Aquí encontrarás ensayos breves sobre erotismo, cine, historia, ciencia y fantasías incómodas. Textos para mirar el deseo como una fuerza que atraviesa el cuerpo, la cultura y la imaginación.
¿Por qué algo que nos incomoda puede, al mismo tiempo, atraernos?
Me interesa esa pregunta porque el deseo rara vez es prolijo. A veces nace en una contradicción. Algo nos llama y nos alarma al mismo tiempo.
La psicología tiene una palabra hermosa para ayudarnos a entender esto: lo ominoso. Eso que resulta familiar, pero de pronto se vuelve extraño. Una casa conocida que empieza a sentirse amenazante. Una figura de cuidado que también castiga. Una autoridad que protege y, a la vez, domina.
Ahí aparece una tensión muy antigua.
La mente aprende temprano que una misma figura puede alimentar y frustrar, cuidar y limitar, amar y despertar miedo. Esa contradicción es difícil de procesar. Por eso la imaginación suele separarla en figuras: la madre-buena y la madre-bruja.
En algunas fantasías adultas, esa tensión reaparece con una enorme carga simbólica. Pensemos en algo tan aparentemente simple como un chirlo en la cola. Su presencia en relatos, películas y prácticas eróticas no parece casual. Forma parte de ese universo donde el deseo se mezcla con autoridad, exposición, juego de poder y entrega.
La carga erótica de ese juego no está en el golpe ni en la sanción como tal.
Aparece algo más profundo: una postura de entrega que evoca cuidado, dependencia y vulnerabilidad.
Ese regazo que sostiene la desnudez del otro tiene una potencia simbólica enorme. Es una imagen de entrega y fragilidad absoluta. La caricia en los glúteos desnudos puede evocar uno de los gestos más primarios de sostén, cercanía y ternura. En la memoria cultural, el cuerpo desnudo apoyado sobre las faldas, queda entregado a alguien que, por mandato simbólico, debería proteger: la madre-buena que acaricia, contiene y cuida.
Pero la fantasía introduce el quiebre.
La posición se convierte en vulnerabilidad y vergüenza. La caricia se transforma en correctivo. La protección se vuelve autoridad y disciplina. La entrega se convierte en miedo. El gesto de cuidado muta en castigo y reprimenda.
Ahí aparece la disonancia: en un mismo acto y en una misma posición, la madre-buena es también madre-bruja.
El cuerpo recibe señales opuestas. Hay amenaza, pero también contención. Hay exposición, pero también sostén. Hay autoridad, pero también cariño. Hay entrega, pero también vergüenza. Hay cuidado y algo que lo subvierte.
Por eso la escena puede resultar tan intensa. Reproduce, en clave simbólica, la tensión entre la madre-buena y la madre-bruja: la misma mano que cuida también corrige; el mismo regazo protege la máxima vulnerabilidad se vuelve escenario de sometimiento y castigo.
Y en medio de esa disonancia nace lo erótico: una forma de procesar un deseo contradictorio sin tener que resolverlo del todo.
A veces, al mirar esa escena, entendemos algo de nosotros que no sabíamos cómo nombrar.
Pocas cosas incomodan tanto como las historias que se acercan a los límites familiares.
Me interesa ese tema con mucho cuidado, justamente porque toca una fibra muy sensible. En la vida real, cualquier forma de abuso o daño dentro de una familia merece rechazo absoluto.
Pero la imaginación humana también trabaja con símbolos. Y la familia es uno de los símbolos más fuertes que tenemos: origen, pertenencia, ley, sangre, obediencia, herencia, culpa, protección, deuda.
Cuando una historia toca esos bordes, no está jugando solo con una relación. Está tocando la arquitectura completa de lo permitido.
Por eso genera tanto impacto.
La familia es el lugar donde aprendemos las primeras reglas. Lo que se puede decir. Lo que se oculta. Lo que se espera de cada uno. Lo que se hereda incluso sin hablar.
En la ficción oscura, esos vínculos pueden volverse territorio de poder, de secretos, de dependencia, de deseo mal ubicado, de lealtades enfermas o de heridas antiguas.
Lo importante está en el enfoque.
Una historia puede usar ese tabú para explorar la culpa, la impunidad, la confusión, la violencia simbólica, la necesidad de escapar. Puede mirar la oscuridad sin romantizarla. Puede incomodar sin convertir el daño en fantasía liviana.
Ahí aparece el verdadero desafío literario.
Entrar en una zona prohibida exige más precisión, más responsabilidad y más inteligencia narrativa.
Porque algunos temas no toleran torpeza.
Hay una idea bastante ingenua de que la fantasía, para ser intensa, tiene que ser puro descontrol.
Yo no estoy tan segura.
Cuanto más delicado es el territorio imaginario, más necesita forma. Hablo de entender qué escena se está jugando.
Las fantasías tienen tono.
No es lo mismo una fantasía de entrega que una de persecución. No es lo mismo una escena de poder frío que una escena de impulso. No es lo mismo el miedo teatral que el miedo real.
Confundir esos tonos puede arruinar todo.
Por eso me interesa tanto la idea de regla. La regla protege la fantasía. Le da un marco. Un borde. Un idioma compartido.
Dentro de ese marco, la imaginación puede ir mucho más lejos, justamente porque sabe dónde está el límite. Lo mismo pasa en la ficción. Un cuento puede meterse en zonas oscuras si el lector entiende desde dónde se lo está llevando.
El problema aparece cuando no hay señales claras. Cuando no sabemos si estamos ante deseo, daño, ironía, crítica, juego, peligro o simple torpeza narrativa.
La fantasía adulta necesita responsabilidad estética.
Y también emocional.
A veces, el verdadero vértigo aparece cuando sabemos exactamente cuál es la regla que estamos bordeando.
Hay algo que me interesa mucho en las fantasías: casi nunca empiezan en el momento más intenso.
Empiezan en la espera. En la preparación. En una frase que deja algo suspendido. En saber que algo va a pasar, pero todavía no.
Ese “todavía no” puede ser más poderoso que el acontecimiento mismo.
La ansiedad, cuando está dentro del territorio seguro de la imaginación, tiene una electricidad particular. El cuerpo se adelanta. La mente ensaya escenas. Cada minuto agrega peso.
Por eso el ritual importa tanto.
No hablo de grandes ceremonias. Puede ser una luz que se apaga, una puerta que se cierra, una prenda elegida con intención, una regla dicha en voz baja.
El ritual separa la vida cotidiana de la fantasía. Marca un borde. Dice: ahora entramos en otro lenguaje.
Y ese borde es fundamental. Porque sin borde, la fantasía se confunde. Pierde forma. Se vuelve torpe, o peor, se vuelve incómoda.
Me interesa pensar que el deseo necesita una atmósfera compartida. Un acuerdo silencioso sobre qué historia se está contando.
La improvisación total puede ser hermosa, sí. Pero incluso la improvisación necesita tono.
Porque no hay nada menos erótico que no saber en qué escena estamos.
Siempre me fascinó la bruja.
No la bruja simpática de Halloween ni la caricatura con verruga y sombrero torcido. Me interesa la otra. La que aparece en los cuentos antiguos cargada de belleza, hambre, castigo, celos, poder, veneno y deseo.
En muchas historias populares, la madre —y después la madrastra— ocupaba ese lugar oscuro. Era una imagen brutal: quien debía alimentar, cuidar y proteger aparecía convertida en su reverso oscuro. La mujer que limita. La que castiga brutalmente. La que frustra. La que mete miedo. La que sabe demasiado. La que seduce. Y eventualmente, la que puede destruir.
La bruja servía para procesar esa contradicción sin nombrarla de frente.
Por eso es una figura tan poderosa. Y no viene sola. Trae cocina, caldero, hierbas, bosque, fuego. Todo lo doméstico se vuelve amenazante. Todo lo femenino se vuelve ambiguo.
Y después está la escoba.
Un objeto de la casa. Una herramienta humilde, usada para limpiar, ordenar, borrar la suciedad del piso. Pero puesta entre las piernas de una bruja cambia de significado. Deja de servir a la casa y se convierte en instrumento de poder.
La imagen es demasiado fuerte como para ser inocente: una mujer montada sobre un objeto fálico, penetrando la oscuridad del cielo nocturno.
El falo, leído simbólicamente, representa poder, dominio y autoridad. Cuando esa imagen queda en manos de una mujer oscura, la fantasía se vuelve inquietante: una figura femenina que concentra cuidado y amenaza, deseo y castigo, casa y bosque, alimento y veneno.
Ahí aparece una de las raíces más profundas de ciertas fantasías de dominación femenina. No hace falta ponerse solemnes: una mujer que mira desde arriba, decide, ordena, castiga, concede o retira su favor.
Eso tiene una carga erótica enorme porque toca algo muy primario: el deseo de volver, por un instante, a una escena donde alguien tenía el control absoluto. La bruja condensa esa mezcla. Madre oscura, seductora sin límites, mujer fálica, dueña de la noche, señora del castigo.
La bruja vuela porque la cultura necesitaba imaginar a una mujer saliendo del lugar asignado.
No camina. No pide permiso. No va acompañada. Vuela.
Y en ese vuelo viajan juntos el miedo masculino, la fantasía de ser dominado, el terror a la mujer que sabe y el deseo secreto de entregarse a una fuerza más grande y prohibida.
Quizás por eso la bruja nunca desaparece.
Cada época le cambia la ropa.
Pero sigue montada sobre el mismo poder.
Cuando escuchamos la palabra Tantra, muchos imaginamos sahumerios, música suave y alguna promesa de conexión espiritual vendida en formato retiro premium.
A mí me interesa otra cosa: lo que había antes de que todo eso se volviera prolijo.
El Tantra original era una práctica intensa, ritual, muchas veces clandestina, que ponía al cuerpo en el centro de una pregunta espiritual enorme: ¿y si lo divino no estuviera lejos de la carne, sino adentro de ella?
Esa idea me parece fascinante.
Porque durante siglos muchas tradiciones intentaron separar el cuerpo del espíritu. Como si el cuerpo fuera una molestia, una trampa, una cárcel llena de apetitos.
El Tantra más oscuro decía algo mucho más incómodo: si la divinidad está en todas partes, también está en el deseo, en la transgresión, en aquello que la moral prefiere barrer debajo de la alfombra.
No se trataba simplemente de placer. Se trataba de usar la intensidad del cuerpo como una forma de atravesar un límite.
Me gusta pensar que ahí hay una intuición antigua que todavía nos incomoda: el deseo no siempre nos aleja de lo profundo. A veces nos empuja directo hacia ahí.
Durante mucho tiempo pensé en el Kama Sutra como casi todo el mundo: un catálogo de posturas imposibles, una especie de gimnasia antigua con pretensiones espirituales.
Después me interesó mirar un poco más.
Y lo primero que descubrís es que esa idea es bastante pobre. El Kama Sutra no era simplemente un manual para la cama. Era algo más amplio: una educación del deseo, del gusto, de la conversación, de la vida social.
Me parece fascinante porque rompe con una idea muy moderna: la de que el deseo aparece solo, espontáneo, sin aprendizaje.
En ese mundo, en cambio, el placer también se estudiaba. Había que saber leer una habitación, elegir un perfume, conversar, escribir, tocar música, entender gestos, manejar silencios.
Y ahí aparece una verdad que todavía sirve: el deseo rara vez nace de una sola cosa.
La luz. La espera. El lenguaje. El detalle. La inteligencia de saber cuándo avanzar y cuándo detenerse.
Occidente se quedó con la parte más vistosa, probablemente porque era la más fácil de vender. Pero tal vez lo más interesante del Kama Sutra no está en la acrobacia.
Está en esa idea antigua, sofisticada y un poco incómoda: el deseo también es cultura.
Y como toda cultura, se aprende.
Hay culturas que encuentran formas sorprendentes de convivir con aquello que otras esconden.
El Kanamara Matsuri, en Japón, es un ejemplo maravilloso. Una fiesta popular donde se pasean símbolos fálicos gigantes por la calle, con familias, turistas, dulces, risas, fotos y una naturalidad que para muchos occidentales resulta desconcertante.
La historia viene de una leyenda antigua: un demonio escondido en la intimidad de una mujer y que devoraba los miembros de sus esposos en la noche de bodas. Un herrero que fabrica un falo de acero, rompiéndole los dientes al demonio. Una amenaza vencida a martillazos simbólicos.
Suena brutal, casi grotesco. Y sin embargo, con el tiempo, esa imagen terminó convertida en otra cosa: protección, fertilidad, salud, comunidad.
Durante el período Edo, muchas trabajadoras sexuales acudían al santuario para pedir protección frente a enfermedades. Más tarde, el festival también se vinculó con la prevención y la investigación en salud sexual.
Eso me interesa mucho.
Un símbolo que podría quedar atrapado en la burla o el morbo se transforma en celebración colectiva. El cuerpo aparece en la calle, exagerado, colorido, casi infantil en su desmesura. Y esa exageración le quita solemnidad al tabú.
Hay algo liberador en esa escena.
La gente se ríe, compra souvenirs, acompaña la procesión, participa. El símbolo sexual deja de ser amenaza privada y se vuelve conversación pública.
Quizás esa sea una de las grandes diferencias culturales: algunas sociedades tapan ciertos símbolos hasta volverlos oscuros; otras los sacan a la luz, les ponen color, ruido, fiesta.
Y a veces una risa comunitaria cura más que cien silencios incómodos.
Me divierte pensar en Ovidio como una especie de consultor sentimental de la Roma antigua.
Un poeta elegante, brillante, peligroso, escribiendo consejos para seducir en banquetes, teatros, paseos y encuentros sociales. Su Arte de amar tenía algo de manual, algo de juego y algo de provocación política.
Lo fascinante es la idea de método.
Ovidio observa la seducción como quien estudia una estrategia. Dónde mirar. Cuándo acercarse. Cómo escribir. Cómo aprovechar una ocasión. Cómo leer señales. Cómo convertir el deseo en técnica social.
Eso, para su época, era dinamita.
Roma podía tolerar muchas hipocresías privadas. Las sociedades suelen hacer eso: permiten en secreto lo que condenan en público. Pero Ovidio cometió una imprudencia mayor. Volvió elegante y enseñable aquello que debía permanecer bajo el mantel.
El deseo siempre circula por las sociedades, incluso por las más rígidas. Aparece en pasillos, fiestas, cartas, miradas, favores, rumores. La diferencia está en quién se anima a escribir el manual.
Ovidio puso palabras donde convenía dejar insinuaciones. Organizó el juego. Lo volvió literatura. Y al hacerlo, mostró que la seducción también era una forma de poder cultural.
Quizás por eso su figura sigue siendo tan atractiva.
Porque entendió algo que todavía incomoda: muchas veces el deseo se mueve como una conversación secreta entre lo que una sociedad dice que valora y lo que realmente practica.
Y pocas cosas molestan tanto como alguien que aprende a decirlo con belleza.
La primera vez que una lee el Cantar de los Cantares con atención, pasa algo raro.
Uno espera solemnidad. Mandatos. Profecías. Culpa. Grandes palabras sobre el bien y el mal.
Y de pronto aparece una voz enamorada, urgente, corporal. Una mujer que desea. Un amado que describe. Una búsqueda nocturna. Una piel que arde. Un lenguaje lleno de vino, perfumes, jardines, frutos, pechos, boca, noche.
A mí eso me parece maravilloso.
No porque convierta a la Biblia en algo escandaloso, sino porque rompe un prejuicio muy instalado: la idea de que lo espiritual y lo corporal siempre estuvieron peleados.
El Cantar de los Cantares muestra otra cosa. Muestra que, para hablar de lo más alto, muchas culturas recurrieron al idioma del cuerpo.
Y tiene sentido.
El deseo es una de las experiencias humanas más difíciles de explicar. Nos desordena, nos vuelve vulnerables, nos saca de la rutina, nos hace sentir que algo nos supera.
¿No es lógico que también haya servido para hablar de lo sagrado?
Me interesa mucho ese cruce. No para provocar por provocar, sino porque revela algo profundo: el cuerpo nunca fue un detalle menor en nuestra forma de entender el mundo.
Una prueba antigua de que la carne también puede ser lenguaje. Aparece en una boca que busca otra boca.
La vergüenza tiene mala prensa. Nadie quiere sentirla. Nadie la invita. Nadie la presume.
Y sin embargo, en literatura, puede ser un motor poderoso.
Me interesa porque la vergüenza aparece justo en ese punto donde lo íntimo queda expuesto. Algo que debía permanecer oculto sale a la luz. Una mirada descubre. Una frase revela. Una puerta se abre antes de tiempo.
En la vida real puede ser horrible. En la ficción, si está bien trabajada, puede tener una fuerza enorme.
Porque la vergüenza no habla solo del miedo al juicio. Habla también del deseo de ser visto.
Esa es la contradicción.
Queremos escondernos y, al mismo tiempo, una parte nuestra quiere que alguien mire. Que alguien descubra lo que no nos animamos a mostrar. Que alguien nombre eso que mantenemos bajo llave.
La literatura puede entrar ahí con mucha delicadeza. A veces alcanza con una escena mínima. Porque el deseo no siempre aparece seguro de sí mismo. Muchas veces aparece incómodo, mal parado, confundido.
Me gusta esa zona porque es profundamente humana.
No tengo nada contra lo explícito. A veces una escena necesita mostrar. A veces el cuerpo pide aparecer sin demasiadas vueltas.
Pero también creo que lo explícito tiene un límite: una vez que mostró todo, ya no queda mucho para imaginar.
Lo sugerido, en cambio, trabaja de otra manera.
No te entrega la escena completa. Te deja una puerta entreabierta. Una frase cortada. Una mirada que dura demasiado. Una mano que se queda cerca, pero todavía no toca.
Me gusta ese territorio porque obliga al lector a participar.
Y cuando el lector participa, la escena deja de pertenecer del todo a quien escribe. Empieza a mezclarse con su memoria, con sus fantasías, con sus pudores, con sus imágenes privadas.
Ahí la literatura tiene una ventaja enorme frente a la imagen. Puede quedarse en zonas intermedias. Puede demorar. Puede hacer que un gesto mínimo pese más que una descripción completa.
Una buena escena erótica no necesariamente es la que muestra más. Muchas veces es la que administra mejor la información.
Porque el deseo vive en lo que falta.
En lo que el texto calla. En lo que el lector completa. En lo que todavía no ocurrió, pero ya empezó a pasar en la cabeza. Por eso, cuando una escena está bien construida, alcanza con dejar una sombra en el lugar correcto.
En literatura erótica, el final suele llevarse demasiada atención.
Como si todo el sentido de una escena estuviera en llegar a un punto. Como si el deseo fuera una carrera con una meta clara y una bandera esperándonos al fondo.
A mí me interesa mucho más el camino.
La preparación. La incomodidad. La duda. La respiración que cambia antes de que ocurra algo. El gesto pequeño que altera una habitación entera.
Una buena escena escrita puede quedarse durante páginas en esa zona previa. Puede mirar una mano apoyada sobre una mesa. Una rodilla que roza otra sin pedir permiso. Una palabra que llega cargada de intención. Una puerta que alguien decide cerrar. Una promesa que nunca llega.
Ahí vive gran parte del deseo narrativo.
Cuando el texto corre demasiado hacia el final, pierde capas. Todo se vuelve mecánico. En cambio, cuando la escena se permite demorar, el lector entra. Empieza a anticipar. A completar. A preguntarse qué haría, qué sentiría, qué teme que ocurra.
Esa participación silenciosa vuelve más poderosa la lectura.
Me gustan las historias que entienden eso. Las que cuidan el clima. Las que no queman la escena por ansiedad. Las que saben que el deseo muchas veces crece mejor en la demora que en la descarga.
El final importa, claro.
Pero el recuerdo suele quedar en otra parte.
En el instante anterior.
En el borde.
En eso que todavía no pasó y, por eso mismo, ya está pasando en la imaginación
Siempre me pareció curioso que una escena escrita pueda ser más intensa que una escena mostrada.
En teoría, la imagen tiene ventaja. Te da el cuerpo, la piel, el gesto, el movimiento. No tenés que imaginar demasiado.
Pero ahí está justamente el problema.
Cuando una imagen muestra todo, también clausura muchas posibilidades. Te dice: esto es así. Este cuerpo, esta luz, esta cara, este ritmo.
La literatura, en cambio, trabaja con una materia mucho más peligrosa: tu propia imaginación.
Una frase no te entrega la escena terminada. Te deja participar. Te obliga a completar huecos. Y lo que completás con tu cabeza suele ser mucho más íntimo que cualquier cosa que pueda mostrar una cámara.
Por eso una buena fantasía escrita no depende solo de lo que ocurre. Depende del clima, de la espera, de la vergüenza, del miedo a ser descubierto, de la tensión antes del gesto.
A veces el centro de una escena no está en el contacto, sino en los segundos anteriores.
La literatura puede quedarse ahí. En la respiración que cambia. En la puerta que no se abre. En una mano que todavía no toca.
¿Por qué las brujas del cine ya no necesitan ser feas?
Durante mucho tiempo, Hollywood nos hizo fácil el trabajo. La bruja era verde, vieja, huesuda, chillona. La maldad estaba escrita en el cuerpo. Bastaba mirarla para saber a quién había que temer.
La Bruja del Oeste en El mago de Oz o la reina transformada en anciana en Blancanieves pertenecen a ese mundo: la fealdad moral convertida en rostro. El espectador no tiene conflicto. Rechaza lo que ve.
Pero una parte del terror contemporáneo entendió algo más incómodo: el verdadero miedo aparece cuando lo peligroso no da asco. Cuando atrae.
Ahí nace la bruja seductora.
Ya no necesita una casa de azúcar para engañarnos. Puede usar belleza, juventud, calma, inteligencia, promesa de libertad. El bosque sigue estando ahí, pero la trampa cambia de forma. Antes ofrecía alimento. Ahora ofrece deseo.
Esa transformación produce un cortocircuito. Una parte de la mente reconoce el peligro. Otra quiere acercarse. El cuerpo recibe dos órdenes opuestas: huir y mirar. Alejarse y quedarse.
El terror psicológico vive de esa tensión.
Freud hablaba de lo ominoso: aquello que resulta familiar y extraño al mismo tiempo. Una madre que deja de ser refugio. Una casa que empieza a respirar como una amenaza. Una belleza que parece abrir una puerta, aunque sepamos que detrás hay algo que puede devorarnos.
The Witch trabaja muy bien esa zona. Thomasin no solo enfrenta al mal. También descubre una salida del mundo que la oprime. El aquelarre final no aparece únicamente como condena, sino como promesa de poder, desobediencia y pertenencia. La bruja deja de ser solo monstruo y se convierte en una posibilidad prohibida.
Ahí vuelve la figura antigua: la mujer que concentra deseo y castigo, alimento y veneno, cuidado y amenaza. La madre oscura. La mujer fálica. La que no espera permiso para ocupar la noche.
El cine actual no embellece a la bruja para suavizarla. La vuelve más peligrosa.
Porque cuando el monstruo se parece a una fantasía, ya no alcanza con cerrar los ojos.
Tenés que preguntarte por qué querés seguir mirando.
Hay escenas que duran unos segundos y quedan pegadas a una época entera.
La de Sharon Stone en Bajos instintos es una de ellas. La escena es muy simple: una mujer sentada, una sala llena de hombres, unas piernas cruzadas y una pausa calculada.
Nada más. Y alcanza.
Todo el poder de la escena está en el control del ritmo. Ella maneja la mirada de todos. Decide cuándo sostener el silencio, cuándo fumar, cuándo responder, cuándo cruzar las piernas, cuándo cambiar apenas de postura y mostrar lo que no se supone debería mostrar.
La supuesta interrogada se vuelve dueña de la habitación.
Eso me parece lo más fascinante. El deseo aparece unido al dominio de la escena. Ella entiende que todos la miran, y usa esa mirada como un instrumento. Cada gesto parece decir: miren todo lo que quieran, pero la llave la tengo yo.
Hay algo profundamente teatral en esa imagen. La ropa blanca, el pelo rubio, la frialdad, el cigarrillo, el contraste con esos policías incómodos que intentan actuar como profesionales mientras se desarman por dentro.
La escena se volvió famosa por el instante más evidente, claro. Pero su fuerza viene de antes. Viene de la espera. De la seguridad. De la incomodidad de esos hombres frente a una mujer que sabe exactamente qué efecto produce.
A veces el erotismo no está en mostrar más.
Está en saber cuándo moverse.
Hay escenas que uno recuerda sin saber exactamente por qué. La bañera de Pesadilla es una de esas.
Nancy está sola. Está cansada. Intenta mantenerse despierta, pero el cuerpo le pide descanso. Se mete en la bañera y, por unos segundos, parece que todo se calma.
Pero el cine de terror sabe algo muy básico: cuanto más íntimo es un lugar, más vulnerable se vuelve.
A mí me interesa esa escena porque no necesita mostrar demasiado. La cámara se mete en el agua, justo sobre la superficie, en el medio de las dos piernas abiertas de Nancy. El baño deja de ser refugio y se convierte en umbral.
Freddy aparece desde abajo. No entra por la puerta, no rompe una ventana, no golpea la pared. Surge desde el lugar menos esperado: el espacio íntimo, tibio, privado.
Eso es lo que me parece tan poderoso. El miedo viene desde el fondo.
Y ahí el deseo y el terror se rozan, no porque la escena sea sensual de manera evidente, sino porque trabaja con una idea muy profunda: la pérdida de control sobre el propio cuerpo.
El agua, el sueño, la piel expuesta, la amenaza invisible.
Todo está puesto para recordarnos que la vulnerabilidad también tiene una belleza inquietante.
Nos asustan porque reconocen algo que ya estaba adentro.
¿Por qué algo que nos incomoda puede, al mismo tiempo, atraernos?
Me interesa esa pregunta porque el deseo rara vez es prolijo. A veces nace en una contradicción. Algo nos llama y nos alarma al mismo tiempo.
La psicología tiene una palabra hermosa para ayudarnos a entender esto: lo ominoso. Eso que resulta familiar, pero de pronto se vuelve extraño. Una casa conocida que empieza a sentirse amenazante. Una figura de cuidado que también castiga. Una autoridad que protege y, a la vez, domina.
Ahí aparece una tensión muy antigua.
La mente aprende temprano que una misma figura puede alimentar y frustrar, cuidar y limitar, amar y despertar miedo. Esa contradicción es difícil de procesar. Por eso la imaginación suele separarla en figuras: la madre-buena y la madre-bruja.
En algunas fantasías adultas, esa tensión reaparece con una enorme carga simbólica. Pensemos en algo tan aparentemente simple como un chirlo en la cola. Su presencia en relatos, películas y prácticas eróticas no parece casual. Forma parte de ese universo donde el deseo se mezcla con autoridad, exposición, juego de poder y entrega.
La carga erótica de ese juego no está en el golpe ni en la sanción como tal.
Aparece algo más profundo: una postura de entrega que evoca cuidado, dependencia y vulnerabilidad.
Ese regazo que sostiene la desnudez del otro tiene una potencia simbólica enorme. Es una imagen de entrega y fragilidad absoluta. La caricia en los glúteos desnudos puede evocar uno de los gestos más primarios de sostén, cercanía y ternura. En la memoria cultural, el cuerpo desnudo apoyado sobre las faldas, queda entregado a alguien que, por mandato simbólico, debería proteger: la madre-buena que acaricia, contiene y cuida.
Pero la fantasía introduce el quiebre.
La posición se convierte en vulnerabilidad y vergüenza. La caricia se transforma en correctivo. La protección se vuelve autoridad y disciplina. La entrega se convierte en miedo. El gesto de cuidado muta en castigo y reprimenda.
Ahí aparece la disonancia: en un mismo acto y en una misma posición, la madre-buena es también madre-bruja.
El cuerpo recibe señales opuestas. Hay amenaza, pero también contención. Hay exposición, pero también sostén. Hay autoridad, pero también cariño. Hay entrega, pero también vergüenza. Hay cuidado y algo que lo subvierte.
Por eso la escena puede resultar tan intensa. Reproduce, en clave simbólica, la tensión entre la madre-buena y la madre-bruja: la misma mano que cuida también corrige; el mismo regazo protege la máxima vulnerabilidad se vuelve escenario de sometimiento y castigo.
Y en medio de esa disonancia nace lo erótico: una forma de procesar un deseo contradictorio sin tener que resolverlo del todo.
A veces, al mirar esa escena, entendemos algo de nosotros que no sabíamos cómo nombrar.
Siempre me llamaron la atención los tacones. No solo como objeto de moda, sino como pequeño artefacto de transformación.
Porque un taco cambia la postura. Modifica la forma de caminar. Altera la relación del cuerpo con el espacio.
Una mujer con tacos no ocupa el mundo del mismo modo que una mujer en zapatillas. Puede estar incómoda, puede sufrirlos, puede odiarlos un poco. Pero algo pasa. El cuerpo se estira. La espalda se arquea. La cadera cambia de ritmo.
Eso me interesa: el zapato como coreografía.
No creo que el deseo funcione de manera automática. Sería absurdo pensar que un par de tacos basta para volver a alguien irresistible. Pero sí creo que ciertos objetos empujan la percepción.
La ropa, los colores, los zapatos, la forma de sentarse o de caminar no son detalles menores. Son señales. A veces conscientes, a veces no.
El taco tiene una contradicción hermosa. Por un lado proyecta poder: presencia, altura, dominio de la escena. Por otro lado también muestra fragilidad: un equilibrio difícil, un paso que exige cuidado, una pequeña amenaza de caída.
Poder y vulnerabilidad en el mismo gesto.
Tal vez por eso resulta tan magnético. No por el zapato en sí, sino por lo que obliga al cuerpo a decir.
A veces el deseo empieza ahí: en la manera en que alguien entra a una habitación.
Me fascina pensar que los ojos pueden delatarnos antes que la boca.
Uno puede decir muchas cosas. Puede sonreír por educación, fingir indiferencia, mirar para otro lado. Pero el cuerpo tiene pequeños mecanismos que no siempre piden autorización.
Las pupilas son uno de ellos.
En algunos estudios sobre atracción, se observó que la pupila puede dilatarse frente a ciertos estímulos que nos interesan. No es una prueba mágica ni una máquina de leer almas. En la vida real intervienen la luz, el cansancio, el alcohol, los nervios, mil cosas.
Pero la idea me parece preciosa: hay una parte del ojo que reacciona antes de que armemos el discurso.
Como si dijera: esto me importa.
Y después venimos nosotros a construir una explicación.
“No, me cayó bien.”
“No sé, tenía algo.”
“Me pareció interesante.”
Mentiras elegantes. A veces necesarias, claro. Pero mentiras al fin.
El deseo no siempre entra por una gran escena. A veces aparece en una microseñal. Una pupila. Una respiración que se corta. Una pausa apenas más larga. El cuerpo tomando nota de algo que la mente todavía no quiere admitir.
Por eso me gustan tanto estos detalles. Nos bajan del pedestal.
Nos recuerdan que no somos tan dueños de nosotros mismos como creemos.
Y que, antes de cualquier historia que nos contemos, hay un cuerpo mirando.
Un cuerpo que ya empezó a responder.
¿Sabías que a veces el deseo empieza antes de que sepamos explicar por qué?
Me interesó mucho un estudio en el que mostraban la misma imagen de una mujer, pero cambiando el color del marco o del fondo. Blanco, gris, verde. Y rojo.
La foto era la misma. La mujer era la misma. Lo único que cambiaba era el color alrededor.
Y, sin embargo, cuando aparecía el rojo, muchos hombres la evaluaban como más atractiva.
Lo más interesante no es eso. Lo más interesante es que, cuando les preguntaban por qué, nadie decía: “por el color rojo”. Inventaban otras razones. Decían que tenía una mirada especial, que parecía más interesante, que transmitía algo.
Ahí está la trampa.
El cuerpo recibe una señal. La mente llega después y escribe una explicación elegante.
No creo que el rojo sea magia. No te ponés un vestido rojo y el mundo cae rendido a tus pies. Sería demasiado fácil y bastante aburrido.
Pero sí creo que hay pequeños estímulos que modifican la escena. Una luz, un color, una textura, una distancia. Detalles mínimos que empujan la percepción sin pedir permiso.
El deseo rara vez aparece como una gran revelación. Muchas veces entra por una puerta chiquita.
Y cuando queremos entender qué pasó, ya es tarde: el cuerpo ya decidió algo.
Es llamativo cómo una voz puede cambiar la percepción de una persona.
Podés escuchar a alguien antes de verlo y ya armar una imagen. Imaginás un cuerpo, una edad, una actitud, incluso una inteligencia. Todo a partir de un tono.
La voz tiene ese poder raro: entra por el oído, pero parece tocar otras zonas.
En estudios recientes sobre atracción, se observó que las voces masculinas más graves suelen ser percibidas como más atractivas o dominantes. La explicación puede pasar por señales biológicas, por cultura, por costumbre, por todo mezclado.
Escuchás una voz profunda, segura, con buen ritmo, y la cabeza empieza a completar el resto. Esa persona suena interesante. Suena capaz. Suena confiable. Suena deseable.
Ahí aparece el efecto halo: una cualidad ilumina todo lo demás.
También pasa al revés. Una voz puede apagar en segundos una imagen atractiva. Algo en el tono, en la velocidad, en la manera de respirar o de ocupar el silencio rompe la fantasía.
Por eso la voz es tan íntima. Está pegada al cuerpo, pero también a la historia de cada persona. Lleva cansancio, deseo, vergüenza, carácter, edad, educación, ansiedad.
Una voz puede acariciar sin acercarse.
Puede incomodar sin tocar.
Puede quedarse resonando mucho después de que la conversación terminó.
Y cuando eso pasa, el deseo ya encontró una forma de entrar.
Durante años, la industria adulta entendió que muchas fantasías se organizan alrededor de roles. La casa. La familia ensamblada. La cercanía cotidiana. La autoridad. El secreto. La puerta que debería permanecer cerrada.
El fenómeno “step” trabaja justamente ahí.
Así como los hermanos Grimm aliviaron la tensión que significaba transformar a la madre en bruja y la convirtieron en madrastra, la industria adulta tomó el tabú familiar y lo desplazó a una zona más digerible. Conserva la tensión del rol, pero corre la sangre del centro de la escena. Hay una figura que ocupa un lugar familiar, pero con una distancia suficiente para que la fantasía pueda respirar dentro de una coartada simbólica.
Lo que aparece es una versión industrial de algo muy antiguo: la atracción por los vínculos cargados de reglas. Madrastras, padrastros, hermanastros, casas compartidas, jerarquías domésticas, proximidad obligada por la convivencia. Todo ocurre en un espacio que debería ordenar la vida, pero empieza a funcionar como escenario de tensión.
La pandemia le agregó otra capa. La casa se volvió oficina, refugio, encierro, pantalla, rutina y deseo privado. Gran parte de la vida cotidiana quedó encerrada en interiores, mientras el consumo de imágenes ocurría desde habitaciones donde lo doméstico ocupaba todo.
La industria leyó rápido ese clima.
Lo que antes podía aparecer como una fantasía dispersa se volvió una maquinaria precisa. El algoritmo aprendió qué escenas retenían atención. Qué roles se repetían. Qué palabras abrían puertas. Qué pequeñas variaciones mantenían vivo el circuito.
Ahí está lo más incómodo.
La industria del deseo no necesita comprender nuestros símbolos. Le alcanza con medirlos. Detecta una sombra, la ordena, la multiplica y nos la devuelve con miniatura atractiva. Donde la literatura demora, el mercado acelera. Donde el cuento deja una puerta entreabierta, la plataforma convierte esa puerta en una recomendación automática, cada vez más directa.
El algoritmo no inventa nuestras fantasías. Aprende a encontrarlas antes de que sepamos explicarlas.
Hay algo fascinante y un poco triste en la idea de medir el deseo.
Durante siglos, el deseo fue misterio, culpa, pecado, poesía, mito, promesa, peligro. De pronto, en el siglo XX, entró al laboratorio.
Cables. Sensores. Planillas. Observación clínica.
Masters y Johnson fueron importantísimos porque ayudaron a sacar la sexualidad del silencio y de la superstición. Eso hay que reconocerlo. Pusieron datos donde antes había prejuicio. Le dieron lenguaje científico a algo que muchas personas vivían con vergüenza o miedo.
Pero cada avance tiene su sombra.
A mí me inquieta pensar qué pasa cuando algo tan íntimo se vuelve solo una respuesta fisiológica. Cuando el deseo se transforma en fases, curvas, mediciones, frecuencia cardíaca, contracciones, duración.
Por un lado, entender el cuerpo libera.
Por otro, puede empobrecer el misterio.
Porque el deseo no es únicamente lo que puede medirse. También es recuerdo, fantasía, contradicción, pudor, escena, contexto. Es lo que ocurre en el cuerpo, sí, pero también lo que ocurre alrededor del cuerpo.
La ciencia puede decirnos mucho sobre cómo funciona una respuesta física.
Pero no puede capturar del todo por qué una voz nos desarma, por qué una espera nos enciende, por qué una imagen vuelve años después sin pedir permiso.
Quizás el problema no sea medir.
Quizás el problema sea creer que, porque algo puede medirse, ya fue comprendido.
Cine y deseo
Leyenda: cuando la oscuridad seduce
Hay películas que uno recuerda por una imagen, no por la historia completa.
A mí me pasa con Leyenda. Más que la aventura, más que la fantasía, más que el Tom Cruise joven, me queda esa escena en la que la princesa Lili aparece vestida de negro, casi absorbida por la oscuridad.
Hasta ese momento, ella pertenece al mundo luminoso. Bosque, inocencia, cuento, pureza visual. Pero de pronto la película cambia de temperatura. La oscuridad deja de ser amenaza y empieza a ser promesa.
Eso me interesa mucho.
Porque el mal, en las buenas historias, casi nunca llega gritando. Llega ofreciendo algo. Poder. Libertad. Intensidad. Una versión más peligrosa de uno mismo.
En esa escena, el deseo no aparece como algo físico y directo. Aparece como transformación. El vestido negro, la música, el movimiento, la forma en que ella empieza a mirar distinto.
Lo inquietante no es que la oscuridad la capture. Lo inquietante es que una parte de ella parece querer mirar hacia ahí.
Y eso vuelve la escena mucho más interesante.
Porque todos tenemos alguna zona interna que no encaja con la versión prolija que mostramos. Una parte que siente curiosidad por lo prohibido, por lo intenso, por lo que no debería atraernos.
Leyenda funciona cuando deja de ser una película de fantasía y se convierte en otra cosa: una imagen sobre la tentación.
No la tentación como pecado barato.
La tentación como esa voz que nos pregunta, en voz baja, quién seríamos si dejáramos de portarnos tan bien.
Me interesa Playboy no solo como revista, sino como síntoma.
Porque más allá de Marilyn, las tapas famosas y el mito cultural, Playboy entendió algo muy poderoso: desear a una persona real es complicado.
Una persona real puede decir que no. Puede aburrirse. Puede pedir algo. Puede mostrar fragilidad, contradicciones, mal humor, heridas. Una persona real no entra prolijamente en una fantasía sin romper algo.
La imagen impresa ofrecía otra cosa: un cuerpo disponible, silencioso, inmóvil. Una fantasía sin negociación.
No había que exponerse. No había que seducir. No había que soportar el rechazo. Bastaba con abrir una página y mirar.
Eso fue brillante desde el punto de vista comercial y profundamente revelador desde el punto de vista humano.
La industria del deseo aprendió a quitarle riesgo al encuentro. Limpió la escena. Suavizó la luz. Eliminó el olor, la torpeza, la incomodidad, la conversación difícil.
Después cambiaron los formatos. Murió el papel, llegaron las pantallas, las plataformas, las suscripciones, la ilusión de cercanía permanente.
Pero la promesa sigue siendo parecida: intimidad sin verdadero peligro emocional.
Y ahí aparece la pregunta que me interesa: cuando el deseo se vuelve demasiado cómodo, demasiado disponible, demasiado editable, ¿sigue siendo deseo?
O apenas consumo con buena iluminación.