más para ella que para él.
Cenan en silencio y pasan varios ciclos de luz casi sin hablarse, pero no se despegan a más de dos metros. La mayor parte del tiempo están en el gimnasio.
Esa noche Astrid prepara una cena suculenta.
—¿Y esto? —pregunta Lars.
Astrid sirve los platos y dice: —Estuve pensando que tenemos que agradecer estar vivos. Podríamos ser uno de esos bichos, pero estamos aquí.
Sin embargo, Lars apenas juguetea con la comida: —Hay cientos de miles de esas personas convertidas en esas criaturas, ¿viste cómo destrozaron los helicópteros?
—Hermanito, hasta hace unas semanas pensábamos que vivíamos en un apocalipsis nuclear, ahora sabemos que hay personas con vida, gente del ejército que tienen armas y tecnología. Tarde o temprano van a encontrar una solución y nos van a rescatar.
—Tengo el estómago cerrado —dice él apartando el plato.
Ella le acaricia la mejilla y le dice: —No puedo permitir que te enfermes, te necesito demasiado. Hagamos un trato, comés todo y yo te entrego algo que te prometí.
Comen y de a poco la dinámica vuelve a instalarse entre la pareja.
Cuando Lars vuelve de lavar los platos encuentra a su hermana desnuda en la sala. Ella le sonríe: —Mis amigas siempre me hablaban de una… no sé cómo llamarlo, de una práctica que hacían con sus novios. Cuando lo escuchaba me parecía un horror, pero cuando te… ayudé, supe en ese mismo instante que a la única persona a quien le permitiría entrar ahí serías tú.
Lars la besa, y ella lo desviste. Luego se da vuelta y apoya las manos contra la mesa. El muchacho interpreta la invitación de ese movimiento y se arrodilla detrás para besar las partes íntimas de Astrid. Primero besa los glúteos y luego se va acercando hasta las zonas más oscuras.
—Nunca volví a visitar este territorio capitana —dice Lars.
—Le ordeno que haga una inspección en profundidad, soldado —responde Astrid.
El chico sonríe y con la lengua lubrica la zona. Como la vez anterior, el esfínter de ella se dilata invitándolo a entrar. Luego de introducir su lengua, mete un dedo. Cuando está seguro de que el orificio recibe el cuerpo extraño, vuelve a introducir la lengua para seguir lubricándolo. Ahora introduce dos dedos. Un gemido resuena en toda la sala. Después de un rato, Lars ingresa en ese agujero dilatado. Al sentir el contacto con la masa dura y carnosa, Astrid contrae todos los músculos y lo aprieta con fuerza. Él vibra de placer y se mueve para penetrarla con más profundidad. Se quedan así un tiempo, ella apretando y aflojando su esfínter, reconociéndolo. La caverna ahora es un ambiente resbaladizo que lo invita a moverse con mayor velocidad y así lo hace. Astrid, se acaricia el clítoris siguiendo el ritmo. Lars, también a punto de llegar al clímax, toma los pechos de su hermana y los aprieta con fuerza. Ella lanza un gemido y aprieta con más fuerza su trasero. La presión es demasiada y el chico explota en un orgasmo que inunda a la muchacha con semen espeso. Se pregunta cómo hará para expulsar el líquido de su cuerpo pero la distracción apenas dura unos segundos. El movimiento constante de Lars y los hábiles dedos de ella la ayudan a acabar. Se viene en un estertor involuntario, y cansada apoya la frente sobre sobre la mesa. Él se retira con suavidad para no lastimarla.
—Fue… no podría definirlo—dice Astrid en la ducha.
—No imaginé que podía sentir de esa manera —responde Lars dándole un beso largo y jugoso.
Ambos se tienden en la cama y se quedan dormidos.
El ciclo nocturno no ha terminado y Astrid se levanta sobresaltada. Lars se despierta bruscamente.
—¿Qué pasó? —pregunta el muchacho.
La chica no responde. Se levanta y va a la terminal.
—Krona, indícame si los trajes de los soldados tenían protección radioactiva.
Silencio y al cabo de un rato la IA responde: —Los trajes de los soldados estaban diseñados para contención biológica pero no protegen contra radiación.
Lars mira la luz roja sobre la puerta del búnker.
—¿Qué niveles de radiación hay en el exterior? —pregunta Astrid.
—El monitor de radiación indica niveles óptimos para la vida —responde Krona.
—Pero la luz sigue roja —tercia Lars—, ¿cómo es posible?
—Los sensores que encienden la luz se activan frente a distintos peligros, en este caso el peligro detectado es una amenaza biológica.
—¿Qué tipo de bombas cayeron en Suecia? —pregunta la chica
—No tengo información disponible en mis registros, pero de los videos podemos concluir que, al menos en la zona donde está ubicado este búnker, fueron bombas incendiarias.
Lars camina por el búnker pensativo. Se para debajo de la luz roja y pega una patada a la puerta.
—Maldita máquina de mierda —dice tomándose el pie lastimado.
Astrid lo observa, pero no dice nada. Abre la carpeta de datos encriptados y empieza a leer los documentos. Llega a un archivo que dice “plan de contingencia” y un código alfanumérico incomprensible.
—Krona, realiza un resumen de este archivo —pide al ver que es un documento de más de mil páginas.
Krona responde casi de inmediato: —Este documento contiene una serie de escenarios en caso de que fracase la contención del virus ANH2 , también mencionado como Fenrir. El informe concluye que el escenario más efectivo es eliminar la población que rodea la zona cero en un radio de 400 kilómetros cuadrados a través de bombas ordinarias. Esta fase se denomina cortafuegos. Casi en simultáneo se recomienda iniciar la segunda fase consistente en bañar la zona de cuarentena con bombas incendiarias para asegurar que el virus no encuentra huéspedes para reproducirse.
—Y para qué construyeron este búnker si iban a destruir todo —pregunta Lars.
—En el archivo analizado no se menciona ninguna estrategia que contemple la construcción de búnkeres —responde Krona.
—Pero mi padre dijo que había cientos de estos espacios y tú me mostraste un archivo con su proyecto —insiste la chica.
—En los archivos analizados figura que este Búnker fue construido como estación experimental por el Doctor Anders antes de iniciar el proyecto Fenrir. Es el único en su tipo, al cabo de un tiempo el proyecto se desistió por ser demasiado caro y el retorno era muy bajo en cantidad de vidas.
Astrid se tira en el piso y llora amargamente. Lars la abraza y ambos se quedan así, quietos.
—Algo salió mal y la solución fue matar miles de personas para contener su error. Nos envió aquí sabiendo que no íbamos a salvarnos de la masacre. —susurra la chica entre sollozos.
—Pero el plan no funcionó.
—No, no funcionó —responde Astrid limpiándose la cara.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —pregunta Lars con la cabeza apoyada en el hombro de su herma.
—Sobrevivir.
Los ciclos de luz se suceden en una densa rutina a partir de entonces. Se levantan, desayunan, estudian, almuerzan, van al gimnasio, cenan, tienen relaciones y se bañan y duermen. Día tras día repiten la misma secuencia.
Una tarde, se tiran cansados en la cama luego de una extensa sesión de gym. Ambos miran el techo, tomados de la mano.
—¿No te sentís aburrida? —pregunta él, quitándose el sudor de la frente.
—¿Vos estás aburrido?
—No sé, a veces pienso que todo es lo mismo, nada cambia en este búnker. A veces me gustaría hacer algo nuevo.
—Te puedo confesar un secreto, si querés.
—¿Un secreto? —pregunta Lars girando para verle la cara.
—Cuando llegamos a este búnker te comportabas como un malcriado.
Lars sonríe: —Odiaba todo lo que me pasaba, extrañaba a mamá y lo único que quería era hacerte la vida imposible.
—Bueno, más de una vez me imaginé pegándote unos buenos azotes.
—¿Como una paliza?
Astrid asiente con la cabeza: —En una oportunidad, habíamos tenido una pelea y justo después te fuiste a bañar. Desde mi cama te vi desnudo y me imaginé agarrándote del pelo, poniéndote, así como estabas desnudo sobre mis piernas y dándote unos chirlos. Lo peor es que mientras te bañabas me masturbé pensando en esa escena.
—Nunca es tarde —responde Lars poniéndose colorado.
Astrid sonríe y lo lleva a la sala y se sienta en el sofá. Le baja los calzoncillos y lo acuesta sobre sus muslos. Siente la erección y coloca la dureza de su hermano entre las piernas apretando suavemente. Apoya la mano en la cola y la acaricia.
—Así me lo había imaginado. Esta cola perfecta, no muy grande y este cuerpo frágil. ¿Sabés qué?, soy tu hermana mayor y me tenés que obedecer. Se acabaron tus berrinches.
La chica acaricia la cola y luego baja la mano con furia pegándole a un cachete.
—¡Ay!, —atina a gritar Lars.
—Grita todo lo que quieras que aquí no te escucha nadie.
La mano empieza a caer con furia golpeando toda la cola del muchacho. Después de un rato que parecieron horas, ella se detiene con el pecho subiendo y bajando con espasmos. Observa la piel roja, y se lamenta por no haberle dado una buena paliza antes. Pensar en ese chico rebelde, desnudo sobre sus muslos, llorando a moco tendido por sus chirlos, la excita de tal manera que casi se viene de solo imaginarlo. Volviendo en sí, baja la vista y apiadándose, deja a Lars acostado para besar cada uno de los glúteos, humedeciendo con la lengua y soplando las partes más coloradas.
—No sabía que te había hecho enojar tanto —susurra Lars.
—Ponte en cuatro patas —responde ella.
Él obedece y se coloca como un perrito sobre el sofá. Ella sigue besando, pero esta vez la lengua recorre todos los glúteos hasta meterse en la parte más profunda, y cuando ella encuentra el esfínter hace movimientos rítmicos para dilatarlo.
Un gemido de Lars le hace entender que le gusta. Le sujeta el miembro y tirándolo para abajo, empieza a moverse al mismo ritmo que su lengua busca entrar más y más. No pasa mucho tiempo hasta que el chico se contrae y en un estertor eyacula sobre la superficie del sofá. Astrid sonríe al ver el enchastre y sigue acariciando lentamente.
Ambos se recuestan en el piso. Cuando ella ve que la respiración de su hermano vuelve a la normalidad se sienta sobre su cara. Comprendiendo lo que debe hacer, Lars mueve besa la intimidad de su hermana. Astrid suspira y acompaña el movimiento de la boca con contorsiones involuntarias. Aprieta con fuerza la cabeza de su hermano y con un grito se corre.
Mas tarde, muertos de hambre, cenan en silencio.
—Lo de hoy fue… nuevo —dice Lars con timidez.
Astrid sonríe con picardía y responde: —Sí que lo fue. Hay que incluirlo en nuestras prácticas.
—Creo que te amo —suelta Lars.
Es un secreto guardado desde hace mucho tiempo.
La chica deja el tenedor sobre el plato y lo mira en silencio. Ladea la cabeza pensativa. Lars intuye el rechazo y mira para abajo turbado.
—Yo también te amo —dice finalmente.
El búnker ya no es seguro para Astrid y Lars. Los hermanos deben idear un plan de escape. Mientras se enfrentan al peligro más temido, Astrid confiesa una de sus fantasías más perversas.
La luz parpadea y muere mientras están en el gimnasio. El silencio es pesado. Lars, con movimientos mecánicos, va a la sala de máquinas y reinicia el generador principal. Las lámparas vuelven con un zumbido cansino. Más tarde, la voz de Krona resuena en la sala ....
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—El sistema de diagnóstico informa que el generador presenta un desgaste crítico en los cojinetes del rotor. Estimo una vida útil no superior a tres meses.
—¿Y después? —pregunta Astrid.
—Después —responde la IA—, deberán conseguir repuestos para repararlo.
Esa noche, cenan en silencio.
—Tengo una idea —dice Astrid de repente—. Si el mundo no explotó, eso significa que todavía hay satélites. Y si hay satélites, hay internet.
Van a la terminal.
—Krona, indícanos si este búnker tiene acceso a internet —dice Lars.
—El búnker no se diseñó para operar en un escenario con redes de comunicación globales —responde Krona.
—Pero alguien cargó toda la información que tienes en tus servidores. ¿Cómo lo hizo? —insiste Astrid.
—Antes de las explosiones una antena de respaldo me conectaba con el sistema de satélites. Cuando la compuerta principal se selló, el acceso físico se cortó.
—¿Qué debemos hacer para reconectarte? —pregunta Astrid.
La luz del procesador de Krona parpadea durante un tiempo que a los chicos le sonó eterno.
—Habría que salir, caminar quinientos metros hasta la formación rocosa que cubre la antena, abrir la caja de mantenimiento y reiniciar el sistema manualmente.
Los chicos vuelven a la mesa y siguen comiendo, el peso de esa nueva información aplastándolos.
Finalmente, Lars deja su tenedor: —Hay que hacerlo.
—Ok —responde Astrid, con una calma que no siente—. Lo haré yo.
La discusión es inevitable. Se van enojados a dormir. Pero esa noche, Lars va al cuarto de Astrid.
—No puedo vivir si a ti te pasa algo —le dice, sentándose al borde de la cama.
—A mí me pasa lo mismo —responde ella, su voz suave en la oscuridad—. Pero debes pensar racionalmente. En tres meses, los dos vamos a morir aquí abajo. Soy más rápida y tengo mejor entrenamiento de orientación que tú. Soy la más capacitada.
Se besan, un beso que sabe a miedo y a promesa, y duermen abrazados. Todavía el ciclo de luz no anuncia la mañana cuando Astrid pregunta:
—¿Estás despierto?
—Sip, —responde Lars.
Ella se quita la braga y con un movimiento rápido desnuda a su hermano. Lo besa con suavidad y le acaricia los genitales.
—Me gusta que no tengas bello.
Él sonríe y le devuelve el beso hundiendo la lengua en la boca de Astrid. Ella se sienta a horcajadas y deja que el chico la llene. Una ola de adrenalina, propia de quien sabe que no volverá, hace que esa penetración sea mucho más profunda. Se mueve hasta que siente como el líquido de su hermano la llena.
Al levantarse se dedican a revisar las grabaciones de todas las cámaras perimetrales, una y otra vez. Cuando están seguros de que la superficie está desierta, activan el protocolo de apertura. La compuerta se desliza con un chirrido metálico y Astrid sale. El olor a quemado y a descomposición casi la voltea. Sin tiempo que perder, corre hacia la piedra indicada. Usa la llave de mantenimiento que le indicó Krona, pero el mecanismo está atascado.
Intenta una y otra vez, pero la puerta no se abre. Maldice y golpea con furia la piedra. Nada.
Desde la sala de control, Lars la mira desesperado en el monitor. De pronto, ve una nube de polvo que crece en el horizonte. Amplía la imagen. Son miles de criaturas corriendo hacia ellos.
—¡Krona! ¿Cuánto falta?
—Tres minutos. Lars sale corriendo del centro de mando hacia la compuerta, desesperado por alertar a Astrid. El piso del túnel de acceso vibra bajo sus pies y casi se cae. Los bichos están muy cerca. En eso, ve a la chica corriendo de vuelta hacia él. Lars oprime el interruptor de cierre de emergencia y la pesada puerta empieza a bajar. Ella se tira por el espacio diminuto que queda, rodando por el suelo justo antes de que se cierre del todo. Golpes iracundos resuenan en el concreto.
Bajan a la terminal y se abrazan.
—Temí que no llegaras —dice Lars.
—Yo también —responde Astrid con una sonrisa nerviosa. Su mano no deja de trepidar.
—Krona, ¿ya tienes internet? —pregunta Lars.
—El sistema se está reiniciando. Tiempo estimado de conexión: tres horas.
Aburridos y agotados por la adrenalina, preparan la cena. Justo cuando terminan, Krona avisa que la conexión está establecida. La señal es pésima. Navegan por las páginas de los principales diarios suecos pero tarda media hora en cargar una página. Hay innumerables notas sobre la "Zona de Contención Fenrir". Ven imágenes satelitales del lugar. Es gigantesco. La zona se amplió tres veces hasta que el ejército pudo contener a las criaturas. Ahora, un muro de cincuenta metros de altura bordea todo el perímetro. Astrid intenta llamar a su padre, pero la señal de voz no se conecta. Le envía un correo electrónico, pero no hay respuesta. Después se acuestan, agotados.
Pasa un rato largo y a pesar del silencio ninguno pega un ojo.
—¿Cómo vamos a salir de aquí? —Pregunta Lars.
—Mañana lo resolveremos, hoy ya hicimos demasiado, —responde la chica apoyando la mano en el sexo de su hermano.
—Aquella vez… cuando me masturbaste… —empieza a decir Lars y Astrid lo interrumpe.
—¿Qué hay con eso?
—Es que me preguntaba, si sabías que íbamos a terminar así.
—Al principio pensé que lo hacía para darte educación sexual, hoy estoy segura de que tu cuerpo me calentaba como nadie lo había hecho.
—Y nunca… ¿nunca pensaste que estábamos haciendo algo malo? —Pregunta Lars con la voz quebrada.
Astrid se incorpora un poco para observar a su hermano:
—Malo es lanzar un virus que mata a cientos de miles de personas. Malo es tirar bombas incendiarias quemando niños, madres, padres. No, Lars, lo que aquí tenemos no es malo, es lo más hermoso que nos pudo pasar.
—Hicimos cosas que jamás me hubiera imaginado.
Astrid lanza una pequeña carcajada: —Sí, hicimos cosas que no hubiéramos hecho nunca en otro lado.
—Todo lo que probamos me gustó.
Astrid se vuelve a tirar boca arriba y dice casi sin pensar: -A mí hay cosas que me faltaron.
—¿Cómo cuáles? —pregunta él.
Astrid dice casi en un susurro: —En una pijamada vimos con las chicas una película... creo que se llamaba La Secretaria.
—Qué nombre raro.
—En la película —continúa la chica, y notas que su respiración se agita un poco—, hay una escena que me excitó tremendamente, pero jamás se la comenté a nadie.
—Conmigo es imposible que tengas vergüenza, —responde Lars, girándose para mirarla.
-Él... él le ordena a ella que se quede quieta. Que no se mueva, pase lo que pase. Es una prueba de confianza. Y ella lo hace. Se queda inmóvil, solo para él.
Lars no comprende del todo. —¿Y eso te excitó? ¿Que no se moviera?
—Me excitó el control —corrige Astrid—. La entrega. Saber que ella confiaba tanto en él que le daba todo el poder.
—Ven —le dice ella, levantándose.
Van a la sala y se para en el centro.
—¿Y entonces? —pregunta Lars.
—Quítate la ropa —ordena Astrid con autoridad.
El muchacho obedece y se queda desnudo. Se acerca para besarla, pero ella lo detiene con una mano en su pecho.
—No. Siéntate ahí.
A desgano, Lars se sienta en la silla que ella puso en el medio de la sala
—Ahora mírame —dice Astrid, y ella se quita la ropa lentamente, sin dejar de mirarlo a los ojos.
—Esta es la regla, Lars. No puedes moverte. No puedes tocarte. Y no puedes apartar la mirada. No hasta que yo te lo ordene. ¿Entendido?
Lars traga saliva y asiente. El falo se le eriza de inmediato. Astrid sonríe. Camina a su alrededor, como un depredador. Él permanece inmóvil, sus músculos tensos.
Ella se acerca y roza su hombro con la punta de los dedos. Él se estremece, pero no se mueve.
—Bien.
Entonces, Astrid se sienta en el sofá, a unos metros de él, abre las piernas y apoya un pie sobre la intimidad de Lars.
Los ojos de Lars se abren como platos. El deseo es evidente, pero la orden fue clara. Sigue sentado, palpitando por el esfuerzo de contenerse, observándola.
Astrid gime suavemente, sus propios dedos moviéndose sobre su clítoris.
—¿Quieres tocarme, Lars? —susurra ella.
—Sí —dice él con la voz rota.
—No puedes. Solo puedes mirar. Quiero que veas esto. Quiero que recuerdes que esto es mío... y tuyo. Pero solo cuando yo lo diga.
La erección de Lars es dolorosa. Astrid acelera el ritmo, sus gemidos llenando el búnker. Lars cierra los ojos un segundo.
—¡Mírame! —grita ella.
Él abre los ojos de golpe.
—¿Me vas a obedecer? —insiste.
—Siempre.
—¿Incluso cuando estemos afuera y te ordene algo que no te gusta?
Lars duda pero finalmente responde: —Solo quiero vivir para complacerte.
—Bien —gime y se muerde el labio.
Antes de venirse un chorro de flujo cae con fuerza sobre las piernas de su hermano.
Cae agotada en el sofá, respirando con dificultad. Él sigue sentado, inmóvil, esperándola.
Pasa un minuto de silencio.
—Ya puedes moverte —dice ella, finalmente.
Él casi se arrastra hasta el sofá y entierra la cara en su regazo. Ella lo abraza, acariciando su pelo.
—Lo hiciste bien —susurra ella.
Lo besa, y esta vez el beso es lento pero profundo. En la ducha, Lars la arrincona contra la pared y le aprieta la cola. Ella apoya una pierna en una saliente y se deja caer para que él vuelva a penetrarla. Esta vez el movimiento es más lento y armonioso. Es una danza suave y rítmica que va aumentando de velocidad a medida que ambos se acercan al clímax. Lars no tarda mucho en tener otro orgasmo y, cuando se retira, contempla como su semen cae por las piernas de la chica hasta perderse por la rendija de la ducha.
Al día siguiente desayunan frente a la terminal. Astrid piensa y se dirige a la IA:
—Krona, ¿existe la posibilidad de armar un traje que anule nuestra firma de calor corporal?
La IA procesa la solicitud:
—Es posible, pero requeriría reconfigurar los trajes anti-radiación. Habría que acondicionarlos con un sistema de enfriamiento externo alimentado por células de nitrógeno líquido y cubrirlos con mantas refractarias de Mylar para dispersar el calor. Si quieres puedo armar un gráfico para ilustrar el modelo.
Se pasan dos semanas trabajando sin descanso. Usan un termómetro infrarrojo para medir la temperatura de los trajes y, finalmente, logran que su firma térmica sea casi indistinguible.
—Les advierto —dice Krona— que la detección térmica es solo una hipótesis. Es posible que las criaturas tengan otros métodos sensoriales.
Lars superpone los mapas satelitales con los del búnker y calcula la ruta. Están a veinte kilómetros del punto más cercano del muro de contención.
Esa noche, se abrazan en la cama.
—Tengo miedo —confiesa Lars.
—¿A los bichos? —pregunta Astrid.
—No. Tengo miedo de lo que pase si nos salvamos.
—¿Qué puede pasar?
—Que nos separemos.
—Eso no va a ocurrir jamás —responde Astrid, categórica.
—¿Cómo lo sabes? Si se enteran de nuestra relación…
Astrid cruza los brazos por detrás de la cabeza y dice en un tono que no da lugar a dudas: —Lars, nosotros vamos a estar juntos siempre. Estoy segura.
—Cuando lleguemos al otro lado, prométeme que nos iremos de este país. Lo más lejos posible.
Ella se lo promete y mientras lo hace le quita el calzoncillo. Lars se pone arriba de su hermana, quien recoge las piernas para asegurarse de que la penetración es más profunda. Lars se mueve disfrutando cada embiste como si fuera el último. Mientras él recorre el interior de la chica, se besan como amantes que temen perderse. Los pechos de Astrid están inflamados de pasión, y Lars lame cada célula de esos pezones erizados. En el colmo de la excitación, Astrid sujeta a su hermano por los glúteos y lo empuja ayudándolo a alcanzar el ritmo ideal. La mujer siente la parte más sensible de su hermano inflamarse en su interior y ambos llegan al orgasmo casi en simultáneo. Se besan y lloran toda la noche, hasta que se quedan dormidos, en un sueño pacífico, sin pesadillas.
Al día siguiente, Astrid manda un último mail a la dirección de sus padres y a las que figuraban en el Ministerio de Defensa, avisando que van a intentar llegar al muro en el perímetro norte. Luego dan una última mirada al búnker y salen con sus trajes.
El amanecer revela un paisaje apocalíptico cubierto de un polvo gris y esqueletos de árboles arañando un cielo nublado. Caminan durante horas, escuchando la propia respiración. Cada tanto Astrid mira una brújula pegada a su guante. El frío es tan insoportable que a mitad de camino ya no sienten sus extremidades. Lars piensa que van a desfallecer por hipotermia pero calla.
Bordean el cauce de un río por el que hace tiempo no pasa más agua. Abajo ven dos figuras humanas vestidas con arapos. Caminan sin sentido, olfateando y tocando todo lo que está al alcance de la mano. Cada tanto tienen una pequeña convulsión y escupen un líquido negro parecido a la brea. Los chicos se quedan quietos y esperan a que estén muy lejos para moverse. Astrid imagina que son infectados que no completaron el proceso de mutación, tal vez porque tienen algún anticuerpo o tal vez porque sirven como rastreadores para la colmena.
Finalmente, al atardecer llegan a ver la muralla. Es una pared ciclópea de concreto y acero. Se acercan con cautela. A unos quinientos metros una veintena de bichos están intentando escalar inútilmente sus cincuenta metros de superficie lisa. Otros pegan golpes aislados, pero el muro ni se astilla. Se apartan y caminan por el borde, buscando un puesto de vigilancia, una puerta, algo. Ya es casi de noche cuando ven un punto de luz en lo alto de una torre. Empiezan a agitar los brazos hasta que, desde arriba, un reflector los ilumina. Miran a su costado. Las criaturas, atraídas por la luz, avanzan confundidas hacia ellos. Caminan a escasos metros, haciendo sonar sus púas, pero dudan. Ellos se quedan inmóviles. A la distancia, ven caer un chorro de fuego de un lanzallamas desde lo alto del muro. Las criaturas salen trepidando hacia las llamas.
Un par de arneses de rescate caen desde la oscuridad. Se los colocan y son elevados a toda velocidad justo cuando algunas criaturas, detectando el movimiento, se vuelven y saltan hacia ellos. Sus garras cortan el aire a centímetros de sus pies.
En la cima del muro, una mujer con traje militar táctico los recibe.
—¿Astrid y Lars Sjöberg?
—Así es —dice la chica, mientras se quita el casco y dos soldados le miden la temperatura.
—Recibimos sus correos. Bienvenidos de vuelta. Rompieron todos los récords. Nadie ha logrado volver de la zona en cinco años.
—¿Y nuestros padres? —pregunta Lars.
—Ya habrá tiempo para eso.
Astrid y Lars se miran incrédulos y se toman de la mano. Siguen a la soldado hacia la seguridad del mundo que creían haber perdido para siempre.
Nota de la autora: Así termina esta temporada de las aventuras de Astrid y Lars. Esperemos en poco tiempo volver a tener nuevas historias de los hermanos.