Durante años, la industria adulta entendió que muchas fantasías se organizan alrededor de roles. La casa. La familia ensamblada. La cercanía cotidiana. La autoridad. El secreto. La puerta que debería permanecer cerrada.
El fenómeno “step” trabaja justamente ahí.
Así como los hermanos Grimm aliviaron la tensión que significaba transformar a la madre en bruja y la convirtieron en madrastra, la industria adulta tomó el tabú familiar y lo desplazó a una zona más digerible. Conserva la tensión del rol, pero corre la sangre del centro de la escena. Hay una figura que ocupa un lugar familiar, pero con una distancia suficiente para que la fantasía pueda respirar dentro de una coartada simbólica.
Lo que aparece es una versión industrial de algo muy antiguo: la atracción por los vínculos cargados de reglas. Madrastras, padrastros, hermanastros, casas compartidas, jerarquías domésticas, proximidad obligada por la convivencia. Todo ocurre en un espacio que debería ordenar la vida, pero empieza a funcionar como escenario de tensión.
La pandemia le agregó otra capa. La casa se volvió oficina, refugio, encierro, pantalla, rutina y deseo privado. Gran parte de la vida cotidiana quedó encerrada en interiores, mientras el consumo de imágenes ocurría desde habitaciones donde lo doméstico ocupaba todo.
La industria leyó rápido ese clima.
Lo que antes podía aparecer como una fantasía dispersa se volvió una maquinaria precisa. El algoritmo aprendió qué escenas retenían atención. Qué roles se repetían. Qué palabras abrían puertas. Qué pequeñas variaciones mantenían vivo el circuito.
Ahí está lo más incómodo.
La industria del deseo no necesita comprender nuestros símbolos. Le alcanza con medirlos. Detecta una sombra, la ordena, la multiplica y nos la devuelve con miniatura atractiva. Donde la literatura demora, el mercado acelera. Donde el cuento deja una puerta entreabierta, la plataforma convierte esa puerta en una recomendación automática, cada vez más directa.
El algoritmo no inventa nuestras fantasías. Aprende a encontrarlas antes de que sepamos explicarlas.
Hay algo fascinante y un poco triste en la idea de medir el deseo.
Durante siglos, el deseo fue misterio, culpa, pecado, poesía, mito, promesa, peligro. De pronto, en el siglo XX, entró al laboratorio.
Cables. Sensores. Planillas. Observación clínica.
Masters y Johnson fueron importantísimos porque ayudaron a sacar la sexualidad del silencio y de la superstición. Eso hay que reconocerlo. Pusieron datos donde antes había prejuicio. Le dieron lenguaje científico a algo que muchas personas vivían con vergüenza o miedo.
Pero cada avance tiene su sombra.
A mí me inquieta pensar qué pasa cuando algo tan íntimo se vuelve solo una respuesta fisiológica. Cuando el deseo se transforma en fases, curvas, mediciones, frecuencia cardíaca, contracciones, duración.
Por un lado, entender el cuerpo libera.
Por otro, puede empobrecer el misterio.
Porque el deseo no es únicamente lo que puede medirse. También es recuerdo, fantasía, contradicción, pudor, escena, contexto. Es lo que ocurre en el cuerpo, sí, pero también lo que ocurre alrededor del cuerpo.
La ciencia puede decirnos mucho sobre cómo funciona una respuesta física.
Pero no puede capturar del todo por qué una voz nos desarma, por qué una espera nos enciende, por qué una imagen vuelve años después sin pedir permiso.
Quizás el problema no sea medir.
Quizás el problema sea creer que, porque algo puede medirse, ya fue comprendido.
Cine y deseo
Leyenda: cuando la oscuridad seduce
Hay películas que uno recuerda por una imagen, no por la historia completa.
A mí me pasa con Leyenda. Más que la aventura, más que la fantasía, más que el Tom Cruise joven, me queda esa escena en la que la princesa Lili aparece vestida de negro, casi absorbida por la oscuridad.
Hasta ese momento, ella pertenece al mundo luminoso. Bosque, inocencia, cuento, pureza visual. Pero de pronto la película cambia de temperatura. La oscuridad deja de ser amenaza y empieza a ser promesa.
Eso me interesa mucho.
Porque el mal, en las buenas historias, casi nunca llega gritando. Llega ofreciendo algo. Poder. Libertad. Intensidad. Una versión más peligrosa de uno mismo.
En esa escena, el deseo no aparece como algo físico y directo. Aparece como transformación. El vestido negro, la música, el movimiento, la forma en que ella empieza a mirar distinto.
Lo inquietante no es que la oscuridad la capture. Lo inquietante es que una parte de ella parece querer mirar hacia ahí.
Y eso vuelve la escena mucho más interesante.
Porque todos tenemos alguna zona interna que no encaja con la versión prolija que mostramos. Una parte que siente curiosidad por lo prohibido, por lo intenso, por lo que no debería atraernos.
Leyenda funciona cuando deja de ser una película de fantasía y se convierte en otra cosa: una imagen sobre la tentación.
No la tentación como pecado barato.
La tentación como esa voz que nos pregunta, en voz baja, quién seríamos si dejáramos de portarnos tan bien.
Me interesa Playboy no solo como revista, sino como síntoma.
Porque más allá de Marilyn, las tapas famosas y el mito cultural, Playboy entendió algo muy poderoso: desear a una persona real es complicado.
Una persona real puede decir que no. Puede aburrirse. Puede pedir algo. Puede mostrar fragilidad, contradicciones, mal humor, heridas. Una persona real no entra prolijamente en una fantasía sin romper algo.
La imagen impresa ofrecía otra cosa: un cuerpo disponible, silencioso, inmóvil. Una fantasía sin negociación.
No había que exponerse. No había que seducir. No había que soportar el rechazo. Bastaba con abrir una página y mirar.
Eso fue brillante desde el punto de vista comercial y profundamente revelador desde el punto de vista humano.
La industria del deseo aprendió a quitarle riesgo al encuentro. Limpió la escena. Suavizó la luz. Eliminó el olor, la torpeza, la incomodidad, la conversación difícil.
Después cambiaron los formatos. Murió el papel, llegaron las pantallas, las plataformas, las suscripciones, la ilusión de cercanía permanente.
Pero la promesa sigue siendo parecida: intimidad sin verdadero peligro emocional.
Y ahí aparece la pregunta que me interesa: cuando el deseo se vuelve demasiado cómodo, demasiado disponible, demasiado editable, ¿sigue siendo deseo?
O apenas consumo con buena iluminación.